El futuro de la humanidad
Es el mismo ritmo económico de las necesidades de la humanidad lo que va a determinar la pronta aniquilación de la Tierra. Como las personas son incorregibles no cambian las mentalidades ni el ritmo económico se puede detener. La deforestación no se puede detener, la basura no se puede detener, la contaminación no se puede detener; el efecto invernadero crece; el clima enloquece; la sobrepoblación vuelve cada vez más competitivas a unas sociedades cuya juventud ya no se puede dar el lujo de perder su nivel de vida sosteniendo una familia y tratando de adaptarse al ritmo disfuncional de un hogar y por lo tanto la geriatrización de la población avanza. Y como para el nacionalismo comunista es moralmente inaceptable la legalizaciób de la poligamia la migración que se viene con la apertura de las fronteras a veces salva el obstáculo de los choques culturales y la explosión del racismo y los linchamientos y otras veces pierde; pero la mezcla de las costumbres queda; ¡gracias a Dios! se pierde la odiosa identidad nacional en un dulce y variado y confuso y ya hasta una futurista visión cosmopolita de la vida. Pero el campo magnético de la Tierra sigue perdiendo fuerza y la luz solar avanza, entonces para las futuras generaciones ya la Tierra les quedará chica, ¿para entonces el nivel tecnológico tendrá un nivel tal en los sistemas de propulsión que le permita al menos a parte de la humanidad escapar a otro planeta compatible con la vida humana?
Esperanza
En un rincón de ensueños
tensión en el cuerpo
un querer ser que no te abandona
la esperanza que te quita el sueño
alimento para los soñadores
quimera de mil cabezas
¿por qué siempre pierdo?
pierdo todo
menos la cabeza
porque al perder toda esperanza
me quito toda la ropa
en mi pieza
desnudo frente al vacío, el Universo entero
un universo paralelo e infinito de dudas
argumentos íntimos sin conclusiones
la esperanza es todo lo que me queda
no hay ningún amor
esperándo a que yo llegue
no hay ningún maletín repleto de dinero
que me repare todo el daño
que me han hecho
sólo queda la esperanza
como en un sueño
como este poema que pienso
Pensamientos sueltos de Sam Scholl
* ¡Lolita, Alexandra y Gabriela se odian!
* ¡Un coco-lidro en la tina de baño!
* ¡Sí se puede!
* ¡Qué, sacando a pasear al mono bajo la lluvia!
* ¡Chifa restaurante Fu Ming!
* Just do it!
* ¡A luchar por la justicia!, ¡por favor ya no me vengas con esta mierda!, ¿qué me quieres?
* Cuesta un poco, y a veces hasta la vida, pero en honor a la cordura hay que aprender a distinguir entre la realidad y la fantasía, lo que sólo es producto de la imaginación no puede nunca por nunca ser tomado como modelo para la realidad, no, al menos si se quiere respetar a la literatura y proteger la vida del escritor. Hay que saber separar lo que es puro con lo que está contaminado y es oscuro. La ficción siempre debe estar en su lugar y no se debe mezclar lo bueno y sagrado con las terribles y complejas circunstancias de la realidad de la vida.
* Si te vas a acercar a un escritor, hazlo sí, pero por los motivos adecuados, interésate por lo que escribe y cómo lo hace, por lo que piensa y siente y por lo que lo confunde y mira cómo puedes ayudarlo, respétalo, no lo secuestres, ni utilices su producción literaria como una herramienta para tus oscuros intereses y bajas pasiones. Respeta la tumba del hombre que es esclavo, y que está muerto, pero que todavía vive con todo el potencial de su imaginación.
* Es inútil ser demasiado exigente con la naturaleza humana de otras personas, hay que ir maniobrando y buscar ganárselos poco a poco, pero todo tiene un límite y siempre puedes elegir abandonar una causa irremediablemente perdida; sobretodo cuando puedes perderlo todo, incluso la vida, en el empeño.
* What that fuck is going on, here!
* ¡Las cosas que dice ese señor!
* ¡Condenado a la educación por vía aérea y ¡gratis!, como esclavitud perpétua!
Pensamientos sueltos de Sam Scholl
* ¡Tómelo con calma, mi jefe, o terminará también hospitalizado, ahí, en la Casa de la Risa!
* ¡A ver, déjame ver si entiendo bien toda esta locura, yo siempre estuve aquí, pero aún así tuve tres hijos con Jenna!
* Confucio say!
* ¡Diálogo entre amigos!
* ¡Si no puedes con ellos, confúndelos!
* Una señal de que no eres del agrado de Dios, es que cuando rezas el Padrenuestro (Pater noster), se corta la comunicación con Él, como si se cayera el sistema y tienes que volver a empezar a rezar de nuevo y nuevamente se corta la comunicación y ya no sabes dónde te quedaste y tienes que volver una y otra vez a empezar de nuevo, hasta que terminas agotado mentalmente y te quedas ¡por fin!, dormido...
Pensamientos sueltos de Sam Scholl
* ¡Chifa restaurante Asia de Cuba!
* Para el amor, el matrimonio y las instituciones sí hay edad, para el sexo, no...
* ¡Qué bueno es sentirse comprendido y amado!
* ¡Chifa restaurante Tommy!
* ¡Gallina vieja dá buen caldo!
* El problema, mi amor, es que me gustas tanto, que si cedo un poquito y te beso me voy a apoderar por completo de toda tu vida y tengo miedo a que me correspondas y se arme un completo escándalo...
* ¡Definitivamente Jesús el Cristo era extraterrestre!
* ¡Qué pesadilla!, ¡no importa al jodido canal que me mude, siempre terminan queriéndome volver loca con una intensidad ya bastante demencial!
* ¿Cómo debe el hombre interpretar el mensaje enviado por una mujer madura pero de senos pequeños, voz deliciosamente aguda, piececitos diminutos, glúteos y genitales, también pequeñísimos?, ¡sencillamente como algo adorable!
Pensamientos sueltos de Sam Scholl
* ¡Científicos extranjeros estudian minuciosamente comportamientos de iguanas rosas!
* Disfrutar del almuerzo en buena compañía, conversando asuntos inteligentes, riéndose a mandíbula batiente, saboreando bien y despacio cada bocado de comida humeante, esos son los sencillos placeres de la vida tal como la percibían los antiguos griegos...
* ¡No le interesa el dinero, pero le gusta la buena vida!
* Cuando leemos a Alvin Toffler, comprendemos, que la conciencia humana evoluciona, de tal suerte que algunas tradiciones se vuelven grotescas por su crueldad y salvajismo. Para los hindúes, sacrificar al toro equivale a liquidar al padre de la religión..., ¿no sería factible, sino se puede eliminar esta tradición bárbara al menos asegurar siempre la vida del toro, que se ve obligado, cobardemente, a luchar por su vida con todo en contra y en completa desventaja?
* El tráfico de órganos, junto con las guerras económicas y el bloqueo económico, deberían ser tipificados por el derecho penal internacional como actos terroristas, que atentan contra la humanidad y los infractores, sorprendidos in fraganti, deberían ser deportados a prisiones de máxima seguridad y condenados a cadena perpétua...
* Definitivamente, las mejores amantes son las mujeres que conservan la inocencia de la niñez en su corazón; son tiernas e inseguras y nunca se hartan de ser mimadas, engreídas y adoradas como ninguna otra mujer y de disfrutar de ese amor completo y total hasta que su amante esposo les cierre los ojos.
* ¡Uy!, ¡chica!, ¡es este hombre que me trauma!
* ¿Qué pasaría si todos desconectáramos los televisores como señal de protesta por atropellar nuestras vidas privadas?
* ¡Gallina vieja dá buen caldo!
* DORIS
Piensas que mi vida es fácil sin ti
cansado de esperar por ti
todos mis sueños fueron muriendo
y ahora, en medio de esta extraña noche
cuando todo ha terminado
por fin despierto
y tú nunca has estado a mi lado
sólo me queda caminar solo
por este sendero de arena
hasta encontrar la muerte
en tus brazos
* ¿Siempre es inevitable que las buenas intenciones sean utilizadas para fines y resultados perversos y abominables, que el infierno siempre esté empedrado de buenas intenciones y que siempre se luche por buenos fines utilizando medios equivocados?
* ¿No te pongas a recordar huevadas?, ¡pero si la memoria es vida, sin la memoria todo es oscuridad y muerte!
* Cuando experimento una crisis de pánico o de ansiedad lo mejor es acostarse en una cama y rezar el Padrenuestro...
* ¡Elemento emergente bloqueado!
* Si la justicia falla a tu favor, lo último que debes hacer es sonreir o festejarlo...
* ¿Eres donante?, ¿de órganos o de sangre?, ¡de nada!, ¡es sólo una camiseta que me pongo porque no tengo más que ponerme!
* Todo alumno tiene el derecho, no la obligación y sí la posibilidad de superar y ser mejor que el maestro...
* ¡Pongámonos de acuerdo compañerito!
* ¡Esa señora está bravísima, que ya se quiere ir!
* ¡Maldito alarmista!
* ¡Papi, ponte el sombrero!
* ¡El corcho está esquizofrénico!
* ¡Estamos felices!
* Definitivamente los zapatos de las mujeres revelan muchos aspectos ocultos de su personalidad, si a esos detalles les agregamos el resto de información recogida que se desprende del resto de su indumentaria, tenemos todo un maravilloso cuadro de percepciones de todos los colores...
* ¡No se quede anclado en una relación que le produce dolor!, ¿y tú qué me ofreces a cambio de mi maldita familia? ¡vago esoterismo y tonterías!
* ¡Manuela Sáenz comparada con el chulo Hort Wessel y Bismark!
* ¡Juanita no trabaja los domingos!, ¡mi papá es cargoso!
* But, what are they doing, here?, TAI BOX!, but I don't know is good or bad!
* Hey mister, what do you looking?, do you want some little smoke?
* ¡Momo, spy, pioneer!
* Algunas mujeres disfrutan exhibiendo una sexualidad brutal que hiere salvajemente los sentidos, ¿lo hacen a propósito o no se dan cuenta de los estragos que van ocasionando a su paso como un huracán de las Bermudas?
* ¡El imitador imitado!
* En todo lugar donde se explota el sucio negocio del petróleo, el estiercol del demonio, ya no hay aislamiento voluntario y con el sucio contaminante vienen los evangelistas y ya no se puede distinguir entre los locos de los cuerdos...
* Si alguien quiere hacerte un favor, aprovéchalo, no importa en lo más mínimo en lo que él crea...
* ¡A él le gusta mandar!
* José Ingenieros es el Nietzche latinoamericano, que busca crear una nación de superhombres al estilo del viejo Estalinismo soviético, si ese es el alimento intelectual de los pensadores de la sociedad, entonces, está perdida la democracia y la libertad...
* La peor pesadilla que uno tiene cuando se es vigilado y escuchado las veinte y cuatro horas es que los demás escuchen lo que uno dice en sueños...
* DESTINOS PELIGROSOS:
Israel, Colombia, Chile, España, Quito, Irak, Afganistán, Argentina, Irán: por favor, no vaya para allá, donde los extranjeros son personas no gratas...
* Toda mi desgracia se origina porque algún cretino sentenció que no soy escritor sino que debo-estoy en la obligación-, de trabajar como comentarista de televisión o deportivo o en la estúpida farándula que detesto, ¿cómo resolver este tremendo equívoco?
* ¡Ahora sí, compañerito, el problema va a ser cómo hacemos con el almuerzo!
* La peor cagada de los fundamentalistas es confundir hipocresía con ser civilizado.
Pensamientos sueltos de Sam Scholl
* MARIA FERNANDA
Todo me gusta de ti/los hoyuelos en tus mejillas/tu pelo largo y suelto en el aire, aliado del viento/tu cintura de avispa/tus hombros estrechos/tu vientre combado, maduro/que invita a todo tipo de placer/incluído el de ser padre/tus altos montes de Venus/ que amenazan con reventar tu bikini de colores/tus cejas y tus ojos de pájaro/que intuyen todo, que penetran y descubren/toda mi miseria e inteligencia
* Las mujeres enamoradas, prisioneras de amores no correspondidos, imposibles o simplemente engañadas, ilusionadas por una pasión pasajera, muchas veces se contentan o liberan de aquella enfermiza pasión que las tortura para poder continuar su vida con normalidad con tan sólo ver al hombre, objeto de su fijación sentimental y luego, se van muy contentas como si hubieran tenido sexo ilícito con un amante.
* ¿Están dando un programabonito?, ¡tengo que ser un verdadero idiota, para estar aquí escuchando huevadas de programas sobre Hitler y Nostradamus!
* ¿Pero, por qué hacen eso?, ¡porque tú nos obligas!
* ¡Y entonces, está de poner de Presidente!
* Querida Doris:
Ante la incertidumbre creada por tu ausencia, he construido con los mecanismos de la imaginación, una forma de devolverte a la vida para que tu imagen perviva en mi mente las veces que sean necesarias, porque olvidarte es resignarme y condenarte a muerte, y eso no lo puedo permitir. Una y otra vez utilizo todos los procedimientos para traerte a mi presente y conservar el fuego eterno y sagrado de tu memoria.
* Ella se esforzaba tanto, subrayando las ideas principales, para que aprobara el exámen, pero al final se dio cuenta que a mi me daba lo mismo quedarme o irme y que al irme la dejaría también a ella, sola, frustrada y herida.
* ¡Yo no sé para qué vas allá!, ¿qué sentido tiene?, para ellos nosotros somos personas no gratas: tienen una mentalidad diferente, piensan diferente, lucen diferente, hablan diferente, comen y visten diferente, son una raza diferente, una civilización diferente, una sociedad diferente con sus propias reglas y costumbres, ¡un país diferente!, ¡viven en otro planeta!
* ¡es que me da rabia e impotencia de ver cómo los perdedores se suben al carro de los vencedores!
* ¡El capitalismo nos va a salvar!
* ¡Nosotros somos capaces de colocar ese jodido terreno hasta en la misma china!
* ¿Y qué pasó con el terreno?, ¡ya se vendió!
* ¡Seguimos impulsando la ilegalidad!
* ¡Sí claro, pero ese no es su dinero!
* ¡Ah!, ¡ya sé!, ¡a eso es que van para allá!, ¡a endrogarse!, ¡a eso es que van para allá!
* ¡Arde Guayaquil!
RELATOS PENINSULARES
RELATOS PENINSULARES
En los vocabularios modernos del arte y la religión, lo burgués es considerado que el Universo fue hecho para que pudiésemos disfrutar de él sin peligro y para darnos comodidad y ayuda.
Saul Bellow
SAN MATEO
Una de las rarezas de la soledad es ponerse a bailar y a cantar de pronto y hacer cosas por el estilo.
Saul Bellow
Esperabas en medio del desierto el aguaje que entra en Noviembre y que termina en Enero.
Tenías quince años y disfrutabas de la brisa del mar.
Despertaste treinta años después sin padre, madre ni hogar.
Tu residencia era la dura roca que moldeaba tu espalda.
Empujas una barrera del lenguaje y el mundo aprende algo de aquello.
El océano todo estaba hirviendo y las barredoras reventaban de los dos lados y tú tocabas una melodía de James Taylor en la guitarra.
Mírate a ti mismo y dime cuáles son las verdades fundamentales sobre tu vida interior.
Crees que entiendes el mar porque conoces cuando sube y baja la marea.
A una fiesta en el club de la Unión te presentaste con un collar de colmillos de tiburón y botas cow boy.
Y viste un zeppelín sobre la carpa.
Y corriste en dirección al cementerio sin zapatos y echabas espuma por la boca.
El diablo quería apoderarse de tu alma.
Con hambre te podrías comer un huevo duro.
El zeppelín estaba encima de ti en el camino de lo incierto.
Y te chocaste contra un arbusto espinoso que te arañó la cara.
Oh, miseria por qué te ensañas así con mi vida.
Estabas herido y dulce sangre salía de tu rostro.
El camino de regreso lo habías olvidado.
La noche era una oscuridad cerrada como la tinta.
Caíste encima de la carpa y dentro estaba Noemí, tu pelada.
Y la boca le has roto a mansalva.
A lo lejos un perro salvaje le canta a la locura.
Es un perro sarnoso que se rasca indolente.
Se parece a un vago recuerdo de un delincuente.
El perro se rasca insistente la costra que le cuelga inerte y tú llevas el pelo hasta la cintura.
Una ola se alza hasta el cielo y transforma el aire celeste en agua salada de transparente azul.
El aire se transforma en líquido tan claro como el agua del grifo.
Y del cementerio salen un ejército de espíritus mientras tu comes apacible un arroz con sardina en la cocina.
Tu chica Noemí baila y mueve las caderas a un ritmo enloquecedor y tu miras la luna y masticas.
Tienes la boca llena.
Los espíritus del cementerio se han unido a la fiesta y danzan.
Y danzan alegres con tu chica y tú festejas aquel baile del Liceo Panamericano con un vaso de Coca cola.
SALINAS
Lo erótico debe ser reconocido y admitido en el lugar que le corresponde, sobre todo en una sociedad emancipada que comprende la relación de las represiones sexuales con la enfermedad, la guerra, el dinero y el totalitarismo.
Saul Bellow
Entro al bar una noche de caluroso verano.
Todo es igual y un cielo sin estrellas me acompaña y tú.
Mirándome fijamente me invitas un whisky.
Las chicas han empezado el show.
Una a una salen a bailar con todo el ritmo del ayer.
Mueven las caderas, los talones y los piés y sus espaldas y senos sudan a chorros, también.
Mas yo me deléito con sólo volverte a ver.
Eres tú Rina, la mujer que necesito.
Me miras con satisfacción, ¿te sorprende que recuerde tu nombre?
Olvidas que las mujeres hermosas nunca se pierden en la memoria.
Un culo desnudo se sacude frente a mis ojos.
Su sudor oloroso a las noches de París me salpica la cara.
Con tus ojos me llamas la atención.
Quieres que fije la mirada en ti.
Y tú Rina estás ahí, tomándome la mano, sintiendo mi calor.
Te sientas junto a mí y oímos el rumor de las olas.
Oh, Rina aquella noche busqué tu compañía... y encontré vacíos ecos de desolación.
BESOS ARDIENTES
Ya se sabe que cuando uno comprende, sufre más.
Se tienen mayores responsabilidades, y ya se sabe que cuando se tienen responsabilidades, se sufre más.
Saul Bellow
Vivía como un pordiosero hasta que nos presentaron.
Tomaba el amor como se mira una caída de sol.
Veías el amor como se mira un álbum de fotos viejas.
Mientras yo iba subiendo por la empinada cuesta de la vida.
Tú bajabas despacio envuelta en una piel llena de recuerdos.
Cuando nos presentaron en una fiesta del Yacht.
Nuestras miradas se cruzaron.
En mí veías la seguridad de la juventud.
En ti veía la belleza madura de una mujer independiente.
Conmigo te sentías una niña y volvías a creer en la inocencia.
Contigo me sentía bien y procuraba mantenerme a tu altura.
En mis labios pusiste el sabor de tu piel.
En tu mente puse el placer de escuchar mi voz.
El mismo abismo de tiempo que nos separa ante la mirada de los demás, es el que nos hace imposible vivir separados.
Siento tu cuerpo temblar bajo mi alma y me dices que no puedes vivir sin mí.
Yo te correspondo con una obsesión por encontrar el amor en el placer que tú me das.
Al final nos encontramos llenos de rubor y cansancio y no podemos creer en tanta felicidad.
Recorremos las carreteras del desierto, me miras y en tus bellos labios se dibuja un beso.
El viento me golpea la cara y no lo siento ni los rayos del sol.
¿Esa es la felicidad, dímelo tú?
Tu pelo se esconde bajo un pañuelo, tus ojos los cuida unas gafas negras y tus labios rojos sangre me regalan una sonrisa.
Entonces tengo que entender un sí por respuesta.
Besos ardientes te regalo un ramillete de flores.
Besos ardientes me devuelves en una noche de pasión.
Sientes curiosidad por mi cultura, mis gustos y las pequeñas minucias que componen mi vida.
Escucho de tus labios tus recuerdos y es como ojear un álbum con fotos viejas, no me detengo.
De pronto comprendemos que estamos solos en el camino de la vida.
Te desesperas al no tener certezas.
¿Qué será de ti sin mí?
Una sombra de pavor me retuerce el corazón.
El tiempo es nuestro peor enemigo.
Como si nos fotografiaran uno en brazos del otro esperamos el final.
LINDA
La luz de la verdad nunca está muy lejos, y ningún ser humano es demasiado corrompido ni despreciable para que no pueda recibirla.
Saul Bellow
Desde que me levanto y salgo de la carpa hasta cuando me bebo una taza de Si Café, estoy pensando en ti.
En medio del desierto de blanca arena puedo ver, sí, puedo ver como creces y entras al punto de quiebre.
Arrasas con todo.
Tú fuerza viene de los astros y de las constelaciones.
Estoy pensando en ti y sé que debo poseerte.
Eres como una canción de Cheap Treak, como un globo en el cielo, como el vuelo de una gaviota.
Y vienes hacia mí.
Y entro remando al mar porque pienso en ti y tengo que hacerte mía.
Y me saco la cresta remando.
Remar, remar, remar, puf.
La brújula que tengo en mi cerebro me indica el lugar en que te voy a encontrar, pero tengo que remar para que la corriente no me pierda en alta mar.
En el horizonte se dibujan como en un óleo del siglo XIX pared tras pared, tras pared de olas.
Son la furia de Neptuno, sus hijas devastadoras.
Puedo sentir toda la adrenalina que corre por mi cuerpo y voy a tu encuentro.
Siempre te ubicas más allá de mi alcance, más allá de mis posibilidades, siempre eres tan inalcanzable.
Y remo, remo, remo y subo de pecho por encima de paredes de agua verde, salada y mortal.
Subo y subo hasta alcanzar el labio y pasar al otro lado en medio de brumas de agua pulverizada.
Estoy cerca de ti.
Tengo que ser tan tenaz como una canción de los Beastie Boys.
Tengo que seguir adelante con esta cacería porque tengo que hacerte mía.
Y cuando vienes a mí sé que eres la elegida, los dioses brindan por lo que va a suceder.
Y te remo, y te remo, y te remo y remo y en cuestión de segundos me levantas y estoy encima de ti.
¡Qué sensación más subyugante!
Puedo sentir en mi corazón y en mi mente el vacío de la altura y mis piernas son las extremidades de Zeus y resisten la presión y bajo.
Como un ritual sagrado estoy caminando sobre la olas a una velocidad increíble, mi pecho pegado, casi al nivel del mar, mi mano derecha deja una estela de agua blanca.
Mi mente es el chillido de una gaviota, es la brisa del mar, es el sol en el cielo y tú Linda, eres como una ola griega, estás en mi corazón.
Te he escuchado rugir toda la noche.
Ni un ojo he podido cerrar de pensar en ti.
¡Puedo escuchar que me gritas!
¿Qué?
¡Puedo oírlo!
Me llamas por mi nombre y sé que eres para mí.
Salgo de la carpa en medio de la noche y sé que allá en el fondo del mar estás ahí, esperando por mí.
Mañana estaré ahí y mañana y pasado mañana también.
IRENE
A Diana Zambrano
Mirarte a los ojos es perderse en un bosque encantado.
¿Cómo pude estar tanto tiempo sin tu amor?
Cada día te veo entrar y pasar y tú ni te fijas en mí.
Sólo Dios pudo esculpir una obra de arte como tú.
Caminas, mueves las caderas, hablas y gesticulas.
Te miras en el espejo, respiras, hablas por teléfono y vives.
Irene, en tus labios me he perdido un centenar de veces.
Y cuando oigo tu voz
Tu voz es música de amor, tan delicada, tan señorita, tan dueña de sí misma.
Somos como dos vías paralelas que se cruzan a toda velocidad.
Y tú al otro lado del tanque de vigilancia, vives sin enterarte de mi amor.
Irene eres la brisa del mar, el sol de un bello atardecer, eres la melodía de esta poesía.
Sueño y te veo en traje de baño con los colores degradados del atardecer.
Sombras, figuras, que se acoplan entre la bruma del mar y la arena.
Tu cabello es negro como la sangre que corre en mi corazón.
A veces estás tan cerca que casi siento miedo de estirar el brazo y tocarte.
Pero yo cobarde no te puedo hablar de mi amor.
Y me consumo como un gran aguaje que toca con su tanda la orilla.
Cada día es lo mismo: hay entradas y salidas y nunca coincidimos en los horarios.
Pero te veo y desde muy lejos, Irene, puedo sentir esa llamita, una llamita de santidad que mora en ti.
A veces me provoca, estoy a punto de arrodillarme y besar tus pies y dejar de luchar y someterme a la tiranía de tu amor.
Luego vino el vacío del tiempo.
La nada se apoderó del espacio que habitó entre nosotros.
Tu recuerdo se convirtió en un puntito que flotaba en un vaso de whisky.
Me bebí tu adiós en el bar y me prometí a mi mismo: te olvidé.
Mas luego te encuentro sentada y me reconoces de una ojeada.
Irene, ¿qué fue lo que nos separó?
Fue mi silencio y tu perdón.
Hoy vuelves a brillar en mi corazón y llamaradas de pasión lo consumen con dolor.
Espero impaciente el momento de verte y se me consume el seso tratando de recobrar ambos recuerdos.
Cada noche que me encuentro solo en el bar, Irene, tú estás aquí.
DORIS BAY
A Andrea Tama
Cuenta la leyenda.
Que dos surfers conversaban en el agua.
El primero le dijo al otro:
- ¡No podrás creer lo que acabo de ver!
Y el segundo le respondió:
- ¡Ya!
En la segunda sección de la ola, cerca de la orilla.
Un rostro afilado como un pájaro.
¿Un rostro tenebroso?, ¿espectral?
No.
Déjame contarte algo.
Hace mucho una pareja de locales se unieron.
Él surfeaba.
Ella cosía su traje de novia. Ambos se amaban.
Un amor como no existe en este mundo.
Aquella mañana la bahía escupía olas furiosas.
Una tragedia. Una mala revolcada, el chico murió.
Un amor como no existe en este mundo.
Él no volvió.
Aquella mujer enloqueció.
El tiempo pasó y todos creían que el olvido había curado la herida de amor.
Pero ella enloqueció.
Se puso su traje de novia, se lanzó al mar y aquella noche desapareció.
Sus padres la encontraron y la perdieron.
Los surfers sólo el traje de novia encontraron.
Ahora cuando un surfer está en aprietos.
Y cuando está ahogándose y ya no puede más.
Un espíritu con traje de novia se acerca y con un beso.
Sólo con un beso la vida te devuelve.
Su rostro es bello, su pelo negro con rizos griegos.
Y raya en medio.
Puedes verla cuando te tubéas, su rostro se dibuja en la pared de agua.
MONTAÑITA
A Tatiana,
because the power of you love is strong to much
Llevabas un mes en Montaña.
Estabas agotado de sobrevivir.
Es Febrero y montón de gente ha caído sobre la arena.
Miras al horizonte y allá mar adentro hay una gran tubería, un gran desafío.
Crees o sabes que lo vas a conseguir.
Ahora estás listo.
Coges tu tabla y suspiras.
Los demás se agitan, otros ya intentan entrar, pero los que están contigo esperan que hagas el primer movimiento.
La orilla es un infierno de espuma blanca que te podría arrancar la cabeza.
Remas y remas y buscas la tranquilidad de mar adentro.
Metes los brazos con fuerza y te empujas, luchas contra tu propio peso, te equilibras sobre tus abdominales y tratas de mantener tus pies en alto.
En tu mente escuchas una canción de BOSTON:
‘more than I feeling’.
Metes los brazos en el agua y te desplazas.
Unas veces crees que no avanzas, te detienes o retrocedes.
No respiras y sigues.
Subes y subes a propio pulso sobre paredes de agua.
Todo está tan fuerte.
Tus músculos se definen, se hinchan y se oxidan.
Pujas el peso de tu propio cuerpo y el corazón te late dentro de las costillas.
La espuma te detiene y te obliga hacer una pausa indeseada.
¡Pero en primer lugar dónde está el punto de quiebre!
Remas y sientes el yugo imposible sobre tu nuca.
Es como si un gordo luchador de sumo se ha sentado encima de ti.
Luchas por apartarte de las barredoras.
Son unas verdaderas mamas rusas.
Mónstruos de olas.
Todas vienen hacía ti, a devorarte las entrañas y reventarte los pulmones.
El agua salada se mete por la boca, por la nariz y te pica en los ojos.
Luchas por tu vida.
Remas y remas con una determinación demencial.
Tu cintura se retuerce y tus hombros sudan, estás sudando mientras las olas del mar bañan tu cuerpo.
En una barredora de espuma blanca has perdido la orientación.
Te ha sacudido tan fuerte que la moral ha sufrido un impacto.
Te recuperas y subes sobre la tabla y lo vuelves a intentar.
Incluso mar adentro llegan las ondas de las olas grandes, pero sin fuerza para llevarte.
Tienes que arriesgar y buscar el pico.
Sabes que si fallas, las de atrás te van a reventar los pulmones.
De pronto escuchas:
- ¡Cuidado allá atrás vienen las mamas rusas!
¡Es el caos!
Remas como loco y buscas pasarlas todas.
Son demasiado grandes.
Estás perdido, pero no piensas, no escuchas, sólo quieres sobrevivir a esta locura peligrosa.
Remas y subes y subes por la pared de una gruesa ola.
Todas poseen una gruesa concha de fuerza hidráulica.
Son capaces de molerte los huesos y hacerte polvo.
Además le temes a las alturas.
¡Pero en primer lugar para qué has venido a este infierno!
En las películas de surf nunca mencionan los ajetreos por los que hay que pasar para coger una ola, una simple ola.
Es todo lo que quiero coger.
Ya no sientes el estómago ni tu espalda ni tu cuello de lo tensos que están.
De pronto has llegado en el momento preciso.
Estás en el hueco del huracán y estás sentado sobre el punto de quiebre.
Una ola viene a tu encuentro.
Ahora sabes que es ahora o nunca.
Ésta viene con tu nombre grabado en el pico incipiente.
Lo remas, oh, de verdad, la deseas con todas tus fuerzas.
Un poco más hasta que sientes que te llevan, te llevan.
TRANSEXUALIDAD
A Gabriela Espumer
Hoy me debatí en la nada.
Colores, sonidos, nombres, gente conocida y un casi algo en la atmósfera.
Pero si la nada es vacío, yo caí allí, en un hueco silencioso.
Era todo y nada ir a tu casa, mirarla y dejar la carta que conservé en mi sudorosa mano y la balanza se inclinó.
Y no has vuelto y creo que es por mí.
No te gusta ser amado así ni aprecias el deseo frenético y anal que siento por ti.
El mundo está compuesto por mucho ruido y sonidos extraños.
Todo forma una mala canción.
Son lugares, sitios que me agobian de cosas que no necesito.
No hay invitación y tú proyectas la iluminación de una película artística.
Algo que arranca poesía de mí como piano bien tocado.
No me acuerdo dónde te vi.
¿Fue en un carro?
Miro a cada vehículo, a cada conductor, esperando encontrarme con tus ojos.
El sol me encandelilla, por suerte no andas en colectivo o a pié como yo.
Sino imagínate en cada rostro, desilusión.
Estoy demasiado viva.
Lo siento en los sonidos de bocas y ojos y hasta en el dolor que lo percibo como una prueba.
Prueba y crucifixión de mi pasado.
Es en todas direcciones el fluir, rozar a mis amigos, escuchar a mis enemigos.
Elegir no fue por ética.
Fue el freno ante el abismo de lo desconocido: ellos, los otros.
Quebrar costumbres.
La religión es una moda, quizás también lo sea la humanidad, la solidaridad, la búsqueda del placer.
Elegir entre lo infinito y santo o dejarse llevar por la pasión que fluye en ti.
Descansar de la voluntad o ser constante.
Las leyes que no creé me hacen pensar que soy una cosa, un objeto.
Moldes de la voluntad y del comportamiento que se disfrazan, me disfrazan con uniformes.
Como si todos fuésemos cortados por la misma tijera.
Lo que pasa es que el jefe teme ver la ropa de la necesidad y la pobreza o del deseo y del sexo.
Costumbres.
Formas del pasado sin el matiz de los fondos.
Heridas que se ocultan tras el disfraz del maquillaje.
La raza que perdió hizo posible que gane la humanidad.
Heridas que te oculto tras el silencio confuso que en los buenos modales se prohíbe decir que no.
La no intromisión es postergar el abrazo que te hará conocerme, que creará interacción, la base sólida de mi belleza.
Comunión de almas.
Un pedazo de mi fruta por un poco de la tuya.
Quiero saber que hay detrás de la noche de los tiempos en que no te encuentro.
Y si siempre fui así.
Y los espacios donde no te sitúo y hay mil formas de saber.
Pero yo soy tú en una tradición.
CASINO MIRAMAR
En el Nueva York emancipado, el hombre y la mujer, pintorescamente ataviados como dos salvajes y pertenecientes a tribus hostiles, se enfrentan el uno a la otra. El hombre quiere engañar y luego zafarse con toda libertad. La estrategia de la mujer es desarmarlo y retenerlo.
Saul Bellow
A Fátima & Judy
Tomo tu paisaje.
Tomo tu cuerpo envuelto en un capullo de algodón.
Me miras y te juntas a mí.
¿Cómo sabes que soy yo?
Te veo todas las noches en mis sueños.
¿Y qué hago?
Estás en un peñasco junto al mar.
¿Qué más tomas de mí?
Los rayos del sol y veo espejos de amor en mis ojos.
Sacúdete un poco más allá que me aprietas.
Todo es tan bonito que más no se puede superar.
Tú eres la que no se puede superar.
¿Mi amor te deja ciego?
Mi corazón siente cosas.
Yo siento que hay algo allá abajo.
Un caracol de mar.
El viento sopla fuerte y me refresco.
Mis carnes se sienten bien junto a las tuyas.
Creo que empiezo a llegar.
Yo siento el sol en todo mi cuerpo.
Eres tan fuerte que lo soportas todo.
Todo debe estar adentro y ahí debe quedarse.
¿Qué vas a hacer mañana?
Te volveré a buscar.
¿En serio?
Creo que sí.
Vuelvo a sentir en el corazón.
¿Qué cosa amor?
Que voy a llegar a tocar ese arco iris.
No. No puedes hacerlo sin mí.
En serio, será mejor que te prepares.
¿Hablas en serio, ya tan rápido?
Las olas golpean bien fuerte sobre la orilla.
Será mejor entonces que me prepare yo también.
Creo que si lo hacemos bien tocaremos el infinito.
¡Qué alegre estoy!
¿Ves el horizonte cómo brilla?
Sí veo más allá también.
¿Y qué ves?
Dos almas que se comparten.
¿Viven juntas?
Sí.
¿Qué más ves?
El espacio infinito.
Te dije que llegaríamos allá.
¡Qué sudado está!
Me estoy fundiendo amor.
Yo siento vibrar el cielo y doy quejidos.
Yo escribo tu amor y lo guardo en una carta.
No puedo salir de ti.
Eres un mentiroso.
Tonto sigue.
Me frotas y me frotas.
VANIA
No recuerdo muy bien la primera vez que te ví.
¿Era en un concierto de rock en las Mercedarias?
No estabas conmigo y nunca podría ser.
Tu recuerdo va más allá del olvido.
Se transforma en un quizá o en un pudo ser.
Lo querías tener todo y lo perdiste todo.
Eras la dueña de todas las fuerzas de la naturaleza.
¿Qué es lo que llama a un hombre la atención sobre una mujer?
Sus ojos.
Los tuyos eran el reflejo de un escándalo, una pasión incontenible.
Tenías que elegir entre la fuerza bruta y el refinamiento.
La energía llegó primero y te atrapó ante mis doloridos ojos.
Buscaba cada momento, cada oportunidad para poder verte y ni tú ni yo lo sabíamos.
La amistad nos enseñaba las huellas de la pasión que dejábamos como semen seco en el colchón.
Al final te cansaste de todo y la fortaleza era un exceso que ya conocías bien.
Ahora dirigías tu mirada a un hombre metido en un tubo.
El buen gusto es una mezcla de fuerza y elegancia.
Hervías de pasión y dibujabas en mis ojos la figura de un tierno pecho.
Yo te hablaba de Martin Potter en Jefrey’s Bay.
Tú ruborizada y loca me preguntabas si quería mayonesa en mi galleta con atún.
Rugía una ola y en un descuído me enseñabas las piernas y luego te tapabas.
Tenía que verte para poder vivir.
Tu amor era como asistir a una fiesta elegante en un castillo encantado.
La conversación era selecta.
Todos hablaban de Milton Friedman, Hayek y Stuart Mill.
De las estrellas una se descolgaba del firmamento para posarse en tu espalda.
Desde donde estabas me mirabas y sonreías.
En la radio se escuchaba Lady in red.
Estar juntos era como beber un whisky a orillas de un mar picado.
Bailamos un bolero y te derretías por mí y me comparabas con Jeremy Irons, yo te susurraba al oído lo hermosa que te veías en traje de noche.
En las noches vives en mis pensamientos.
Nos tomamos de las manos y cuando te vas tus dedos se separan de los míos.
ENGABAO
A Leonor
Todavía puedo verte, sentada ahí.
Mirándome fijamente.
- ¿Qué lees?
- ‘El hombre que calculaba’.
La jornada había empezado con un salto desde la roca.
Un salto hacia la felicidad.
La tabla de Eddie Bauer yacía colgada en el cuarto como un recuerdo.
Ahora la Vland Hawai copulaba con el mar y debajo mío.
Cuando Engabao escupía olas grandes, calientes, de color verde.
Sólo tenía que colocarme bien y la ola me llevaba.
Al bajar me aseguraba de acercarme a la espuma.
En mi mente trataba de obtener el mejor puntaje de unos jueces imaginarios.
Pero era juzgado por tus ojos.
Habías venido de Colombia para llevarte un surfista y ahí estaba yo para alegrarte y decepcionarte.
Como toda pasión efímera.
Desde abajo resorteaba, subía por la pared, sacaba una estela, me alejaba de la concha y en el cutback imitaba el estilo de Hans Hedeman.
Las chicas grandes miraban sus hombres, pero cuando corría yo, ante ellas, corrías tú.
Las orejas se paraban para oírte decir algo, cualquier cosa.
Pero estabas tan orgullosa de mí que las palabras se ahogaban en tu seno.
De noche Engabao era un nido de carpas.
Sobraban carpas y nos quedamos solos.
¡Qué inocente era todo!
Una mirada directa a los ojos era algo inusual y atrevido.
Un apretón de manos, una conmoción en el corazón.
No paraba de hablar de surf y te hacía dibujos en un trozo de papel.
Querías hablar, decir que pare, que ya no podías más y te acercaste y tus labios depositaron un beso iluminado por el reflejo de una vela.
Una vela que era una centella.
Al rato nos fuimos a ‘Los Patios’ y en el camino nos arrullábamos como dos palomas.
Veías cómo unos cubas libres entraban por mi boca y resbalaban por mi garganta, te quedaba el sabor del licor en los labios.
Bailamos como si el mundo se fuera a acabar al amanecer.
Me contaste que tus padres eran profesores.
Me enseñaste unas fotos y me diste tu dirección postal.
Me convertiste en aguaje y te arrastré hacia el mar.
Tomé tu cuerpo y lo moldee como el escultor que llevaba dentro de mí.
Tú cedías aquí, allá y te dejabas llevar.
Una ola de pasión nos barría de Este a Oeste.
Pero era de Sur a Norte el golpe de viento mayor.
Pero no sentíamos frío.
Bailábamos la danza del amor sobre carbones encendidos.
Me dijiste que te iba a dejar marcada y me dió igual.
Nos herimos mutuamente y nos chupamos la piel con sabor a sal.
En la mañana desayunamos cebiches de camarón y estaban picantes.
Vivíamos la vida sobre un mar violento.
En el camino de regreso escuchamos una melodía de Ambrosia.
Vamos a toda velocidad por el carretero.
Nos gusta el desierto aunque sientes calor no te importa.
Parece que esta mañana me amas más que ayer y como nunca.
Yo sólo soy el novato del año y tú una extranjera desconocida.
Todavía puedo verte sentada ahí.
Mirándome fijamente.
SOLEDAD
Si has de ser digno de compasión y andas en busca de socorro, siempre estarás cayendo, inevitablemente, en poder de estos espíritus irritables que te estarán aporreando siempre con su ‘verdad’.
Tienes que limpiar las puertas de la visión mediante el conocimiento de ti mismo por la experiencia.
Saul Bellow
Temprano por la mañana salgo a trotar.
El tiempo se desvanece entre mis dedos y se pierde en mi memoria.
La arena fría y cenicienta se hunde bajo mis piés.
Parece que me detuviera, mis articulaciones se quejan.
Sólo me acompaña el rugido de las olas imperturbables.
Todavía es noche, pero entre la bruma puedo ver colores.
El púrpura se presenta como una mancha gigante en el cielo.
Las estrellas le ceden el paso a las nubes.
Corro, despacio, aspiro profundamente el último vestigio de la sombra nocturna.
Oígo latir mi corazón, afuera no hay nadie, conozco la soledad.
La bruma de la mañana no me deja ver el horizonte.
Corro y me agito y siento el sudor frío que se pega a la espalda.
Corro y puedo sentir el golpe de sangre por todo el cuerpo.
La arena es algo que se transforma en una mano que agarra y detiene.
El terreno irregular me hace consumir energías extras.
Un salto aquí, un paso más largo allá.
Unos vagabundos duermen en los asientos del malecón.
Me topo con unos surfistas que van al punto.
Todo mi cuerpo suda frío, excepto el cuero cabelludo.
Ya empieza a sudar con calor.
Corro y corro en trote ligero, ¿hasta dónde?, no sé.
De la arena paso a las baldosas cuadriculadas del malecón.
Y de ahí al asfalto frío.
Me fijo en donde coloco los piés.
Evito botellas de cerveza rotas y excremento de perro.
Subo una pequeña pendiente y voy a Chipipe.
Entro a la arena otra vez.
Mis músculos están calientes, he vencido la pereza.
Corro y corro por entre carpas llenas de arena.
En mi carrera salpico agua de mar que refresca mis músculos.
El silencio es absoluto y corro, parece que no me voy a cansar o a detener nunca.
Mis piernas están más flexibles, casi doy saltos en mi carrera.
Llego a Shit Bay y emprendo el regreso.
Trato de volver sobre mis pasos, pero es imposible.
El mar ha borrado las huellas.
Mi cuerpo vibra y vibra.
Primeros rayos de sol entibian la atmósfera.
Es una mañana con mucho sol.
A lo lejos, en perspectiva, puedo ver una salinera que ha madrugado.
Está sentada en una silla baja y de plástico.
Abre sus piernas como si quisiera abarcar todo el Universo.
Busca su loción antisolar.
Corro y corro y paso junto a ella.
Ella se vuelve, alza sus lentes me mira con sus ojos y me fotografía con sus ardientes entrepiernas.
Yo sigo de largo.
Vuelvo al asfalto, pero ahora corro más de prisa y más seguro.
Bajo la pendiente a toda velocidad y entro a la arena de un salto.
BOLERO
Las buenas chicas se casan enamoradas. Pero cuando dejan de estarlo, deben recuperar la libertad para amar a otro.
Ningún esposo decente hará nada por oponerse al corazón de su mujer. Esto es lo ortodoxo en los Estados Unidos.
Y no es en sí una cosa mala sino, simplemente, una nueva ortodoxia: respetar la falta de cariño de una mujer que antes lo ha tenido.
Desde luego, lo que no se admite, ni siquiera se da como posible, es que una mujer no haya querido antes a su esposo.
Saul Bellow
Odio las fiestas zanahorias, con las luces encendidas en el Yacht.
Es el único lugar donde me puedes ver, tocar, sentir.
No. No hay otra forma.
El disck jockey ha colocado nuestra canción de los Bee Gees.
Dime que me amas.
No puedo acercarme a tu oído, está aquí mismo y está tan lejos.
Pero sí puedes apretarme.
Oh, lo siento, estoy tan tenso.
Siento tu pene endureciéndoce y que me empuja.
Por favor.
Eres tan delgado, tan delgado, te han dicho que tu mirada mete miedo.
No te importa que nos estén viendo, ¿verdad?
Dime que me necesitas.
Ya sé, te diré que estoy harto de masturbarme pensando en ti.
Es muy fuerte, dime algo más romántico.
Últimamente no puedo dormir.
¿Por mí?
¿Adivina qué?
¿Qué?
Le dí una propina a un camarero para que accidentalmente apagara las luces un momento.
¡Eres loco!
¡En serio!, apagará las llaves del control maestro y sólo quedará funcionando la música.
¡Loco!
¡Ah!, ¡ves!
¡Pero...!
Ahora te voy a apretar bien las nalgas y te voy a dar un buen beso .
Tú sabes cómo ponerle emoción a lo nuestro.
Tú me enseñas a gozar aquello que es ilícito.
Yo no te obligo a nada.
Cada vez que te veo desnuda me hundo más y más dentro de ti.
Estoy ardiendo...tengo el calzón empapado.
Lo sé, un poco más y te montas encima mío.
Ya no sé el momento de salir de aquí y dejar que me violes.
Dile a tu marido...
No puedo.
Dile que te enfermaste del período.
Querrá venir conmigo.
Dile que no se lo permites y que te vienes con tu chofer.
Es demasiado.
Está borracho y yo soy su hombre de confianza.
Su guardaespaldas y su alcahuete.
No dejes que la hiel de la amargura nos pierda en esta noche.
Es verdad, las cosas son como son.
Mejor es que nos olvidemos de todo y nos quedemos tranquilos.
¿Por qué mientes?
Siento tu falo que me golpea las caderas.
Si fueras una muchachita cualquiera te llevara al baño.
¿Me lo harías de pié?
En este momento soy capaz de todo.
Apriétame un poco más, creo que voy a terminar.
Dile a tu marido lo que te dije.
No después del baile, sería muy revelador, sospecharía.
No, claro que no después del baile.
Me he quedado en una esquina con el olor a mujer.
Pero es un olor diferente porque es de una mujer que conozco y que voy a amar pronto.
¿Y si quedara embarazada?
Los dioses nos miran y entre ellos traman sus proyectos.
ENGABAO
A Leonor
Y aquella vez seguimos de largo.
Para cuando nos bajamos nos dimos cuenta que tuvimos que caminar.
Pujar las tablas, la carpa la llevabas vos, las mochilas yo.
El sol amenazaba con ocultarse y apresuramos el paso.
Cuando llegamos, Engabao era un punto donde rugían la olas.
Y armaste la carpa bien aunque me faltaban piezas.
La arena se metía por todas partes y el viento no facilitaba las cosas.
Teníamos prisa por entrar y descansar, sudábamos la gota gorda.
De pronto encendiste una vela y alumbraste la magia.
Oh, Maggi, prendiste un porro y después grifotes nos comíamos la yerba.
Hacíamos equilibrio en el espacio y unas cuantas chispas bajaron del cielo.
Al fin lo habíamos logrado.
Escuchábamos las olas del mar, ese sonido tan familiar tan cercano al infinito.
Un colegio, unos cursos acampaban al lado.
Te quedaste dormida y yo te miraba la piel apenas quemada por el sol.
Maggi, ¿por qué eres así?
Quiero descubrir el amor en ti.
De pronto te has cansado de la ropa y te desnudas.
Cojo una cartulina y te empiezo a dibujar desnuda.
Quieres que apague la vela y no sabes nada.
Dibujo tu silueta y me esfuerzo en grabar algunos detalles reveladores.
La frente está empapada de sudor y me tiemblan las manos.
Tengo hambre, trato de despertarte, pero no escuchas.
Afuera no se ve nada y aprovecho las luces de las antorchas de los alumnos que se dirigen al pueblo.
Mis tenis se hunden en la arena, te he dejado a oscuras y me preocupo.
La noche es tan negra que la oscuridad me golpea la cara y me deja ciego, son espíritus, demonios.
Mar adentro ocurre un milagro y antorchas vienen desde el horizonte con su carga de alimento.
En la costa veo alucinado cómo se repite una escena prehistórica.
Rudos compradores de pescado de rostros toscos esperan la carga, son otra raza.
Los pescadores de facciones más suaves pujan los botes y los motores fueradeborda.
El cielo está impregnado de estrellas de número infinito.
Comercio con los pescadores y en otras ocasiones les mendigo un par de buenas y gordas piezas de alta mar.
Al final me rindo y ordeno un par de pescados fritos con abundante arroz y ensalada de tomate.
Doña Gloria cocina con carbón de madera de la costa y el alimento sabe raro, el arroz está ahumado y la ensalada de tomate medio podrida, bien curtida y sabrosa.
Tengo el estómago pegado a la columna.
Me trago el hambre por llevarte las tarrinas y emprendo el oscuro y penoso regreso.
No veo nada y subo a trompicones la loma, hasta el cielo tachonado de estrellas como fuegos pálidos me guían.
Al fondo veo una luz parpadeante, has encendido una vela dentro de la carpa.
Llegó más transpirado y más ansioso que nunca y bates palmas al oler la comida.
Abrimos las tarrinas y comemos con la misma fuerza con que nos amamos, masticamos, bebemos unas fioravantis calientes y nos chupamos los dedos.
Yo los tuyos y tú los míos.
FIESTA EN EL JARDÍN
Era una noche de continuos cambios.
Tu vestido era una explosión de colores.
Yo no aflojaba mis jeans y mis hawaianas.
Buscamos una mesa y empezamos a beber, es la única forma de romper la odiosa barrera de las inhibiciones y el miedo a divertirse.
Son tiempos inocentes y es fácil hablar con una desconocida o con un desconocido.
Bailamos al ritmo de los TAVARES y otros éxitos de mediados de los 70’s
Vinimos juntos, pero buscamos el amor en cualquier rostro.
Conversamos sobre lo loco que está el mundo.
Ahora todos sólo piensan en bailar y pasarla bien.
Olvidémonos de los problemas por un instante.
Bailar es un rito social, podemos sentir la música que corre por nuestro cuerpo.
Toda clase de gente linda se ve por aquí.
Los vestidos más hermosos se mezclan con los peinados más raros.
Toda la atmósfera se llena de diferentes estilos de perfúmes.
Las chicas llevan los dedos repletos de anillos de oro.
Se ama el oro, el lapiz labial, el perfume caro y extranjero, el alcohol y la música de la yoni.
Se ama la conversación fácil y equilibrada.
Las mujeres se peinan, los hombres muestran su brillante dentadura.
Algunos hablan de negocios como si todavía estuvieran en la oficina tirando números.
Algunas mujeres hablan de lo bien que pasaron en sus vacaciones.
Tú te sirves un buen trago de whisky.
Yo te saco a bailar, pero prefieres bailar con otro.
Una linda chica se me ha pegado y no paramos de charlar.
Al rato llegas con una nueva amiga que te gusta.
La música entra por nuestros oídos y llega al cerebro.
Volvemos a bailar, cada cual por su lado y juntos todos al mismo tiempo.
Se pueden ver los rostros más lindos tanto en hombres como en mujeres.
El sudor se te pega con el aire acondicionado.
Quieres que me abra los primeros botones de la hawaiana.
Está de moda lucir los vellos del pecho.
Te encuentras varada soy lampiño.
Los senos grandes y voluptuosos ya pasaron de moda, ahora se estila senos pequeños y puntiagudos.
De pronto te veo besándote con tu amiga.
Todo es una locura cuando estamos juntos.
Bailamos y bailamos y sudamos el alcohol que estamos bebiendo.
Te saludas con todo el mundo, toda clase de persona viene y se sienta en nuestra mesa.
Bailo un bolero con mi nueva amiga.
Su piel es suave como la de un bebé, su perfume me transporte a un campo verde de primavera.
A ella le gustan los cocktailes de sabores dulces y colores múltiples.
Tantos líquidos ingeridos en una noche me llevan al baño.
Con un grupo de desconocidos me fumo un porro.
El alcohol borra las diferencias, los frenos, las estúpidas convenciones del juicio y te acerca al otro, al desconocido.
La yerba termina convirtiéndote en hermano de uno que nunca has visto en tu vida.
Al salir del baño ves la pista de baile alucinando con gente que te hace temblar el piso.
Te parece que la música y la gente brincan y saltan al mismo ritmo de tu corazón.
De pronto lo comprendes todo, todo entra a tu cerebro.
Estás en una fiesta en el Jardín.
EL PRIMER BESO
A Sarita
Estabas tan hermosa.
Tu presencia hacía juego con la hermosa decoración del LIDO.
Recuerdo la primera vez que nos vimos en Salinas, sólo un número de teléfono me quedó de aquello.
Te llamaba, me llamabas.
A veces nos olvidábamos, otras te llamaba y te hacía reír.
Tu voz era tan linda, yo era tu amigo secreto.
El problema era cómo encontrarnos.
A veces te iba a ver al colegio y me desesperaba buscándote en la multitud.
Un día que no había olas me llamaste cuando estaba varado en la ciudad.
Y me dijiste que ibas a estar en la vermouth del LIDO para ver LA AVENTURA DEL POSEIDÓN.
¡Qué linda te ves con tu vestidito nuevo!
Hasta ese momento yo había sido un recuerdo de una noche de verano.
Me presentas a tus amigas.
Yo luzco para ellas como un ente extraño, con la piel quemada sobre lo quemado, más sport que elegante.
Trato de decirte que te he extrañado y que me quiero sentar junto a ti.
Te tomo la mano y la tuya está seca y perfumada.
Al fin comprendes y nos sentamos juntos y apartados, la película es lo de menos.
No tenemos miedo de conversar lo que hemos hecho, estamos casi solos.
Tienes frío y me dejas ser galante al colocarte mi chompa deportiva.
Te pregunto cuándo nos veremos en la playa.
Y se te corta la respiración, tienes algo que decirme.
A tu padre lo han asignado a una misión diplomática lejos de aquí.
Estás conmovida porque casi soy tu único amigo entre tanta gente.
¿Te acuerdas lo que hicimos en aquella fogata salinera?
Nadie te había hablado así, nadie te había tocado tus labios así.
Desde entonces te has interesado por espiar a los novios de tu hermana mayor.
Yo cargo tu foto en la billetera Bolt y la llevo a cualquier punto de quiebre que voy, y te dedico en secreto mi ejecución.
¿Por qué te sonríes así?
Te gusto y ese gusto te hace feliz.
Tu sonrisa me atráe como un imán hacia ti.
Nuestras manos entrelazadas empiezan a sudar.
Yo te seco con mi camiseta y al final me dices que lo deje así.
Ya no te molesta mi sudor en ti, tu perfume ahora lleva algo de mí.
Huelo el olor de tu piel en tu pelo, todo es tan tranquilo y tan natural.
En un momento no puedes más y echas la cabeza apoyándote en el respaldar.
Como una fina lluvia deposito mis labios sobre los tuyos.
Ninguno de los dos sabe besar.
Pero mantengo mis labios sobre los tuyos hasta que necesites respirar.
Me dices que te he dejado sal en la boca.
Yo te digo que me he robado tu miel.
Ahora estamos más unidos que nunca, nos sentimos como una pareja de pequeños esposos que salen un fin de semana a divertirse.
Al principio estaba enojado.
Ese día pasaban en el MAYA el film titulado EL GRAN MIÉRCOLES, con Jean Michael Vincent.
Te imagino en traje de baño con mi chompa, patinando en el Roller Vito y no sé cuantas cosas más.
BRICEÑO
Ninguna vía era tan pobre ni insignificante para que no pudiera tener unos méritos imaginarios, unos honores en perspectiva, y una libertad brillante que disfrutar.
Saul Bellow
A Jeffrey
A Linda Molina
He caminado y caminado tanto.
Para ver esta ola que es la más grande que cualquiera de las que he corrido en mi vida.
Ni siquiera sé si saldré vivo.
Me he preparado toda mi vida, siento que me he preparado toda mi vida para esta ola.
Cuando entro al mar, doy dos pasos y ya estoy en mar abierto.
La corriente es fuerte, pero mis hombros son máquinas que me llevan a todas partes.
Las barredoras son gigantescas toneladas de espuma.
No sé cómo aguanta el cordón de la tabla.
Me sacuden fuertes corrientes de mar abierto y me elevo por encima de gigantescas paredes de agua.
Recién estoy entrando, pero puedo ver a mi derecha una concha gigantesca de agua que se retuerce sobre sí misma.
Va arrasando todo a su paso.
Remo y remo hasta no saber dónde está el comienzo del punto de quiebre.
Vienen más barredoras desde el fondo pero estoy tan adentro que no las evado, voy directamente hacia ellas y las paso a duras penas.
Al fin veo la ola en la que me voy a ir.
Sé positivamente que esa ola es mía.
Mi tabla es muy pequeña y temo cuando soy vapuleado por el tremendo labio de la ola.
Toda mi suerte está depositada en mi poco peso y en la fuerza de mis brazos.
Si fallo me encontraré en una zona de peligro, una situación apurada.
Siento que me voy y me voy, pero no puedo cortar esta ola gigantesca.
Derrapo y estoy obligado a bajarla hasta el final.
Tiene la altura de un poste telefónico, cuando llego hasta abajo.
Me impulso con todas mis fuerzas, pero llego hasta la mitad.
La corto por la mitad con un estilo más de Mark Occilupo que de Cheyene Horan, y regreso hasta la espuma de la terrible cresta.
Es un cutback interminable voy a toda velocidad subo por la pared enconchada y vuelo por el aire hasta caer otra vez en el agua.
La ola de tres metros me va alcanzando cuando pierdo velocidad.
El tubo gigante me cubre por completo y yo piso la tabla y la sacudo para agarrar velocidad.
Es un tubo interminable, al fondo sólo veo un techo ovalado de agua y el nivel del mar.
Un impulso de vapor me saca de ahí y lo he logrado.
Subo y bajo por la pared que se va achicando lentamente, demasiado lentamente.
Sólo un testigo de lo que acabo de hacer y no tiene una maldita cámara fotográfica para registrarlo.
Me siento como el viejo protagonista de la novela de Hemingway.
He pescado el pez más grande y no lo puedo demostrar.
Para cuando he terminado de correr esta gigantesca ola estoy a tres kilómetros de donde entré.
La corriente es fuertísima.
Regreso al punto donde me metí, primero al trote y después corriendo.
Mi amigo está sorprendido, nunca se imaginó que yo haya tomado tan en serio este deporte.
Yo me alegro, al menos lo vió todo, me acuesto en la arena junto a él.
Después de un rato emprendemos el regreso.
Briceño nunca te olvidaré.
CARLITA LOVE
Conocí al padre y la madre de Carlita desde que iniciamos el curso para convertirnos en infantes de marina.
Nuestra relación se fue haciendo más fuerte cuando ambos decidimos aplicar para el curso de salto libre de paracaidismo de la marina.
En los pocos momentos de intimidad que teníamos me hablaba de su linda esposa.
Durante unas vacaciones conocí profundamente a su adorable esposa que ya llevaba en su vientre a Carlita Love.
La carrera de infante de marina es peligrosa y llena de vicisitudes, que al mismo tiempo nublan la cabeza del infante de un orgullo que no conoce freno.
Yo tenía en mano una propuesta de trabajo para cuidar a un importante narcotraficante, pero no me decidía a dejar el cuerpo de infantería, los amigos y me retenía el orgullo de pertenecer a una élite específica de guerreros.
Lo que me decidió finalmente fue la muerte del padre de Carlita ocurrida durante un salto.
Su paracaídas no se abrió bien y mi amigo enredó el brazo y una pierna en los hilos, precipitándose hasta el agujero oscuro de la muerte.
No significaba nada la muerte de mi amigo. Era otro infante que moría por exceso de confianza.
Pedí la baja, me enrolé en el servicio del mafioso narco Paul Ditto, y empecé a visitar frecuentemente a la viudita y a la pequeña niña.
Silvia tenía un atractivo irresistible. Su cuerpo era hermoso, su cabello pelirrojo, fino y peinado hacia atrás, era como ver el mejor modelo de mujer recién salida del mar, con el pelo peinado por el viento.
Su belleza se equiparaba al de una fruta madura.
Salíamos a bailar, todo mi tiempo libre se lo dedicaba a Silvia y Carlita como si se trataran de mi familia.
Con Paul Ditto el trabajo consistía en transportar maletas repletas de dinero o droga. Trabajar para Paul Ditto significaba tener una billetera repleta permanentemente con cincuenta billetes de cien dólares.
Silvia tenía conmigo comida, ropa una casa y anillos de oro. En una ocasión la repleté de anillos y los dedos de las manos, pies, el cuello, tobillos, brazos, todo, estaban adornados de abundantes anillos, collares, cadenitas, brazaletes.
Y ella en agradecimiento, se me presentó una noche en el cuarto de huéspedes en que dormía en la casa, completamente desnuda y ataviada con todo el oro que le había comprado.
Su vello púbico pelirrojo era una llama de fuego incandescente.
Yo me disculpé, diciéndole que me dolía la cabeza.
No teníamos sexo.
Porque desde el principio me gustó más Carlita Love.
La veía crecer y hacerse mujer. Carlita era el vivo retrato de una niña fuerte y sexi.
Carlita podía ver en mis ojos el amor paciente del que espera insistentemente. No, esos ojos no la miraban como lo haría la mirada tierna de un padre.
El tiempo pasaba inexorablemente y Silvia se consumía por dentro con los calores tropicales, ardores y deseos de un buen orgasmo.
Yo llevaba una doble vida. Y me estaba volviendo loco.
El mundo que yo frecuentaba estaba plagado de sexo, lujuria, miseria y asesinato. Ese mundo era el que pagaba en efectivo mi sueldo.
El mundo de Silvia y Carlita era un mundo femenino e inocente, era una rutina donde los protagonistas eran la moral, la educación, la fe.
Yo guardaba muy bien mi secreto.
Carlita ya de diez y seis años, escuchaba a su madre quejarse amargamente con sus amigas por teléfono de su situación y sabía que yo no tenía ningún romance con ella.
Carlita no se perdía ninguna conversación telefónica de su madre.
Era una verdadera guerra de nervios la que venía librando con Silvia, que no podía esperar un momento para insinuar su oscura y húmeda vagina ardiente, al hombre que vivía para ella y la cubría de oro.
Por último ya harta de esa situación me prohibió la entrada a la casa.
Yo les seguía pasando el dinero necesario a través de Carlita que venía llorando a mi departamento para preguntar que qué era lo que me pasaba, que por qué las trataba así...
Carlita tenía diez y siete años y yo ya no podía esperar más, después de todo era un hombre normal. Y le dije que a quien amaba era a ella, que por ella vivía y respiraba y que cada latido de mi corazón gritaba su nombre.
Ella se quedó muda, pero era como si esa información no la sorprendiese. Carlita recordaba que en una ocasión, cuando tenía catorce años, se había sentado en mis rodillas y se había hecho para atrás y después de un rato sintió una poderosa erección entre mis piernas que la calentó desde la punta del dedo gordo hasta la raíz del pelo.
Carlita se levantó turbada y ansiosa y se fue a la cocina a beber un vaso con agua.
Después de realizada la confesión no esperé volver a ver a Silvia y Carlita nunca más.
Pero sin la figura de una autoridad paterna ese hogar se fue descomponiendo. Discusiones, histeria femenina, gritos, peleas, enfrentamientos inútiles, eran la tónica de todos los fines de semana cuando Carlita tenía que venir a mi departamento a pedir el dinero de la semana.
Silvia me necesitaba para continuar su estilo de vida, pero también necesitaba algo más de mí. Quería que la inundara de semen, quería lamerme la leche del falo.
En una noche de tormenta, estuve toda la noche bebiendo un Jack Daniels acompañado de una pistola.
En cualquier momento me podía volar la tapa de los sesos y todo quedaría solucionado para mí.
Mi vida ya era un verdadero infierno como para que encima tuviera que sufrir así por el amor de una menor de edad.
Esa misma noche de tormenta eléctrica con lluvias, truenos, relámpagos y rayos, sonó el timbre de la puerta y ahí estaba Carlita Love con sus zapatillas, sus pies desnudos, su falda empapada, su cinturita, sus brazos, su cuello fino de yegua y su rostro empapado de lágrimas diciéndome:
- Le dije todo, mi amor, le dije que yo también te amo.
Me acosté en la cama y respiraba tranquilo.
Al fin se habían resuelto en parte el problema de la doble vida. Todo era posible con el amor de Carlita Love.
Carlita Love se me acercó y se quedó parada ahí, chorreando agua, temblando y con frío.
Yo le hice espacio en la cama y le abrí la sábana y ella se quitó la ropa hasta quedarse desnuda con su diminuto vello púbico empapado de deseo, sus pezoncitos duros de pasión, el corazón latiéndole aprisa, y se metió en la cama debajo de la sábana.
Nos besamos mil veces con lágrimas de placer en los ojos y ella preguntaba insistentemente:
- èPor qué, por qué todo es tan difícil?
Como respuesta la viré en silencio, y la penetré por el pequeño anito, desquitándome de toda la abstinencia enfermiza sufrida con resignación por tantos años.
Y ella me correspondía con la misma fuerza, apretando y aflojando su esfínter.
LA PRUEBA DE SANGRE
Salí del agua de Paco Illescas, directo al consultorio de un amigo.
Necesitaba que me preste dinero.
Ni siquiera me duché.
Fui directo dejando charcos de agua salada por el camino.
La vida nos había deparado diferentes caminos.
Cuando entré en su consultorio.
Encontré a una linda chica esperando.
Era tan bella que me olvidé de pedirle el dinero a mi amigo.
Me quedé sentado mirándola y la tabla la puse a un lado.
Tenía los pies desnudos y calzados por unas sandalias.
Llevaba una faldita corta que terminaba donde ella cruzaba las piernas.
¡Qué piernas más perfectas!
Sólo comparables con la belleza de su boca, su rostro, sus cejas y su nariz.
Mi amigo entraba y salía y me quedaba mirando.
Con los ojos me preguntaba que qué quería.
Los pechos de la chica eran apretados, de buena raza.
Era temprano.
Cruzaba las piernas y miraba una revista.
Mis ojos sólo se concentraban en el empeine de su pie izquierdo.
Mi mente flotaba como el viento que le da forma a la ola y que mantiene en el aire a las gaviotas.
Como la espuma de mar que lame la orilla deposité un suave beso en su empeine izquierdo.
De pronto mi sueño acabó cuando se levantó con ganas de orinar.
En la radio tocaban una canción de Journey:
I really wanna know you...
I really wanna show you the way I feel…
Me preguntó si podía utilizar el baño y le dije que sí.
Cuando entró al baño mi mente comenzó a flotar de nuevo.
Podía verla levantándose la pequeña falda y bajándose las bragas, sentarse y aflojar el esfínter para soltar el chorro de orina.
Yo imploraba a Zeus, que me convirtiera en brisa marina.
Me deslicé por sus pies, besaba sus pequeños dedos, pies y canillas...
Sus rodillas eran montañas de carne y levanté la cabeza...
Me estaba mirando con sus hermosos ojos y me dijo:
- ¿ Qué haces?
EL ESTRÉS DEL EJECUTIVO Y LAS DESTREZAS FEMENINAS
Pero un hombre necesita la felicidad para sí mismo.
No, porque el hombre puede resistir cualquier cantidad de tormento que le inflijan, el tormento que le llega en los recuerdos con sus males familiares y la desesperación.
Y ésta es la historia no escrita del hombre, su nunca vista y negativa realización, su energía para actuar sin satisfacción para sí mismo con tal de que tenga algo de grande en el que su ser y todos los seres, puedan ser incluidos.
Saul Bellow
A Verónica
El ejecutivo tiene que cumplir una agenda.
Vive adaptándose a diferentes ciclos.
Ciclos económicos, sociológicos, políticos, tecnológicos, familiares, climáticos.
Las cosas de una manera o de otra siempre tienen que complicarse.
Las soluciones siempre son pocas en comparación con el crecimiento de las demandas y de los problemas.
La vida es como un electrocardiograma en contínuo movimiento y cambio.
Un instrumento sísmico.
La tierra tiembla como el brillo de las estrellas.
A veces no hay olas en las playas.
Las estaciones lunares se suceden unas a otras como un perfecto círculo eterno.
En la agenda hay citas que cumplir.
Hay que ir de un lado para otro y encontrar consensos y claridad.
Lo importante es que todo el mundo te entienda bien y claramente.
Que sepan cuáles son tus intenciones.
Nada de juego sucio ni dobleces.
La filosofía del beneficio recíproco no puede tener cimientos turbios, ilegales o poco claros.
Lo que no es legal se legaliza y punto.
Sientes como el sudor te corre por el cuello y te empapa las axilas.
No siempre puedes estar sentado cómodamente en una oficina con aire acondicionado.
Tienes que ver a la gente, conocerlos, mirarlos a los ojos para ver si dicen la verdad.
Incluso, cuando vas detrás del volante, tienes que desconfiar del semáforo y disminuir la velocidad, para ver en los ojos de la otra persona si tiene las intenciones de parar.
Uno ya no maneja para no chocar sino que también para que no lo choquen a uno.
Lo mismo es con los negocios, no basta con escuchar la voz de la persona por teléfono.
Tienes que ir allá y ver por ti mismo.
Qué es lo que está pasando, en qué te estás metiendo.
Sellar un buen trato, con un buen apretón de manos, no es algo sencillo de conseguir.
Pero con el tiempo se convierte en una buena obra como si estuvieras haciendo la voluntad de Dios.
Cualquiera que sea el Dios en el cual deposites tu fe.
El planeta es tan diverso como el cosmos entero.
Diferentes étnias y modos de pensar y de hablar.
Es como montar en dos caballos a la vez, caminar sobre la cuerda floja, hacer acrobacias en el trapecio.
Es una locura.
El estrés se acumula y el peso de la cabeza se apoya sobre la columna.
Provocando que los nervios sean aprisionados por las vértebras.
El agotamiento es general, no puedes caminar más y buscas la sombra de un buen arbusto, un vaso de agua, por favor.
La mentira, el fingimiento, el cinismo no son buen negocio ni material ni mental.
Tienes que respetar al cliente y pensar en su necesidad.
Te duele la cintura, los talones.
Y la cabeza tiene pensamientos tensos y asociaciones falsas.
La línea del cabello retrocede y aquellas entradas se hacen cada vez más profundas y van ganando más y más piel.
Las canas comienzan a poblar tu cabello y tu piel se hace fláccida, no hay músculo que llene tanto pellejo que empieza a colgar.
Te huele mal la boca como a hígado vivito, las axilas despiden esencias potentes y el color de tu orina es malo.
Buscas un bar para tomarte un par de tragos de cerveza.
Buscas una masajista, es lo mejor.
Los baños turcos son los descendientes directos de las salas de masajes griegas y romanas.
A veces te encuentras boca arriba y la chica de poco peso está parada encima de tu tórax, con una blusita transparente y te enseña su incipiente vello púbico.
Otras veces te fricciona la cintura con el peso de sus pies.
Con la fuerza de sus manos sientes como el sudor de ella se mezcla con tu piel.
Y tu espalda recupera la cordura y deja de atormentarte.
Tus nervios se liberan y dejan de pesarte.
Es como volver a ser joven, es rejuvenecer.
Y hasta el principio de una erección es posible.
A veces todo comienza con un simple enjuage-masaje del cuero cabelludo.
Y sientes el contacto del agua y de las manos masajear tu cuero cabelludo.
Fragancias exquisitas te llevan a otro mundo de goces profundos, que te sacan de la miseria y de las mezquindades.
Te llevan a un mundo de secretos gemidos, gritos de agonía, senderos estrechos, rincones sofocantes y al arribo de contínuos orgasmos, eyaculaciones y crisis de placer.
Otras veces es un abrazo penetrante de las piernas en un jacuzzi que le da sentido a la vida.
Tu propia cabeza es un falo a punto de explotar, gigante como un coloso, que está a punto de eyacular blanca leche.
¡Gracias a Dios por crear a las mujeres!
FIN DE AÑO EN SALINAS
A Lorena & Roxana
Aterricé con mi Volkswagen y te hallé en el Roller Vito.
Llevábamos nuestro monigote de viruta.
¡Qué dulce es patinar contigo de la mano!
Respiramos juntos la brisa salina.
Vivian, ¡cómo te gustan las canciones de Olivia Newton John!
Para nuestros pulmones y tejidos jóvenes no existe el cansancio.
Rodamos de aquí para allá.
Toda la pista hierve de gente, pero tú cuentas las horas.
Es un año que se va.
Es el pasado que una vez fue presente y futuro.
¿Quién puede imaginar lo que está por venir?
Luces tan bella con tu traje de baño y tu falda que es un pañuelo.
Y tus botas blancas.
Mi frente suda y tengo sed, pero voy junto a ti.
De todos tus amantes te sientes más cerca de mí.
Soy de tu misma generación aunque un poco más joven.
Te gusta que te cele y que pelee por ti.
Te gusta mandar sobre mi corazón.
Gobernar ahí entre nadie más.
Sería la primera vez que pasamos un fin de año juntos.
Nuestros padres son una sombra, una galaxia lejana.
A veces nos cansamos y nos sentamos en las gradas de cemento.
Te presto un sweter para que no cojas un resfriado.
Estás sudada, empapada y hace tanto viento.
Me mandas, me ordenas, quieres una Fioravanti y un hot dog.
Me esquilmas mi pobre dinero que te lo ofrezco sin más.
Después el disck jockey, pone una canción romántica.
Esa te gusta y volvemos a patinar.
Patinamos despacio, quieres sentir la música.
Patinas de espalda y te alejas rápido de mí.
Ahora quieres estar sola con tu canción, yo te sigo de cerca.
Bailas , danzas con el ritmo, lo sigues y saltas.
Son momentos espectaculares, privados, estamos en medio de todos.
Pero nadie nos puede ver sólo yo.
Es un lenguaje indescifrable, un jeroglífico, un signo.
Quieres tu libertad incluso dentro de tu libertad.
Mi mente me lleva hacia otro amor: Gabriela, ¿dónde estás?
Seguramente junto a tus padres en la mesa del comedor, pero con tu mente estás aquí, junto a mí.
Te llamo con mi pensamiento, ven quemémos juntos el viejo.
Finges estar indispuesta, te vas a tu cuarto, sales por la ventana y vienes, corres, saltas.
Sabes que voy a estar en el Roller Vito, corre.
Llegas cuando estoy junto a Vivian y reclamas la parte de mí que te corresponde, una pila de monigotes.
Huele a gasolina los viejos están empapados.
Me tomas de la mano, me prefieres compartido antes que vivir sin mí.
Las dos son opuestas, Vivian me anima a prenderle fuego al viejo.
Gabriela me sujetas y quieres que lo haga otro, casi lloras.
Al final agarro el bidón de gasolina y lo vierto sobre la pila de muñecos de viruta.
Otro salinero va y enciende una chispa que se convierte en una llamarada.
A lo lejos se oye una canción de Foraigner:
I don’t wanna live without you...
I don’t wanna live without you…
I couldn’t never live without you…
Live without your love…
RESURRECCIóN
Hemos de detenernos a lo que de verdad importa. Yo estoy convencido de que el sentido de hermandad es lo que hace humano al hombre.
Cuando los predicadores del terror te dicen que el ‘otro’ es lo único que te aparta de tu libertad metafísica, debes apartarte de ellos para no escuchar más. La cuestión real y esencial es la de cómo nos emplean otros seres humanos y cómo los utilizamos nosotros a ellos. Sin este verdadero empleo de nuestro ser, nunca temeremos a la muerte, sino que la estaremos cultivando.
Y cuando la conciencia no comprende claramente para qué se vive y para qué se muere, sólo consigue dañarse y ridiculizarse.
Saul Bellow
A Linda Molina
A Jeffrey
Me encontraba caminando desde el pueblo al punto de quiebre de Montañita.
La arena húmeda, la brisa marina, el chillido de las gaviotas, todo el entorno se mezclaba con unos colores rosa y naranja del crepúsculo.
Cuando llegué al punto, me tendí sobre la arena tibia, para ver los movimientos acrobáticos de los surfers.
A lo lejos me pareció ver la figura atlética y coordinada de alguien que ya conocía.
Eran los mismos movimientos sincronizados y de dominio sobre las olas, el mismo poder para deslizarse sobre un mar violento de color rosa por el atardecer, ¿sería él?
Los surfers empezaban a salir del agua, empapados, helados, con la piel de los dedos de las extremidades arrugadas, goteando agua salada en medio de una noche cerrada.
De pronto de entre la penumbra, apenas alumbrada por unas antorchas, salió la figura de Jacob Russo.
Me acerqué a él y le estreché la mano. Era una sensación parecida al placer que se experimenta cuando se vuelve a poner una camisa vieja, bonita y que ha estado guardada por mucho tiempo.
- ¡Cuánto tiempo sin verte, viejo amigo! -le dije alegre-.
Lo último que había logrado saber de Russo era que había sucumbido y quedado atrapado en las tinieblas del alcohol.
- No fue fácil para mí salir de ese mundo de tinieblas- me dijo triste-.
Al principio era una evasión alegre y temporal. Poco a poco se fue convirtiendo en una necesidad del cuerpo. Perdía los trabajos, no coordinaba bien en nada de lo que hacía y mis jefes no confiaban más en mí.
Borracho no servía para nada.
Desperdicié muchos años y buenas oportunidades por ese vicio diabólico. Con las últimas puede terminar la Universidad y sacar una licenciatura de Mercadotecnista.
Pero el vicio del alcohol me tenía agarrado. Tomaba y hacía unos papelones y luego no me acordaba de nada.
Me despertaba todo perdido y con la ropa llena de vómitos y en los lugares más increíbles y sospechosos, que uno se pueda imaginar.
En una ocasión en que se me borró el cassette, me desperté en un hotel con paredes de madera y me puse a mirar a una chica de Bahía que se bañaba desnuda en el cuarto de al lado.
- ¡Pero bueno!- le dije alegre-,¡ya estás con nosotros de vuelta!
Pero Jacob no podía parar, ya estaba otra vez, sumergido en su testimonio de expiación en honor del altísimo, su Señor.
A veces se me quitaba el hambre porque sólo necesitaba el alcohol para seguir tirando por ahí. Sufría unas profundas agruras y parecía que se me iba a reventar el hígado y que tenía un dragón en el estómago de lo fuerte que gruñía.
Perdí todos los trabajos, perdí a mi esposa, a mis hijos que los repartí entre mis familiares, y se fueron a vivir con mis parientes, perdí todos los contactos comerciales, en una ocasión en que me quedé dormido borracho, viendo la tele y con la estufa encendida se quemó la casa, y al perderlo todo me quedé en la ruina y en la calle como un desamparado.
Mi familia me dio la espalda al comprender que no me podían ayudar y empecé a deambular por toda la península de Santa Elena, en busca del último traguito de alcohol.
En una ocasión me enfermé de hepatitis y aún así seguía tomando. Me podías ver en una esquina con el suero pegado a la vena y colgado de una señal de PARE, mientras me alcoholizaba.
-¡Qué barbaridad ya no me cuentes más!
Dormía en las calles sufriendo el frío y la picadura de los mosquitos. Comía cuando el hambre era ya insoportable y comía las sobras de los tachos de basuras de los restaurantes elegantes a los que antes iba yo con mi familia. Como el Moby Dick, ¿te acuerdas?
Mis amigos me veían y sus rostros se llenaban de dolor y fingían no verme o viraban la cara. Lo que más me dolió fue perder el contacto con el surf. Ahora la playa y las olas eran hermosos recuerdos lejanos e inalcanzables.
-¡Bueno, bueno!- le dije alegre-,¡ahora todo eso ha quedado atrás!, ¿no?
Pero Jacob Russo prosiguió infatigable hasta el final.
Entonces un día que me encontraba deambulando por un templo evangélico Pentecostal, escuché la voz del Pastor que decía en su púlpito:
‘Pon todos tu s problemas en las manos de Dios, deja que Él se los lleve... como un gran río, que se lleva con su corriente, toda la inmundicia de este mundo’
Créeme, hermano, que al escuchar esas palabras, sentí que el mismo Dios, todopoderoso, me estaba hablando a través de este buen hombre. De pronto se apoderó de mí una gran paz y me quedé dormido en las puertas de aquel templo.
A la mañana siguiente cuando desperté, estaba junto al Pastor y me decía:
- Hijo mío, ¿estás buscando la salvación?
Le respondí que sí y de inmediato me llevaron adentro del templo y dieron comienzo a un milagro. El milagro que cambiaría mi vida.
El Pastor se puso a orar con toda su fuerza, lo que se dice a orar de firme y con decisión.
Y de pronto sentí la fuerza del espíritu santo y empecé a temblar de pies a cabeza. Era una tembladera como ninguna otra que yo haya experimentado antes. Y luego empecé a vomitar y vomitar.
Yo no sabía de dónde salía tanta materia, ya que no venía probando bocado desde hace tres días.
Las hermanas corrían de un lado para otro con trapos y lavacaras.
Y el Pastor me decía que era el mismo Dios, que me estaba purificando a través del espíritu santo.
Luego el Pastor me empezó a hablar en Hebréo.
-¡Cómo!- le dije-, ¡vaya eso sí que era una sorpresa!, ¡un momento brother!- le dije, ¿cómo sabías que estaba hablando en hebréo?, oiga brother, déjese de estas cosas que voy a terminar en el manicomio- le dije-.
- No sé cómo sabía que el Pastor estaba hablando en hebréo, pero lo cierto es que yo le entendía todo lo que me decía. Y lo que escuchaba no era ninguna lengua que yo hubiera escuchado antes.
La fe de los Pentecostales es la más fuerte que hay, por eso los llaman los más locos de todo el circuito.
Luego puso sus manos sobre mi cabeza y sentí el Espíritu Santo como una corriente llena de bondad y divinidad, que recorría todo mi cuerpo y que me devolvía mi alma perdida y me la cambiaba por una nueva y purificada alma.
- ¡A ver, déjame ver si entiendo bien toda esta locura!, primero te dio la tembladera que no era escalofrío, luego vino el vómito de todo lo que no comiste, después vino el hebréo y al final te electrocutaron, ¿no es así?
- No brother, tú no entiendes nada porque no estás listo. Primero tienes que entender que se trata de una cuestión de fe. Yo estaba listo para recibir a Dios, ¿me entiendes?, estaba listo.
Yo estaba perdido junto a Jacob Russo, me temblaban las rodillas, me ardían los ojos, me temblaban los labios, estaba junto a una fuerza misteriosa que nunca había conocido antes.
Jacob Russo se convirtió en un misionero ejemplar y consiguió trabajo como vendedor y mercadotecnista en una empresa seria.
Después se matriculó en la facultad de Periodismo, y logró sacar otra licenciatura. Y finalmente volvió a la playa a practicar surf.
CLAUDIA LUZ DE NOCHE
Unas nubes cierran el cielo de un color gris y luego de un negro pesado.
Mientras preparo una taza de café escuchó truenos y relámpagos y escucho el cielo abrirse, romperse en pedazos, y finalmente, la lluvia caer.
Es un diluvio que empieza suave y que arrecia con el viento.
Se cuela por entre las rendijas, debajo de la puerta.
Me parece que suena el teléfono y eres tú.
Me conversas que estás triste, que pensabas venir a tomarte un trago conmigo y que me ibas a dar un par de besos.
Oh, Claudia, eres para mí luz de noche y estás allá.
Me tomo unos tragos de café y escribo un poema para ti.
Afuera llueve a cántaros y en la radio escucho una canción de Bárbara Straisand y Andy Gibb.
Encerrado en esta villa puedo ver tus ojos y el mar que hierve violento afuera.
Puedo ver tu cuerpo desnudo, acostado en la cama, revolcándote entre las almohadas.
Yo doy vueltas como camarón en piscina y no sé que hacer.
A veces me dan ganas de salir corriendo, en medio de la lluvia a buscarte en medio de esta noche salinera.
Pero vuelve a sonar el teléfono, me detengo justo antes de abrir la puerta y después de beber a trompicones mi taza de café.
Comienzas a hablarme.
Me estremezco al oír tu voz que es como un susurro erótico.
Te imagino con unos shorcitos bien pequeños que te estrangulan las piernas.
Tu boca roja, pegada al micrófono, hablando, moviendo los labios y me cuentas tus fantasías.
Buscas excitarme, confundirme, turbar mis sentidos.
Te digo que voy a verte y me dices que no. No.
Quieres torturarme de deseo, seducirme, subyugarme.
Quieres que me corra al otro lado de la línea.
Te mueres de deseo de experimentar tu poder y conservarte intacta.
Comprendo tu plan y me resisto, no quiero oír más.
Pero al mismo tiempo estoy preso de curiosidad.
Sé que esto es morboso, enfermizo, pero algo nuevo.
Afuera llueve a cántaros y adentro la humedad es terrible.
De pronto la luz se corta, un transformador ha explotado y la línea telefónica se pierde, estoy salvado.
Enciendo unas velas, extraño la radio y voy por unas pilas.
Buscar en tinieblas es un suplicio, pienso en ti y en lo cachonda que estás.
La lluvia es una barrera que no me deja conocerte, explorarte.
De pronto mi cuarto se ha convertido en un laberinto.
Sombras, apariciones, visiones tenebrosas que conservo para mí mismo.
Me parece que oigo a un Minotauro, estoy a punto de gritar.
Las velas forman un contraste con la oscuridad y la lluvia que cae en el techo y que forma un escándalo.
Se ahoga el ruido de las olas y una fina capa de niebla se acuesta sobre las calles de tierra y lodo.
Vuelvo sobre el papel y ahí estás tú, tu poema me ha estado esperando y se vuelve carne.
Luz de noche escribo para ti, luz que forma una poesía.
Los dioses nos aguardan y nos guardan.
Cada mañana y cada noche puedes ver dentro de mí y yo sé que estás ahí.
Jack Kerouac y Allan Ginsberg saben que estás ahí.
ENCUENTROS
Caminabas perdida por el malecón.
Y te seguí con el corazón hecho un puño.
Tu soledad y desesperación eran mi soledad y un trago de whisky.
Creías que eras muy fea para mí.
Yo te sostuve la mano y te prometí una amistad.
Al final quedamos en tomarnos un capuchino junto al río.
Me hablaste de tu marido infiel y quemeimportista.
Y lloraste tu dolor.
Saborabas el abandono y convertiste tu decepción en un escudo de platino.
Yo me ahogaba con la presión mínima alta.
Me hablaste de tus hijos, las penurias de un matrimonio pobre y de cómo cuidabas a tu suegra, tu mejor amiga.
Yo te hablaba de persecuciones políticas y rayos láser.
Mi paranoia te asustaba, ¿estabas hablando con un demente?
Mi problema es no poder decirte la verdad ya que nadie me cree.
Tu problema es que no encuentras un empleo seguro de enfermera.
Te tomabas tu capuchino y ardías en deseos.
Yo miraba la gente pasar con el río a mis espaldas.
Quedamos en que me ayudarías con el problema del corazón.
Toda una historia de sufrimiento se reflejaba en tu rostro.
Te propuse caminar y darnos una vuelta y aceptaste.
Te llevé a un hotel de mala muerte y gasté mis últimos centavos.
Entramos a un cuarto en tinieblas y estabas confundida.
Nos sentamos en el borde de la cama a seguir charlando yo te acariciaba los filudos pezones.
Querías y no querías participar de aquel encuentro.
Mi lengua se convirtió en frenética serpiente y exploraba todos los senderos de tu cuerpo.
Lamía cada rincón de tus piernas, tu vagina peluda, tus axilas y tu ano.
Cada ves te resistías más y más y empezaste a temblar de miedo.
Yo olía la sangre que hervía en tu cuerpo y nada podía detenerme.
Te puse de espaldas y mientras llorabas te forcé y te violé.
NAVIDAD EN SALINAS
La noche es preciosa junto al mar.
Las calles sólo alumbradas por la luz lunar.
En una radio lejana se escucha una canción de Donna Summer.
Camino y camino por senderos estrechos, en medio de estructuras de cemento, edificios llenos de gente.
El llanto plañidero de las olas del mar agitan mi corazón.
Me cuesta llegar hasta el departamento de Red.
Poco a poco van llegando los muchachos.
Sus ropas sport y sus olores frescos.
El uno ha traído marihuana y el otro base de cocaína, el otro papelillos bambú.
Yo he traído una maquinita cuya función es rolear cigarros gruesos.
Preparamos la yerba y el ‘queso’ para evitar pepas y grumos y los colocamos todo en la maquinita y formamos un tremendo cigarro de ‘maduro’.
Estamos ansiosos y nuestros corazones laten con fuerza como anticipando el placer que vamos a experimentar.
Uno de los chicos enciende el fósforo y quema dulcemente la punta del cigarro.
El olor es dulce y el humo abundante.
Al jalar el humo la base adormece el ardor y la quemazón de la yerba.
La mezcla llega a los pulmones y de ahí a la sangre.
Nos sentimos livianos , incorpóreos y estamos solos en el mundo.
Somos presas de pensamientos excitantes, rapidísimos, las paredes vibran y nos vamos a dar de boca contra el suelo.
Pronto tenemos necesidad de salir y dejar el encierro del departamento como si hubiera sido un refugio necesario, pero temporal.
Bajamos las escaleras muertos de risa, ¿de qué?
Salir a la calle es abordar un vapor a otro paisaje, empezar un viaje a otra dimensión y el efecto se atenúa.
Vamos al malecón a ver con nuestros ojos una realidad conocida y distinta.
Encontramos a las chicas y están furiosas pues no las hemos invitado.
Nos parqueamos en Pingüino’s y el lugar es una jungla repleta de jóvenes desde quinceañeros hasta mayores de edad.
Nos vemos los rostros, escuchamos nuestras voces y esperamos que el niño Dios nazca.
ESPERANZA
Me caigo una y otra vez sobre las espinas de la vida y sangro. Y luego, ¿qué hago? Pues caerme sobre las espinas de la vida y sangrar. ¿Y un poco después? Entonces me tumbo en la cama, y me tomo unas breves vacaciones pero no tardo en caer sobre esas mismas espinas y me complazco en el dolor o sufro en la alegría.
¡Vaya usted a saber en qué consiste la mezcla! Pero, ¿hay en mí algún bien que dure? ¿Nada más hay entre el nacimiento y la muerte que lo que puedo sacar de esta perversidad, sólo un balance favorable de emociones desordenadas? ¿Ninguna libertad? ¿Sólo impulsos? Y ¿qué hay de todo el bien que guardo en el corazón; acaso nada significa éste? ¿Se trata sencillamente de un chiste? ¿O es una falsa esperanza que le hace a uno sentir la ilusión de que uno vale algo? De modo que sigo luchando conmigo mismo.
Pero este bien de ahora no es falso. Sé que no lo es. Lo juro.
Saul Bellow
A Kostas Papaioannou
Me encontraba caminando por el malecón de Salinas, cuando fui abordado por una figura familiar. Se trataba de mi viejo amigo de la infancia, O’Brien.
Le dije que me había convertido en escritor y pregunté que qué era de su vida.
Se lo veía como un hombre renovado, en su rostro brillaba la luz de los iluminados por la verdad del Espíritu Santo.
Me contó que después de ser compañero mío en la Academia, se fue a un colegio civil.
Se dejó el pelo largo y se volvió un vago.
En una de sus correrías por la península de Santa Elena, fue a parar con todos sus huesos a Manta.
Allí conoció a Esther y se enamoró locamente de ella.
Yo no sabía nada de todo esto y estaba apurado porque tenía que ir a pagar los impuestos de la casa.
Mi amigo O’Brien hablaba, vomitaba palabras a la velocidad de la luz y pronto me contó todo el rollo y estaba inmerso, contándome la historia de su vida.
Al final de cuentas me enteré que había estado recluido en el Lorenzo Ponce cinco veces.
Yo le pregunté que si era por fumar marihuana y él me dijo con el rostro muy solemne, que en toda su vida nunca había probado yerba o tomado droga alguna.
Todo se trataba de una cuestión sentimental.
Al conocer a Esther, O’Brien había quedado obsesionado por la tierna belleza de la chica.
Todo eso lo comprendía yo muy bien, pero estaba apurado por pagar esos impuestos y el sol me estaba dando en toda la cara.
Un avión gigantesco nos sobrevoló haciendo un escándalo estremecedor.
BRUMMMMMMM.
Resulta que la hermana de Esther – que era Adventista-le recriminaba a él, que comiera cebiche de camarón porque estaba gordo.
Y él sospechaba que era porque los Adventistas son vegetarianos.
O’Brien estuvo en un seminario de Adventistas recluido allá, comiendo sólo vegetales y cuando vino, regresó flaco, esbelto y hermoso.
Pero no fue así que lo vio Esther la primera vez que se presentó a ella.
Un momento compadre – le dije yo-, que ya no entiendo nada y luego miré el reloj a ver si me quedaba tiempo para pagar los impuestos.
No, -dijo él-, cuando Esther lo vio la primera vez todavía no me había contado el asunto del vecino que era brujo y tenía un criadero de peces.
Lo cierto es que el tal vecino le hizo una brujería y el pobre O’Brien, terminó con todos sus huesos en el Lorenzo Ponce por tercera vez.
¡Y para colmo fue violado!
El maldito vecino que le tenía envidia y odio desde chiquito, y que se había puesto demasiadas dosis de hormonas de crecimiento, la llevó a Esther para que ella lo vea todo gordo, sedado por los calmantes, dormido como un niño, y aprovechó que estaba inconsciente, para introducirle furtivamente un gotero clínico y lo sodomizó delante de Esther.
Ahora el resultado claro de toda esa maldad era que el hijo del vecino era homosexual porque su padre se había puesto la dosis más alta de hormonas de crecimiento.
Yo le pregunté que cómo sabía eso y él me dijo que era un dato seguro de los científicos y doctores.
Pero O’Brien confiaba en su nuevo viaje a los Estados Unidos para poder alejarse de Esther, el vecino brujo, su hijo homosexual y su perra asesinada y olvidarlo todo.
Un momento –le dije yo-, ¿de qué perra asesinada me estás hablando, ahora?
Resulta que el vecino brujo que por malvado lo había dejado la esposa, había abierto la puerta de la casa para que la perra de O’Brien saliera y corriera por ahí en medio del tráfico toda loca y terminara siendo atropellada y muerta.
¿Murio atropellada?- le dije yo estupefacto mientras miraba el reloj apurado-.
Sí y yo sé que fue él el que abrió la puerta y mató a mi perra.
Después me enteré que O’Brien se había recibido de camarógrafo en la Universidad Estatal.
Pero todo era un desastre en su vida, ya que no conseguía recursos económicos para comprarse una cámara y ponerse a trabajar.
Por eso fue, que se fue al seminario Adventista y recibió la luz de Dios de la verdadera fe que es vegetariana.
Ahora sí yo estaba perdido y ya nada entendía de todo este asunto y me propuse quedarme ahí, acompañando en su locura a mi amigo perdido.
Lo que más me duele- continuó-, es que la segunda vez que fui a Manta me porté como un engreído estúpido y la miré desde arriba a Esther y un amigo me dijo:
-¿Tú has venido a darle tu amor y admiración o a basurearla?
Eso le había dolido tremendamente a O’Brien, que ella pensara que él la tenía por poquita cosa cuando la amaba intensamente, inmensamente.
-¿Y qué hiciste al respecto?- le pregunté-.
Terminé en el Lorenzo Ponce otra vez. Sufría mucho, me dolía todo el cuerpo y el corazón.
Pero , bueno, y qué es de ella ahora le dije-.
El maldito vecino brujo, dueño de ese criadero de peces,le presentó Esther a Christie Mac Dougal, el mejor amigo de O’Brien y los dos se enamoraron y se casaron.
El consuelo de O’Brien era que ellos no tenían un hijo y así todavía tenía una oportunidad de volver con Esther.
La cabeza me daba vueltas y miraba el reloj desesperado, el sol me hervía los sesos.
Ahora resulta que Esther creía que O’Brien la despreciaba.
La única esperanza que le quedaba a O’Brien era que se vaya a los Estados Unidos, pronto.
FRIDAY NIGHT
Regreso a casa borracho de estrés.
He visitado miles de clientes y he repetido las mismas palabras todo el día.
Trabajo para mantenerte acostada, perfumada, deseable, eterna.
Con una mirada típica de mujer.
Una sonrisa se dibuja en tu rostro y pregunta.
Yo te respondo alzando el brazo y enseñándote el sobre con la quincena y los paquetes.
Un amante de los muchos que tienes te ha traído la yerba.
Mientras me ducho, como y me cepillo los dientes.
Tú pujas con tu cordura y tu frente suda a chorros.
Estás armando los maduros y te tiemblan las manos.
Cuando termino, me acuesto en la cama cuyas sábanas están frescas por el aire acondicionado.
Usted viene feliz saltando en una pata.
¡Haz logrado armar treinta maduros con queso tú sola!
Te metes en el baño para sacarte el inmundo sudor que para ti es tóxico y para mí huele a rosas.
Puedo verte dejando caer tus ropas y tus bragas.
Y escucho cada gota de agua que rebota en tu cuerpo y moja la piel.
Yo trato de librarme del estrés y utilizo el método de Silva Control, pero todo es inútil.
Mi corazón palpita de ansiedad por lo que va a suceder y siento que los intestinos me tiemblan.
Cuando sales... luces como Afrodita que ha recuperado su himen.
Te sientes encantadora de nuevo y luces fresca como una rosa de exportación.
Al final nos vestimos y salimos a la DISCO.
Por mucho que me traiciones nunca te dejaré, te explico:
Te pareces a la actriz Susan Sarandon y eres más loca que ella.
A ver si por encender un maduro mientras conduzco no nos meten presos de una buena vez.
Cosas así son las que le dan sentido a mi vida y agitan de emoción mi corazón.
Ya en la DISCO te pones a conversar con tus amigas de lo bruto e inmaduro que es un amante joven tuyo.
Yo me reúno con mis amigos y bebo desesperado mi martini, repetimos las mismas mentiras de siempre y las que utilizamos para vivir.
Todas tus amigas te envidian por tener un marido tan tolerante y tan amigo tuyo como yo.
Mil veces has pensado en el divorcio y sus comentarios te devuelven la cordura.
Y callas.
Guardas para mí con una lágrima que me amas aunque soy impotente.
El ambiente está enrarecido.
Todos mis amigos mienten para vivir, pero cuando termino la jornada yo te tengo a ti.
Y todo vuelve a funcionar.
Intentas de todo para hacerme funcionar como hombre hasta el sexo oral.
Yo soy un dulce para usted.
Nadie te ama con tanta ternura, madurez y comprensión como yo.
He intentado hacerte acabar con la lengua.
Lo único que conseguí es un calambre y un dolor de cabeza por esa yerba de mala calidad.
Pero está bien, me haces sentir tan bien.
Veo el show de las chicas sentado, chupando mi martini.
Una de ellas se cuelga del tubo y da vueltas y vueltas.
Mueve las caderas con maestría y enciende mi sangre.
Parece estar volando con las piernas abiertas de par en par.
Y te sientas junto a mí.
A veces creo que lo tengo todo cuando estás junto a mí.
Otra chica sale y parece que baila para mí.
Estoy tan contento y aprietas mi mano.
Es lo más cerca que estaremos de un orgasmo y una eyaculación.
Esta chica mueve las nalgas con verdadero ritmo y se va sacando poco a poco las ropas.
El ritmo lo lleva en la sangre.
Suda poco a poco y mueve los hombros también.
Al final me mira a los ojos y me pregunta qué tal.
Yo le hago un gesto afirmativo con ganas y le brindo un trago.
Ella ríe y hace como que se acerca y bebe como una pantera, sacando la lengua como víbora.
Noche tras noche las vengo a ver.
MATRIMONIO YEAH YEAH
A Mercy
Vives conmigo junto al mar y al pie de un abismo.
A mí me gustan los libros y me gustas tú.
Usted prefiere los números y criticas todo en mí.
Cuando vengo de la calle me preparo una taza de café y escribo un poema.
Usted quiere que venga con las compras del supermercado.
A mí me gusta el cine y quiero hacerte un hijo.
Tú quieres que me lave los dientes y que orine dentro de la taza.
Yo te hablo de una ola de tres metros que ví y corrí.
Tú me dices:
- ¡Ea!, ¡quita los pies allá que estoy barriendo!
A mí me gusta la música de verdad.
Tú prefieres tu locura evangelista que no termina nunca de coger el ritmo.
Vives conmigo junto al mar y al pie de un abismo.
Yo quiero fornicar contigo todos los fines de semana.
Tú quieres sexo cada tres meses.
Yo creo en la anarquía de Robert Nozick.
Tú sólo quieres oír el sermón de cada Domingo.
Yo paladeo la comida vegetariana y me gusta cocinar.
Cuando yo entro en la cocina sientes terror y se te quita el apetito.
Yo visto hawaiana y blue jeans.
Tú te avergüenzas de caminar junto a mí.
Yo veo la belleza interior de una persona y su inteligencia.
Tú te preocupas de que la casa esté limpia todos los días.
Cuando tu traes a un amigo a la casa es un hermano y termino a la defensiva de mis convicciones y sintiéndome enemigo de la tiranía de Dios.
Cuando yo llevo a una amiga a la casa, seguro es una perdida y drogadicta.
Aún así camino de la mano contigo a trancas y barrancas.
Tú me ves y sientes que vives con un enemigo.
Yo te hablo con educación.
Tú me gritas una serie de groserías cuando estás amargada.
Es un infierno vivir con una persona que se pasa en las nubes.
Cuando salimos a la playa escojo un buen lugar junto al rompeolas.
Tú hieres la arena con la punta de una sombrilla, pues odias el sol.
Muertos de hambre nos comemos unas ostras crudas.
Yo escribo canciones de amor.
A ti no te interesa lo que hago.
Cuando corrijo al niño le explico el porqué de las cosas.
Trato de averiguar las causas de su comportamiento.
Tú sólo das órdenes inapelables.
Yo me llamo libertad.
Tú eres la tiranía y el despotismo nacionalista.
Cuando tú hablas yo te escucho y calibro tus insolencias y gritos.
Cuando yo hablo interrumpes y mis palabras te rebotan, eres impermeable a cualquier razonamiento.
Yo soy un cruce cultural.
Tú surges del lodo nacional.
Vives conmigo junto al mar.
DEMENCIA
Para jugar al squash se necesita un contrincante.
Hay que buscarse un amigo para quedar a tal hora y encontrarse en la cancha.
Con brazo potente se inicia el encuentro y allá va un raquetazo y corre.
El golpe tiene que ser certero, hay que sacarse el estrés.
Nos ponemos de acuerdo con el amigo-contrincante para hacer durar el partido lo más que se pueda.
Ahí va otro raquetazo, zas, bam, pum.
Hay que sudar y correr y frenar, calcular la fuerza del impacto.
Tienes que coordinar con tu compañero.
La bola parece que grita y chilla en cada golpe.
Los golpes se repiten en el eco de la cancha que parece una pecera gigante.
Hay que mover el cuerpo y sudar gruesas gotas saladas.
Se le pega a la bola y se arranca una corrida que termina en una frenada de golpe.
No hay que dejar que entren a la mente los pensamientos angustiosos o negativos.
El caucho de los zapatos chillan en aquel piso blanco.
Poco a poco el ejercicio va tonificando el cuerpo y el estado de ánimo: ya casi me siento eufórico.
Hay que seguir corriendo de un lugar a otro y cazar la bolita.
Hay que perseguir la bolita de la misma manera como se persigue al dólar.
El cuero cabelludo, la frente y el cuello se llenan de sudor.
Los tobillos, las rodillas y los hombros están calientes.
Los golpes a la pelota siguen dándose insistentemente.
Es una carrera de resistencia para ver quién aguanta más.
Ahí va otra bam, bum, track.
A veces la frenada la haces antes de tiempo y tu cuerpo recibe el impacto de la bola.
Y volver a comenzar.
Mi compañero y yo somos dos titanes griegos y luchamos.
Caballerosamente, hombro con hombro hasta el final.
Los brazos se van hinchando poco a poco, el corazón se sofoca y las piernas parecen que van a reventar.
Pero seguimos dándole de raquetazos a la pelota.
EL FARO
Al negro Patricio
Cuando llegué a Playas no sabía lo que me esperaba.
El recuerdo de nuestro encuentro se halla perdido entre las brumas púrpuras de mi memoria.
Conversamos un poco y me ofreciste tu amistad y hospedaje.
Se trataba de una casa de cemento, pintada de rojo y blanco, abandonada más allá de Chálela.
Yo venía de la ciudad con un mochila llena de ropa seca y una tabla blanca con una quilla azul, marca Eddie Bauer.
El protagonista eres tú, me hablabas de cómo cocinar un buen san Pedro para vacilarlo bien.
Aquella noche en esa casa sin techo, en medio del desierto y de la nada, sólo oíamos el rumor del océano y los aullidos de perros salvajes.
Estábamos en contradicción con nuestros recuerdos.
Eres un amigo bueno con un corazón inmenso y yo un blanco aniñado con la mano extendida.
El viento cruzaba aquella casa vacía como el hambre que golpeaba y aleteaba oprimiendo nuestros estómagos.
Para cenar sólo había un puñado de habas empapadas en limón, un termo de té y muchas mugas de marihuana.
Yo cargaba en mi mochila dos fundas grandes de ciruelas rojas que engullimos vorazmente como postre.
Conversábamos como dementes en medio de paredes de cemento.
En sus superficies bailaban nuestras sombras proyectadas por un par de velas .
Cuando terminamos la cena nos dimos cuenta que las tripas seguían vacías.
Tripas vacías, una noche sin estrellas, penumbras oscilantes, conversaciones alucinógenas y decenas de cigarrillos de yerba.
Eso era todo lo que teníamos allá en Playas en el 72.
Patricio yo nunca probé el Pedro, pero al oírte conversar, los ácidos se me subían al coco y te acompañaba en tu vuelo.
Y fue idea tuya encender aquella yerba y empezar una loca competencia para ver quién fuma más.
Mi mente fatigada te oía sin cesar las mil y una instrucciones sobre cómo se debe preparar el Pedro.
A mí lo que me resultaba incomprensible era cómo seleccionar el cactus preciso y apropiado.
Y luego al fumar aquellos porros con aquel humo que de los pulmones pasaban a la sangre y al cerebro.
Mi corazón me decía qué era lo que tenía que hacer mañana por la mañana.
Y resulta que en toda la noche no pegamos un ojo.
Oh, Patricio, ¡qué locura fue haber dado contigo!
Apenas recuerdo que en toda la noche me has hablado de un punto de quiebre llamado El Faro...
En medio de caminos desérticos y montes no convencionales me arrastras.
Todavía estoy drogado y me pica todo el cuerpo que siente el frío del amanecer.
El camino es largo y parece sin final.
Tengo que pujar la mochila y la tabla y voy sudando a chorros.
Mis pies siguen un pequeño sendero que van dejando tus pasos.
Hablas, ¿te escucho?
No.
En mi mente voy tarareando la canción ‘The year of the cat’...
Déjame así Patricio amigo querido que así soy feliz.
Sigo tus pasos hasta El Faro.
Cambio el peso de la tabla de brazo en brazo. Cada vez que se hincha uno por el esfuerzo, la cambio al otro brazo.
Y tú me dices:
- ¡Qué buen tablón te has conseguido, colorado!
Para cuando hemos llegado estoy tan agotado que echo espuma por la boca y no quiero saber nada de surf.
¿Qué es El Faro sino un promontorio de filudas rocas lamidas por el enfurecido mar?
No hay lugar –todo es pura roca-, donde pueda recostar mi adolorido cuerpo.
Mi lengua tiene un aspecto verde y con sabor a yerba.
En un momento te cambias de ropa, coges tu tabla de Balsa y te lanzas promontorio abajo a remar hacia la punta.
Yo nunca estuve listo para semejante espectáculo.
Tienes la destreza de un mono y coges olas y las bajas y subes y bajas y subes y bajas sin gracia, pero con equilibrio.
Una brisa helada de la mañana que me acorta el cuerpo me achica el ánimo.
Hoy quiero ser espectador.
Puedo ver como vienes por más olas una y otra vez.
Gotas de agua se escurren por tu pelo zambo tostado de amarillo por el sol.
Cuando las olas crecen y cuando ya he analizado por dónde tengo que salir si las cosas se ponen feas, entro.
Remar El Faro es trerrible, hay una corriente del putas loco.
Saltar al vacío desde el promontorio ha sido lo de menos.
Tengo que sacarme la puta remando con este tablón.
Hay que esquivar las barredoras.
Es una pesadilla esquivar olas y olas que se te vienen encima unas tras otras.
Remar tan desesperadamente me ha calentado un poco, pero temo a los tiburones.
Allá al fondo en medio de la nada se puede adivinar el destino de un hombre.
Y no mires atrás porque sólo verás rocas verdes, filudas y mojadas que amenazan tu vida.
Es una gran bahía de rocas el punto de quiebre.
Mi cuerpo suda chorros de adrenalina y un fuego sagrado baila en mis ojos.
Al final vemos unas tandas de mama rusas y yo voy por ellas.
Tú Patricio prefieres sacarle el cuerpo, sólo corres olas pequeñas y dominables.
Yo vengo de Montañita y estas olas playeras me parecen enanas .
Me coloco en medio de una pared brutal y la remo hasta que siento el rápido empujón.
Es un descenso muy horizontal, perfecto y aquella ola la corto por la mitad .
Pero no regreso cuando llego a la orilla.
Estoy demasiado drogado para remar hasta la punta nuevamente.
Y regresar a pie por las filudas y verdes rocas es un suplicio.
Cuando llego al lugar donde hemos dejado las cosas tú me gritas:
- ¡Vuelve acá aniñado cobarde!
Pero yo ya tengo suficiente de las olas de El Faro.
Mira tú Patricio qué haces con tu vida.
Que hoy estoy bien acá sentado sobre las filudas rocas y muerto de frío.
ESTHER
Vienes a mí como una sombra de la noche.
Flotas y recorres mi pensamiento.
Eres tan delgada y bella.
Para ti soy como una bella joya que atraviesa despacio y cuelga dulcemente del lóbulo de tu oreja izquierda.
Recorro tus senos de pezón en pezón.
Con la pasión dejas escapar un sabor amargo.
Como un navegante cansado echo anclas en tu cintura de maternidad.
Me despierto bajando tu vientre redondo he hinchado que alberga un hijo mío.
Te ves tan bella preñada de ocho meses.
Mis labios le dan la bienvenida a ese nuevo ser.
Mi lengua juega con tu vello púbico una y otra vez.
Corro una enorme ola y me desplazo por tu fornida espalda.
Muerdo cada parte de tu cuerpo y te beso en el cuello.
Giras la cabeza y tus labios se funden con los míos.
El viento sopla y nos trae melodías bárbaras de otras civilizaciones.
Son noches orientales que nos rodean y se agolpan entre nosotros.
Más allá de nosotros se encuentra el horizonte del éxtasis.
Permanecemos así tu piel atrapando y mordiendo la mía.
Fuertes sensaciones de quietud y placer recorren nuestros cerebros.
Cualquier movimiento brusco puede provocar que se derrame la vida dentro de tu útero.
Pregúntale allá a la noche si te amo Esther.
Cada vez siento florecer más tu alma por mí, tu vientre.
Te abres y recibes, succionas la leche hasta cobrar tu tributo al amor.
Tu amor es una fogata en medio de la noche fría.
Esther en la noche siempre te busco a ti.
Canoa
Y cuenta la historia de una cabaña mixta de caña y madera con altillo.
Habitada por tres espíritus del océano.
No estaba en Canoa, pero estaba ubicada mucho después de Briceño, un poco antes de Canoa.
Penetrar en las aguas de Canoa era una experiencia única, como desflorar una virgen.
Sus aguas de color turquesa eran el reflejo del límite, la frontera de lo cognoscible y entendible.
Más allá quedaba la residencia de los dioses en medio de un cerro de tupidas vegetaciones.
Siempre la historia se repite en este punto.
Había que remar y remar para coger una ola que se extendía larguísima dos cuadras americanas abajo hasta la cabaña y de ahí de vuelta a pie.
Caminar por la playa con un tablón de manera interminable con el océano puro e infinito por un lado y las dunas de arena filuda y sin fin por el otro.
De cuando en cuando entre la brisa marina, el sol y las dunas, aparecía un burrito cargado de víveres con un local agarrándolo de las bridas.
En otras ocasiones una camioneta pasaba pujando un cargamento tres veces más grande que su capacidad normal.
Y en las noches las tonalidades púrpura, naranja y rosa sangre descendían sobre esos parajes desnudos y desérticos con la velocidad del rayo.
Los espíritus regresaban a veces corriendo o al trote a la dulce suavidad de la cabaña.
La radio de pilas tocaba una increíble música DISCO:
‘Hey don’t stop us, now...’
La cabaña era entonces un refugio de antiguos dioses que retumbaba con el leve e invisible titilar de unas espermas de Iglesia.
Todas las venus de la cultura Mantenga se sentaban frente a nosotros y cruzaban las piernas como para no dejar escapar sus jugos de deseo y pasión.
Cuando las pilas de la radio se agotaban las volvíamos a cargar con otras y la música de RED BARCHETA de Rush, retumbaba las paredes de caña.
El humo de marihuana se metía bien adentro de los pulmones y del cerebro y hacía saltar el piso de alegría.
Una constelación de estrellas y gases cósmicos se asomaban por la ventana.
En una mañana una corriente nos sacó mar adentro y no podíamos volver a la orilla por más que remábamos.
Nos cayó la noche en mar abierto y nadie sabía si estábamos remando hacia la costa o hacia mar adentro.
Luchábamos por remar juntos sin separarnos.
Pero en esa oscuridad nada era seguro y definitivo.
Y ahí estaba yo perdido en medio de la noche y del océano sin poder llegar a la orilla y al refugio dulce y caliente de la cabaña de madera y caña.
Sólo estaba yo con los hombros despedazados por el esfuerzo contínuo de remar y remar en medio de la más absoluta oscuridad.
Estaba yo, el océano y el cielo negro sin estrellas.
Los músculos del cuello me atenazaban la espalda y los pulmones y la cintura se me partía y no podía parar.
Quería llegar ya y no encontraba el medio de salir de semejante situación.
Estaba enloqueciendo sí, estaba enloqueciendo.
Ya ni tenía voz para gritar y saber si seguía detrás de mis otros dos compañeros.
El sudor frío me picaba y se escurría por mi cara y la sal me picaba los ojos.
Pero tenía el recuerdo de tu amor en mi mente.
Y te imaginaba bailando junto a mí una canción suave de los EAGLES.
Moviéndonos juntos al compás de la suave melodía.
En medio de aquella tenebrosa oscuridad podía oler tu perfume y ver el color de tus ojos.
Y cuando dabas vueltas podía contar las pecas de tu espalda y apretar tu cintura de muñeca.
De pronto tu recuerdo me daba más fuerza para seguir remando aún cuando ya casi ni sentía los hombros que de pronto pesaban como piedra.
En estos pensamientos tétricos y amargos entre dulces y oscuros y locos me encontraba cuando de pronto mis manos al remar se enterraron en la arena.
¡Había llegado a la orilla y estaba salvado!
REFLEXIONES
El velo de Dios sobre las cosas las convierte a todas en unos jeroglíficos. Si no fueran todas ellas tan especiales, detalladas, y ricas me darían más calma.
Pero soy un prisionero de la percepción, un testigo a la viva fuerza. Y todas las cosas son demasiado excitantes.
Saul Bellow
Estás acostada junto a mí, estoy desnudo junto a ti.
Eres una presencia que vive lo cotidiano a mi lado.
Te conozco y puedo ver a través de ti, tu pelo se arremolina en la almohada.
Tu respiración es leve y sigo la línea de tu espalda.
Te recuerdo levantada, de espaldas y veo tus talones, tus pantorrillas y tus piernas.
Tu piel es oscura, caliente y puedo ver más allá un poco del vello púbico que rodea los labios de tu vagina que cuelga debajo de tu ano.
Y otros vellos púbicos que rodean el pellejo de tu ano que está brotado un poquito.
Tus nalgas son dos gotas de agua y no te puedo ver el rostro.
La sábana apesta a semen seco y está húmeda de sudor.
Las persianas están abiertas y podemos ver el cielo nocturno.
Las estrellas son fuegos que giran, se dilatan y comprimen, flotan en medio de la nada fría y silenciosa del espacio.
Son otros soles e interrogantes.
Me brindas tanto té que tengo el cuerpo caliente y la vejiga hinchada y me preparo a mear.
En el baño me abrazas por la espalda y nos duchamos y me abrazas, me hundes tu clítoris y tu pequeño triángulo de vello púbico en mis nalgas.
Cierras los ojos de placer cuando introduces en mis carnes y rozas tu gigantesco clítoris.
Te beso, te abrazo y te enjabono la cabeza.
Cierras los ojos cuando una bola de jabón invade tu rostro.
Te llevo en brazos a la cama y abro tus piernas.
Te penetro y volvemos a buscar el frenesí loco del placer.
Tu vagina es un lago de agua dulce y hueles rico.
Me zambullo entre estas carnes y conozco tu alma.
Otras almas como óvulos vienen a mi encuentro y me guían.
Mi cabeza es un centro nervioso embriagado de sensaciones.
Otras veces siento el placer al verte de espaldas con una blusa transparente que a duras penas te cubre los glúteos.
Tus senos son pequeñas bolas de softball con las que me acaricias.
Pequeñas parabólicas que aumentan la intensidad de tu placer y del mío cuando las aprieto con mi cuerpo.
Antes de penetrarte, mi lengua juega con tu ano y relamo cada arruguita de aquella carne violeta.
Soy tu huésped y en cada orgasmo mueres un poco para darme la vida a mí.
Estás tan agotada y tan bella que se te han subido los colores a las mejillas y no me resisto y beso tus labios rojos que me dicen:
¡BASTA!
DORIS
A Timothy McVeigh
Cuando estoy perdido.
Camino sobre la arena.
Sólo se oye el eterno fluir de las olas sobre las dunas.
El sol ya no está.
A un lado escucho el rumor de las olas.
Al otro lado veo unas borrosas vallas blancas de madera.
Estoy perdido sin nada que hacer.
Camino sobre arena húmeda, conchas y restos de balsa.
Tengo los ojos abiertos y es como si no viera nada.
Escribir lo que pasa por mi mente es difícil.
A lo lejos escucho, ¿qué?
Voces, música, celebraciones, fuegos artificiales, disparos.
Es tiempo de fin de año.
Como el gran Meaulnes de Alain Fournier voy en aquella dirección.
Abro la puerta y entro al bar.
El viento ya no me azota la cara y los huesos.
En una pqueña pantalla de tv puedo ver The Barney Miller Show.
Pregunto dónde me encuentro.
Tú me respondes en Doris Bay.
Vives en mí como una playa desconocida.
A diferencia de el gran Meaulnes, aquí no encontré tu amor.
Encontré una razón que fluye como la música.
Que se respira y que no se puede ver.
Antorchas de grandísimo fuego nos rodean por todas partes.
Gente que celebra apretada entre sí.
El olor de los mariscos hervidos nos congestiona los sentidos y los rostros.
La espuma de la cerveza baña nuestras gargantas.
Todo el espectro se transforma en una ola ácida que corre libremente por nuestras venas.
Tú me dices:
- ¡Pensaba que nunca nos volveríamos a ver!
Ahora vives conmigo noche y día en mis sueños y en mis recuerdos.
Al oír aquello, aprietas tu vientre contra mi pierna, quieres y yo quiero más.
Tu rostro es tan hermoso.
Me libras de años de amargura.
Volver a verte es volver a creer en los dioses.
La gente come como en un festín vikingo y tú vas de acá para allá, atareadísima.
Una chica baila con paso elástico.
Mueve las caderas y es el complemento esencial de tu amor.
Todos bailan y saltan de alegría.
Unos están tranquilos bebiéndose un whisky.
Otros ríen hasta que se les saltan las lágrimas.
Es el mismo éxtasis de los evangelistas cuando sienten la llegada del Espíritu Santo.
Oh, Doris en esta esquina me hallo empapado de sudor.
Sordo al escuchar la música a todo volumen.
Loco al ver tantas mujeres desnudas.
Borracho con media botella de whisky.
Apasionado al verte de un lado para otro, ruborizada, pero feliz...
LA OLA DE LA OLLA DE BRICEñO
Y recuerdo en mi estancia por Bahía.
Muchos atardeceres con el estómago vacío.
Un caballero de piel blanca y moteada por pecas.
Él me enseñó los puntos secretos de quiebre de aquella península manabita.
Y resulta que llegamos a un punto llamado La Olla de Briceño.
Este punto de quiebre se caracterizaba por tener una ola que como su nombre lo indica tenía forma circular de olla.
Al igual que en Briceño con sólo dar unos cuantos pasos mar adentro el surfista ya se encontraba siendo vapuleado por hondas y peligrosas corrientes marinas.
Juntos nos fuimos mar adentro.
Ambos nos encontrábamos en excelentes condiciones físicas.
Tuvimos el placer de ejecutar en forma anónima una fiera y caballerosa competencia por las olas.
Y estas olas no poseían una larga pared de agua por la cual correr podría el surfista.
Al contrario eran grandes, empinadas, como si su fuerza chocara contra una abrupta pared en el lecho submarino.
En verdad eran un único y peligroso pico que cercaba la movilidad del deportista a un espacio reducido.
Una y otra vez nuestros potentes hombros nos trasladaban de la orilla brumosa de espuma blanca hasta mar adentro en el tenebroso pico de quiebre.
Para coger esta peligrosa ola había que ser un maestro en pararse sobre la tabla en movimiento.
No había cómo esperar que la ola lo empujara a uno.
Había que poseer unos abdominales y reflejos formidables.
Cuando el pico de la ola se reventaba era el momento propicio para levantarse sobre la tabla y provocar su deslizamiento ola abajo con el peso del cuerpo.
Y éste tenía que estar bien posicionado.
O se formaba un hueco o vacío debajo de la tabla y el deportista salía volando por encima de la ola.
El correcto posicionamiento del deportista servía para –una vez cogida la ola-, tubearse casi inmediatamente después de agarrar la ola.
Lo bueno de este tipo de ola alta, hueca y mocha es que al corredor de olas le permitía bajarla de frente hasta abajo o cortarla por la mitad.
Ciertamente esta ola tiene un poder de adicción tan fuerte que una vez adentro no paras hasta que te sorprende el crepúsculo.
SEDUCIRTE
A Susie
Te veo en tv.
Te veo en mi mente.
Con ojos de hombre y de niño busco poner mis labios en tu cuello.
Eres tan bella, perfecta, glacial, inmortal.
Buscas acoplarte a mis formas.
Sentirme más adentro.
Oh, Susie puedo sentir que eres mía.
No entiendes mi idioma que es el lenguaje del amor.
Te ofrezco mi corazón como intérprete.
¿Me dejas besarte?
Beso lo que puedo ver en una pantalla de tv.
Mis ojos son mis labios.
El vértice recóndito de tu pecho me pertenece.
Empiezo por ahí.
Quieres más y busco el ¿principio? o final de tu cuello.
Me enrosco como una serpiente y cedes los últimos bastiones del pudor.
Hueles a perfume neuyorkino.
Mis dientes muerden, penetran, succionan.
Me gusta tu peinado y me enloquece el nacimiento de tu pelo.
Eres mayor que yo, pero el tiempo entre nosotros es un puente que nos une.
Tu piel calma mi sed.
De pronto me entero que no tengo autorización para tocarte ni para amarte.
Qué quieres que haga, ahora.
No puedo resistir esta pasión que me inspiras.
Entonces te robo.
- ¡Métemelo y ya!- me dices con la piernas abiertas-
Tu piel es ahora mi piel.
Tu alma me pertenece, Susie, cada respiro y suspiro también.
Te veo en tv.
Me ves en tv.
Te amo.
¡Cómo puedes amar a una mujer como yo!
Me haces sudar.
EL PLAYERO DEL MIRAMAR
A Chicle & Gino
Llegamos cuando la orilla estaba incontrolable.
El playero escupía olas de dos metros y glass.
En la orilla la marea alta amenazaba con desbordar el muro de contención.
Había una posibilidad loca de pegar un salto y entrar hasta la mitad del recorrido aprovechando el impulso de la resaca.
Un mal cálculo y las tablas se harían pedazos en las rocas y la arena.
Había que recorrer seis metros para saltar sobre la tabla y caer sobre la ola y remar hasta salir mar adentro.
Remar y remar es todo lo que hay que hacer para llegar al punto.
Es un buen trecho metiendo los brazos una y otra vez.
Una vez afuera ya no había problemas.
La orilla es una ola bien disciplinada y ¡glass!
Paredes de dos metros de agua que se cogen como montar una nube.
Colocarse en la parte más alta de la ola, pararse y desde ahí descender.
Es sentir toda la fuerza del Universo concentrada bajo tus pies.
El sol es una bola incandescente de llamas que no puedes ver.
Un dios titánico que te hace circular la sangre.
Los dos pies bien colocados sobre la tabla, moviéndolos para despegar velocidad y cortar la ola por la mitad.
Buscas el tubo y una ligera pared de agua cristalina te envuelve por completo.
Te agachas más.
Tus piernas son unos resortes de potencia atómica.
Te acoplas a la ola y la sientes correr y tocas con la mano derecha el techo de agua.
Sientes como el techo de agua se desliza por tu cabeza y te forma un peinado.
Tu piel es roja, tus músculos apretados están en tensión, en el labio inferior y en la punta de la nariz tienes una porción de Nivea.
Llegas al final y regresas remando para volverlo a intentar.
En el trayecto tus compañeros van maniobrando con la tabla y cortan la ola de un lado a otro.
No puedes creer lo que estás viendo.
Vuelves a coger otra ola y nuevamente estás en la cresta de espuma blanca y bajas.
Llegas hasta el fondo y te acurrucas en la base.
Vas a toda velocidad.
Tus piernas están ubicadas bien atrás y le imprimes más velocidad para subir y subes.
Rápido llegas al pico y cortas, has sacado una quilla fuera del agua y bajas.
Y cuando bajas lanzas los brazos hacia atrás.
Eres adicto a Mark Richards.
Subes y bajas, subes y bajas y subes y bajas y subes y bajas.
En cada ocasión sacas una estela.
Estás poseído por una fuerza que domina el océano y que te domina a ti.
Subes y bajas en un pentagrama, y llevas el ritmo de una canción de los EAGLES.
Regresas y vuelves a la espuma, rebotas contra ella.
Tus músculos se hinchan y tu piel se vuelve canela.
En un momento estás rodeado de jóvenes admiradores que flotan en el agua junto a ti.
Los has motivado para entrar al fondo del playero junto ala isla del Miramar.
Pequeños ángeles sin sexo que te admiran y gozan conversando contigo.
RINA
Tengo tanto tiempo caminando junto a ti.
Hemos andado por largos y tortuosos arenales.
Estos ojos míos han visto imponentes atardeceres.
Nuestros cerebros han tropezado con el contínuo bang, bang, de la música rock.
Sobre nuestra vieja y ajada piel se han depositado muchos rayos del sol.
Y cuando llegamos agotados a casa.
Nos preparamos para sacarnos la sal del cotidiano vivir.
En la radio suena una canción de Barry Manylow.
Old songs...
Bring back old times...
Ver tu rostro es sentir un doloroso placer.
Que atraviesa la cabeza de lado a lado.
Cuando llega la noche tenemos mucho que hacer.
No nos podemos quedar quietos.
Cuatro paredes no bastan para detener un espíritu que galopa como un corcel.
Seguimos caminando juntos hasta el amanecer.
Y la ciudad nos regala un espectáculo nocturno de luces de mil colores.
A nuestros estómagos vacíos llegan los olores de un pescado frito.
Y luces de neón que se prenden y apagan sin cesar.
La vida nocturna dela ciudad es como una gran ramera con las piernas abiertas de par en par.
Un oasis de descanso y recuperación en medio del gigantesco desierto.
Casas de madera al borde del mar y una canción de BREAD.
Tu compañía es para mí como una vieja melodía que me cubre del poderoso frío de una noche de verano.
Las olas del mar golpean las rocas y semejan el ir y venir de mi persona en busca de la siguiente estrofa.
Gente que viene, gente que camina como en una procesión multitudinaria de católicos.
Todo es alegría y multicolor.
¡Vaya teoría la tuya de caminar junto a mí!
Pero somos jóvenes y nada nos detiene.
Ni un poderoso temporal que mece las palmeras de aquí y de allá.
EL PLAYERO DE CHUYUIPE
A Enrique & Hernan
Era una fría tarde del 78 y me encontraba en el Salinero de Chuyuipe.
De pronto empezaron a entrar olas en el playero.
Yo era un novato montado sobre una Eddie Bauer de una quilla.
Y me moría de frío.
Maggi me hacía señales desde la costa que salga ya que se moría de hambre.
Yo no sabía cómo agarrar valor y cruzarme remando al playero.
De pronto llegaron dos dioses del Olimpo y se metieron veloces al playero.
Esa fue la señal que esperaba.
Maggi comprendió que me había decidido a cruzarme al playero y cogió la radio y se fue para allá a pie.
Una canción de Nicolette Larson empezó a llenar el espacio del playero de Chuyuipe.
Ibamos a surfear con música buena.
Mientras cruzaba rodeando toda la punta al playero.
Podía ver a Red bajar aquella ola empinada y difícil como Cheyene Horan.
Más atrás venía O’Brien en estricto seguimiento de la técnica de Buzzy Kerbox.
Una vez que se colocaban en la punta de la ola.
Movían la tabla de izquierda a derecha con los pies para agarrar velocidad.
Yo estaba fascinado.
Bajaban las olas con las rodillas dobladas hasta colocarse junto a la peligrosa espuma.
Como un rayo resorteaban y volvían a la punta de la ola para sacar una estela de agua clara.
Eran movimientos acrobáticos practicados con la concentración de un gimnasta, un sacerdote o un contador.
Cada vez que quería agarrar una ola ya estaba tomada por Red que me decía que me haga a un lado.
El sol de la tarde teñía el horizonte de rosa.
Cuando iba a coger otra ola ya venía en ella O’Brien que me gritaba:
- ¡Oye pelado no me cages la ola!
Maggi estaba en la playa luciendo su atlético cuerpo de niña mujer cubierto por una piola de traje de baño.
Al fin pude agarrar una ola empinada de dos metros, que la bajé con los brazos extendido hacia arriba.
Era como un chiquillo de doce años asustado, que estuviera montado en una rueda moscovita que se venía para abajo.
Cuando regresé remando al punto de quiebre, Red y O’Brien me estaban esperando con una sonrisa de picardía en sus rostros.
Era como si me les hubiera robado esa ola.
Había pasado la prueba y ya era uno de ellos.
En la playa Maggi practicaba una danza erótica y mágica bajo los acordes de la música de Nicolette Larson.
SEDUCCIÓN EN INFINITY
Al llegar mis ojos se encuentran con los tuyos.
Yo vengo del otro lado del mundo y tú eres una incógnita.
En mi mente flotan imágenes de dunas interminables.
Tu pelo rubio lo acaba de peinar el viento.
Pido en el bar un whisky en las rocas.
Nuestras miradas se buscan, la tuya al encontrarme me esquiva y me vuelve a buscar.
No quieres que te vea mirarme.
La música es una invitación constante.
Unos tras otros se van acercando a ti para bailar.
Prefieres beber tu martini y enseñarme tus labios posándose en los bordes de la copa.
En mi mente ya estallan las olas del mar.
Tu vida, mi vida es un mar violento.
El whisky que corre por mis venas no rompe la duda que habita en mí.
En un descuído te acercas y encajas tu trasero en mi rodilla y luego te sientas junto a mí.
He sentido el calor de tus entrañas.
Un fuego rojo que agita mi corazón de guepardo.
Una ola gigantesca de whisky corre por mi cabeza y golpea el cerebro y sigue por el torrente sanguíneo.
Sigues ahí sentada ahí.
Rechazando ocasionalmente las invitaciones a bailar.
Yo te saludo y nuestros ojos se miran allá dentro.
Te invito a bailar y te vienes.
Me enseñas tu ritmo y coordinas con el mío.
Bailamos hasta sudar.
Nuestras ropas están empapadas.
En un bolero sientes y siento tu ardor.
Te aprieto lo más fuerte que la decencia me permite.
Me preguntas si me quiero venir contigo.
Tu cuarto es un refugio y huele a perfume seco Carolina Herrera de mujer.
Mientras nos bañamos admiro la fuerza anatómica de tu espalda.
Tienes la espalda más firme y pecosa que jamás haya visto.
Me besas en la boca y me succionas la sal de la piel.
Te beso la espalda y mi lengua te explora, abre surcos recónditos, esfínteres con sabor a jabón y agua pura.
Me arañas y aprietas.
Entro por conductos estrechos, te sacudes, empujas y gimes.
Te agarro de las brazos, huelo tu cabello, muerdo tu nuca.
Sacudes las caderas acabando, pujando el vientre y me embarras, te me cagas en la verga.
Yo me voy y te dejo agotada.
Me límpio, te límpias me visto y miro por la ventana una noche con tantas estrellas.
Tu duermes envuelta en sábanas de seda y esencias.
Montañita Super Star
Montañita era el refugio de los surfistas comprometidos con lo excéntrico y con los conceptos más puros y profundos del surf.
En la misma punta existía una casa de cemento de un empresario serrano que no la habitaba nunca.
Permanecía deshabitada y en cuyo ámplio patio pernoctaban los deportistas que venían del lejano Guayas.
Otros preferían algo más místico y se hospedaban en una casa triangular mixta de cemento y madera a la que se le daba el nombre de palomar, casa cohete, casa triangular.
Le decían palomar por el frío que se experimentaba en las madrugadas y cohete por las sesiones nocturnas de extraordinaria calidad sicodélica.
Las tablas quedaban en el primer piso y en el segundo los sleepingbag, las radios, las ropas y algunas conservas de comida.
El tiempo en Montañita permanece nublado la mayor parte del año con excepción de los meses de Diciembre hasta Febrero.
En esos meses Montañita hace verdadera gala de sol y grandes olas.
El frío hipotérmico del agua desanima a cualquiera, el viento convierte el puro y espejeante océano en un mar endiabladamente picado.
Entonces comienzan a aparecer las barredoras.
Son olas inmensas que revientan de los dos lados – se cierran-, sin dejar chance de escapatoria a los deportistas.
Éste tiene que remar por su vida o ser absorbido por la infame espuma blanca, verdadera muerte blanca, que lo arrastra a uno a insondables abismos de terror, locura y asfixia.
En medio de este clima irregular de cuando en cuando hacen aparición unas olas inmensas y poderosas, veloces y agresivas.
Éstas siempre vienen desde mucho más atrás de lo esperado.
Para coger unas cuantas, primero hay que remar a toda velocidad y superar la caída del labio mortal, superar la línea de las barredoras es imposible.
De lo que nunca había duda, era de que en Montaña había que sacarse la puta remando.
Remar, remar, remar, remar, remar.
Con un par de meses en Montaña uno salía curado de las demás olas de la península con excepción de las que se hallan en LA FAE.
Pronto el cuerpo iba tomando forma, reduciendo las porciones de grasa sobrante aquí y allá, reduciendo las caderas, hinchando los músculos de los hombros, hundiendo las carnes de los pómulos y espaldas y los más pertinentes para remar y desplazarse a todo velocidad en el océano.
En la noche...
Montaña en la noche de los 70’s es una isla de oscuridad.
Pocos eran los que se quedaban a pernoctar o a vivir por temporadas largas.
Después de surfear todo el día el cuerpo se ponía reseco, salado y quemado por el sol y reclamaba pronto un baño de agua dulce.
Caminábamos descalzos y provistos de nuestros sweters hacia el pueblo por el camino de la playa.
En medio de esa oscuridad las diferentes construcciones y vallas de madera eran sombras que oscilaban, espectros de mujeres invitadores y diabólicas.
Al llegar al pueblo había que subir una pequeña pendiente y caminar un par de casas más hasta llegar al restaurant de doña Helena.
La arquitectura semejaba a la antigua Salinas compuesta por casas de madera.
La matriarca de la familia vivía recluída en una silla y por su rostro añoso e indígena de la costa, se podían ver las marcas de incontables vivencias.
La cena – cuando había cómo pagarla-, siempre consistía en arroz con menestra y carne asada, pescado frito con arroz y ensalada de tomate.
Todo acompañado de un tremendo vaso de quacker y de postre un dulce que era como una masa suave y medio transparente.
Lo llamaban Bolo.
La principal preocupación cuando se estaba en Montañita era estar seco y caliente.
A veces la cena se veía alegrada por la presencia de algún extranjero con su típica mochila, sus botas alpinas, algún libro o guía turística.
Afuera de la cabaña de la señora Helena el viento y la lluvia barrían las calles polvorientas.
A veces se podía pegar un brinco unas casas más abajo y visitar algún artista, un escultor que trabajaba con alambres y hacía joyas y artesanías de recuerdo para otros extranjeros o visitantes.
No sólo hacía maravillosas obras con alambres de cobre.
También preparaba unos exquisitos kaipiriñas que junto con un porro de yerba lo transportaban a uno a un mundo de sensaciones nuevas y diferentes.
El camino de regreso estaba sazonado con el fuerte viento que lo hacia caminar erráticamente a uno, más bien inclinado.
Era un alivio llegar a la casa triangular, al confort mullido y calientito del sleeping bag, el cuarto triangular, iluminado con débiles resplandores de espermas.
Las conversaciones fluían de un lado a otro.
Alucinaciones...
Y tú recuerdo se me presentaba como un cuerpo tierno, rojo.
Un rostro agónico por el deseo y unos ojos que miraban.
Unas manos dispuestas a todo por tocar, sentir y abrazar el cuerpo del ser amado, deseado, querido, anhelado.
Era la hora de las comparaciones, ¿qué clase de yerba tenías tú?
Había de todo:
Hawaiana, la chola...
Con la luna redonda y gigante, colgando sobre nosotros.
Nadie era testigo de algunos seres gritando, cuerpos desnudos, corriendo por la playa en la noche.
Un ir y venir alucinante en medio de la nada como método filosófico.
Otras veces se oía un grito de terror y una estampida de cuerpos que corrían escaleras abajo.
Todos terminaban dormidos en la arena debajo de la casa cohete o triangular.
Pronto los pequeños insectos voladores hacían mella en el cuerpo y el ánimo.
Era una locura permanecer en la arena implacable.
Pero también era todo un espectáculo un grupo de lunáticos corriendo con los músculos trenzados por el frío, el cerebro loco y en medio de la noche.
¿Qué querían?
¿A qué dioses se encomendaban?
A la mañana siguiente volvían a estar de pie para escudriñar el horizonte a ver si era marea baja o si la corrida de aquel día era con marea llena.
Volver a sufrir...
Otra vez había que enfrentarse a las barredoras de agua helada, de las que te dan hipotermia y que venían por ti.
Y cuando caías y eras presa de las toneladas de agua sólo te tocaba hundirte y esperar que pase toda esa locura de allá arriba y salir en medio de espesa y asfixiante espuma blanca.
Se trataba de la verdadera muerte blanca ya veces era inútil remar y remar pues volvías a ser cercado por otra barredora y otra más.
Grandes burbujas de espuma blanca se colocaban delante de tu boca para no dejarte respirar el aire vital o dejar escapar el grito de desesperación.
Y entonces sólo te quedaba esperar agarrado a la tabla a que Neptuno se apiadara y detuviera el incesante venir de más barredoras.
Fin
NOTAS
La continuidad espacio-tiempo tiene sus exigencias y lo va deshaciendo a uno poquito a poco hasta que llega otra vez el vacío.
Pero es preferible el vacío al tormento y al aburrimiento de un carácter incorregible que cae siempre en los mismos errores.
Esos instantes de gracia y de dolor podían parecernos eternos, de modo que si uno era capaz de captar la eternidad de los momentos dolorosos y darles un contenido diferente, lograría una revolución.
Saul Bellow
Relatos Peninsulares se empezó a escribir en el 2000, cuando el autor trabajaba como guardia de seguridad en el Puerto de Guayaquil.
El primer paso se llamó: ‘San Mateo’ , y su material literario se inició en el capítulo quinto de su primera novela llamada Punta de Arena.
El problema principal de todo escritor es la falta de dinero. Los escritores bisoños sufren de dinero como un enfermo terminal sufre el SIDA.
Por aquella época, el autor empezó a publicar cuentos en una revista de surf latinoamericana llamada Radical Magazine, y con la esperanza de obtener más trabajo, empezó a mandar por internet pequeños cuentos de una página a las direcciones electrónicas de revistas de surf de Perú, Australia, South Africa, Nueva Zelanda, y finalmente a la revista norteamericana Playboy.
Cada día el autor se procuraba el dólar necesario para ir al Cyber Café más cercano, y al más barato, para enviar sus textos, que luego fueron tomando forma en lo que hoy es Poemas Salineros.
La miseria, el desempleo, la mendicidad, la demencia, la incomprensión familiar de un chico de clase media baja, que no se dedica a tareas más acordes a su nivel social, fueron las circunstancias con las que el autor tuvo que luchar noche y día para terminar su novela.
El algún momento dado, la vida del autor se convirtió en un verdadero estigma de pesadilla comparable tan sólo con la novela ‘Mi Vida’ del profesor Antón Chejov.
Guayaquil,19 de Marzo del 2003
El oscuro orígen de Johnnie Pick Up
SALINAS
Como cualquier otro día de surf, Russo salió de su punta de arena preferida. Hinchado, con los ojos inflamados por la sal y el sol, quemado y con mucho apetito. Me fui, tabla en mano, a la cabaña-hogar de Tommy Robin, a ver si masticaba alguna sobra.
La visión crepuscular de la carretera era sorprendente. El cielo estaba formado por colores celestes, naranjas, violetas y azules. Más adelante fui recogido por mi viejo amigo Red Hughes y en su Datsun sin balde, nos fuimos por aquel camino lleno de polvo, maleza y luz naranja.
Acortábamos camino.
El trayecto maratónico, nos conduciría por unos cansinos arrabales, hacia el refugio de los surfistas de nuestro grupo: la casa de Tommy Robin.
La millonaria mansión de verano, había conocido otras épocas de fulgor, donde se daban magníficas fiestas de grandes millonarios. Ahora, de todo aquello, sólo quedaba una vieja pulcritud y un cierto sabor a espléndido en la arquitectura. Aquella vieja construcción, contrastaba con las demás residencias de aquel suburbio, para veranear.
En su interior, los fantasmagóricos cubre-todos, le daban al espacio un aspecto tétrico y espectral, casi ectoplasmático. Impermeabilizaban los bienes del polvo, la humedad o bien de las altas temperaturas. Ahora, la casa de Tommy Robin se había convertido en un hotel para sus amigos:
Rod; Russo; Pick Up; Red Hughes; O’Brian; Christie Mac Dougal; todos llegaban ahí. Me olvidaba de Wayne Buchanan y Phillipe. Y las chicas: Vivian, Claudia y sus hermanas, Esther, Johannie, Alexa, Isabel, Alejandra, Adriana, Andrea y Gabriela.
Aquella casa se llenaba de sleeping bags, tablas de surf, pastas de dientes, comida en lata, cassettes de música, tortas de cumpleaños, radios portátiles y latas y latas de cerveza.
El alcohol era el medio que aquella juventud necesitaba para moverse con mayor fluidez, con mayor soltura y hacer lo que tenían que hacer sin tener que sentir vergüenza, duda o miedo.
Lo único que Russo encontró en la nevera fue cerveza y cerveza en mano, optó por una enjuagada con agua dulce. No había placer más indescriptible que sacarse la sal bajo un chorro de agua dulce, mientras uno se bebía una cerveza en lata bien helada. Y para rematar bajo los acordes de una balada de la banda BREAD.
Después del baño sintió frío.
Medio insensible, por el alcohol en el estómago vacío, se secó con una toalla y se metió en un saco de dormir. El silencio lo era todo. El silencio se mezclaba con el piso de madera, las lámparas, los corredores, el bar, las escaleras y pronto una oscuridad cubrió todos sus sentidos.
Mientras flotaba en la inconsciencia como un muerto, Russo escuchó voces femeninas. Su corto viaje sentimental con Morféo llegó a su término.
Aquellas voces femeninas e infantiles, poseían un acento típicamente costeño y amanerado. Era una afectación delicada, que al igual que el acento de los chilenos, provocaba cierta atención especial. Russo se despertó completamente, abrió los ojos y se fijó bien en aquellas chicas.
Eran Claudia, Gabriela y Vivian que venían a la casa de Tommy para protegerse del sol, iniciar un programa de entretenimiento y tomarse unas cervezas. Pero no estaba Tommy y sólo se encontraba Russo.
Sus figuras eran atléticas y a pesar de sus bikinis y sus camisetas parecían estar desnudas. Estaban en la flor de la juventud y la alegría de vivir era todo lo que importaba en ese momento.
Claudia tenía un tatuín en el brazo, su piel estaba tostada por el sol. Pronto dejaron de soltar chillidos y de alborotar para dirigir su atención sobre Russo. ¿Quién era este chico bonito, musculoso, que habían sorprendido dormido?
El no conocer a ninguno de ellas, no impidió que se emocionara al verlas acercarse para inspeccionarlo. Les dijo que era un amigo de Tommy.
Ellas le contestaron divertidas:
-Nosotras, también.
Actuaban como niñas traviesas y le arrojaban a la cara la fragancia de sus perfumes. Sus ejemplares y potentes cuerpos estaban bañados en una mezcla de aromas exquisitos.
El exámen al que lo estaban sometiendo terminó cuando todos escucharon la voz de Christie, que los saludaba con alegría como si hubiesen fijado la fecha y la hora para ese encuentro. Russo decidió socializar.
Christie le presentó las chicas a Russo y después de dolorosas pausas, empezaron las interrogaciones de rigor, pero también llegó la hora de la cocina. Christie trajo víveres.
Las chicas empezaron a preparar un platillo de arroz con concha y carne de cangrejo, vainitas, zanahoria picada, recortes de jamón, mortadela y brócoli.
Mientras cocinaban Christie y Russo se entretenían mirando desde el balcón la pacífica vista de Salinas con sus casitas rechatas que reflejaban el sol del desierto.
Desde la cocina se escuchaba el parloteo tan alegre como demencial de las chicas, que conversaban sobre las últimas locuras que se escuchaba en las noticias sobre el comportamiento decadente del gordo Elvis Presley.
Cuando la comida estuvo lista los chicos comieron entre risas y discusiones y Russo se esforzó por no terminar el plato de una sola lamida. Ellas se dieron cuenta y Claudia le dijo:
- ¡Pobrecito, pero si ha estado muerto de hambre!
A ellas les gustaba que las miraran con extrañeza y deseo. A aquellas chicas les gustaba que las demás personas las observaran como objetos raros y únicos en su especie. Se sabían preciosas y poseedoras de una belleza subyugante.
De pronto, llegó toda la banda de surfistas que faltaba y todo se volvió una escena de locura. Con los surfers, llegó la música estridente y se empezaron a encender los porros. La habitación toda quedó llena de humo de marihuana.
En medio de la locura generalizada de los chicos apareció, como un espectro, Alfil, el amigo de Russo. Él iba a realizar un trabajo en Manglaralto y le pidió que le cuidara la villa, y hasta le dio las llaves de la casa.
Russo estaba encantado. Le iba a dar cinco mil sucres, lo que en aquella época era una pequeña fortuna. Russo accedió de inmediato aunque un poco titubeante, pues aquella obligación comprometía sus salidas nocturnas, que eran el gran motivo de esparcimiento para un adolescente solo y sin compromisos en Salinas.
Alfil lo enredaba a Russo con mil explicaciones, de lo que no tenía que preocuparse, de las diferencias que había mantenido con unos locales que trabajaban para él, cuidando la casa. O algo por el estilo.
Terminaron la charla cuando accidentalmente una marejada de gente los arrastró, de un lado para otro, en una especie de frenesí loco bajo los acordes de los Eagles.
Aquella noche todo fue genial y alucinante, pues hubo de todo: hot dogs, cerveza, comida china, TV, música, baile, humeantes presas de pollo y camarones, whisky…
En la radio tocaban música de Yes y Rush y lo más desbaratado, era que el dueño de casa no llegaba. Tommy Robin estaba perdido en aquella noche con Marie, su amante negra y no tenía idea de lo que estaba pasando en su casa.
Aquella noche los chicos llegaron a romper todos los límites de la cordura. Aquellas noches de Salinas los conducían hasta el máximo agotamiento sensorial.
Wayne Buchanan y Phillipe brincaban y saltaban como locos y todo era un remolino de emociones, una huevada sin pies ni cabeza.
Russo se enfundó en sus desvaídos jeans. Estaban limpios y confortables como siempre, se colocó sus medias azules de oficina y una camisa manga corta de los 60’s, con abotonaduras en el cuello estilo Oxford, y se fue a dar una vuelta por el malecón en busca de otra fiesta.
Cuando Russo salió a la calle las brumas de la noche lo fueron envolviendo poco a poco, pero el brillo de las luces del malecón lo fueron guiando y cuando llegó al banco de cemento de la Crush, se quedó sentado mirando fijamente, al frente, donde se producía una fiesta repleta de chicas lindas, pero Russo se sentía tan cansado de correr olas todo el día, que aunque su cerebro le daba la orden de moverse e ir a ver en qué onda se encontraban aquellas niñas, los músculos de su cuerpo no le obedecían por el cansancio. Luego, poco a poco, se fue quedando dormido sentado ahí en el banco de cemento de la Crush y pronto se olvidó de todo.
A las seis de la mañana Russo se levantó con el olor de unos verdes fritos, que Claudia y Marie, la novia negra de Tommy, estaban preparando en la cocina.
Russo no tenía la menor idea de cómo había regresado a la casa de Tommy, pero ahora se encontraba ahí, acostado encima de aquel viejo sofá polvoriento, con un mal sabor en la boca. Le picaba todo el cuerpo y sentía un hueco de hambre en el estómago.
A lo lejos escuchaba la voz de Claudia que canturreaba una melodía romántica de Al Stewart, mientras esperaba a que hierva el agua para servir el café con los verdes fritos.
Tommy había llegado a su casa en la madrugada cuando la fiesta estaba casi terminada, y en vez de enojarse, se había unido a la locura de lo que quedaba de la fiesta, que la muchedumbre nómada de surfistas de SALINAS, había organizado en su casa.
Pick Up y Tommy siempre rodaban juntos y todavía, medio borrachos, ya estaban haciendo pendencia, exigiendo y alborotando en la cocina por un desayuno de verdes fritos y café puro.
Toda la casa parecía un avispero lleno de capullos de avispa. Eran los cuerpos, de los que se habían quedado, que estaban metidos en sus respectivas fundas de dormir. Larvas de avispa, eso era lo que parecían.
- LAS OLAS NOS ESTAN ESPERANDO…
- Despierten, despierten…-dijo Claudia-.
Aquellos muchachos vivían para deslizarse sobre las olas. El viento matinal, fresco, vibrante, viajaba con ellos junto al sol, que despuntaba majestuoso, enceguecedor y que le proporcionaba a uno cierta vitalidad contagiosa.
El destino era CAPAES. Había llegado a sus oídos, que desde la noche anterior Neptuno estaba mandando unas líneas – olas -, impresionantes.
Pronto todos estuvieron desayunados y listos para subir a con sus tablas a la camioneta de Tommy y empezar el viaje.
Viajar por la carretera desértica es lo más hermoso y pacífico del mundo, se respiraba el aire puro de la calina desértica que se mezclaba con la brisa fría del mar.
Cuando llegaron, calentaron como pudieron, pues todavía tenían el aliento de la cerveza de la noche anterior, y se lanzaron al agua.
Como algunos de los chicos todavía estaban borrachos, el vaivén de las olas les producía mareos y algunos, devolvieron todo el desayuno, en medio de las olas.
Los músculos se resentían por la farra anterior con traqueteos articulares y fuertes escalofríos, pero, poco a poco, la concentración y el gusto tranquilo y profundo por las olas llenaba al cuerpo de determinación de hacer lo imposible, y seguían adelante.
La torpeza y el frío, daban paso a las maniobras arriesgadas, en donde pequeños muchachos cogían unas olas tres veces más grandes que ellos, para luego, bajarlas con un equilibrio acrobático. Era un espectáculo de otro mundo. Las chicas los miraban desde la seguridad de la playa y se sentían importantes y orgullosas de pertenecer a nuestra banda. Se habían colocado sus bikinis más apretados y se embadurnaban de loción Coopertone y se ponían a dorar al sol.
Ese era el estilo de vida que amábamos y que nadie comprendía lo fácil que era perderlo, y que más tarde, después de estudiar todo un curso de John Locke a John Stuart Mill o de Hayek a Popper y Robert Nozick se podía comprender lo fácil que era perder la libertad que todos buscaban y que nosotros disfrutábamos.
Vivíamos para recorrer las playas, montar olas cada vez más grandes, fumar yerba, compartir nuestras mujeres y farrear en las noches, escuchando y baolando la música FAMILY MAN de Hall & Oates. ¿Qué más se podía pedir a la vida? ¿Qué más se podía pedirle a la vida? ¡Era una vida sobre un mar violento!
Las olas se le venían a uno poco a poco y luego venían tandas seguidas de grandes paredes de agua de dos metros.
Cuando llegó el turno de Russo, se supo colocar justo debajo del pico de la ola. Su fuerza lo llevó hasta la parte más alta, con una velocidad mortal, que a duras penas pudo superar su atracción o chupada, con la fuerza de sus remadas. Luego bajó aquellas toneladas de agua con una sola quilla.
Bajar un olón con una sola quilla en una tabla de dos quillas, era algo que había aprendido con mucho sacrificio. El secreto era presionar la pisada trasera y maniobrar con las rodillas para ejecutar un deslizamiento tajante y tubular.
No había nada más exquisito, que pegarse unos cuantos roles antes de tubearse por completo, hasta sentir el rumor del océano en los oídos. Era igual que escuchar el mar colocando la oreja en un caracol.
Una ola de tres metros tomó forma y Johnnie Pick Up fue tras de ella.
La ola lo llevó hasta el pico o cresta, y tenía tanta velocidad que lo empujo hasta escupirlo al aire. Johnnie se precipitó en el vacío como un bicho que trata de recuperar el equilibrio, pero todo fue inútil. La ola lo arrastró, haciendo que Johnnie embistiera el agua de cara, patinara de espaldas en la ola, que lo revolvía unas veces succionándolo y otras volviéndolo a lanzar desde una altura de vértigo. La caída fue espectacular. Su mujer, la medio Tailandesa, Mary Jo, se puso de pie, completamente angustiada, pero Gabriela le dijo que no se preocupara que ella ya había visto a Pick Up en similares trances, y siempre salía bien librado. Johnnie tenía excelentes pulmones y era un buen nadador.
Era como derrotar a la misma naturaleza, que en cierta forma los preparaba para lo que algún día sería la forma en que deberían sobrellevar y dominar las adversidades de la vida. Era una vida sobre un mar violento.
Al poco rato entró Christie Mac Dougal para decirle a Russo que afuera estaba Alfie como loco.
- Alfie dice que salgas para darte las últimas instrucciones sobre el encargo de la otra noche.
Russo se montó en una ola que llamaban: ´enana blanca´. Era una ola de dos metros completamente blanca y de una rapidez brutal, y con ella se fue Russo hasta la orilla. Llegó a la arena pisando la punta de la tabla al puro estilo de Peter Townsed o de Rell Sun.
Entre puteada y puteada, Alfie le dejó los cinco mil sucres, dos latas de fréjoles y dos latas de palmito y se fue.
Russo le dejó todo su capital a Claudia y volvió corriendo al mar. De un salto penetró en el mar haciendo saltar espumarrajos blancos, enceguecedores y asfixiantes. Al emerger se lo encontró a Pick Up, y con estilo gimnástico y buena velocidad se fueron – mano a mano -, hasta la punta. Neptuno gobernaba nuestras vidas. El día se escapó rápidamente.
Cuando Russo salía de surfear no había nada más rico, que sacarse el pantalón de baño mojado y cambiarse por un pantalón corto de pana.
En eso se encontraba, cuando vino Claudia y le entregó el dinero y sus cosas.
De vuelta en Salinas, hicieron un pequeño recorrido por el malecón en busca de un lugar barato para comer.
Así era siempre la vida en la playa. Los primeros días y noches te gastabas la plata como si estuvieras en la ciudad - el Guayas -, y después andábamos perruñando por el malecón o por los arrabales en busca de una lata de atún con galletas.
Algunas veces le regalábamos un par de cigarrillos de marihuana al mesero del Super Fausto o al cocinero del restorant Saavedra’s y éstos los dejaban dar cuenta con las abundantes y deliciosas sobras que dejaban los turistas griegos que venían de Galápagos a conocer este nuevo tipo de civilización.
El malecón estaba repleto de chicas con trajes de baño apretados, que envolvían sus cuerpos, de niñas que empezaban a hacerse mujer.
Las gorras y las pañoletas estaban de moda y las más atrevidas usaban gafas y cremas nivea para protegerse los labios o la nariz, lo que les daba un aspecto muy sensual de mujeres, fatales. En aquella época estaba prohibido que las chicas usaran malas palabras o que se vayan a acampar con sus amigos y mucho peor con sus enamorados, pero esa regla se la saltaban las chicas pesadas del Guayas, que vacilaban el dato surf en Salinas.
Red Hughes quería hacer unas reparaciones en la casa de Tommy y nos paramos en una ferretería. Muy cortésmente, Hughes se dirigió hacia la veterana que atendía el local y sacó de uno de sus bolsillos una lista arrugada y un poc húmeda de artículos en ella se podía leer:
Brea, cal, goma, focos, insecticidas, clavos, chapas, pintura blanca, pintura anticorrosiva, 8 metros de cableado eléctrico, espátulas, brochas, 2 sacos de cemento, velas, fósforos, alicates, martillos y 2 escobas.
Mientras la dependiente comenzaba a despacharles, ellos doblaron la esquina de la tienda. Era una tienda esquinera y al doblar la esquina, encendieron un porro de marihuana y le dieron unas cuantas chupadas hasta acabarlo. Toda la esquina quedó curada con el dulce y divino humo.
Por suerte en la secreta del carro había un colirio Visina, y nuestros ojos quedaron completamente blancos. El rojo fuego de los ojos focotes quedó sustituido por una blancura y una redondez tal, que daban la impresión de ser de pescados recién salido del mar.
Recibieron la mercadería envuelta en unas grandes bolsas de papel y después de una rápida confirmación de la lista y de los precios. El insecticida había subido una barbaridad. Cuando se fueron le agradecieron a la señora por su atención y cortesía.
De la tienda se fueron directo a la casa de Tommy Robin, muertos de la risa, de la cara de espanto que había puesto la señora - o tal vez todo era una alucinación- por haberle ´curado´ el negocio. Pero eso ya no importaba más.
La fachada de la casa de Robin parecía una de aquellas casas antiguas de San Francisco. Era algo así como una iglesia presbiteriana del siglo XIX. Toda la casa estaba rodeada de un corredor de madera y de pasamanos, lo que le daba al espectador la impresión de ser un rancho australiano.
Red lo llevó a Russo a la casa de Alfie y de ahí se encontró con el local que salió a recibirlo.
Las ropas de Juan de Dios eran viejas, olían a madera quemada y loción barata de afeitar. Le estuvo balbuceando, en su dialecto peculiar, de que él necesitaba saber cuándo iba a venir el patrón para tener llena y limpia la cisterna y un sin número de cosas más.
Tenía una hernia gigantesca, estaba calvo y su cuerpo era delgado, de piel tostada por el sol y de su mano colgaba un machete y no paraba de hablar, de si ésto por aquí o de si ésto por allá, y aquella charla ya lo tenía mareado a Russo, así que para ahorrar tiempo le enseñó las llaves que Alfie le había dado la víspera y se fue para adentro.
La humedad, el óxido y la podredumbre no habían deteriorado mucho la casa, pero estaba repleta de telarañas y de colchones enrollados. Russo calculaba que había una capa de polvo de dos pulgadas en aquella casa. ¿Pretendía Alfie que él se pusiera a limpiar todo ese relajo?
Abrió la puerta medio desvencijada de una vieja refrigeradora General Electric y encontró una caja de cereales Kellogg’s ya comenzada, una olla con tallarines con carnes repletos de hongos, gusanos y dos botellas vacías de jugos Guayas.
Cuando salió al portal, se acomodó en una hamaca y la oscuridad del sueño tardó en venir, pero siempre ocurre lo mismo cuando de dormir en lugares extraños y desconocidos se trata. Durmió tres horas nada más.
Aproximadamente a las diez, lo despertó un tintineo metálico que se oía a lo lejos. Russo se encontraba hambriento, y como ya estaba harto de la comida en lata, salió de la cabaña. Tenía una sed atrasada del carajo. Se volvió a enfundar en sus jeans, su camisa manga corta de los 60´s y traspuso la puerta de tela metálica con marcos de madera. Dejó encendidas las luces del portal. Pero al rato hubo un apagón en todo Salinas y no se veía absolutamente nada. El rítmico tintinear se le evadía en la noche oscura como boca de lobo. Sus pupilas estaban tan dilatadas como la de un gato, para no poner la pata en un hueco lleno de agua. Sus oídos lo guiaban. Donde estaba el tintineo habría una máquina de ping ball y ahí habría luz. Seguramente, ellos tenían un generador eléctrico de emergencia. Russo se moría de hambre y de sed.
Al llegar al local de entretenimiento, olió el exquisito aroma de unos panes de yuca que compró enseguida, y pensó, alegre, que con dos sería suficiente y los bajó con una cerveza, pero se le quedaron atravesados. En la radio se escuchaba Rich Girl de Hall & Oates.
De pronto sucedió algo increíble.
Frente a una máquina de ping ball estaba una salinera cuyas piernas bien torneadas estaban cubiertas por un pantalón pana, sus hermosos pechos tiernos estaban cubiertos por un strapple, y sus hermosos pies desnudos calzados por unos suecos. Ella era mayor que él y en su cuello colgaba una cadena de oro con la forma de su nombre: Annie.
Conversar con Annie era respirar un aire juvenil, nada de interrogaciones, nada de superficialidades. Conversar con ella era fundirse en su personalidad brillante, cuya piel roja como un cangrejo, poseía unas líneas blancas, señal de que ahí se colocaba su traje de baño. En el mundo son raras las aniñadas que son “buena gente”, Russo conoció ésta para luego perderla irremediablemente.
Era absolutamente comprensible el porqué Phil se había enamorado locamente de ella.
Ella acostumbraba bañarse con su familia en Chipipe o en la piscina de la terraza de su casa.
- ¿Y tú cómo te llamas?- le preguntó cuando vio que él no le quitaba los ojos de encima.
- Mis amigos me dicen Russo. Y mi nombre es Jacob.
Conversaron de todo y toda la noche le estuvo provocando unas risitas de aceptación, de aprobación, seguidas de un movimiento de cabeza, que seguramente había copiado de alguna película.
Toda su personalidad estaba armonizada con un perfume que hacía aquel encuentro característico, divino, casi inmortal.
Entre conversaciones, silencios y movimientos concentrados para seguir jugando en una máquina de ping ball, se mantuvieron conversando juntos un buen rato. Un Ford pitó en la calle polvorienta y ella se despidió con un beso en la mejilla de la manera más desenfadada.
Russo quedó preso de su fragancia y del recuerdo de su voz y se hubiera quedado así un buen rato sin importarme regresar a la casa o continuar de paseo por el malecón.
Por segunda ocasión escuchó el taconeo de sus suecos y escuchó su voz:
- Hey Russo, ¿no te gustaría conocer mis amigos?
Lo tomó del brazo en señal de posesión y aprecio y a Russo le pareció que podía sentir un ligero estremecimiento de sus nervios, cuando sus manitas llenas de anillos de oro se tropezaron con su carne.
En el vehículo los amigos de Annie le dijeron, de común acuerdo, que les enseñara un lugar conveniente y famoso donde pudieran vaciar una botella de ron con hielo, que se habían sacado de una fiesta de los mayores.
Primero pensó en Punta Carnero, pero después se los llevó a la casa de Alfie, así cumpliría su palabra de vigilar la vieja casa.
Cuando les comunicó la idea se miraron entre ellos, a lo mejor también creían que los iba a llevar allá y luego dijeron:
- VAMOS A LA CASA DE ALFIE, ENTONCES.
Cuando terminaron de cruzar los arrabales polvorientos y obscuros de Salinas para llegar al rancho – catedral, de los padres de Alfie, no salían de su asombro, no lo podían creer.
El conductor, el hermano de Annie, poseía una apariencia delicada, tenía un refinamiento que le daba el aire de ser un señorito muy educado.
Al lado de Russo estaba una rubia silenciosa y orgullosísima, que no paraba de mirarme con suspicacia e incredulidad cuando hablaba y cuando gesticulaba con esa graciosa desenvoltura con que se expresaban los tipos como Russo.
Él fingía no sentir el hielo de aquella mirada escudriñadora, que contrastaba con el incendio de su piel cada vez que se encontraba con la suya.
Cada vez que Russo hablaba y la miraba a sus ojos, para tener su aprobación, ella le torcía la cara, para después, volver a fijarse en la curiosa manera de hablar. Al parecer, gracias a Annie, estos niños ricos se habían encontrado con un chico de clase media, que sabía más de la vida que ellos y que los estaba llevando a un lugar secreto y prohibido para experimentar un escape a la rutina conservadora y aburrida de sus vidas.
En la clara y fresca noche lunar de Salinas Russo habia encontrado un grupo de nuevos amigos que lo oían hablar y hablar y que se dejaban llevar y llevar, por los arrabales sin luz hasta el fin de una botella de ron, Coca Cola con hielo.
Alexa parecía una yegua finísima provista de unos ojos grandes y almendrados de color azul. Después de que lo mirara fijamente como un objeto raro no le sostenía la mirada sino que le torcía la boca con incredulidad, luego, volvía a fijar toda su atención en el parloteo improvisado, a veces serio, siempre claro y a la vez actual, con el que la entretenía.
Cuando llegaron a la casa de Alfie, Russo tuvo que tranquilizar al guardián, el mismo guardián, que con su gigantesca hernia y su machete en la mano, parecía una prolongación de la casa, y que les había salido al encuentro.
Nos bajamos del auto.
En el trayecto y durante la pequeña reunión, Russo se pudo dar cuenta de cómo estaba jerarquizada la reunión, o, mejor dicho, cual era la estructura social de aquel grupo donde Johannie era la chica de Alfil y la que tenía la voz de mando. En la radio tocaban ´The girl of yesterday´ de los EAGLES.
Abrieron la botella de ron y pusieron la funda de hielo que goteaba mucho en el congelador de la General Electric y prepararon los tragos con una medida de ron, dos de Coca Cola y un limón con hielo, todo al gusto de cada uno.
Bertie, el distinguido y delicado hermano de Annie, obedecía la voz de su novia Johannie, a menos que se obstinara en una idea muy especial para él, lo que ocurría raras veces.
En la radio tocaban ´It´s another tekila sunrise´ de los EAGLES.
Por lo tanto la que tenía la voz de mando en el grupo era Johannie, que con sus rizos de color miel y su piel morenita, daba el aspecto de mayorcita, lo que en realidad no era.
De pronto Johannie empezó a organizar a todo el mundo y tras unos tragos de cubas libres empezó a hablar hasta por los codos.
Alexa, la rubia fría, y antipáticamente sexi, era el hielo provocador de la reunión. Demasiado bella e inteligente para el común de los mortales a excepción de Annie que era su íntima amiga se quedaba observando todo lo que la rodeaba en este viejo mausoleo de madera.
Russo pudo ver como Annie y Alexa observaban el interior de la casa de Alfil, y de inmediato, se pudo hacer una idea de las palabras que estaban pasando por sus mentes de alumnas destacadas del Liceo Panamericano: ¡qué derroche!, ¿es posible que antaño se hayan construido casas de este tipo?, ¿qué clase de millonarios vivían aquí?
Observaban, primero con extrañeza y luego con detenimiento como si fuesen niños pequeños, que visitaban un museo, una casa salinera de millonarios de la época de sus abuelitos, con gigantescas conchas de mar, gigantescos timones de barcos, pisos de madera y enormes retratos al óleo de señores barbudos – probablemente viejos lobos de mar-, y emperifollados y maduras señoras trajeadas con una sencillez elegante.
El efecto de los cubas libres estaba haciendo efecto.
Afuera el mar estaba picado por la brisa desordenada y helada, que fraccionaba el mar en pequeños picos azulados coronados de espuma blanca.
Copas iban, copas venían y todos se empezaban a burlar de Bertie, que le dió, medio borracho como estaba, por querer jugar monopolio a esas horas y, necio, se puso a rebuscar por toda la vieja catedral en busca de uno.
Russo se veía, con el calor de los Cubas Libres, como un malabarista en esta reunión de estirados y traidores, que no tomaban suficiente ron. Y tenía que ser absolutamente natural y entretenerlos con su labia que tenía que ser tan ocurrida como interminable.
De pronto todos se sintieron algo sofocados por las bebidas y por la atmósfera encerrada de aquella vieja casa, y Johannie decidió que trasladasen la reunión al portal, tipo Australiano, que rodeaba toda la casa.
Alexa se estaba alegrando con las bebidas ahogadas en hielo, y ya se le aflojaba la lengua y hasta daba señales de querer bailar.
Russo seguía siendo el excelente anfitrión como Ted Danson en Cheers.
Después de un buen rato tuvo tiempo para encontrarse a solas con Annie en la cocina. Ella preparaba unos pimientos fritos en aceite de oliva extra virgen. Le advertía, con esa vocecita tan fina y particular que ella tenía, que ya no les diera más cubas libres a sus amigos.
- Bien, ¡pero no me habías dicho nada! –le respondió, riéndose-.
Afuera en la sala, Bertie preso de la fiebre alucinante del ron, bailaba eufórico, al ritmo de la música de ´The year of the cat´de Al Stewart.
Combinaba en sus estados de ánimo la alegría y la antipatía que estaba obligado a disimular a la suprema belleza de Alexa.
Entonces ocurrió algo imprevisto: la noticia de que Russo –solito-, cuidaba la casa de Alfie, se había esparcido por todo el malecón y los filibusteros del surf, liderados por Tommy Robin y Pick Up, el Ayatollah del Rock & Roll, habían venido a ver como era la cosa por acá.
Llegaron en una fila india de Volkswagenes con parrillas, música a todo volumen.
Eran como una tribu nómada del desierto y de las olas, con sus perros y sus bidones de agua, sleepings y tanques para la gasolina.
Pronto toda la casa se estremecía con los gritos y aceleramientos de aquella gente. De inmediato Russo renunció a tratar de mantener el control, ni siquiera lo intentó. Aquella masa humana respiraba libertad y su aliento olía a cerveza, transpiraban hawaiian tropic y las chicas melancólicos perfúmenes.
Las chicas, compañeras de estos surfistas nómadas, de inmediato se apoderaron de la sala y en medio del ruido de las guitarras eléctricas, empezaron a mover las caderas y a bailar sintiendose libres; y gritaban eufóricas y los surfistas aullaban en el interior de aquella casa ubicada en medio del desierto, y todo era una completa locura cuando en la toca cassetera empezó a escucharse la música de Billy Ocean, todos gritaban y bailaban desenfrenados la música loca de aquel hermano, que tenía excelente ritmo. Algunas chicas se quejaban de que aquella casa era demasiado vieja, tan vieja, que no tenía piscina para lanzarse al agua y refrescarse del calor…una de ellas con su euforia loca y extrovertida se le acercó a Russo, ignorando a sus estirados amigos que lo acompañaban atónitos ante aquel espectáculo lleno de explosión de enrgía juvenil, nunca antes vista, y le dijo en el rostro, mientras le tiraba en la cara el aliento a alcohol:
- Hey Russo, en esta casa no va a pasar lo de lanzarse a la piscina como en la casa de la periodista de TELEMUNDO, cuando entramos de pavos, ¿te acuerdas?- le dijo la chica con el cerquillo cayéndole sobre el rostro y cubriéndole el ojo derecho, al tiempo que le ofrecía a Russo un cigarrillo de yerba-.
- No, no, aquí no hay piscina…
Russo observaba a sus refinados huéspedes, y se percató de que aquella experiencia sobrepasaba todas sus expectativas de diversión; estaban demasiado metidos en el territorio del ron como para sentirse cortados por la presencia alborotadora de aquellos filibusteros. Alexa sin embargo, de vez en cuando, le dirigía a Russo una mirada, como de comprobación de alguna faceta oscura, que ella ya había calculado con sólo verlo.
EL PRIMER TRABAJO DE TOMMY ROBIN
El sol, como una gigantesca bola de oro, se iba acostando sobre el horizonte. El color púrpura de la noche ganaba terreno sobre las esquinas de las fachadas y de los edificios. Tommy se palpó la pistola con el silenciador colocado en la base de la espalda. Aquella sensación de inutilidad no lo abandonaría nunca. Una sensación -que no siempre se negaba a si misma-, de no haber hecho absolutamente nada. Era el anonimato y la vacía intranquilidad de una esperanza que se esfuma.
No es bueno dejar de creer en los pensamientos, aunque después se olviden como la expresión máxima de la insensatez. No había forma de rebelarse contra el miedo perpetuo de existir en el fracaso. Finalmente llegó a la casa en cuestión. Eran las nueve de la noche. Tommy entró con la llave que le entregó José Leone. Subió despacio los escalones. Los contó, de uno en uno, eran veinte. Su dormitorio estaba vacío. Había una vocecita en el baño, seguramente era la zorra periodista.
Empujó la cortina y pudo apreciar su cuerpo fornido, de buena raza, una hembra completa, de pezones rosados. Sus ojos se encontraron y los labios de la zorra esbozaron una sonrisa malsana, pícara.
Tommy se pudo ver en el espejo. Una cara huesuda, ojos azules, pelo rubio y lleno de rulos, la piel tostada por el sol. Definitivamente se trataba de él, no estaba soñando. Era Tommy Robin. Un mecánico, un don nadie, que hacía trabajos extras para don José. Ahora no era nadie, pero algún día seria una herramienta indispensable, una piedra de apoyo, alguien importante.
Conocería a Tony Accardo y después podría morir en paz. Conocería hermosas mujeres, viviría de su garaje, del surf, de sus amigos, de su negra y de sus armas y algún día lo tendría todo. Toda la cerveza del mundo, toda la libertad del mundo. Siempre lo acompañaría Johnnie, su mejor amigo. Escucharían música todo el día, se emborracharían los fines de semana junto a Red Hughes, y sus noticias internacionales, también disfrutarían de los shows de strip tease, vivirían bien.
Tommy abrió fuego contra su cuerpo y vio cómo se abría un pequeño agujero junto a su corazón, del que salía un hilillo de sangre que se difuminaba con el chorro de agua de la ducha. Su hermoso cuerpo empezó a convulsionarse salpicando de carmín toda la bañera. Sus labios se tornaban violetas y la boca se abría como un pez. Escuchó el golpe seco de la cabeza al chocar contra el piso de la bañera. Un pie femenino quedó inmóvil junto a unas zapatillas romanas doradas.
Era la realidad y la locura.
Era su vida que también se escapaba con ella. Lenta y sigilosamente emprendió la retirada y se encomendó a San Vicente Ferrer.
Al día siguiente todo era como si no hubiera pasado nada. Tommy se encontraba en el garaje, embarrado de aceite hasta los codos, Pick Up hablaba por teléfono. Unas putas estaban sentadas mirando en la TV un concierto de Hall & Oates, que tocaban la balada romántica One on One.
JOHNNIE PICK UP & MARCELA
Unas dos veces en la semana, Johnnie no tenía que levantarse de madrugada para trotar y realizar toda su calistenia de artes marciales.
No. Aquella fría jornada de labores era sustituida por la ansiada llamada de Marcela. Ella lo llamaba todos los sábados por la mañana.
Johnnie era huérfano y vivía con su abuelita a quien sostenía con mucho esfuerzo. Tommy Robin le daba trabajo como vendedor de hot dogs, ya que Johnnie no sabía nada de mecánica ni le interesaba.
Su pasión eran las mujeres y las artes marciales. Vivía regularmente de lo que sus amantes le pasaban y por eso, en su baño, no había champú. Tomó su pastilla de jabón Rexona, y se duchó, pues era muy importante oler bien.
¿Qué pasaba en ese momento por la cabeza de este chico?
Mucha velocidad. Todo se presentaba con suma premura. Después de joder con Marcela se llevaría unas conejitas de un colegio nocturno a bailar.
Su rostro le daba a uno la impresión de tratar con un reptíl, y su inmensa espalda parecía la de una cobra. Escuchaba música rock todo el día y no se perdía ni una pelea de Hector ¨Macho¨ Camacho, de Benny ¨The Jet¨ Urquidez ni de Phillipe Cantamessi, que eran sus ídolos.
Era un depredador que se devoraba las chicas dañadas de los colegios nocturnos. Johnnie no perdía tiempo en reflexiones de conciencia que afectaran su seguridad. La moral y la corrección no eran compatibles con este mundo imperfecto y con la naturaleza del hombre, eso ya lo sabía él muy bien.
Finalmente había quedado con Marcela en encontrase en un gabinete de belleza de unos Tailandeses.
Cuando entró, identificó su presa que ya estaba en la fase final de su peinado. En la radio tocaban una canción de los Fletwood Mac. Todo tomaba un cariz absurdo en ocasiones.
Marcela se gastaba el dinero de su esposo en un peinado, que en menos de un cuarto de hora, se volvería un remolino entre las almohadas y los fornidos brazos de John.
Todas las señoras se volvieron a ver a este joven de camiseta apretada, que entraba como un huracán. En aquella espalda ya no entraban más músculos brotados. La belleza y sensualidad de Johnnie era tan notorias que hombres y mujeres se volvían para contemplar su rostro. Entró y salió, pues ella ya lo había visto, y se apresuraba a pagar para salir a caminar, mejor dicho, a seguirlo, caminando detrás de él a cierta distancia, para que nadie se diera cuenta, que Pick Up la guiaba al hotel. Marcela estaba nerviosa y su corazón palpitaba con fuerza, fingía no verlo. El adulterio tenía mejor sabor cuando se perpetraba en un hotel céntrico y a plena luz del día.
Otras veces Marcelita daba señales de arrepentimiento, a las que Pick Up no les concedía la menor importancia, pero que respetaba. No le gustaba forzar las cosas del amor.
Lo que pasaba era que ella siempre lo iba a buscar al taller de Robin, a su puesto de hot dogs y le suplicaba, que la perdonase, y que se volvieran a encontrar y, entonces, ocurría.
En otras ocasiones, él tenía que esperar en determinada esquina y ella le daba la vuelta en el vehículo, se parqueaba junto a él y le cedía el puesto para que él la condujera a sus niditos de amor.
En esta ocasión ella le tenía una sorpresa: Johnnie era también un fanático de Raymond Aron y su amante le había comprado uno de sus últimos trabajos titulado: ´El opio de los intelectuales´.
El temperamento de Johnnie era fuerte y apasionado, nada en él era consumido con moderación, si algo le gustaba se aficionaba hasta el extremo de convertirse en un coleccionista. Johnnie tenía en su corazón capacidad para amar a varias mujeres. ¡Pero amar de verdad!
Todo daba vuelta en la cabeza de Marcela. Ella sabía que lo que más le gustaba a su amante, era su grande y bien proporcionado trasero. Johnnie le lamía el ano y la hacía sufrir cuando le introducía su falo por ese conducto tan estrecho. Pero ella siempre quería más.
Con Johnnie ella aprendía nuevas cosas, que intentaba poner en práctica con el aburrido de su esposo. Johnnie la encendía y su esposo se maravillara que ella dejara que él eyaculara en su cara o que le permitiera montarla en cuatro como una puta negra. Todo daba vueltas en la vida de Marcela. Todo lo que su aburrido y casi impotente esposo aprendía con ella; éste lo ponía en practica con la domestica de la casa. ¿Absurdo? ¡¿Quién dice que la vida tiene sentido?!
Todos notaban el cambio en el rostro radiante de Marcela, pero nadie llegaba a conocer el motivo. Sus amigas le interrogaban con disimulo y nada, ella no abría la boca.
Amar a Marcela era penetrar en otro mundo, otra clase social llena de riquezas, de aromas exquisitos, de raras y fascinantes gastronomías, de gente de sangre real, de conversaciones triviales y melodramáticas, de fortunas de rancio abolengo y cenas imperiales al borde del mar.
TODOS CONTRA AL RENZO LEONE
De la central electrónica llamada Satélites 1, el Ministro de Defensa y el Director de la CTG, pasaron a una sala de reunión con el carácter de urgente y reservada. El punto del día era analizar la petición del Ministro de Gobierno. El ministro estaba inquieto por la forma como se llevaban las cosas en el interior de la cúpula del sindicato de choferes interprovinciales. Lo más sospechoso era que no había un líder que diera la cara, alguien con quien tratar y negociar. En vez del líder, la cúpula del sindicato de choferes interprovinciales, daba la impresión de manejarse como un monstruo de mil cabezas. No era un interlocutor fijo con quien tenía que tratar el Ministro, sino que, siempre aparecía un negociante diferente, con ‘instrucciones’, con las que nadie podía negociar y dale que te pego que el tiempo transcurría y el caos seguía imparable.
Los choferes interprovinciales no pagaban impuestos al Estado como era debido. Y se corrían rumores siniestros sobre una mano que aplicaba una cierta clase de justicia con sangre y fuego. El Ministro y la CTG estaban empantanados, y no daban marcha ni para adelante ni para atrás.
Harto ya de todo este embrollo, el Director de la CTG, ordenó a la secretaría que recopilara toda la historia, todos los expedientes, más la redacción de un oficio que le pasaba la papa caliente al mismísimo Comando Conjunto de las FFAA.
- ¡Allá que se encarguen ellos! – había dicho el ministro rojo como la remolacha.
El rostro de la directora encargada del Comando Conjunto de las FFAA, de resolver este tipo de asuntos era afilado y amenazador, poseía unos lentes gruesos y transparentes que se equilibraban sobre ese rostro frío, científico y analítico.
Tras de ella, una pared mediana, tapizada de libros y gruesas carpetas le daba la nota final de sobriedad y eficacia. De la conversación surgió una clara conclusión: éste era uno de esos problemas que tardarían, a lo sumo, una década en resolverse. Se formarían varios equipos de trabajo, que leerían detenidamente, hoja por hoja, del material archivado, lo microfilmarían y se realizarían nuevos informes que serían procesados por Seguridad Nacional.
Por el momento la única medida, que se podía tomar era seleccionar a un pelotón de espías que se empapen de la realidad, que hervía dentro del mundo del transporte interprovincial. La pregunta clave era: ¿cuánto tiempo tomaría esta operación?, ¿cuánto costaría la tecnología que se utilizaría para esta operación?, ¿de dónde saldrían los fondos?
JOHNNIE PICK UP
Después de que Johnnie Pick Up ganara el combate pugilístico contra el campeón de la penitenciaría del litoral, toda la tribu se fue a celebrar a Montañita. De ahora en adelante, la dieta de la abuela de Pick Up mejoraría con carnes y pastas. Las noches en Montañita son tétricas, frías, frías, de un frío que penetra hasta la médula de los huesos.
Trepada toda la tribu en la casa triangular, el panorama parecía un verdadero nido de avispas con los sleepings que parecían larvas multicolores, las tablas, las jabas de cerveza, las mujeres danzando al ritmo de la colección musical de los 60’s de Claudia. La radio a todo volumen vomitaba la música de Bread, Poco, Wayne Newton y James Taylor.
Afuera el viento barría la arena y las olas eran sombras violentas de espuma celeste, que se estrellaban frenéticas contra la roca. Un sordo murmullo de las olas venía acompañado de una fría brisa marina por lo que todos lucían unos suéteres deportivos y de colores llamativos.
La tribu se identificaba como una familia feliz. Todos tenían la barriga llena ya que Tommy había invitado a todos a comer una volquetada de arroz con menestra, carne asada y sendos vasos de quacker en la choza de la señora Helena.
El cielo negro y estrellado, era cruzado de cuando en cuando por un meteorito Querida Mariuxi:
Un perro con sarna se rascaba, indolente, la costra sanguinolenta que le colgaba sobre el cuero arrugado y vivito. Una ola empezaba a tomar forma, se alzaba y sus colores, de azul marino, se transformaban en agua clara al colocarse entre el sol y el nivel del mar. Una curiosa sensación de calor agobiante lo invade todo.
¿Cuál es el apuro?
Has hecho tu mejor esfuerzo y eso es lo que importa. La división entre el suelo de cemento y la tierra apisonada se te antoja un cerco, una oposición, la infinita lucha entre la madre naturaleza y la civilización.
Cada instante es como vivir bajo el yugo del tiempo, es un castigo, como la vida, una broma cruel, una mala comedia, que transforma el tiempo en un reloj de arenas movedizas. Venimos del polvo y todo lo que comemos para vivir no tiene un destino más noble, que terminar convirtiéndose en un lodo maloliente y al final, en arena y huesos terminamos. Afuera se descolgó un aguacero torrencial que convertía las calles en ríos correntosos de agua chocolate. Y tengo que esperar. ¿Cuál es el apuro? Mientras tú corres tras la pelota y sueñas con convertirte en un Daniel Pasarela, un Laudrup, un Mario Kempes o Elkjaher. Corres tras la pelota, tu pelo al viento, tu cara expresa decisión, corres de aquí para allá, con el rostro congestionado, te olvidas hasta de respirar por anotar un gol. Yo te espero, corre, hijo, detrás de la pelota de indor, yo te espero.
De pronto suena el timbre de la puerta y corta de un golpe mis pensamientos. Ahora vuelvo a la triste realidad, sentado frente al televisor, examinando el mundo con una botella de whisky en la mano y una pluma en la otra.
Abro la puerta o pienso que la he abierto y me encuentro una pareja de jóvenes empapados por la lluvia. Tu rostro oriental es pálido y vienes acompañada por un hombre destrozado, inquieto, que mira de un lado para otro, y que se seca la humedad con la mano. No los reconozco, ¿quiénes son?
La vida está llena de acción y rapidez, de riesgos y sobresaltos.
Yo voy lento, prisionero del temor que me estruja el corazón, razonar sobre el futuro no me deja ni vivir ni disfrutar el ahora, el presente se torna una endemoniada pesadilla.
Me tomo un vaso de whisky tras otro y una ola ácida me carcome los sentidos, hasta que consigo calmar la ansiedad. Me afano por estar tranquilo y mi esfuerzo me desestabiliza. Trato de hallar, de recuperar la paz perdida en tus ojos orientales. ¿Quedó insatisfecho?
Todo mi cuerpo está envenenado por las picaduras de los insectos.
Conocerte es una experiencia bella y rara, posees una mezcla de inocencia ignorante y una sexualidad, cuyos límites y profundidades no alcanzo a comprender. He buscado en el sexo la paz y la tranquilidad y ya no la hallo como antes, se me escapa.
Veo en tu rostro la incomprensión, la vida te ha golpeado fuerte esta vez. Ha sido tan fuerte el impacto que todavía no puedes reaccionar. ¿Has perdido al amor de tu vida? ¿Qué es lo que me traes? ¿Unas memorias? ¿De quién? ¿Alguien que yo conocí? ¿Importan algo?
Son fuerzas demasiados potentes las que juegan contra mí. No lo puedo resistir. Mariuxi, estás llena de amor como Mary Jo. El viento me dice que los debo dejar pasar. Saco dos batas de tela de toalla para que pongan a secar la ropa empapada. Le echo un vistazo a las hojas amarillentas dentro de la funda plástica, no me dicen nada.
Palabras. Un nuevo eslabón de una cadena de historias sin tiempo.
Cuando cierras tus ojos, tu belleza se convierte en una explosión de sexualidad infinita. Es como verte correr sola y desnuda en medio del desierto. Lujuria mortal como el veneno. Pero en realidad soy un hombre desesperado. Mariuxi, amor, las microondas me bombardean los riñones, lo puedo sentir. Te amo. Escucho tu voz:
- ¡Oh, por favor, por favor, ayúdame!
Tengo ganas, me acosan deseos de leer todas las hojas a la vez y al final me quedo mirándolos a los dos. Aturdido, impotente, extraviado, prisionero de la maldita ansiedad. Quiero leer y de sólo pensar en el tremendo esfuerzo, que mi cerebro va a librar en reescribir todas las malditas memorias, con esa redacción más enredada que toda la maldita jungla de Camboya, ya me doy por vencido y así voy de un lado para otro de la casa, de frustración en frustración, viviendo en la más cruel dimensión desconocida. ¿Mariuxi, dónde estás?
El otro día comimos en Cozolli’s Pizza. Eres mi secretaria y te sientes obligada a ordenar mis papeles, todo es tan serio para ti. Mariuxi, eres una niña inocente con el grado de teniente, no sabes nada de mí ni a lo que he quedado reducido. Pobre de ti, pobre de mí.
Afuera el viento se lleva las hojas muertas de los árboles, en la radio se escucha una balada de Journey:
- I really wanna know you...
- I really wanna show you they way I feel…
A veces me pierdo.
A veces bombardean mi cerebro con tantas microondas que me siento con la memoria de otro, en blanco y vacía como un enfermo de Alzheimer. En el lugar equivocado y no reconozco a nadie.
Pero tú siempre estas ahí y me tomas de la mano y me traes de vuelta a este mundo. Me dices:
- Me escucha, profesor...
A veces pienso que te han adiestrado. Que te han prevenido y entrenando para acompañarme hasta el final. Pero tu rostro es tan dulce, tu risa tan sincera. Celebro tu felicidad con un vaso de whisky y siento que puedo tocar las estrellas.
Eres alemana, lo dice el color de tu piel, la fuerza de tu sangre. Te amo. Tu pelo es como tu carácter, como la fuerza de una tempestad en alta mar. Todos miraban a quien estaba hablando y tú alzaste tus ojos, color cielo y abriste la boca. Tus labios rojos son una provocación, una herida profunda, el color violento de un fruto maduro...
Me sentía como un guía penitenciario con permiso, sentado ahí, masticando una porción de jugosa y caliente pizza. De pronto ocurrió aquello... te convertiste en una aparición... Un ángel de cabellos sedosos y pelirrojos. Mi corazón palpitaba, mi boca se secaba, aquello era demasiado para mí. A través de sus pantalones podía intuir sus delicados calzones, que imaginaba arrancándolos con los dientes... suavemente. Mi espíritu se desprendió de mi cuerpo y transmigró a sus espaldas, casi podía oler la fragancia de sus cabellos y axilas.
Tú seguías conversando distraída, indiferente, causal y remota. Mi espíritu besaba, te tocaba, besaba tus pies desnudos, calzados con unas zapatillas romanas. Mi espíritu se transformó en una enredadera azul, un alga marina, palmo a palmo, devoraba tu piel blanca y llena de pecas como un muro granítico. Mi boca se posesionaba de esa protuberancia, de cada pulgada de carne. Aquel ángel de cabellos rubios reía con la felicidad de un orgasmo celestial. Te amo.
Y tú, Tommy Robin, el duro, ¿cómo estás?
Tienes un aire de preocupación, de ausencia. Pero, no piensas en tu tropa de mecánicos, ni en tu casa de Salinas, ni en tu taller, ni en tu DOJO de kumite de madera cortada en Bangkok.
No, piensas en tu amigo que se ha ido. En lo bien que lo pasaron, en la tremenda cantidad de dinero que ganaron, en las olas que corrieron, en las mujeres que conquistaron, en los ejercicios que practicaban juntos. Ahora, de pronto, conoces la realidad. ¡En verdad estás solo! ¿Qué será de tí?
Tendrás que cuidar de Mary Jo. Es tan frágil. Tendrás que cuidar tu negocio y tu vida, pero eso lo sabes hacer bien, eres un duro, bang bang.
¡Maldito Johnnie! Siempre tan imprevisible. ¿Qué jodido pensamiento se le habrá cruzado por la cabeza para que se decida a matarse de esa manera? ¿Fue suicidio? ¿Fue exceso de confianza? Ahora ya nada importa, igual está bien muerto. En la sala de velación casi no pudiste verlo, no, ese pedazo de cara reconstruida por el cirujano no era tu amigo. Era sólo un cuerpo de carne, un objeto. El verdadero Johnnie viviría en las fotos del cuarto de Mary Jo, en los recuerdos de sus amigos, en el llanto de sus amantes. ¡Ni siquiera pudiste engendrarle un hijo a Mary Jo, para convertir la pérdida en algo pasajero!
Cuando le comunicaron la noticia a José y a Paul, se quedaron de una pieza y balbuceaban algo entrecortado de tener que ir a Washington.
Cuenta la leyenda, que Tony Accardo se dirigía al Senado a rendir su testimonio, cuando fue interceptado por José Leone y Paul Ditto para comunicarle que Johnnie se había matado. El pobre viejo hizo una mueca de dolor y siguió adelante, abatido.
Tendrás que sobreponerte. Tienes a tu amante negra, tienes tus negocios, ahora eres un bisturí político para los Leone y los Miraglia que te aprecian, te respetan. Tienes a tus otros amigos y amigas que van jodidos por ahí, se refugian en tu casa, se comen tu comida o la comida que les dejas para ellos, así sea un litro de leche y unas galletas con helado. Los quieres porque nunca nadie había dependido de ti, porque para ellos no sólo eres el mecánico en jefe, que les paga un sueldo, el asesino político por excelencia, no, los quieres porque todavía no han descubierto la forma, no han dado con la medida, no saben cómo defenderse de la vida. La vida siempre se desenvuelve sobre un mar violento.
Querida Mariuxi, es imposible dejar de pensar en ti. Tu rostro felino y apacible y tu belleza madura y elegante, permanecen en mi pensamiento, motivándome, inspirándome, alentándome en los momentos más oscuros.
A veces tienes una mirada triste, quizá de resignación, que se conjuga con tu atuendo para el frío decembrino de estos lares. Es una gran capa negra, como un gigantesco velo de luto que envuelve tu existencia y que realza tu belleza femenina y melancólica.
Te deseo como la arena al mar. Y sin embargo eres inalcanzable como un espejismo en el desierto. De toda aquella gruesa vestimenta de invierno, sobresalían unos precioso deditos enfundados por unas medias y protegidos por las tiras de cuero de unas sandalias, también negras.
Tu pelo rubio, siempre peinado con una raya en medio, luce como peinado por el viento polar.
De pronto, tengo que cerrar los ojos para no delatar mi amor, no puedo seguir mirándote así.
Mi espíritu flotó hacia un mundo con escenas mudas, donde sólo estás tú y yo.
Depositas tu cuerpo tan hermoso como frágil sobre un diván y me hablas, me platicas sobre cosas de este mundo, sobre tu esposo, sobre tu trabajo anterior, sobre las impresiones sicológicas que has obtenido al estar a mi servicio, etc.
Yo me encontraba mudo como una piedra, sordo como Dios, sólo escuchaba como un siquiatra a su cliente.
Luego, pasado un tiempo, que se hizo casi infinito, me acerqué, trémulo, como una pequeña ola se acerca a la orilla y deposité mis labios, muy cuidadosamente, en los dedos de tus pies. Un acto de adoración, un gesto último antes de la despedida.
La magia del amor se nota en ese brillo peculiar en los ojos de una mujer. Es magia porque se necesita ese tipo de fuerzas para que la vida deje de ser una rutina existencial, una mecánica sacrificada para convertirse en una energía electrizante, llena de pasión y espectativas.
Las sonrisas son diferentes, surge toda la sorpresa, la admiración de ser, de un momento a otro, admiradas, amadas o deseadas, o de ser el centro de un torbellino de intereses y proyecciones. Nada hay más penetrante en el corazón de una mujer que saberse amada, deseada y protegida por ese amor, en forma desinteresada e incondicional.
No hay placer más secreto que el de una mujer que se sabe objeto de la devoción de varios hombres. Todos luchan caballerosamente por ganarse una parte de su atención, alguna palabra de reconocimiento.
Todos son prisioneros de sus caprichos y víctimas de su tiranía.
La prisión en que se ha convertido tu amor te convierte en la reina y dueña de todos los deseos y de todas las voluntades. ¡Audaz pretensión tratar de escapar de tu poder!
Adelante mujer, caminas por encima de los corazones de todos los hombres. Aquel que te mira se convierte en esclavo de tus ojos y de tu sonrisa. Hasta tus defectos y caprichos se convierten en objeto de veneración y disputa. Ese brillo en los ojos de la mujer enamorada es la prueba de que en el fondo de su corazón oculta un amor. Esa sonrisa es la felicidad más pura que pueda expresar su corazón.
El mar estaba desordenado, inquieto, el viento loco soplaba para todos lados. Parecía que cada ola quería irse por su lado. De pronto una pequeña y gris ola tomó forma y se estrelló débilmente contra las rocas indomables.
Leer las memorias de Pick Up, es una forma de conocer el mundo de las mujeres que aman a escondidas, que son capaces de pagar por un poco de ternura y atención. Es penetrar, también, en el mundo de la desesperación. Johnnie no tiene un talento que se pueda comercializar en la sociedad. No tiene recursos para defenderse legalmente. Pero, las planillas llegan; la sociedad te cobra hasta por el aire que respiras. Es caro nacer, caro vivir y caro morir. ¿Qué se puede hacer en un caso así? Johnnie tuvo que aprender a disfrutar de la cruel vida vendiendo su belleza. Comprendía que la belleza no le iba a durar toda la vida y que tenía al tiempo en contra. Por todas partes se apreciaban las sinuosas esquinas de la desesperación.
Leer las memorias de Pick Up, es conocer de cerca esas mujeres tiernas y bobaliconas, que tiran el dinero propio o de sus esposos que se sentían estafadas, usadas, envejecidas y desechadas.
Su mirada era inolvidable. Felina, especial, cautivadora, misteriosa.
Tenía el cuerpo sacrificado de una mujer honesta. A pesar del peso del trajín cotidiano era poseedora de unas caderas anchas, acogedoras, que formaban una combinación que expresaba pureza y elegancia con sobriedad. Pero el calor se anidaba en esas partes que eran fronteras, límites, barreras de la castidad. Fuego en forma de serpiente.
Ese calor íntimo y secreto cambiaba las facciones, transformaba las miradas, hervía la sangre. Era su rostro un rostro severo, casto y puro, que procuraba esconder el gesto de la concesión apasionada del ayer, de la dominación de su carne, de la entrega dolorosa e inevitable.
El ansia que se transformaba en agua clara del estanque y que se enturbiaba con fango del vientre, el limo de la vida.
Sus mechones negros azabache me enceguecían, una gota de sudor caía y estallaba en mi rostro. Yo era un corcel, un garañón, una bestia, que aquella amazona pretendía domar con el infierno de sus entrañas, montaba, cabalgaba desnuda con la boca abierta como un felino salvaje, eufórico por el olor de la sangre, y yo le empujaba y atravesaba, podíamos sentir un placer que se transformaba en dolor. Dolor, vergüenza y placer, eran emociones pequeñas en comparación con la luz que se abría paso entre sus carnes.
En el momento culminante, mi boca era una ventosa que absorbía su alma viva y ella, con sus piernas me atrapó como un cepo, una trampa para animales salvajes. Tenía que llegar al final, mordía sus pies, mordía sus tobillos, hería su piel ardiente, nuestros líquidos se mezclaban, el ruido del tránsito nocturno ahogó un grito de pasión.
Como una navaja afilada atravesada sus carnes inertes de éxtasis.
- Ya no –me dijo - ¡Me haces daño!
Las cosas cotidianas de la vida tienen un valor estético muy poco entendido y apreciado. Cascar un par de huevos para realizar una tortilla, ir al supermaxi de compras, comprar hot dogs en una carretilla nocturna, todo podría ser fotografiado y llevado a una cartulina canson para ser pintado en acuarela. Todo forma parte de la vida de la gente común y es hermoso vivirlo, ¿Por qué no representarlo?
La primera vez que la ví vestía toda de tela blue jean, sin mangas.
Dentro de su sencillez era muy afectada, mostraba una delicadeza algo exagerada. La muñeca doblaba, reflejaba abandono, distracción y relajamiento. Canturreaba una melodía mientras recorría con la mirada los vegetales que necesitaba para su cocina.
El guepardo olió el viento y se pasó la lengua por los colmillos, fijó su mirada en aquella presa que se desplazaba, totalmente desprevenida.
Aquella gacela movía la colita imperturbable, se hallaba sola en aquella pradera, lejos de la manada. Cogió un carrito y empezó a hacer las compras de rutina, mientras su cuerpo espigado se movía, olvidada de sí misma. Temerariamente le daba la espalda a la muerte.
El depredador empezó la carrera por la supervivencia, fija la mirada, las grandes patas moviéndose a gran velocidad. La tomó de un mordisco en las caderas, sus rechazos sólo conseguían agitar la pasión y el fuego que latía dentro de su corazón. El gran gato lamía aquella sangre regurgitante y caliente. Todo su cuerpo era pura adrenalina.
Mordía, desgarrando carne, venas, tendones, tejidos y hueso, el gato la tomó de la nuca. Sus cabellos negros flotaban en la cama. Quería más.
El guepardo puso sus enormes garras sobre aquel cuerpo tendido en un charco de sangre, cuerpo inerte cuyos ojos miraban ya sin ver.
Johnnie besaba sus pies, bebía el agua dulce de su vagina, adoraba ese olor, dulce, íntimo, prohibido, ajeno.
Ella se acoplaba, como la realización de un adorable sueño por largo tiempo postergado. Johnnie la embistió una y otra vez, ella parecía una muñeca en sus manos, de un zarpazo la volteó y la exploró contra su naturaleza.
El momento estaba cerca, pronto brotó una mezcla de hiel, esperma y sangre, todo el ambiente y la atmósfera se llenó de un olor a arena, sol y mar.
Aquella boca, llena de colmillos, lamía con fervor esos diminutos y elegantes pezones, sudaban un néctar amargo.
El cielo giraba de un color argentino, una ola reventó en la orilla.
Mis pies se hundían en la arena y de pronto entré silenciosamente, sentía el frío contacto de las baldosas escarlata.
Columnas rojas con bordes de oro proyectaban sombras que se perdían en el claroscuro de luces ocultas por lamparillas en forma de conchas marinas. Una ola verde tomó el color amarillo de la tarde con la luz del sol, se estrelló en la orilla.
Columnas de diseños fantasmagóricos, místicos, paganos, se proyectaban a mi alrededor. ¿Alucinación o realidad? El mar azul se enrollaba en eternos flujos y reflujos sobre la arena. El hombre con cabeza de Dingo, avanza por las escaleras, galerías, grutas, perseguían el ruido que hace una ducha de agua. Entonces la vió.
Era una rubia de facciones aguileñas que se duchaba. Un torrente de agua dulce le caía sobre el cuerpo sumergido en una piscina de agua burbujeante. Con su cara de ave me miró de reojo. Poseía unos ojos hermosos y su nariz puntiaguda le confería la elegancia de un pájaro.
Intuyó mi presencia y se preguntó: ¿era un hombre o un perro?
En la radio tocaban una balada de EAGLES:
I can’t tell you why...
Ésta imponente y escultural mujer, se estiraba sobre el chorro de agua, que provenía de la cascada artificial y danzaba sobre la piscina de espuma blanca. Totalmente desnuda, una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Sus pechos eran unos globos macizos, hinchados, salvajes y puros.
Estaban coronados por unos pezones de color rosa, también hinchados, quizá por una ráfaga de viento marino. De pronto se sumergió, su trasero era una montaña de carne blanca partida por la mitad, como un durazno con una pelusa amarilla, como la crin de una yegua.
Entré en la tina, el agua me daba por la cintura. Su mirada era invitadora, su sonrisa se dilataba, abría la boca hasta transformarla en un agujero, una agonía, toda ella era puro deseo. Tomé su tobillo izquierdo y lo levanté hasta colgarlo en mi hombro, ella temblaba y temblaba, incluso cuando mi pequeña y ancha daga atravesó su piel.
Estiró el cuello y su cabeza se sumergió en una nube roja.
Sobre la línea de agua emergieron sus anchos pezones rosa. Su belleza era una succión devoradora, absorbente, una pasión infernal. Eres una reina, la reina del amor. Me atraes y me rechazas con la fuerza de tu pierna y de tu tobillo, enganchado en mi hombro. Mi frente llena de sudor se apoyaba, reconcentrada, sobre su cuello.
Las esencias salieron disparadas al invadir sus entrañas. Sentía como sus tejidos florecían alrededor de mi piel tensa y espigada por la pasión. Una colosal ola se estrelló contra el arrecife.
Había que hablar con la verdad en todo este asunto. Johnnie era bisexual. No era un tipo pervertido, regularmente, pero en ocasiones se despertaba en él una pasión por un jovencito y si podía lo tomaba como amante por unos días, hasta que se cansaba. Pick Up era un amante de la belleza y no podía entender una vida que carecía de placer y de cosas bellas. El sexo y las reglas de la moral, creía Johnnie, habían sido creadas para ángeles y seres divinos, y él no era un ser perfecto. Su vida, la vida que le rodeaba no lo era, y él no quería ser diferente a todo lo que le rodeaba, tampoco podía serlo.
Algunas veces venían a la mente de Johnnie ese tipo de recuerdos. Su padre le leía pequeños párrafos del profesor Bellow, cuando era un crío. Con el tiempo, Pick Up, quiso profundizar sobre filosofía y optó por Raymond Aron.
Una noche la sorprendí en su cuarto y en silencio. Su espalda apoyada en el marco de la puerta, el resto de su cuerpo desnudo. Podía observar todo claramente. Ella se detuvo y, lentamente, giró su cabeza y su ojo derecho me lanzó una mirada profunda de sorpresa, miedo y deseo.
Mi sueño de fundirme en sus entrañas se hizo carne. Como un guepardo que había localizado su presa, corría libre hacia mi destino. El cielo, el sol y el desierto era una trinidad divina. Mordía y lamía el color rojo de la sangre. El pequeño cervatillo, dejó de luchar y entregó su cuerpo al frenesí sangriento.
Mis colmillos penetraron su carne suave, invitadora, ardiente, que admitía y recibía gustosa los embates del dolor. Desgarraba pedazos y el calor de la sangre aumentaba mi fuerza.
Metí el hocico en sus entrañas y el sabor a hiel y sangre, fluía como una fuente inagotable. De pronto su vida se extinguió y sus ojos vacíos como de cristal me miraban fijamente.
Era una jovencita de pestañas largas, sensuales, labios llenos y bien formados, de cejas abundantes.
Era un rostro de belleza egipcia, bárbara. Estaba en la edad en que ni era niña ni mujer. Poseía unas caderas anchas, montadas sobre largas y seductoras piernas. En su rostro de grandes y femeninos ojos, colgaba un provocativo lunar.
Comencé a soñar con su vagina y con sus entrañas, podía percibir el olor de sus vísceras en sus perfumes y afeites. Estaba obsesionado con su belleza y pronto desplazó la imagen de aquella señora, que me había torturado de pasión y cuyo recuerdo me había acompañado durante tantas noches de pensamientos impuros.
Mi corazón palpitaba otra vez.
Entré, un segundo después de Rod, al bar una noche de caluroso verano.
Todo es igual, un cielo sin estrellas y tú... Mirándome fijamente me invitas un whisky... Las chicas han empezado el show... una a una salen a bailar con todo el ritmo del ayer... Mueven las caderas, los talones y los pies y sus espaldas y senos sudan a chorros, también...
Más, yo me deleito con sólo volverte a ver.
Eres tú, Doris, la mujer que necesito... Me miras con satisfacción, ¿te sorprendes de que recuerde tu nombre? Olvidas que las cosas hermosas nunca se pierden en la memoria... Un culo desnudo se sacude frente a mis ojos... Su sudor oloroso a las noches de París me salpica en la cara... Con tus ojos me llamas la atención, quieres que fije mi mirada en ti... Y tú estás ahí, tomándome la mano, sintiendo mi calor... Te sientes junto a mí y del otro lado se sienta una rubia rica, que con voz aniñada me pide de beber... ¿Dónde estás Doris?
Grito tu nombre, desesperado... Sólo obtengo ecos vacíos de desolación...
Las burbujas de espuma blanca tenían el color rosa del crepúsculo.
Pequeños destellos amarillos nos guiaban el camino. Tu rostro, Mary Jo es hermoso, triste y lleno de sol. Caminamos entre la arena con rumbo a la casa de una médium, una espiritista, una hechicera que nos abría puertas desconocidas. Las burbujas de espuma blanca se acuestan sobre la arena con el mismo ritmo de siempre. Al irse el día, los locales encienden las velas. Únicos destellos amarillos que nos señalan nuestro destino. Quieres comunicarte con Johnnie y la bruja te ha prometido traer su voz del más allá. ¿Qué quieres Mary Jo? Veo tu cuerpo retorcerse de dolor. A veces piensas en el suicido, como el enloquecedor retumbar de las olas sobre el mar. Llegamos al portal de la pequeña cabaña de madera, que está toda llena de velas. Y a la luz de las velas nos vemos los rostros. Tenemos los ojos convertidos en piedras. Pronto la joven y dulce hechicera entra en trance y parpadea, inicia un diálogo. Sí, él está aquí.
Me acerco primero y me coloco ante el rostro de la médium. Ella sonríe con el mismo gesto animoso de Pick Up y me saluda.
- ¡Hola, Tommy!, veo que sigues con Marie. Marie abrió la boca de susto.
Me quedo estupefacto y a duras penas puedo mover los labios para preguntarle que cómo está.
- ¿Cómo estás Johnnie?
- ¡Bien!, ahora corro olas en el cielo. Siento una inmensa paz y los recuerdo con amor. Nunca me olvidaré de aquella vez que me llevaste en tu taxi. Manejabas como enloquecido. Hablabas, no, vomitabas palabras. Querías que les preparara mi especialidad de langosta a la termidor a los jefes de tu familia. Y ahí estaban sentados comiendo.
John Milano, el duro de California, Tony Accardo el duro de Chicago, Nick Civella, el duro de Kansas, Al Leone, Esteban Miraglia, todos reunidos comiendo mi cocina, nunca me olvidaré de eso. Y como música de fondo una canción de Andy Gibb.
- Johnnie – le dijo-, aquí está Mary Jo, quiere escucharte.
Mary Jo se acerca, está a punto de desmayarse, pero avanza y con voz trémula pregunta.
- ¿Mi amor? ¿Eres tú?
- ¿Quién más puede conocer el lunar que tienes bajo tu cuero cabelludo asiático?
- ¡Johnnie! ¡Johnnie! ¡Eres tú! No sabes cuanto sufro, no sabes cómo duele no tenerte...
- Pobrecita mía, mi chinita. Tesoro, tienes que dejarme ir... Poco a poco lo conseguirás...
De pronto un viento fuerte hace parpadear el brillo de las velas. La médium presenta señales de fatiga, está empapada de sudor, y, como si la golpeara un rayo sale del trance y despierta. Su bello y exquisito rostro todavía mira a la lejanía y dice:
- ¡Se ha ido!, es extraño, pude sentir, pude sentirme invadida de mucha ternura, ese chico era un amado de los dioses.
- Sí, ese es mi Johnnie. No hay duda de que era él.
- Era mi amigo – dice Tommy-, me consuela saber que él está bien.
El viento nos golpea el rostro. Marie está asustada, la experiencia con los muertos es algo que la espanta. La noche negra como la tinta es como el infinito universo que nos rodea. Con la antorcha en la mano somos un punto de luz en la negra eternidad. Las olas del mar revientan con fuerza sobre la arena. Mary Jo es hija del viento. Camina aturdida, camina junto a nosotros, pero no está con nosotros. Parece que en cualquier momento va a salir corriendo en dirección al mar para perecer ahogada, pero no, no, resiste.
Oh, Johnnie, desdichado el día en que te fuiste...
Ya nada será igual...
Una pena honda nos embarga y hasta el mar pierde su color verde para tornarse en un gris...
Sin ti, mi compañero, no encuentro la paz y mis días se vuelven de piedra.
¿Pero qué has hecho, compañero?
En las noches suena el teléfono y es Marcela que pregunta por ti...
La voz de Mary Jo es una tumba y a veces me provoca cogerla por los hombros y sacudirla hasta hacerla entender que ya no estas aquí...
Las olas del mar vienen y se van, los días caen como las hojas de un calendario o como las hojas de un frío otoño...
A veces me levanto en la noche porque creo que me llamas...
Cuando voy al Supermaxi, estoy atento como si esperara que en un momento inesperado, vengas corriendo a mí...
Pero no estás... no estás más...
Adiós Johnnie, adiós.
JOHNNIE PICK UP
Pick Up se levantó tarde aquella mañana. Sentía su existencia como la pesada prolongación de la noche anterior. ¡Ah, cómo la había pasado!
Caminó despacio hasta el baño y se lavó, cuidadosamente. Por suerte todavía no le habían cortado el agua; esa era otra planilla que estaba pendiente.
Johnnie era un chico de clase baja. En otros tiempos había pertenecido a una pudiente clase media, pero luego la clase media se fue viniendo a menos, hasta que aquel desastre económico culminó en una tragedia familiar con la muerte de sus padres.
Ahora John no se podía dar el lujo de bañarse con shampoo y para su aseo diario utilizaba pastillas de jabón Rexona.
Su cuerpo era perfecto. Tenía unas dorsales descomunales, sus abdominales eran el resultado de una labor paciente y continua. Mirar el abdomen de Johnnie era imaginarse horas y horas de trabajo sacrificado, para delinear cada pequeño músculo del estómago. Era un tributo al esfuerzo físico, una visión que mandaba un mensaje mudo de horror, peligro y advertencia.
Se vistió con su chaqueta de blue jean sin mangas, que dejaba ver toda la fibra de sus músculos adoloridos, sus extremidades superiores parecían armas, maquilladas por una que otra mancha lila, residuos de anteriores combates. Sus extremidades inferiores eran escudos y lanzas que se empotraban en una pequeña cadera. Nunca usaba medias. Aquella medida la utilizaba en casos de enfrentamientos. Rápidamente se despojaba de sus zapatos y lanzaba un golpe peligroso en la cabeza a sus oponentes.
John sólo tenía una cosa en la mente: sobrevivir. Había que conseguir dinero. El que tenía dinero no tenía deudas, el que no tenía deudas podía vivir tranquilo, el que podía vivir tranquilo podía tener una familia, el que podía tener una familia, tenía esperanza.
El clima de esa mañana de febrero era contradictorio: hacía frío, pero el sol enceguecía las niñas de los transeúntes. Johnnie tenía una cita en el Supermaxi. Todo formaba parte de la realidad de Pick Up. Tenía la misión de comprar buena carne de hamburguesas y hot dogs.
En el camino se encontró con su íntimo amigo y socio, Tommy Robin.
Tommy veía en John el hermano que nunca tuvo. Se conocieron cuando eran infantes de marina y de inmediato se estableció una relación de entendimiento franco y duradero. Ahora Tommy le daba trabajo en una parte de sus negocios. Johnnie se encargaba de administrarle las ocho carretas de hot dogs, que Robin tenía esparcida por todo el norte de la ciudad. Tommy Robin era un mecánico excelente, oficio que conoció a fondo en el colegio técnico en el que se graduó con sobresalientes.
Luego ingresó a la infantería de marina, conoció a Johnnie y cuando pidió la baja, ya tenía en carpeta una propuesta para trabajar de chofer y protector de José Leone, un tipo duro en la seguridad de una familia, cuyo eje principal era la política.
Cuando el CID dejó de ser una fuerza política en el país, José Leone tenía mucho trabajo como brazo armado de su poderoso hermano Alfonso y necesitaba un tipo leal, de confianza, pero sin una ambición que vaya a representar una amenaza al negocio de la familia. Ese tipo resultó ser Tommy Robin, un colorado, flaco, mecánico experto, ex infante de marina y asesino eficaz.
Ahora ambos vivían del negocio de la carne de hamburguesa, de las salsas, del pan, del control del colesterol en sus productos, del boxeo patada y del amor profesional de las mujeres. Tommy también era huérfano, eso compartían y constituía otro lazo de unión entre ellos.
Entraron al Supermaxi y mientras hacían las compras se deleitaban del espectáculo que ofrecían las bellas amas de casa de clase alta, que frecuentaban por ahí.
Después de hacer las compras se sentaron en una esquina del supermercado, que funcionaba como cafetería y se desayunaron.
Había pasado el tiempo en que ambos se desayunaban robando chocolates y galletas de los estantes, ahora tenían dinero y podían gastarse un rico desayuno americano con tostadas, huevos y café negro.
El yogurt, lo sentían como una deliciosa crema dulce y helada, que fue acompañado de unos panes de yuca, huevos revueltos y jugo de naranja. En la estantería había salido un ensayo sobre las libertades formales y las libertades reales del profesor Raymond Aron y también pasó por caja.
Cuando Tommy y Pick Up terminaron de desayunar, quedaron de acuerdo sobre el trabajo y Tommy se fue en un taxi y Johnnie se quedó en espera de su cita.
Marcela poseía una indomable y esponjosa cabellera castaña. Habían pasado tres días, desde la última vez que vio a su amante y ya se volvía a sentir vulnerable y llena de ansias. Las carnes de sus nalgas se estremecían, su ano sudaba y su pensamiento volvía una y otra vez sobre el cuerpo de Johnnie, desnudo, lleno de músculos, que la montaba, que la succionaba, que la hacía estremecer y gritar.
Cuando por fin estuvieron juntos, Marcela se dejó penetrar por el ano.
- Por ahí duele, papito, no.
- Vamos, amor, yo sé que te gusta.
Y en verdad le gustaba. Cada vez que la sangre de Johnnie inflaba y bombeaba sangre a su falo, Marcela padecía los dolores de su penetración.
Johnnie la deseaba inmensamente, tanto, que no se lo introducía más, esperaba, mientras sentía que estaba a punto de estallar, de sentir una poderosa eyaculación. El inicio de la vida.
Johnnie no tenía teléfono. Cuando Marcela quería comunicarse con él, llamaba a la casa de Tommy y si no estaba le dejaba un recado.
¿Amaba Marcela a Johnnie? Todo parece indicar que sí llegó a amarlo.
Al principio pudo haber sido todo una travesura de mujer grande, pero con el tiempo, Pick Up se hizo imprescindible. Johnnie era así. Lo podías odiar, lo podías querer, pero nunca podías pasarlo por alto.
Lo más significativo, la evidencia más clara del amor de Marcela por Pick Up, fue aquella pregunta que le hizo cuando Pick Up, después de hacerle el amor, le dijo que estaba enamorado de Mary Jo y que estaba pensando en el matrimonio. Que éste era el adiós. Marcela le dijo:
- ¿Te vas a casar? ¿Pero, que vas a hacer? Seré muy infeliz cuando te cases. ¡Oh, Dios, qué será de mí!
A Marcela le gustaba el amor de Johnnie porque era prohibido. Ella, criada en colegio de monjas, nunca tuvo la oportunidad de pecar contra lo establecido, lo prudente y lo sacrosanto, hasta que Pick Up se le acercó en el Supermaxi a recogerle una verdura que se le había caído.
Entonces empezaron a verse en centros comerciales, gabinetes de belleza, parques de diversiones, cines. Toda aquella paranoia le divertía a Johnnie, pero para Marcela era el molesto precio de la dignidad. Era terrible ser señalada, caer en desgracia, ser criticada.
Por lo tanto, había que ser más lista que la sociedad estúpida y esclerotizada de tradiciones hipócritas. Lo único que contaba en verdad era sentir como el corazón latía con violencia, sentirse feliz, una mujer completa, deseada y no ignorada o peor aún, desechada como un bonito artículo que a pasado de moda.
Pick Up, a su corta edad, tenía una profunda percepción de aquello. Su madre era una mujer abnegada, sufrida, honesta, que lloraba en silencio las traiciones de su esposo. Para la madre de Johnnie el matrimonio era algo tan sagrado e inquebrantable como la palabra de Dios y si su marido nunca llegaría a comprender aquello, ella oraría por su alma y aceptaría sus deslices como algo natural de los hombres. Pero, Johnnie observaba a su madre sufrir las infidelidades de su padre. Analizaba todo aquello y pensaba en cómo resolver aquel problema y seguía así hasta quedarse dormido o hasta ver llegar el amanecer y nunca hallaba la respuesta. En la radio tocaban una melodía de los Air Supply:
Lost in love...
Start is so easy… you want carry on…
Lo más probable es que si Marcela hubiera podido, se habría divorciado para casarse con Pick Up. Lo que nunca supo Marcela era, que si hubiera sido por el marido de ella, hubiera consentido en el arreglo, gustosos y hasta le habría pasado una pensión con tal de sentirse un pollo libre de nuevo.
Mary Jo sabía lo de aquel viejo amor y como mujer respetaba a Marcela.
En ocasiones encontraba en la tumba de Pick Up una mujer bella y madura vestida de negro. ¿Mary Jo habrá llegado a comprender el terrible efecto del amor de Johnnie?
Marcela eres especial y lo sabes muy bien...
Siempre intentas e intentas y consigues lo que te propones...
Quieres el amor de Johnnie porque él te hace feliz... Oh, Marcela eres como las olas del mar...
Y yo estoy feliz de tenerte en mis brazos...
A veces te odio por hacerte querer tanto, pero así eres tú, Marcela... Mi Marcela, mi amante, mi tesoro... No, no me dejes jamás...
¡Pero Johnnie!
Por qué no salimos esta noche, amor... Yo sé que gozas así, dentro de mí...
Tomaremos champagñe, comeremos maní, y asaremos una ternera, tú sabes que soy todo para ti...
Las apretadas caderas de Marcela eran penetradas por John, sus cuerpos oxidaban, las entrañas de Marcela eran una herida que gozosas se fundían con sangre y sémen de quien la hacía feliz y sufrir.
Johnnie la sacudía y la hacía estremecer hasta lograr posponer siempre el mágico y divino final. Cuando Marcela ya no podía más, con el pelo sobre el rostro maquillado de blanco como una máscara japonesa, gritaba:
- Oh, oh, oh, por favor, por favor, vente, vente...
En la radio sonaba una melodía de los Air Suplly:
I just can’t live without you...
Is just no good without you…
Without you…
Entre los muchos negocios de Tommy Robin, estaba el de proveer mariscos seleccionados a ciertos restaurants. Uno de ellos era la nueva discoteca El Jardín. ¿Qué pájaro más raro era este Robin?
Al parecer este ya no tan adolescente, tenía el cerebro suficiente para hacer dinero. ¿Por qué se ensuciaba las manos con sangre?
Lo más probable es que muy en el fondo, Tommy tenga alguna furia, que su psique no puede desterrar. Algún fenómeno patológico de la mente lo impulsaba a romper todo tipo de barreras, veamos cómo logramos entender todo esto:
Robin mataba por contrato. ¿Cuándo empezó ésto? ¿Fue un accidente al principio? No. Todo era un negocio. Con José Leone, aprendió que la máquina de los negocios producía dinero y el dinero te daba toda la libertad que podías disfrutar. Si una pieza de aquella máquina encontraba un obstáculo real, había que eliminar el obstáculo a como dé lugar.
La primera vez que tommy le quitó la vida a una persona fue a una mujer, una reportera de tv, que estaba tras la pista de Alfonso Leone. Era una advenediza que pedía a la fuerza ingresar al clan o descubriría todo el pastel para ganarse algún premio por mejor reportaje. Nadie se atrevía a poner contra la pared a Alfonso Leone y seguir vivo para contarlo.
José Leone concertó una cita con la periodista puta, para tener un encuentro erótico con el gran jefe, pero las llaves del departamento se las dio a Tommy, el mismo que llevaba una pistola con silenciador en la cintura. Tommy bang bang, ese era Tommy. En la infantería de marina le habían enseñado a matar y en la calle había encontrado donde colocar ese conocimiento. Entre los ex guardaespaldas del CID no se mataba por pasión o venganza. La pasión y la venganza no eran buen negocio. Ni siquiera lo era el asesinato. Pero las cosas eran así y la vida era dura y el soborno tenía un límite y en la costa no había más orden que el que imponía Alfonso Leone y a los Leone, nada ni nada, les decía lo que tenían que hacer.
Lo cierto es que me desvié un poco, pero íbamos a Tommy y sus servicios para la nueva disco El Jardín, Tommy hacía negocios ahí y le consiguió unas entradas a Johnnie.
Las puertas de El Jardín se le abrían, de par en par, a Johnnie y este muchacho iba a pasarlo bien, estaba feliz, había hecho dinero suficiente en las carretillas de hot dogs y hamburguesas de Robin, que éste le había dado dinero suficiente para pagar las cuentas de la luz, el agua, los prediales y hasta para surtir la vieja y destartalada refrigeradora de comida vegetariana y fácil de digerir para su anciana abuela.
Ahora le tocaba el turno a Johnnie de pasarlo bien. Se divertía sanamente, para entonces conoció a Maggi. Maggi era una ‘niña’ superdesarrollada, que con su belleza y porte confundía a sus atontados admiradores.
En los setentas, nadie hablaba claro, todo se daba por sobreentendidos.
Maggi me pidió una cerveza y yo le invité un trago llamado ‘Medias de seda’, que es un trago, el trago, preferido por los homosexuales.
Ella interpretó el mensaje y me presentó al administrador de turno, siempre cambiaban de administrador en el famoso Jardín.
Aquella primera noche Pick Up y Maggi bailaron se conocieron y el administrador de la disco reía al ver a toda la multitud tan animada por esa parejita, que brillaba e invitaba a todo el mundo a pasarla bien.
Un nuevo mundo, el mundo que Maggi le abría las puertas a Pick Up, se le presentaba a Johnnie lleno de mujeres perfumadas, gente bella y maldita, gente que gozaba y bailaban tanto música alocada como música calmada, gente que quería vivir hoy, gente que confiaba en los desconocidos, gente que se abría como una flor ante lo bello de este mundo, no importaba si era hombre o mujer. No importaba que todo aquello terminara en una dolorosa y pesada resaca.
You the biggest part of me…
Forever…
You the ligth of the reason me…
You change my life…
Cada vez que escucho la música de Ambrosía, me acuerdo de ti, Maggi y de aquella primera noche en que te conocí.
Y al finalizar toda esa locura nos fuimos en tu volkswagen y cómo nos amamos en tu departamento. Me aprisionabas con tus piernas y yo, pluto, no llegaba a terminar nunca. Finalmente nos quedamos dormidos uno sobre el otro, tu cuerpo era tan liviano.
En la radio tocaban una balada de la época de los 70’s:
I just full love in you...
Girl you know I wanted…
Todo ésto no debe dar la falsa idea de que Pick Up era un dandy o un vividor.
Estas cosas ocurrían como la excepción y no como regla general.
Por las mañanas, Pick Up corría mucho. Empezaba su jornada despacio y después, terminaba su rutina, presionando el paso a la máxima velocidad.
Era un adicto a los abdominales, calambres chinos, barras, abdominales boca abajo, etc. Antes de ducharse se ponía a saltar la cuerda, repitiendo series de doscientos, una y otra vez, hasta lo que a su abuela le parecían eternidades. Esa era otra faceta de su vida. No bastaba con tener un rostro que llamaba la atención tanto de hombres como de mujeres. Había que entrenarse, prepararse físicamente, sentir el esfuerzo de la cultura física y el sudor bañando todo el cuerpo.
Nada era tan relajante como correr largas distancias por la playa. El sol, con su fuerza aplastante, achicharraba implacable el suelo arenoso, calentándolo hasta extraer de él un vapor que a Pick Up le daba la impresión de encontrarse en un sauna asfixiante, pero al aire libre.
Había que explicar bien esto.
Tommy y Pick Up, llevaban el negocio de las hamburguesas, juntos, pero cuando se veía venir el invierno cerraban todo, le daban vacaciones forzadas a los empleados y emigraban a la costa.
Salinas era otro mundo. Un mundo sin tiempo para apretones y tensión asfixiante. El sol, la arena y el mar le ganaban tiempo al tiempo y las costumbres se volvían laxas. Era absolutamente raro ver a alguien con terno y corbata o con zapatos de suela, allá.
Pero, Pick Up estaba lejos, en su memoria recordaba el cálido y dulce abrazo que Maggi le había dado con sus piernas.
Tommy observaba a Johnnie, mantenerse en forma, trotar por las mañanas o por las noches, hacer abdominales de cabeza, saltar cuerda, estirar los tendones, sudar copiosamente y se preguntaba, cómo podría sacar provecho a todo ese esfuerzo, a todo ese derroche de energía que parecía inagotable.
Pronto se dio cuenta, que muchos estudiantes de artes marciales basaban su conocimiento en teoría pura y que, aparte de los torneos interacadémicos y de la federación, carecían de un lugar para medirse con estudiantes de otras disciplinar marciales. ¿Cómo se podría resolver ese problema?
Johnnie sin querer le dio la solución. Primero le dijo que necesitaban un patio más grande para parquear las carretillas de hamburguesas y luego, que sería increíble, que aquel patio se trasformara en un dojo de Kumite, con asientos para espectadores y Tommy en su mente, se imaginó la cantidad de dinero, que ingresarían las ventas de boletos de un espectáculo de esa naturaleza.
Las reglas serían simples: que no habrían muchas reglas. Nada de golpes a las entrepiernas y el uso obligatorio de guantes de box. De ahí en adelante ninguna disciplina marcial sería excluía, bastaba que el luchador obedeciera la voz del árbitro.
Trotar, caminar, volver a trotar, recorrer distancias cada vez más lejanas. Recibir los rayos del sol, escuchar el murmullo de las olas sobre la arena, un pretexto para descubrir nuevas playas con nuevos y más desafiantes puntos de quiebre. La vida consistía en oxigenar la sangre, hacer bullir el torrente sanguíneo de tal forma que la piel se ponía roja. Toda aquello era muy reconfortante. Trotar sobre la playa, a Johnnie... el ambiente le inyectaba un sopor relajante, al final de cuentas lo único que contaba era tomarse las cosas con calma.
Tommy Robin se encontraba al final de camino, tocado con un sombrero fino de cowboy nacional, blanco como la pureza de su alma. Aquel sombrero montubio, le daba un aire de local y en el fondo de su alma, pese a sus rizos rubios y a los finos ángulos de su rostro, Tommy se sentía un local, un nativo de la costa. En realidad en su alma se sentía un local.
Para que Johnnie se acerque a Tommy, allá en Paco Illescas o Pacuyescas, como le llamaban a ese punto la people, tuvo que caminar cuidadosamente sobre una alfombra de carnes femeninas, cuyos colores de piel iban del blanco lechoso, el níveo, el rosado hasta llegar al café tostadito.
Todos los guayasenses iban a la costa para jugar a ser turistas, era su práctica social predilecta. ¿Y qué había de malo en eso?
Habían pocos niños, ese punto, ese punto de mar no era una playa para bañistas comunes. Las olas alcanzaban una altura tan grandiosa como de vértigo y chicos audaces y raros iban por ahí a medirse a sí mismos tratando de dominar la furia del mar.
Johnnie estaba ansioso, su cuerpo estaba caliente y quería refrescarse en el mar de agua templada.
Todo en Salinas era lento y contradictorio: el sol calcinante y el agua helada. Lo único que tenía sentido era la gente buena y tan considerada como amable, que te miraba en espera de hacerte un favor.
Cuando Tommy terminó de encerar la tabla – una preciosa Dick Brewer -, se fue al agua. Calculó la marea y de un salto empezó a remar hacia el punto de quiebre.
Las olas eran enormes paredes de color verde, que iban quebrándose poco a poco, produciendo una espuma blanca y un murmullo fuerte, que se confundía con los gritos de los niños, las conversaciones familiares y el chillido de las gaviotas.
Del otro lado del muro, apareció Wayne, tosiendo y atragantándose con un poco de humo de marihuana. Johnnie le conversaba su experiencia con Maggi, y Buchanan le contó que también conocía en esos términos a Maggi, y que también había quedado dormido, borracho, entre las dulces y fuertes piernas de aquella chica.
La brisa marina empezó a venir con algo de bruma y aquel fenómeno refrescaba las pieles doradas por el sol.
Neptuno empezó a mandar olas que se cerraban, pero Tommy corría olas hasta en mar picado. Su juventud tenía un físico increíble.
De pronto, Pick Up y Buchanan, vieron a Robin, coger una ola difícil y de buen tamaño. La bajó con los pies bien ubicados atrás y casi logró acostarse sobre el nivel del mar, al llegar a la parte más baja de la ola. Seguramente estaba tratando de imitar a Mark Richards, lo cierto, es que permanecía al borde de la espuma, que reventaba y luego se colocó en el centro de la pared. Estaba cazando un tubo y Neptuno lo complació. La ola se enconchó y una poderosa pared de agua envolvió a Robin. Fueron casi diez segundos hasta que Tommy apareció nuevamente corriendo por la pared.
Buchanan era un tipo pacífico y se extrañó cuando se percató de los ejercicios de elongación de Johnnie y más cuando oyó la respuesta de Pick Up. Johnnie estaba practicando un ejercicio para patearle la cabeza a una persona.
Pick Up había conversado con Tommy sobre la posibilidad de comercializar su afición a las artes marciales.
Johnnie era un vagabundo de academias de artes marciales. Un tiempo -por lo general seis meses -, practicaba karate coreano y de ahí se iba a una academia de karate japonés, entrenaba el mismo tiempo y se cambiaba a una academia de judo, de ahí pasaba a estudiar box en el camal o en un club de algún coliseo y volvía a la academia de karate coreano y volvía a recorrer el circuito en forma errante e interminable.
Esta mezcolanza de conocimientos, iban dirigidos a desarrollar una técnica, que Johnnie iba afilando con disciplina, dolores musculares, concentración y humildad.
Para ganar, había que tener mejor aguante, reflejos, anticipación al oponente y seguridad de que se le va a provocar más daño al oponente, que el que se va a recibir.
Johnnie conversaba con Wayne, sentados en la peña de Roy una noche de rutilantes estrellas. En la radio tocaban una balada de los BOSTON.
Sus palabras flotaban y se fundían en la oscuridad de la noche y se dilataban hasta perderse en el negro color del cielo y del mar.
Estaban perdidos en un mar de cubas libres, que convertían las estrellas en pequeños brillantes, sobre un tapete negro como la tinta.
Tommy lucía espléndido con su hawaiana y su levi’s. Conversaba y bailaba junto a su amante negra Marie. ¿Cuál era la historia de éstos dos? Tommy conoció a Marie una tarde cualquiera, mientras deambulaba por el Municipio. Él quedó muy impresionado al verla y ella le devolvió la mirada, pero siguieron caminando en sentidos opuestos.
Tommy, excitadísimo se paró en la esquina, y volvió la cabeza para verla por última vez y ella, en ese preciso momento, giraba, también, su cuerpo para divisarlo. Eso fue todo. Cupido los flechó de forma inmediata. Marie se quedó parada, impaciente, esperándolo y él caminó y luego corrió para hablar con esta negra divina.
Marie tenía que hacer un trámite en el Municipio y Tommy dejó botado todo, para acompañarla y acelerar el otorgamiento de unos permisos, con su presencia. Luego, Tommy la invitó a tomar un capuchino. Tommy estaba impresionado con la delicadeza del rostro de esta negra. Su madre tenía familiares blancos, por lo que no era completamente negra y su padre era un alemán que trabajaba en una compañía petrolera de Esmeraldas. La combinación había dado como resultado a Marie, una negra, negra, pero con facciones exquisitas.
Tommy le dijo que se uniera a él y ella aceptó de inmediato. Cuando hicieron el amor por primera vez, Marie contrajo los músculos de su pelvis y Tommy sintió que una delicada mano le exprimía suavemente el tronco de su falo. Ella gritaba y sollozaba y gemía de un profundo placer.
Cuando estuvieron algo mareados, se fueron todos en el taxi de Tommy hasta su cabaña de la playa. Esta construcción parecía una taberna australiana del siglo XIX. Para todos los efectos, siempre había ventanas que daban al corredor que rodeaba la casa. La ventilación era muy buena de día, pero en la noche, el frío traspasaba a sus ocupantes, como si estuvieran durmiendo al aire libre. En el segundo piso estaba la televisión y los cuatro, Pick Up, Buchanan, Robin y Marie, veían un programa de Bud Abbott y Lou Costello, mientras se fumaban un pitillo de marihuana.
Wayne bajó a cocinar. Se puso a preparar unos spaguettis con salsa de carne.
Las paredes de la cocina estaban tapizadas de fotos de la Surfer magazine y de chicas de la Playboy.
Al rato llegó Claudia Stein en su volkswagen junto a la chica virginal e inocente: Gabriela. Venían vestidas para salir. Todas tenían llave para entrar y pasaron por la oscura sala, para encontrar a Buchanan en la cocina, rodeado de latas y preparando su humeante spaguetti con carne.
Gabriela se quedó con él, abrazándolo mientras Wayne seguían frente a la cocina, concentrado en la espesura de la salsa de carne.
Gabriela le dijo:
- Te he extrañado tanto mi amor. Pensé que ya no te iba a volver a ver...
- Pero, si hablé contigo por teléfono anoche.
- Sí, pero una cosa es escuchar tu voz, desde el Guayas y otra estar aquí, contigo, abrazada a ti, oliéndote, tonto.
- Si me sigues perturbando así, se me va a quemar la salsa y se me van a pasar los spaguettis...
- Bueno, bueno...
Claudia subió y se sentó en las rodillas de Pick Up. Al rato se enteró, que en esa casa, nadie saldría hasta que Buchanan trajera la olla de comida.
La chica Stein se unió al grupo a ver el especial de Abbott y Costello mientras Johnnie, le pasaba de boca en boca, humito de marihuana.
Cuando bajaron a comer estaban hambrientos. Ese monte hijoputa, sí que estimula el apetito. En la radio se escuchaba una melodía de Samantha Fox.
En Washington, el presidente Jerry Ford, había implantado la moda de la sencillez al vérselo cocinar sus propios alimentos y salir en pantaloncillos cortos, tranquilamente, de la casa a recoger el periódico y todo el mundo se comportaba con una simplicidad y una despreocupación muy democrática y casi santurrona.
Luego vendrían los locos finales de los 70’s con el santo de Jimmy Carter y toda la locura DISCO.
Johnnie, se apoderó de un nuevo invento, llamado cámara fotográfica Polaroid y empezó a sacar instantáneamente a todo el mundo, en las poses más espontáneas que uno se pudiera imaginar.
A Claudia la retrataron mientras leía la revista Life, sentada en un butacón, con una pierna alzada y vestida como una modelo del grupo de cool rock ZZ Top. A Tommy y Marie, los fotografiaron en el baño, desnudos, enjabonándose. A Wayne, lo tomaron mientras jalaba un cigarrillo de marihuana, tarado, mientras vigilaba los spaguettis, Gabriela estaba sentada en un banco, y meneaba la cabeza reprobando, y cuando la retrataron hizo una mueca infantil y sacó la lengua.
A la asiática Mary Jo, la fotografiaron caminando desnuda y sólo calzada con unos zapatos de plataforma bien sexis. Caminaba completamente desnuda con un porro de yerba en la mano que se lo pasaba a Johnnie. Christie y Linda los fotografiaron buscando comida en el refrigerador. A Alejandra la fotografiaron ocupada en la taza de servicio. A Vivian la fotografiaron sacándose la ropa hasta quedar desnuda para unirse a Pick Up y Mary Jo en la sesión de THC que tenían en el cuarto de arriba.
Todos se morían de la risa y la vida era sana y donde nadie concebía un mundo de maldad.
Fuera, el viento soplaba la memoria de la juventud. Había gente por todos lados. Unos iban a patinar al Roller Vito, otros bailaban con elegantes trajes de noche en el Yacht, bajo la ceñuda mirada de los mayores y con las luces encendidas, otros bebían tranquilamente una cerveza en el malecón, otros jugaban ping ball...
Oh, Gabriela... Tu dulzura es como un fresco manantial... Qué sería de mí sin el calor de tus labios... sin la miel de tu amor... Nos casamos muy niños en aquel retiro, ¿te acuerdas?... Nuestro amor será eterno...
Tommy estaba con los músculos adoloridos y decidió quedarse en casa viendo la tele. Pasaban un programa de Harold Lloyd. Wayne se fue con Claudia y Gabriela a patinar al Roller Vito.
A Claudia le gustaba sentir el viento, escuchar la música, la velocidad, ver y que la vean, gente linda, diferente y variada. Toda la atmósfera de Salinas gritaba juventud, vida y diversión.
Johnnie salió a caminar por el malecón para ver el desfile de turistas que iban y venían, buscando qué comer o en qué divertirse. Pick Up conocía un lugar donde preparaban unas hamburguesas gordas, con sendas rodajas de tomate y con salsas de aguacate que le gustaban mucho.
Salinas, de noche, lucía como una isla en medio del desierto y al borde del mar, completamente iluminada, como una fragata con sus luces en medio del negro mar.
Johnnie, caminó y caminó, hasta la heladería Pingüino y en el asiento al aire libre de un restaurante, se encontró con los ojos de una dama tan rechoncha como hermosa, que almorzaba, acompañada de un señor mayor, de camisa blanca que contrastaba con su piel quemada por el sol.
Los ojos de Isabel lanzaban chispas de excitación. Johnnie entró al local comercial y con mucha discreción, se colocó detrás del señor y después de varios intercambios de miradas con la dama, se envalentonó y le hizo señas de que si podían verse más tarde.
En ese momento, el señor tuvo la urgencia de ir al baño y cuando dejó sola a la dama, Johnnie se acercó y ella adelantándosele le dijo fingiendo conocerlo:
- ¡Hola! ¡Hace tiempo que no te veía! ¡Qué vas a hacer más luego!
Johnnie comprendió enseguida, que iba a ligar bien aquella noche y le respondió:
- Si quieres te estaré esperando en esa barra. Cuando te desocupes te invito unos cebiches de pulpo y calamar, que ahí los preparan muy bien, ¿quieres?
- ¡Pero si estoy aburridísima! ¡Espérame que ya te alcanzo!
En ese momento llegó el señor mayor y le puso mala cara al adolescente y le preguntó a Isabel:
- ¿Qué quería, ese tipo? ¿Te estaba molestando?
- ¿Molestando? Oh, no, no, para nada, sólo estaba preguntando una dirección, olvídalo querido, era número equivocado.
Johnnie estuvo esperando a la dama desconocida en la barra de aquel centro nocturno y pidió una Pilsener, fumó unos cigarrillos y veía la televisión. Estaban dando un programa de Barney Miller.
Entonces llegó Paul Ditto y le dijo que no usaran el teléfono para nada y que de ahora en adelante se olvidaran de ese instrumento tecnológico y que no prendieran la televisión.
¿Qué pasaba, entonces, estaban en problemas?
Al rato llegó la dama desconocida. Se sentaron junto a la barra y ella le dijo que se llamaba Isabel. Comieron un cebiche marinero, de pulpo y calamar y quedaron de acuerdo en pasar la noche en el pequeño y apartado hotel llamado EL OLEAJE DE VILLAMIL.
La dama daba muestras de estar algo pasada de copas. Borracha y confusa de vez en cuando posaba su regordeta mano en el miembro de Johnnie.
Cuando Johnnie e Isabel, se encerraron, el cuarto de aquel hotel parecía un refugio pequeño, pero lleno de comodidades. Había aire acondicionado, los colchones y las sábanas estaban limpios, sin chinches y el baño olía a cloro.
Johnnie alzó el teléfono interno y pidió unas cervezas Budweiser y cigarrillos con fósforos. Isabel se acostó y encendió la tele.
Todavía pasaban el programa de Barney Miller y, poco a poco, se quedó dormida.
Al rato llegaron las cervezas y los cigarrillos y Johnnie destapó una y empezó a beber en el baño, mientras preparaba un cigarrillo de marihuana en la tapa del servicio higiénico. Cuando todo estuvo listo, bajó a la recepción y llamó por teléfono a Andrea y a Claudia, les dió la dirección y les dijo que vengan, que estaban invitados a la fiesta.
Cuando Johnnie subió, encontró a Isabel asustada y alarmadísima por la ausencia de Pick Up y él, le dijo que se tranquilizara, la besó en la frente, la desnudó poco a poco, y le encendió un cigarrillo de marihuana para que se tranquilizara.
Después de un rato, se armó un jaleo en la recepción del hotel. Habían llegado Claudia y Andrea, y el encargado no las dejaba subir al cuarto.
Ellas insistían que se trataba de algo urgente, un asunto de negocios y que las dejara pasar. El encargado llamó al Gerente y éste llamó a la puerta del cuarto 19 de Pick Up.
- Sí, ya voy, ya voy – dijo Pick Up, mientras se ponía los pantalones.
- Disculpe que lo moleste, señor, pero en recepción...
Johnnie abrió la puerta y escuchó toda la locura del Gerente, de que unas chicas querían subir y que le disculpara, pero no sabía qué era lo que estaba pasando. Johnnie le respondió:
- Déjelas subir, hombre, que estamos en una reunión muy importante de trabajo. Yo soy representante de una compañía de chocolates y estoy organizando un equipo de impulsadoras. Aquí dentro estoy con la Gerente, usted sabe, la dama con que me vió subir.
- Vaya, ¡Pero Bueno!, usted no me ha dicho nada. Yo pensaba...
- Nada, nada, hombre, todo esto es trabajo, deje pasar a las chicas...
Al rato subieron y entraron Andrea y Claudia y rapidito se quedaron desnudas y se metieron en la cama.
Isabel estaba como impresionada y preguntaba mientras miraba a Johnnie:
- ¿Pero, qué es ésto?
Claudia se le acercó a Isabel, como lo haría una colegiala, con cara de puchero y se acostó en su hombro y le decía:
- Estamos aquí para conocerte, ¿no ves?, queremos ser tus amigas.
Luego puso su cabeza en el pecho de Isabel y le seguía diciendo:
- No nos rechaces, por favor. Somos chicas lindas, ¡ves!
Andréa estaba en una esquina de la cama fumando un porro, tomando un sorbo de Budweiser y mirando el programa de Barney Miller como si nada de lo que ocurriera a su alrededor le importara.
Johnnie también fumaba un poco de marihuana y empezó a besar los pies de Isabel. Isabel tomó un par de tragos de cerveza y empezaba a entender, que aquellas chicas, no representaban un peligro para ella y empezó a entender, que aquellos chicos, eran especiales, de una raza diferente. En eso sintió que Claudia le succionaba el pezón, despacio, muy despacio. Tan despacio que la hacía relajarse. Johnnie se le acercó y al besarla le pasó humito de marihuana.
Se tocaban las yemas de los dedos ardorosamente, todo el maldito cuarto hervía de deseo. Johnnie la volteó a Isabel y empezó a besarle, a succionarle el cuello, bajó por la columna, besándola, lamiéndola, hasta llegar a su ano. Ahí, en ese agujero rosado, Johnnie metió su lengua y empezó a explorar aquel recto tan perfumado y poético.
En eso, se unió Andréa y empezó a morder despacio el cuerpo de Isabel, Johnnie la viró y la penetró a Isabel, mientras Andréa le metía el dedo en el ano.
Claudia apagó la televisión y prendió otro cigarrillo de marihuana. El aire acondicionado del cuarto funcionaba con toda su fuerza y sin hacer el menor ruido.
Después de un momento, Johnnie hizo terminar a Isabel. Fue un momento preciso, ya que el Gerente, entusiasmado por que su establecimiento fuera lugar de reuniones de negocio, había subido unos bocaditos y unos vasitos de cola Seven Up con hielo picado. Cuando se acercó a la puerta del cuarto de Pick Up, escuchó unos gemidos, unos gritos de placer y un golpeteó de la cama contra la pared...
Entonces llamó a la puerta y el ruido cesó. La voz de Pick Up se escuchó diciendo:
- Ya voy, ya voy, ya voy...
Cuando Johnnie salió, apareció despeinado, con el rostro sudado y oxidado. Luego de mirar a la cara del Gerente le dijo:
- ¡Muy Bien! ¡Y ahora qué se le ofrece!
- ¡Bueno! Pensé que podría ofrecerles, como cortesía de la casa, unos bocaditos para amenizar su reunión de negocios... y...
- ¡Qué buena idea, viejo, dame acá esas salchipapas, venga también las colitas que las necesitamos, estamos ardiendo de sed!
Adentro Claudia gritaba:
- ¿OOOOUUUU?, OOOOOOOUUUUUIIIII, OOOOUUUiii, YUUUUPPPPPIIII...
El viejo, con el rostro impasible, miraba a la cara de Johnnie y alzó una ceja. Johnnie se rió, mientras un mechón de su cabello le caía en la cara y dijo:
- ¡Ah!, estas impulsadoras, están ensayando lo que van a actuar, cuando el cliente se les acerque en el SUPERMAXI.
Y, luego, cerró la puerta.
Tommy se encontraba medio dormido cuando escuchó que llamaban a la puerta de su casa. Marie le dijo:
- No te levantes, vuelve a la cama. Tiene que ser algún loco que llama a esta hora...
Tommy le hizo caso a la negra y se volvió a arropar, pero quedó con la mente expectante, alerta... Después de un rato se volvió a oír la llamada en la puerta. Marie dijo:
- Oh, Dios, ¡quién puede ser a esta hora!
Tommy se levantó, encendió un pequeño candelabro con seis velas. A esas horas en Salinas se producía un racionamiento de energía y no había luz.
Tommy dijo:
- ¿Quién puede ser el hijoputa que llama sin saber dónde está la llave?
Abrió la puerta y se encontró con Wayne y la flaca Gabriela.
Wayne le dijo que no se preocupara, que lo que pasaba era que los padres de Gabriela se habían ido a inspeccionar las haciendas de Olón y Gabriela no quería quedarse sola en casa.
Tommy les alumbraba la cara a los chicos con la luz de las velas y trataba de meditar. Gabriela era una zanahoria y una menor de edad y ellos respetaban eso. Lo miró a Wayne y éste, entendiendo el mensaje, les dijo a Tommy y Gabriela:
- Hermano, apóyanos, yo estoy muerto de cansancio por surfear todo el día y patinar y patinar toda la noche en ese Roller Vito, sólo quiero acostarme y dormir lo que queda de la noche.
- Sí Tommy –dijo Gabriela- no va a pasar nada y me aterra dormir solita en mi casa.
Tommy se alzó de hombros y los guió a un cuarto polvoso. Ahí se quedó parado, alumbrándolos con la luz de las velas, casi cayéndose del sueño, mientras los chicos arreglaban rápido el cuarto para acostarse a dormir con las ropas puestas, bien abrazaditos y descansando dulce y castamente.
Tommy regresó al cuarto cuando se encontró con Pick Up, que también regresaba a la cabaña en ese momento.
Se encontraron uno al otro con las caras alumbradas por la luz de las velas y Tommy le dijo:
- ¡Estás loco!
El resto de la madrugada, Salinas se convirtió en aquel Paraíso perdido en medio del desierto. Un gallo playero, chillaba en medio de aquella oscuridad sin tiempo.
El cielo, negro como la tinta, se llenaba de flashes de luz divina, los truenos de Zeus.
Rayos, truenos y relámpagos iban de allá para acá, haciendo retumbar el cielo y toda la atmósfera.
Al día siguiente, la mañana empezó con un tímido sol, que inundaba de diferentes tonos naranja el cielo. Buchanan y Gabriela, se despertaron y se fueron, en el volkswagen de Gabriela, al 7-11 a comprar atunes, trajes de baño, varios Supanes, cervezas Pilseners y en el portamaletas revisaron, si la carpa para dos personas, estaba en buenas condiciones, si no faltaba nada.
Cuando regresaron a la cabaña de Tommy, éstos ya estaban desayunando unas latas de fréjoles, batidos de fruta con leche, té para Marie, y Pick Up estaba en el patio saltando cuerda. Primero despacio, despacio y luego rápido y cada vez más rápido. Todas las mañanas saltaba un promedio de dos mil a tres mil cuerdas.
Todos los ocupantes de la villa sólo tenían una cosa en la mente: CORRER OLAS... SURF.
Cuando Johnnie terminó de saltar cuerda fue a la tienda de la esquina y compró leche y Corn Flakes y una tarrina de comida china del chifa ESPERANZA. Preparó todo, con sumo cuidado, y lo devoró todo, con un apetito de náufrago, se atragantaba del hambre que tenía.
A la cabaña de Tommy, empezaban a llegar Claudia, Andréa, Adriana, Isabel –no la de la noche anterior, otra-, Alejandra y Esther.
Nadie se ponía de acuerdo. Unos querían ir a Montañita, pero para ir a Montaña era muy tarde y el día anterior ya habían decidido ir a Punta Carnero. Tommy quería ir a Punta Carnero y ya estaba decidido.
Todos abordo. Todos irían a Punta Carnero. A Punta Carnero iríamos todos, allá vamos, allá vamos. Todos se embarcaron en los Chevrolets y en sus Volkswagenes y se fueron en fila india.
La carretera era una serpiente negra y culebreante, que ardía bajo las primeras lenguas de fuego del astro rey. El viento con sus espíritus playeros se arremolinaban en el cabello de las chicas y amortiguaban el impacto de la radiación solar. Todo el paisaje era arena, piedras, cáctus y calor. Gotas de sudor empapaban los cuerpos de los muchachos, que iban en el Chevrolet cargado de tablas de surf de Tommy Robin. En el Volkswagen de Claudia iban las chicas. Todos actuaban como una familia unida.
Y así iban las cosas.
En el carro de los tablistas reinaba el silencio. Todos miraban a Wayne, que maniobraba con acrobacia mientras preparaba un porro de marihuana, gigantesco. Nada debía caerse al piso. Johnnie había conseguido una marihuana de buena calidad sin pepas y no debía desperdiciarse nada.
Las chicas se adelantaron y se colocaron a lado de ellos y traviesas y muertas de risa les tiraron unas mentas por la ventana. Luego, se volvieron a colocar en fila india.
Cuando encendieron ese porro gigantesco el Chevrolet se llenó de humo y todo empezó a cambiar en las mentes de los muchachos.
En un minuto, Tommy tuvo que pedir a gritos que le bajaran el volumen a la radio. Tocaban una melodía de los Air Supply y aquella canción no lo dejaba coordinar. Empezaba a alucinar. ¿Qué clase de hierba era esa?
El sol había adquirido un tremendo poder, era como si lo tuviera sobre el techo de la camioneta. Podía distinguir cada rayo de sol, sentir cada átomo de viento que entraba por la ventana. Wayne daba alaridos como un vikingo salvaje. La carretera, la carretera se convertía en algo más sensible, con mucho más significado, era como si estuvieran manejando en un carro de los picapiedra o algo así. Podía sentir la carretera corriendo bajo sus pies. Un fuego santo y purificador ardía en sus cerebros. Otra vez estaban felices, los buenos tiempos habían regresado. Johnnie iba mudo, tratando de analizar cada pensamiento que surgía, rapidísimo, mientras sus ojos, exploraban el desierto que pasaba raudo por la ventanilla del automóvil.
Al fin ascendimos por las pequeñas lomas, que eran el preludio de la playa de Punta Carnero. La visión del mar era impresionante. Parecía que el mar estuviera vivo, sí, era como si el mar estuviera ahí, sabiendo, esperando que llegáramos.
La playa lucía blanca, caliente, solitaria y apenas poblada por aislados montes solitarios. Al llegar nos desparramamos en la arena.
Empezamos a sacar los bidones de agua, las sillas, las carpas y clavar los parasoles en la arena.
Las chicas empezaron el ritual de aplicarse los bronceadores. Se cubrían el cuerpo con esa grasa resbalosa.
Pick Up y Tommy se hacían un lío, tratando de armar las carpas. Estaban grifotes y no atinaban a reconocer dónde iban las piezas.
Cuando terminaron, fueron a reunirse en el agua con Wayne, que estaba pujando, remaba con todas sus fuerzas contra una corriente bestial.
Johnnie enceraba con sex wax su Vland Hawai y se fue a la orilla a esperar una oportunidad, para entrar al agua.
Las olas en la orilla estaban grandes, aquella resaca reventaba estruendosamente.
Había que remar frenéticamente, pero con cuidado de no lesionar los músculos de los hombros. El agua fría, sobre el cuerpo sudado, era al principio algo refrescante, pero después te minaba la moral, te entumecía, te ponía morado los labios, te arrugaba la piel de los dedos. Todo tu estado anímico se desmoronaba por el frío.
Las olas se alzaban contra el cielo y tomaban una dimensión gigantesca y aterrorizante. Era un vacío profundo, ese que se formaba al querer remar para coger una ola salinera.
El viento soplaba y soplaba y el mar respondía mandando más olas y más olas, que reventaban, provocando pequeñas explosiones de agua. Bruuummm.
Tommy remaba y remaba y parecía que no avanzaba nada. Estaba grifote, totalmente grifote y no pegaba una sola remada con nada. Para Wayne ésto no era ningún problema. Él vivía en Salinas, estudiaba en el Rubira y estaba acostumbrado a meterse en el agua con su cerebro conectado con la yerba.
Tommy, por el contrario, sentía que le movían la tabla y se sentaba a cada rato para ver dónde mismo estaba el punto al que quería llegar.
En eso pudo ver a lo lejos a Johnnie, que agarraba una ola de buen tamaño, estaba al fondo, ¿cómo había llegado hasta allá?
Johnnie remó y remó hasta que se encaramó en esa gigantesca ola y la bajó hecho una bolita, un pequeño puntito en medio del mar. Luego, trepó lo suficiente, como para colocarse en medio de la pared, se movía y resorteaba con una energía inaudita.
De pronto una pared de agua, que estaba adelante suyo, se desprendió y le cayó en la cabeza, tumbándolo a gran velocidad.
Pero Pick Up se pegó una tubeada increíble. Todo a su alrededor era agua de color verde, azul, celeste. Un túnel, que lo podía destrozar, si dejaba escapar su concentración. Siguió resorteando, resorteando hasta que logró salir. Sentía que los músculos de sus piernas estaban a punto de estallar. Podía sentir todo el universo concentrado en la planta de sus pies, girando alrededor de él.
Mientras tanto, Tommy estaba padeciendo con las olas gigantescas, que se le cerraban convirtiéndose en espuma, verdaderas barredoras, que no lo dejaban llegar a la punta y le minaban el estado físico.
Wayne remaba hacia una ola, que se acercaba y remaba hasta subir sobre la pared de agua. Subía y subía y subía por la pared de agua, hasta llegar al punto de quiebre preciso, donde se formaban las olas gigantescas.
Las olas eran espirales, descomunales, que formaban cañerías mortales, pero también una inspiración fascinante, una poesía encantadora, una invitación a vivir y disfrutar de la vida sin preocupaciones ni responsabilidades y en total anarquía.
Las chicas estaban cogiendo sol. Marie estaba preocupadísima por su piel negra, que se pondría como carbón por el sol y también estaba preocupada por su hombre, que a la distancia, lo veía que no daba pié con bola. El pobre remaba y remaba y no avanzaba nada y para rematar todas las olas le caían encima una y otra vez y revolcándolo debajo del agua, pero Tommy no se rendía y seguía adelante y se volvía a incorporar y seguía remando hacia el point, aunque nunca llegara.
En la carpa, Alejandra y Andréa estaban amándose, frenéticamente. Se besaban, se acariciaban, completamente desnudas, habían formado el sesenta y nueve, y cada una, se metía su lengua en la vagina y se lamía hasta provocarse un orgasmo.
Claudia y Adriana, estaban luchando con el papel de un cigarrillo para envolverse un porro de marihuana.
Dentro de la otra carpa, Claudia sudaba a chorros y las manos le temblaban y la marihuana tan especial de Johnnie, se le caía por todos lados.
Adriana que era más experta la miraba divertida y también ansiosa. Cuando ya se hartó, le quitó el porro, todo aguado que Claudia había preparado y lo armó bien parejo para darle fuego.
Claudia sudaba a chorros y Adriana se extasiaba en medio de ese calor sofocante, al final le dijo:
- Chica, deberías probar meterte en el agua, está deliciosa.
- Eso es lo que voy a hacer apenas me coja esta porquería.
De repente entró Marie y Gabriela y la cogieron a Claudia y la sacaron a rastras, toda drogada, y fueron corriendo hacia el agua, con las carnes de las nalgas moviéndose como gelatina. Al principio, Claudia se asustó y quiso oponer resistencia, pero como las chicas iban riéndose, se dejó llevar, y luego, se unió a la loca carrera sobre la arena, y las tres se tiraron, de cabeza, en el mar helado y espumoso que las envolvió completamente.
Tommy Robin había realizado muchas economías para traer desde Bangkok las maderas necesarias para construir su DOJO de kumite. Su forma era redonda y estaba cubierto con una lona impermeable y acolchada, como el piso de un cuadrilátero de boxeo patada tailandés.
Robin y Pick Up, habían recorrido todas las academias de artes marciales de la provincia del Guayas, habían hablado con toda clase de senseís, sifus, profesores de boxeo, de Tae Kwon Do, Kung Fu, Kempo Karate, y habían colocado carteles de invitación en todas las academias de artes marciales y dejaban entender, claramente, que no se trataba de un desafío de honor ni nada de esas cosas. Se trataba de competir, sanamente, por dinero y por la gloria de la victoria.
Las únicas reglas eran, que los competidores fueran mayores de edad, de igual peso, que usaran guantes de box y que no golpearan los testes ni la manzana de Adán. Todo lo demás estaba permitido, cualquier técnica se podía usar: golpes de piernas, manos y proyecciones.
Robin había hablado con José Leone y Paul Ditto para que, si les interesaba, pudieran meter dinero para apostar en las luchas.
José Leone se interesó de inmediato y llenó el patio de Robin de asientos cómodos, de luces para efectuar peleas nocturnas, servicios higiénicos, puestos de comidas rápidas, pizzas, algodón de azúcar y refrescos y una boletería de ingreso y otra de apuestas.
Paul Ditto, no veía mucha posibilidad de hacer negocio en las artes marciales, pero cuando vió, cómo había quedado el mini coliseo de Tommy Robin, hasta con aire acondicionado industrial, la cosa cambió un poco y se hizo más atractiva.
De inmediato, Paul Ditto se puso en contacto con Alfonso Leone y Esteban Miraglia, y les platicó sobre la posibilidad de apoyar a las iniciativas de la juventud, de incursionar en los deportes de contacto, de poner de acuerdo a los dueños de academias de artes marciales y de boxeo, de invertir una gran cantidad de dinero en el proyecto para luego recuperarlo todo con las apuestas. Su filípica iba dirigida a Esteban Miraglia y éste le devolvía la mirada a Alfonso Leone, que lo miraba con preocupación. Lo más probable es que todo ese ruido atraería a la prensa que se entrometía en todo.
Al RENZO Leone no terminaba de convencerse de toda la premura que tenían los jóvenes, pero él también había sido joven alguna vez y había querido convertirse en un gran político para llevar a cabo grandes proyectos y volvía a mirar a Esteban Miraglia, que era el santo padre de los negocios de la familia.
De pronto, Al llamó por teléfono a su hermano José y le pidió, que le explicara por teléfono a Esteban, toda aquella locura de invertir dinero en un ring, que no era ni de boxeo ni de karate, sino de una mescolanza de artes marciales.
José Leone le habló así a su jefe:
- Escuche jefecito: este es un negocio muy bueno y tiene futuro. Hoy día hay una fiebre por las artes marciales, hay programas de kung fu, hasta en caricaturas, aparece la historia de Sahuamura el campeón de boxeo tailandés, toda la ciudad hierve de academias de artes marciales.
- Sí, le contestó Esteban, pero una cosa es ver comodamente por televisión estos arriesgados espectáculos y otra practicar varias disciplinas e invertir dinero para ganar en apuestas; es un negocio que no tiene antecedentes, es un negocio pionero y eso significa una posibilidad de fracaso y una pérdida de dinero, hemorragia de dinero, todo ese dinero tirado a la basura, no es algo seguro.
- Sí, jefecito, es verdad –le respondió José Leone-, pero todo depende de la publicidad que le hagamos a este asunto, usted verá cómo se le puede sacar una tajada rápidamente a ésto, como si se tratara de las carreras de caballos, usted verá...
- Tengo que ver el local, dice don Miraglia, tengo que ver el local quiero que tú y Paul Ditto se encarguen de contactarse con todas las academias de artes marciales y dejen bien claro el procedimiento y las utilidades económicas, pero eso sí, que quede claro, nada de entrometer a la prensa en esto, nosotros no pagamos impuestos a nadie, que quede claro que esto es secreto, nada de prensa ni periodistas bocones.
- Ok, jefecito, aquí lo estaremos esperando con una buena barbacoa de ternera y costillas de cerdo, como a usted le gustan.
- Bien, vamos a ver, no prometo nada. Si veo improvisación y estupideces no entramos, de acuerdo, tiene que quedar claro que no entramos si no vemos una buena organización por parte de Tommy, tiene que quedar claro aquello, entendido.
- Usted puede venir tranquilo, jefecito, le va a gustar como a quedado todo y tendrá una pelea de exhibición, ¿quiere una o dos peleas de exhibición?
- No tenemos mucho tiempo, pero prepara dos por si nos gusta la cuestión ésta, ok, mijo, prepara dos, mira si tú me prometes que todo está tan bien hecho, te llevo a los primos del Norte, ¿quieres que te los lleve?
- ¡Sería un tremendo honor, jefecito! ¡Pero tendríamos que traer chicas también, no!
- Yo te confirmo, la venida de los primos del Norte, mijo, no te aceleres por nada. En la pelea de espectáculo quiero unos buenos peleadores bien cojonudos, ok.
- Usted verá, don Esteban, tenemos a un muchacho, Pick Up, que es una maravilla, ya llegará el momento de que se lo presente, jefe.
- Ok, ok, ¿es como Tommy?
- Todavía no –le dijo-, todavía no, pero, presenta un buen perfil, jefe, un buen perfil. Sin ambición y mucha lealtad, jefe, con mucha lealtad, sí.
- Encárgate de todo y ya veremos cómo va todo, ok.
- Ok, jefe, ok.
- Cháu.
LA PRIMERA PELEA
Pick Up se encontraba en su casillero, de rodillas, con una vela encendida frente a la imagen de la virgen de Posorja. Tommy lo tocó en el hombro y le dijo:
- Ya es tiempo.
Johnnie estaba nervioso. Apestaba adrenalina. La cara del oponente se veía muy mala.
El árbitro hizo una señal y empezó el combate. El oponente de John se le fue encima y Pick Up lo frenó con una patada de media vuelta en el estómago. El oponente lo cogió de la misma pierna, lo volteó lo agarró por el cuello y estrelló su rodilla en la frente de Pick Up.
El joven peleador sintió que se le apagaban las luces, pero reaccionó y sacó una patada coreana, de pico, y le rompió la ceja al oponente, al clavarle el talón en la cara. Mientras el oponente se balanceaba y trataba de escurrir la sangre con el guante, Pick Up se le fue encima, pegó un tremendo salto y le clavó la rodilla en la mandíbula que estremeció los sesos del luchador para dejarlo fuera de combate.
En las gradas, Peter John Milano miraba asombrado que todo haya acabado tan rápido. Los primos del Norte eran: John Milano de California, Nick Civella de Kansas, Tony Accardo de Chicago y los duros de la península de Santa Elena: Alfonso Leone y su brazo armado, su hermano menor José Leone, y Esteban Miraglia y su brazo armado, su hermano mayor Antonio Miraglia.
Al parecer, después de tanto entrenamiento y de recorrer tantas academias, estudiando todos los estilos posibles, Johnnie había perfeccionado su técnica de combate y ahora la iba a convertir en una filosofía de supervivencia.
LA FAE BEACH
Claudia miraba desde la playa a Johnnie y recordaba los momentos breves y felices que habían pasado juntos. Sus labios relamían el recuerdo y su lengua sentía el sabor del sudor de Johnnie, su pecho se agitaba de ansiedad. Recordaba aquellas veces en que iban a los conciertos del colegio Americano y como Johnnie las hacía entrar sin pagar el boleto.
Johnnie pagaba su entrada y en la mano, recibía la señal en tinta de un sello. Él volvía a salir de la sala de baile por una ventana y se lo pasaba a Claudia juntando su piel con la de ella, bien fuerte, bien fuerte.
Johnnie le decía:
- Tú eres de las nuestras. Una fiesta sin ti no es fiesta. Siempre serás como de nuestra familia, como si te hubieras casado con todos nosotros, nada te faltará, todo lo que necesites lo tendrás mientras nosotros vivamos, ok.
Claudia lo amaba por ese idealismo y esa lealtad que parecía unir a todos los chicos playeros de su banda. Lo mismo le había dicho Rod y Russo y Red Hughes y Steve O’Brian, todos se solidarizaban con ella cuando la veían en apuros por falta de dinero o por cualquier necesesidad que tuviera. Tommy siempre era un amor con sus amigos y siempre tenía los brazos abiertos para con todos ellos y a Claudia la trataba como a una hija. Era como si pareciera existir un pacto de amistad entre todos estos chicos.
Una mujer, junto a Johnnie, se sentía como algo único y especial. Era tierno y dulce, salvaje y decidido. Le hacía el amor como un esposo que llega de un largo viaje y que la ha extrañado por mucho tiempo.
Pero, Claudia no lo tomaba muy en serio. Ella, al igual que Vivian, tenían sexo con todos y recibían de todos sus afectos y atenciones.
Claudia era realista y no se hacía ilusiones con ninguno de ellos, porque sabía que ante todo a estos chicos les interesaba más su libertad, además, Johnnie pasaba largas temporadas en el Guayas y ella vivía en Salinas, y no confiaba en la estabilidad de un amor de lejos.
Mientras reflexionaba amariguanada en estas cosas, recostó su cabeza en la arena para que el sol la penetrara por los poros e imaginó, que Johnnie era un gran dios griego, que adoptaba la forma de pequeña lenguas de sol, y que la preñaba. Esta idea la había sacado de la lectura de algún libro de la biblioteca, un libro que no recordaba y la excitaba, y calentaba su sangre.
Adriana tomó su bolso y sacó un pequeño porrito de marihuana. Se lo llevó a los labios y lo encendió.
Gabriela miraba asombrada y confundida. No entendía el motivo de que se drogaran sus amigos. La vida era tan bella para ella que creía no necesitaba de aditivos ni ingredientes especiales que aumentaran el placer. Buchanan también fumaba yerba con su amigo Phillipe.
Gabriela podía entender a Phillipe, por lo que estaba pasando con su enamoradita enferma de leucemia, pero a Wayne no lo entendía. Buchanan le decía a Gabriela que era como aumentar toda la alegría de vivir, llegar a sentir todo lo bello de la vida, que pasaba desapercibido ante los simples sentidos.
Gabriela le había dado una probadita a un cigarrillo de marihuana y lo que sintió fue un dolor de cabeza y una ligera arrítmia en el corazón y no le gustó la experiencia.
Adriana le pasó el porro a Isabel y ésta se atragantó con el humo ya que en su vida había probado ni tabaco y no tenía experiencia en fumar gruesos porros. Adriana le decía que tragara el humo y las dos, Claudia y Adriana, empezaron a gritar en coro:
- TRAGATE EL HUMO... TRAGATE EL HUMO... TRAGATE EL HUMO...
Entonces, cuando sintieron los efectos, empezaron a abandonarse a la risa. Eran olas de carcajadas que no se podían interrumpir y Gabriela supo de inmediato que la fiesta mental había empezado.
Esther estaba horrorizada y con un par de toques se puso paranóica y empezó a correr y correr por toda la playa de la FAE como loca.
Gabriela la perseguía inútilmente para tranquilizarla, y cuando finalmente la agarró y la trajo al grupo, no sin grandes esfuerzos, le empezó a hablar al oído y a tranquilizarla.
Adriana, desde lejos, alucinaba toda la escena, como si Esther fuera una loca que se cae al agua sin saber nadar y patalea y se sacude, desesperándose, al punto que dificulta más el rescate hasta comprometer la vida de Gabriela que la quiere rescatar.
Gabriela les contó, que Esther siempre se ponía así, desde que en la, misma playa de la FAE, fueron interrogadas por unos oficiales de la fuerza aérea.
Buchanan había descubierto esa playa prohibida y los militares tenían que meterse con carros de bomberos y haciendo un escándalo con sirenas y luego los milicos se metían al agua entre remolinos y corrientes para sacarlo con tabla y todo.
Los muchachos seguían insistiendo por la belleza de la playa y por las olas maravillosas, hasta que los militares se reunieron en una junta y se dieron por vencidos.
Aún así, de vez en cuando, los militares hacían redadas y los sacaban con tablas, parasoles, carros, mujeres y drogas, todos se iban para afuera o los encerraban en una gran celda de barrotes oxidados y llamaban a sus padres para que paguen una multa para que recuperen su libertad.
Claudia le contó la anécdota con tanta plasticidad –su capacidad histriónica era increíble- a Gabriela, que Gaby quiso darle una última probadita al porro que tenían en la mano, pero Claudia lo consumió todo hasta quemarse los dedos, cuyas puntas estaban amarillas por el uso cotidiano de las calillas.
Mar adentro, estaba Pick Up con Rod, Red, O’Brian, Tommy y Phillipe.
El agua estaba helada y las olas grandes, lo que en la FAE es una combinación peligrosa. Las olas lo tiraban a uno hacia las rocas y los remolinos lo llevaban mar adentro.
Phillipe cogió una ola grande. Era un salinero tubular bellísimo y mortal. Dobló el abdomen y se fue hacia abajo bien parado y extendió las manos hasta tocar el techo de agua del pequeño tubo como lo hacía Buzzy Kerbox.
Red remó una ola mediana, pero super bien formada y se fue en ella.
Hughes le daba la espalda a la ola y cuando vió que aquella masa de agua se iba a enconchar, pisó bien la parte de atrás de la tabla y se tubeó en forma increíble, al puro estilo de Martín Potter.
En la playa, las chicas se preparaban para comer lo que la negra Marie había traído de la cabaña de Tommy. Coca colas, heladitas, para las mujeres, cervezas Pilseners, bien heladas para los hombres, grandes pedazos de pizza para las chicas y tarrinas de comida china del chifa Esperanza, para los hombres, que devoraban como bestias la comida oriental hasta quedar llenos, con la boca grasosa y barrigudos.
El sol brillaba con un esplendor especial sobre la arena. Era como si el sol, la playa, el mar y el cielo argentino, todos, todos estos elementos cósmicos estuvieren compartiendo aquel momento de felicidad ilimitada con los chicos.
DE NUEVO EN EL CUADRILATERO
Johnnie estaba de rodillas, con una vela encendida, frente a la imagen de la virgen de Posorja.
Había llegado el momento de luchar por el dinero de la familia y la gloria de la victoria.
Su oponente era un practicante de un karate coreano con influencia china. El karate coreano se mezclaba con la fluidez de lo chino.
El árbitro dio la señal de combate y el kumite dio inicio.
John se puso en guardia, con los puños bien cerrados, protegiéndose los pómulos y los riñones, la barbilla metida en el pecho, los pies siempre juntos como un boxeador tai, para desconcertar al enemigo. Los tobillos protegidos por tobilleras.
El oponente se le fue encima a John y le dio una patada en el brazo, que protegía las costillas izquierdas. Pick Up, le devolvió una patada en la cadera. Había un fuego sagrado en los ojos de Johnnie.
El oponente giró y le dio una patada de talón en la nariz a Pick Up, éste se hizo para atrás, aturdido y esquivó un segundo ataque que el luchador le propinaba con los codos, pero su contrincante sabía que lo había conectado y lo perseguía encarnizadamente, dándole golpes con los guantes en la cabeza para provocarle un ko técnico o hasta soñarlo.
Johnnie retrocedía con una agilidad de cangrejo y se movía, de un lado para otro, sacando de sincronización a su enemigo, que lo perseguía fríamente, pero que en su rostro se reflejaba la necesidad de que Pick Up se quedara quieto para propinarle un duro castigo, persiguiendo el ko, el feroz contrincante se salía de sincronización ante la estrategia de escape de Pick Up, que poco a poco se iba recuperando y volviendo a desarrollar su destreza asesina.
Johnnie dejó de retroceder, lo empujó al oponente y le metió una patada lateral en la cabeza. Estaba recuperado. Cuando el muchacho volvió a cargar, Johnnie lo volvió a golpear en la cabeza hasta detenerlo en seco con una fuerte, fuertísima patada con el empeine, que se lo estrelló en el temporal izquierdo.
El jugador bajó la guardia, se le cayeron los brazos, se le doblaron las rodillas, los ojos se le pusieron en blanco y cayó pesadamente sobre la lona.
José Leone gritaba a rabiar y se abrazaba con el otro gordo de Paul Ditto, contentísimos, habían ganado medio millón de dólares en unos azarosos y electrizantes par instantes.
Pick Up empezaba sus mañanas trotando despacio y en las manos, llevaba dos pesos, para ir tirando golpes mientras corría. De esa manera entrenaba los pies y los brazos y fortalecía el corazón.
Corría y corría y subía y bajaba escaleras, mientras seguía tirando golpes al aire. Era una máquina de tirar golpes.
A veces corría junto a Tommy y éste, de vez en cuando, le ponía una tabla de madera, para que John la partiera con el antebrazo. ¡Pac! ¡TRACK!, las quebraba, de uno o de dos, golpes.
Cuando llegaba a su casa encendía la radio y mientras escuchaba una dulce balada de Frank Sinatra, se ponía a saltar cuerda. Primero empezaba despacio y luego seguía cada vez más rápido, más rápido, hasta que paraba, con el corazón latiendo fuertísimo, como un tambor.
Otras veces, corría con Tommy alrededor de una cancha de indor y ambos se colocaban una piedra de mediano tamaño entre las manos, la sostenían sobre la cabeza y corrían y corrían, desde la mañana hasta la hora de la comida.
Junto a Tommy Robin, convirtieron un departamento, que les regaló Paul Ditto, en un gimnasio con sacos de tela bien apretada.
Después de atender el negocio de hamburguesas, Pick Up se pasaba las horas saltando cuerda y girando alrededor y golpeando el saco con patadas y puñetes.
Patadas tras patada. Era como si quisiera reventar el maldito saco.
Luego venían las patadas con salto. ¡ZAS! ¡Bum! Seguían por horas interminables las patadas y los puñetazos al saco con golpes de box compuestos de rectos, de uppers y los peligrosos cruzados, que iban directo a los nervios alojados en la mandíbula y a los riñones. Luego venían los rodillazos con salto, al estilo Sahuamura el campeón tailandés. Dale y dale rodillazos al saco en forma interminable e inagotable. Era un verdadero espectáculo ver entrenar a Pick Up.
Alejandra, una putilla salinera, amiga de Tommy, se excitaba con toda esa violencia y lo veía a Pick Up, como a un toro, un animal salvaje, capaz de violarla y volverla a violar hasta hacerla terminar. Ella se encargaba de atender a Pick Up y cocinarle la comida cuando el muchacho se estaba entrenando.
Siempre, el sparring de Pick Up, era el fuertote de Robin. Habían creado un juego de piernas que les preparaba para entrar, golpear y salir sin ser tocados por sus rivales. Consistía en saltar de adelante para atrás sobre una cuerda mientras daban la vuelta en la dirección de las manecillas del reloj, al puro estilo de Benny –THE JET – Urquidez.
Ese jueguito era agotador y demandaba andar a todas horas apestando a diablos. No paraban de hacer ejercicios.
Había que patear tres mil veces el saco. Arriba, en medio y abajo, darle y darle al saco, no había otra forma. Toda clase de patadas, de media vuelta con salto. ¡ZAS! ¡Bum!, darle al saco toda la noche.
Cuando terminaban de entrenar venía un baño aver televisión o a escuchar música un ratito y a dormir temprano.
Lo más difícil para Pick Up era aprender a sacar las patadas a la cabeza, desde abajo, y sin avisar. Ese era el truco más vital, para la supervivencia del muchacho Pick Up.
Con Tommy, practicaban un ejercicio raro, que consistía en ponerse los guantes de box y boxear saltando con un solo pie. Ésto era agotador y sudaban a chorros y empapaban los guantes de box, que se pudrían y había que comprar otros.
Pronto Pick Up empezó a acumular guantes de box podridos, que se destripaban por el sudor y el uso.
Johnnie quería mucho al irlandés Tommy. Él le había dado trabajo cuando estaba solo y desesperado.
Cuando recién comenzaba Johnnie, venía de trabajar en las carretillas de hamburguesas y se acostaba con todo el cuerpo adolorido de tanto ejercicio, y las manos, casi ni las podía utilizar de los golpes, que le sacudían los codazos de sus oponentes.
Cuando Pick Up, quería introducir un golpe en el estómago a veces se descuidaba y sus dedos se estrellaban en los puntiagudos codos de sus rivales y sus manos se lastimaban.
Así lesionado le costaba maniobrar con las hamburguesas y los hot dogs, por el dolor que experimentaba.
Todo esto hizo que Pick Up buscara una masajista para aliviar la tensión que se iba acumulando en los músculos de su cuerpo y extremidades.
Pick Up, recorrió el malecón de Salinas y encontró un gabinete de belleza chino, donde le además de cortarle el pelo, le daban unos masajes anti estrés de primera clase. Le daban masajes todo el tiempo que él quisiera y si seguía pagando también lo satisfacían sexualmente.
Pronto se hizo asiduo de una masajista tailandesa llamada Mary Jo, que recién había arrivado a Salinas en busca de una mejor vida.
Ella friccionaba su cuerpo con maestría insuperable. Su peso era ideal y al colocarse sobre su espalda, le sacaba todas las tensiones que no dejaban ni dormir al pobre Johnnie. Luego le trabajaba el cuerpo con tanta tenacidad, que Pick Up reía, mientras gotas de sudor de la tailandesa caían sobre su cuerpo. Los músculos separados y adoloridos se volvían a unir y los nervios aprisionados se liberaban de las vértebras que los oprimían. Al finalizar la jornada se la llevaba a Mary Jo a comer, a bailar y, después, a dormir.
Mary Jo había sido una antigua estudiante de gimnasia olímpica, que después de una lesión en la rodilla se dedicó a estudiar belleza para trabajar cortando el pelo a los americanos que trabajaban en una base militar cercana a su hogar.
Todo lo que ella quería era encontrar a alguien, un hombre que la ame de verdad. Todo estaba claro. Todo lo que una mujer quiere de su pareja es que la ame como lo haría su amante, sin cansarse de ella nunca. Todo lo que una mujer quiere es que su esposo la ame con la misma dulzura y desprendimiento monetario, como lo haría el amor prohibido, secreto y posesivo de un amante.
DE NUEVO EN EL CUADRILATERO
Pick Up estaba arrodillado frente a la vela que le ponía a la virgen de Posorja. Luego llegaría el momento del combate.
Su contrincante se llamaba Hiromoto y a duras penas excedía el peso de Johnnie. Pick Up, nunca había peleado con un disciplinado estudioso del karate do. Hiromoto era un especialista de las katas o formas.
Cuando el árbitro dió inicio al combate, estaba claro que Hiromoto pelearía a la defensiva. Johnnie hizo un amage con la pierna derecha y su oponente bloqueó la patada y le incrustó un puñetazo en las costillas. Así estuvieron dando vueltas y estudiándose, por un tiempo algo corto. Johnnie amagaba, Hiromoto actuaba como queriendo reaccionar y Johnnie tomaba nota de su posición de ataque. El ambiente estaba recargado de tensión. De pronto Pick Up oyó a Tommy que le susurró desde la esquina:
- Faltan cincos minutos.
Entonces, Pick Up empezó a patearlo a Hiromoto en sus piernas, con toda la fuerza de su alma. Hiromoto trató de devolver los golpes, pero sus piernas no funcionaban bien, empezaba a acusar dificultad para desplazarse sobre el cuadrilátero.
Pick Up daba vueltas y vueltas y le seguía propinando patadas bestiales a Hiromoto. E este se encendió, su honor había sido tocado, cuando se lanzó al ataque, Johnnie se hizo a un lado y lo recibió con un rodillazo en el estómago, seguido de un codazo en el ojo izquierdo. Hiromoto perdió el equilibrio y John aprovechó aquello, para sacarlo del ring con dos patadas frontales.
Pero Hiromoto no salió, acusó recibo de las patadas y se reincorporó. Estuvo a punto de salir del círculo y de ser descalificado, pero era resistente y cayó al suelo y se paró enseguida.
Hiromoto se le fue encima a Johnnie al grito de BANZAIII y Pick Up lo recibió con una patada de media vuelta, cuyo talón se lo clavó en la base del cráneo. Hiromoto se fue de largo, para caer de rodillas más adelante. El japonés sentía un fuerte dolor y latidos en la cabeza.
El árbitro le preguntó si quería que parara la pelea. Hiromoto se volvió a parar, pero era para buscar la inconsciencia o la muerte y Pick Up, sintió repugnancia por las filosofías orientales.
Pick Up hizo un aproximamiento errático y le empezó a trabajar las piernas, pateaba durísimo y el japonés recibía cada golpe y giraba fanático, tratando de colocar sus manos en el resbaloso cuerpo de Pick Up. En un momento en que Johnnie le dió un terrible golpe en la cadera, Hiromoto puso la rodilla al suelo y Johnnie le estampó una patada en pleno rostro. Hiromoto se sintió ligero y perdió toda sensación. Cuando volvió en sí el árbitro le estaba contando siete.
Al final decidió quedarse acostado, tranquilo.
Paul Ditto y José Leone se encontraban en la oficina de Tommy. Sentados, totalmente felices. Fumaban unos cigarros de la victoria. Cuando llegó Tommy, lo recibieron como a un héroe, lo hicieron sentarse y le prendieron otro cigarro y delante de sus ojos le pusieron un maletín de cuero y lo abrieron. Estaba repleto de billetes de mil dólares.
Tommy sentía la garganta seca, quería tragar saliva y no podía. Jamás, en su puñetera vida, había visto tanto dinero junto. José Leone le dijo:
- ¡Toma!, coge cuatro fajos y dale la mitad al chico de oro. Se los han ganado limpiamente. Esto es de parte de Tony.
¡Ah!, ¡cómo lo quería Johnnie a ese viejo!
SOCIEDAD LIBRE
La tarde se escapaba y el brillo del sol declinaba dentro de un sucio color lila. Los muchachos habían corrido olas parte de la mañana y toda la brillante y calurosa tarde. Los músculos estaban hinchados, los movimientos eran menos dinámicos y todos tiritaban de frío.
El viento se dejaba sentir con fuerza y con cada ráfaga, los huesos temblaban y temblaban. Incontrolables temblores ponían sus pieles de color violeta.
Afuera, las chicas se habían arropado con sweters, pero no estaban impacientes. Estaban acostumbradas a los excesos de su banda y lo que hicieron fue, cubrirse del frío, dentro de las carpas. Allí había comenzado la infinita cháchara sobre modas, fiestas, amores, el tamaño de los penes, comidas y recetas vegetarianas. Cuando se cansaron de hablar, apagaron las velas y se acurrucaron en sus fundas para dormir.
Afuera de las carpas, el viento corría con el espíritu de la noche y las almas del mar emergían deambulando por todas partes.
Una de las chicas –Andréa-, había comprado una botella de vino y lo descorchó y empezó a llenar vasitos de plástico para pasarlo de un lado a otro. Copiosos sorbitos de vino iban pasando de allá para acá.
Todas las chicas conversaban sobre lo que significaba la vida y era una cosa curiosa, nadie sabía exactamente lo que les pasaría en el futuro.
Entre los hombres, había una relación de hermandad, que mantenía unido al grupo. Ellos nunca las dejaban caer y a cambio, ellas sólo aportaban su presencia, sus bellezas, sus encantos sexuales, su lealtad incondicional y su compañía. Isabel, que había estudiado algo de filosofía en la Universidad, decía:
- Lo que nosotros, ellos y nosotras, estamos formado es una clase de sociedad diferente y aparte de cualquier organización social que pueda existir en éste país.
- ¿A qué te refieres con eso? -dijo Gabriela-.
- Me refiero a la promiscuidad sexual, las consumidas de marihuana, el vivir sólo para surfear y disfrutar del sol, el ser mantenidas por los chicos, como si cada una estuviera casada con todos, el sexo, me refiero a todo. Esto no lo encuentras en ningún libro de Tockeville, ni Stuart Mill, ni John Locke ni nada.
- Hay un cientista económico llamado Milton Friedman que opina que se debe legalizar la marihuana –dijo Gabriela-.
- Tal vez en el futuro todo el mundo deje de vivir como loco en la ciudad y se vuelvan a las playas –dijo Claudia -.
- Tommy, aunque quisiera, no podría dejar de trabajar en la ciudad, de ahí es de donde saca todo el dinero que gasta en mí y en ustedes. –dijo Marie-.
- Dirás en nosotras –acotó Isabel-.
Al fondo, mar adentro, las olas estaban imparables. Tommy y Wayne, salían del mar chorreando agua y la arena, se les pegaba en el cuerpo formando un lodo gris.
Johnnie aprovecho la última tanda para largarse de ahí y estaba tan oscuro, que no podía ver nada, la ola era una sombra gigante que lo impulsaba hasta la orilla. Podía sentir la vibración de la velocidad y el golpeteo del agua debajo de sus pies, su cuerpo se transformaba en una prolongación de la noche eterna del universo, con sus estrellas y sus meteoritos.
Hacía frío.
EN EL CUADRILATERO
Pick Up se encontraba de rodillas frente a una vela, que le había colocado a la virgen de Posorja. El tic tac del reloj adquiría una sobrecogedora irrealidad cuando de un momento a otro tienes que subirte al cuadrilátero y correr el riesgo de que te partan la cabeza de un mal golpe. Su eco se iba agigantando de una manera surrealista, como si vertieran un negro líquido de licor, dentro de una copa ceremonial. De pronto escuchó la voz de Mary Jo:
- John, te llaman.
A partir de la pelea con Hiromoto, Pick Up, perdió la cuenta de las peleas que había efectuado en el DOJO privado de Robin. Ahora, le tocaba enfrentarse con un judoca, cuyo peso excedía del suyo con cinco libras. También era más alto y el alcance de sus brazos era mayor que el de nuestro peleador.
El árbitro dió la señal de inicio y Pick Up sorprendió al judoca en una posición estática, con los pies muy abiertos. Pick Up se le fue encima, con tal velocidad, que el judoca no pudo deducir que le saltaría a la cabeza y le estrellarían el empeine entre el cuello y el temporal. Fue un golpe brutal, que sacudió al judoca. Pick Up sentía una ligera molestia en el empeine: se hinchaba.
El judoca trataba de dar alcance a Pick Up para cogerlo. Cuando Pick Up giraba alrededor de él, el judoca le asestó una patada en los riñones, que John le devolvió con una patada lateral, muy fuerte, en los glúteos. El judoca se ponía rojo de indignación. Luego John conectó un recto de izquierda en el rostro del judoca y lo remató con un cruzado de derecha. El judoca por fin pudo agarrar a Pick Up, de la cintura y lo proyectó fuera de la arena, logrando esquivar, por poco la descalificación y la pérdida del combate. El golpe fue duro y el árbitro empezó a contar. Pick Up se recuperó y se puso alerta, cuando el judoca se le fue encima, con unas patadas frontales. Pick Up aprisionó con sus guantes un pié y a su oponente, le asestó una patada en el pié con que se apoyaba en el suelo o pié de base.
El judoca sentía un fuerte dolor en la rodilla, que lo iba paralizando poco a poco. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, así que trató de volver a pescar a su escurridizo oponente y cuando Pick Up se acercó, logró cogerlo de las axilas. Pick Up también lo agarró, pero del cuello atenazándolo con los guantes y echó todo el peso de su cuerpo para atrás, llevándose consigo al judoca. Mientras ambos caían, Johnnie viró el cuerpo en el aire y colocó boca arriba a su oponente, cuya base del cráneo se estrelló, aparatosamente en la lona. Hasta allí llegó la resistencia del oponente y antes de perder momentáneamente el conocimiento logró alcanzar a decir:
- ¿Pero qué diablos de estilo de pelea es esta?
HALLOWEN EN SALINAS
Aquella noche era hallowen en Salinas y por todas partes se veían niños disfrazados de mónstruos, duendes, momias, brujas, soldados, etc. Todos iban de puerta en puerta preguntando: ¿truco o sorpresa?, y con una funda que al pasar la noche se iba llenando de caramelos, chicles y bombones.
Las chicas habían salido a patinar al Roller Vito con excepción de Isabel, que junto con Tommy, se habían bañado juntos y luego, se acostaron en toallas para ver en la tele en blanco y negro el programa: ‘LAS CALLES DE SAN FRANCISCO’.
Johnnie había llegado en ese preciso instante y como tenía urgencia por bañarse y sacarse la sal, fue a la casa de Claudia y se bañó en el cuarto de la empleada.
John había quedado en encontrarse con Claudia en una hora, en el garaje de su condominio y ella demoró media hora, ya que sus padres no le daban permiso para ir por lo que la chica se encerró en su cuarto y encendió la radio para escuchar Italian Girls de Hall & Oates y luego se salió furtivamente del departamento por la ventana.
En esa media hora de espera en aquel salado parqueadero, Pick Up se lió un porro de marihuana y transformó unos momentos de impaciencia y embrutecimiento, en secuencias divertidas de pensamientos ocurridos y el panorama, de aquellos carros aparcados en silencio se convirtió en algo viviente, vibrante, una tierra que palpitaba en forma diferente.
Claudia demoró un cuarto de hora. Johnnie no quería irse sin ella.
Aquella noche había muchas alternativas. Había una fiesta en la casa de Adriana. Sus fiestas siempre eran ocurridas y la comida siempre caía bien en los estómagos pegados al espinazo de los surfers. Al fin salió Claudia. Estaba guapísima, con sus jeans apretados y su strapple con el mismo estilo de una modelo de la banda de los ZZTop.
Al final de muchas vueltas e inconvenientes, la fiesta se había reubicado en la casa de Esther. John fue el primero en llegar y se sentó en el mueble viejo y preferido del padre de Esther y se puso a escuchar una canción de Fletwood Mac.
Las chicas preparaban una rica comida a base de camarones. Al rato llegó Wayne y como a Gabriela no le habían dado permiso para salir aquella noche, Buchanan vino de la mano de su otra enamorada: Vivian. Vivian era el único y verdadero amor de Wayne. ¿O las quería a las dos por igual?
Vivian estaba nerviosa y Buchanan no paraba de hablar. Estaba realmente contento, no podía parar de hablar, ni podía estarse quieto. John y Vivian empezaron a conversar, mientras que Buchanan se metió en la cocina, alborotando a las chicas ocupadas preparando la comida y los ricos potajes de camarón. Cuando Wayne hablaba, empezaba despacio y giraba sobre el mismo tema cada vez más rápido, luego, iba aumentando de velocidad y de volumen, por lo que las chicas, experimentaban una sensación de haberse subido a un aeroplano, teniendo como piloto a un acróbata completamente loco.
- ¡Uy, pero qué locura! -decía aturdida Esther, ¡cómo habla sin parar!-.
Las chicas estaban encantadas cocinando de esa manera, pero se percataron de que se les había acabado el aceite y los palmitos y los mandaron a Pick Up y Vivian, a la tienda a comprar.
En la tienda el ‘BARRILITO’, la ancianita los atendió cortésmente. Pero cuando fue a buscar las cosas de la lista, Vivian le preguntó a Pick Up si quería fumar, le encendió un porrito e hicieron flotar abundante, divino y dulce humo de marihuana.
En la radio de escuchaba el coro de una canción de los 70’s DE Gino Vanoni:
I just wanna stop...and tell my what You feel about this
Cuando regresó la ancianita, se dio cuenta, de que toda la tienda estaba impregnada con el olor del monte y puso una cara de susto y de pocos amigos. Cuando dijo el precio les aumentó un porcentaje. Vivian pagó tranquilamente, mientras en su rostro se dibujaba una mueca de superioridad y burla.
Tommy e Isabel, salieron de la cabaña y se fueron a una nueva DISCO llamada ‘La Rompiente’, que era un lugar, donde se reunia la gente joven de la farándula tropical.
El lugar estaba decorado con innumerables peceras, como si el dueño fuera un biólogo y era el lugar adecuado para probar comidas típicas de la península de Santa Elena. Fuertes aires acondicionados, mantenían la temperatura ideal, para la gente tostada por la radiación del astro rey.
Lo pasaron muy bien. Bailaron, comieron, conversaron, se saludaron con todo el mundo, es decir, farandulearon y luego, se fueron a la casa.
Mientras Tommy estaba en el bar tomándose un whisky, apareció Paul Ditto con un martini en la mano y le dijo al oído de Tommy:
- Olvídensen de hablar por teléfono. Están intervenidos. Simplemente cambien de costumbre y no vuelvan a utilizarlos más, tendrán que aprender a vivir con las líneas telefónicas interceptadas.
¿Qué era lo que pasaba?, ¿estaban en problemas?
Se volvieron a bañar juntos pero esta vez Robin la miraba a lo más profundo de los ojos.
En el mismo baño cayeron uno encima del otro y Tommy le besaba la nuca y mordía las partes blandas de su cuerpo. Isabel era una rubia un poco gordita y se estremecía con cada mordisco y con cada chupada, que Tom le daba. Tommy le quitó suavemente el pelo de la nuca y su lengua se convirtió en una serpiente, que bajaba, poco a poco, por su espalda hasta introducirla en el ano de Isabel. Robin se quedó pegado, aferrado sin poder desprenderse de ese extremo, dulce y recóndito lugar. Mientras succionaba y relamía ese pequeño orificio, sintió una poderosa y triunfal erección al mismo tiempo en que Isabel se derretía por completo. Isabel se dejó caer temblorosa, boca abajo, y Tommy la viró y la penetró varias veces con brutalidad, mientras le apretaba los pequeños globos de su pecho. Estaban jodiendo de lo mejor cuando escucharon que alguien llamaba a la puerta.
Tommy no lo podía creer.
Abajo estaba Gabriela, la delicada jovencita con un extraordinario parecido a Farrah Fawcett Majors.
Por la ventana del segundo piso, apareció la cabeza de Isabel con el pelo desbaratado y enseñando una teta para preguntar quién era.
Gabriela se asustó al ver el medio torso desnudo de Isabel y se fue, al darse cuenta de que estaba interrumpiendo algo.
Tommy preguntó con voz impaciente y malhumorada:
- ¿Quién es?
E Isabel respondió que era Gabriela, que venía a buscar a Buchanan.
EN EL CUADRILATERO
Johnnie se encontraba en los vestidores, concentrado, saltando cuerda cuando Mary Jo apareció y escuchó la voz de José Leone que le dijo:
- ¡Eh, chico!, ya es tiempo.
En esta ocasión el adversario de Pick Up era un especialista del karate estilo Okinawa. El árbitro dió la señal de inicio del kumite:
- AIIMEEE...
Pick Up lo midió y le mandó un par de patadas frontales y el oponente se le adelantó y lo recibió con una fuerte patada de lado, llamada, yoko geri, que impactó en el estómago y enseguida Pick Up tuvo que agacharse, pues el jugador casi le vuela la cabeza con una patada de media vuelta.
Otros ataques de Pick Up fueron bloqueados por la misma anticipación y por la misma patada lateral, que parecía un muro defensivo inexpugnable.
Todas daban en el mismo blanco: el estómago de Pick Up.
Johnnie no podía conectar ningún golpe y el dolor en el estómago era un dolor que se expandía, como una mancha roja, que se abría por toda la cintura hasta llegar a los riñones.
Este karateca, de estilo Okinawa, era un hueso duro de roer. Pick Up empezó a girar alrededor de su oponente, para hallar una falla en la defensa de su contrincante.
Había una.
El oponente siempre dejaba colgados los brazos y basaba toda su defensa en la rapidez y anticipación de sus yoko geris, sus piernas lo eran todo. Johnnie arremetió con todo, como un tigre, pegó un salto y pasó por encima de la defensa de sus piernas y el contrincante se vió obligado a enfrentar una andanada de puñetazos cruzados, que le sacudían la cabeza como una pera en un gimnasio, Pick Up era mortal en las peleas de corta distancia.
Cuando el karateca de estilo Okinawa cambió de posición en su defensa ya era tarde, porque Johnnie ya lo tenía agarrado y lo cruzaba con un guantazo de izquierda y con otro de derecha, zas, bam. El karateca retrocedía en vano, tratando de esquivar la andanada y Pick Up lo impactaba en la oreja y en la barbilla y por último le clavó un rodillazo en las costillas. Su oponente dio un salto mortal hacia atrás y pegó un grito estruendoso, como para poner orden en su defensa, pero era inútil, Pick Up lo tenía medido y lo perseguía de cerda y nuevamente le estrelló el empeine en la ceja derecha, partiéndosela y haciendo brotar un chorro de sangre.
La pelea continuó por unos minutos más, pero fue detenida por el árbitro, por la hemorragia, dándole el triunfo a Pick Up, por ko técnico.
Esa noche, Johnnie le pidió descanso a Tommy y en vez de ir a atender el negocio de carretillas de hamburguesas, fue al gabinete chino para ser atendido por Mary Jo.
De padre chino y madre tailandesa, Mary Jo, poseía la belleza de los hijos del cielo y atendía a Pick Up poniendo todo su esfuerzo en los masajes para relajar sus adoloridos músculos.
Johnnie vendía hamburguesas especiales y corrientes. Las especiales venían con langostino frito o apanado, con huevo, queso o con doble porción de carne.
La fórmula de la hamburguesa se la había dado Russo, el viejo Russo, que ahora trabajaba en el restaurant del Hotel Continental, como jefe de servicios al cliente.
Cuando, Mary Jo lo masajeaba, Pick Up, se alejaba de este mundo a medida que la sangre volvía a circular por su golpeado y tenso cuerpo.
Recordaba sus inicios en las carretas de hot dogs, en los gimnasios de artes marciales, pensaba en su abuelita –que era el único nexo que lo mantenía atado a la gran ciudad-, en Maggi a quien no había vuelto a ver, desde hace mucho tiempo, en Marcela con quien todavía se veía de vez en cuando, en las enseñanzas de su filósofo favorito Raymond Aron, de quien se había inspirado para practicar unas libertades más reales que formales.
En un momento, Mary Jo le pasó un papelito en el que Pick Up pudo leer un poemita que ella, le había escrito y decía así:
Puedo oír tu corazón...
Déjame saber que existo, que palpita de amor...
El brillo de tus ojos me miden y ven cosas, reflejos...
¿Y qué ves?
Imágenes de amor, un rostro con rubor.
Palmo a palmo sobre tu piel, canela, rubor, sudor, frenesí...
Me deslizo sobre ti,
Déjame sentir que estoy viva,
déjame oír tu corazón...
- Es bello, ¿en verdad tú lo escribiste para mí?
- Sí.
Mary Jo sabía hacer su trabajo, friccionaba y friccionaba, los músculos de sus clientes, con lociones de menta y de aromas exóticos, para transportarlos a un paraíso de placer, relajación y descanso total.
El mayor sueño de Mary Jo era el de poner una gran boutique y centro de masaje en el malecón de Salinas.
Su padre chino, refugiado en Tailandia y su madre tailandesa, nunca se hubieran podido imaginar a su hija, convertida en señora propietaria de semejante establecimiento. Mary Jo friccionaba y cada movimiento hacía circular la sangre a Pick Up, devolviéndole el calor de la vida.
LA PRESENTACION
Aquella mañana de noviembre empezó con ligera lloviznas y cuando Pick Up regresó de hacer las compras selectivas de los panes y las carnes y salsas para las hamburguesas y hot dogs, se llevó una sorpresa al notar a Tommy algo intranquilo.
Tommy lo recibió con una cara llena de preocupación. Sus ojos, se movían de un lado para otro, sin hallar un punto fijo de enfoque. Era una tarde soñolienta y calurosa, con un gigantesco sol derramando toda su energía solar sobre Salinas; cuando Tommy le presentó a Pick Up la persona para quien había estado trabajando.
José Leone era un tipo duro, bien vestido con elegantes ternos, cuyo lugar de residencia podía ser Salinas, Miami, Chicago, Kansas o California.
Tommy le habló de esta manera:
- Escucha hermano, ha llegado la hora de que te presente a una gente que está interesada en conocerte, me entiendes, ok.
En este momento nos vamos en mi taxi al departamento, para que les prepares tu especialidad, esa langosta a la termidor, que sabes hacer tan bien, ok.
Escucha, éste es el señor Leone, es un hombre que admira tu fuerza y tu habilidad y que quiere presentarte para con el resto de su familia, que de ahora en adelante también será tu familia. ¿No tienes familia? Ahora ya tienes familia. Una familia a quién rendirle cuentas y que te va a proteger y que tienes que proteger. Nunca más, entiendes, nunca más vas a estar desamparado, ok.
Escucha hermano, ok. Sólo tienes que preparar esa langosta a la termidor, como sólo tú sabes hacerlo, ok. Yo me encargo del resto, ok.
Entonces le llegó el turno de hablar a don José Leone y dijo:
- Eh, muchacho, yo te respeto y... ¿Oye Tommy, puedes bajar la velocidad, que nos vamos a estrellar, muchacho?
Tommy, iba grifote, manejando con los ojos enrojecidos mirando de un lado para otro, hasta llegar al departamento, que Paul Ditto les había regalado a Pick Up y Robin, para que lo convirtieran en gimnasio.
- He, muchacho, la cuestión es simple: tu primer trabajo como miembro de la familia Leone Miraglia, será pelear con un tipo de la penitenciaría, dentro de la penitenciaría, me entiendes, ok.
Un importante miembro de la familia, don Antonio Miraglia está dentro y como buen líder ha revolucionado el sistema penitenciario según la doctrina del filántropo inglés, sheriff del condado de Bedford, John Howard (1726 - 1790)
Para celebrar esta labor humanitaria se ha organizado una fiesta boxística, que ha durado varias semanas, ahora el campeón se va a enfrentar con un oponente de fuera, o sea, tú, me entiendes, ok.
Finalmente llegaron al departamento y subieron por el ascensor.
Dentro, lo estaban esperando los jefes, que estaban departiendo una charla con Paul Ditto.
De inmediato, Pick Up se puso a preparar su langosta a la termidor.
Puso en agua hirviendo las veinticinco colas de langosta, preparó en la licuadora la mayonesa, puso a hervir las papas y la zanahoria y en una olla aparte, puso a cocer el arroz. Mientras se cocinaba todo, e la radio sonaba la canción Forgets me nots de Patrice Rushen.
Pick Up, ahora, tenía dos familias: una, la de sus amigos, que lo eran todo para él; y la otra, con la que podría mantener a su primera familia.
En todas estas cosas pensaba Pick Up, mientras deshojaba y limpiaba, bajo un chorro de agua, una voluminosa lechuga, que luego puso a hervir en una olla con agua.
Cuando todos terminaron de comer, Pick Up fue presentado por Paul Ditto:
- Señores, éste es el muchacho extraordinario del que les hablé...
Johnnie Pick Up, el ayatollah del rock and roll...
- Estuvo muy buena la cena, mijo –dijo Tony Accardo, mientras se limpiaba la boca con una servilleta.
Una de las características de Tony era su generosidad y agradecimiento. Tony tenía éxito en la vida porque sabía dar las gracias a quienes trabajaban bien para él, no era el tipo de empresario que sacrificaba cruel y desatinadamente a sus colaboradores.
Un maletín repleto de dinero le estaba esperando a Pick Up. Tony se esforzaba por demostrar su agradecimiento.
Cuando Tony le apretó la mano a Pick Up, éste sintió como si el apretón fuera de un hombre débil, una mano de viejo, pero de pronto aquella flácida mano se convirtió en una garra que no le soltó la mano, se la retuvo y de inmediato le dijo:
- Pelea como lo has estado haciendo ahora y todo saldrá de maravilla, chico, ok.
La mano de John Milano era rígida, casi tensa, perfumada, pero también sudorosa; la mano de Nick Civella era, también, una mano de viejo, pero poseía unas uñas largas y diabólicas y mientras tenía la mano de Pick Up entre las suyas, se ajustó bien las gafas para poder verlo bien. La mano de Al Leone, era como apretar la mano de un boxeador, fuerte y como de piedra, la mano de Esteban Miraglia era flácida y escurridiza como la de un intelectual universitario.
Estos hombres eran los dueños de medio mundo y ahora miraban a este cocinero, que era una máquina mortal en el boxeo patada, y Pick Up podía sentir sus miradas sobre su espalda, que lo calibraban, que lo examinaban.
Pick Up había encontrado la felicidad junto a Mary Jo, y al tenerla lo tenía todo. El entorno era una explosión de armonía y esperanza. Johnnie reía por dentro. Pick Up vivía en su propio departamento, las cosas habían mejorado al punto de llegar a entrenar sólo para las peleas importantes. La mayor parte del tiempo, se la pasaba en la playa cazando la ola más grande y mejor formada. Se pasaba remando y remando y subiendo y bajando las todo el tiempo.
Mary Jo iba de aquí para allá, moviendo graciosamente las caderas y comportándose como si fuera la dueña y señora de aquella cuevita de amor. Mientras se desayunaban en la radio sonaba una canción de John Cougarth:
This time I really thing I’m love… I’m love…
This time I thing I’m really in love…
Era un espectáculo gracioso ver a esta pequeña asiática caminar desnuda y calzada con un par de tacones por todo el departamento. Cuando Mary Jo se ponía alegre, encendía la radio y escuchaba Everybody have fun tonight de los Wang Cheng y aquel departamento se volvía una casa de locos con la música a todo volumen en medio del desierto de una Salinas solitaria y fuera de temporada.
El sol volvió a parecer con sus pequeñas lenguas calientes, que achicharraban la piel de los transeúntes. Las calles y veredas reflejaban el calor húmedo con enceguecedores brillos. Mary Jo necesitaba constantemente sentirse apoyada por Pick Up, estaban viviendo una luna de miel interminable. Aquella tarde en Salinas hubo una reunión sorpresa en el departamento de Pick Up. Todos los chicos se reunieron ahí y la presentaron a Mary Jo, como una nueva hermana o miembro de la familia Robin. Comieron torta de almendras, escucharon las canciones de los Carpenter’s, Mary Jo y Pick Up bailaron un bolero con la canción I keep forget de Michael McDonald como si estuvieran en la Infinity y luego bebieron cerveza los hombres; vino rosa, las mujeres, y cuando ya estaban bien borrachos, refinaron con algo de marihuana y al final se fueron todos y dejaron a los dos tórtolos juntos.
Claudia estaba un poco celosa de Mary Jo, pero, después de una buena conversación con Pick Up en la cocina, se dio cuenta que él la necesitaba y que ella era super buena gente.
Mary Jo ahora trabajaba los fines de semana en parar su boutique –salón de masaje, que le había regalado Pick Up.
Ella hablaba con el arquitecto, barajaba números, el trabajo era agotador y la decoración de la boutique tenía que ser excelente porque la gente de la playa se la enganchaba en un cincuenta por ciento con la primera impresión, ya que, generalmente, el dinero era lo de menos.
Todo esto era cuando Johnnie no la secuestraba y se la llevaba a la playa en forma imprevista para convertirse en una sacerdotisa del sexo porque era increíble lo gigante que era la necesidad sexual de Pick Up.
Pronto Mary Jo empezó a encontrar deliciosas esas horas de viajes interminables en la carretera; el repiqueteo arrítmico de las olas, lamiendo la orilla de la arena, la línea serpenteante del asfalto, los ceibos retorcidos aquí, carcomidos allá, el monte seco, que parecía cubrirlo todo. Era una vida de ensueño, de paisajes psicodélicos y maravillosos atardeceres bien amariguanados. Una vida plácida, que se encontraba con la calma, la quietud, una vida suspendida en el tiempo al borde del mar. En la noche Salinera, el viento, la oscuridad, la calidad de la gente todo conspiraba para quitarle las manecillas al reloj del tiempo y convertirlo en un reloj de arena.
El entrenamiento de Johnnie, consistía en remar y remar, coger olas y estar metido en el agua todo el tiempo. Esperaba que Neptuno le enviara olas sobre las que él pudiera deslizarse unas veces felizmente y otras había que soportar unas gigantescas mamarusas, que le caían encima y lo aplastaban contra el fondo.
Con el tiempo, Pick Up se compró una camioneta Volkswagen, le instaló un techo descapotable y por dentro la convirtió en un departamento ambulante. Ahora, con esta pelea en la penitenciaria y con su secreto ingreso a la familia de los Leone Miraglia y de los primos del Norte, todo parecía someterlo a intensas presiones psicológicas. No podía fracasar. Nadie sabía cuantas sumas de dinero cambiaban de manos gracias a los resultados de las peleas en aquella época loca.
Pick Up salía a regañadientes, por las mañanas, a trotar por la playa. Toda la mañana no veía más que arena, arena, arena, espuma blanca, espuma, troncos secos arrinconados por la marea, olas verdes, azules, grises, más arena y plantas del desierto.
Después regresaba, cogía la tabla y empezaba a remar, remar y remar sin parar de la orilla hasta el punto de quiebre, de ahí, se iba remando hasta el otro punto de quiebre, atravesando todo el océano, que bordeaba la costa, luchando contra fuertes corrientes, remolinos que lo chupaban como agujeros negros.
Muchas veces, Mary Jo lo acompañaba a trotar por las mañanas, pero caía rendida en alguna esquina de la playa y Pick Up la tomaba en brazos y la llevaba caminando de vuelta al Volkswagen. Otras veces, mientras Johnnie iba remando de una punta de quiebre a la otra, Mary Jo lo iba acompañando, a pié por la playa.
Parecía que ambos no podían estar separados, uno del otro, por mucho tiempo. Esa era la forma en que Pick Up se entrenaba en Engabao.
Había momentos, en que no se entendía para nada, la redacción en estas memorias de Pick Up. Había que desentrañar su pensamiento con pequeñas conversaciones y entrevistas con sus amigos o amigas y comparar lo escuchado, con lo que Pick Up había querido garabatear con la pluma en la mano.
LA FAE BEACH
Desde la orilla Mary Jo miraba aterrada como la tanda de olas de tres metros se sucedían unas tras otras amenazando tragarse a su hombre, desapareciéndolo, en los fondos abismales del océano. Pick Up, remaba y subía y subía, por las interminables paredes de agua y cuando cruzaba del otro lado, caía pesadamente, recibiendo en la cara el rocío del labio de la ola.
Divisé la ola que estaba esperando. Era un gran desafío para mí, representaba todo lo que mi futuro me deparaba y para lo cual no me sentía seguro de poder afrontarlo tan fríamente como Tommy. Esa ola debía conquistarla y conquistaría el dominio de mi vida.
Y entonces remé y remé, luego mi brújula personal, me indicó que me volteara y que me fuera con la ola. Cuando sentí que los pies me levantaban hacia arriba, me paré para sentir aquella fuerza que tiraba de mí con tabla y todo, hacia abajo. Me deslicé en una sola quilla por en medio del voluminoso y acuífero tubo. Mi espalda casi rozaba la pared de agua y su mano iba sumergida en la pared de la ola, para darle algo de equilibrio. Cuando llegué a la orilla, fui saludado por Mary Jo, que se abría paso entre rojos cangrejos y blancas gaviotas.
Todas las mañanas era lo mismo, remar y remar, hasta no poder dar ni una brazada más. Salía a la orilla, me sentaba sobre la tabla y disfrutaba de atardeceres naranja, que se fundían apocalípticamente en unos púrpuras bajo el nivel del mar.
Tommy estaba echado en la cama aquella mañana. Tenía una fuerte fiebre y las mandíbulas le bailaban y traqueteaban al son de los escalofríos.
El doctor le diagnosticó blenorragia en la garganta. Alguna puta le debió contagiar gonorrea mientras la mamaba. Marie lo cuidaba y le leía a Virgilio, Pick Up volvió a la playa para hacer compañía a su amigo y escuchaba medio despierto, medio dormido, a la negra Marie que le leía a su hombre:
- ‘...mientras así se lamenta, la tempestad, rugiendo bajo el empuje del aquilón, golpea de frente su vela y levanta las olas hasta las estrellas. Los remos se quiebran, la proa en ese momento gira y ofrece a las olas el flanco de la nave; se echa encima una escarpada montaña de agua...’.
Tommy carraspeaba y se revolvía en la cama, sudoroso, insomne, arropado hasta el cuello, el rostro pálido. Se sentía como el espectador de una mala película de suspenso. Su vida se debatía entre las revueltas olas de la fiebre, acaso coqueteaba con la muerte.
Sonó el teléfono y Tommy habló con Alejandra. Ahora Marie y Alejandra se turnaban para cuidarlo, bañarlo, prepararle las sopas y las gelatinas, administrarle los antibióticos, atender el teléfono, cambiarle las compresas, lo atendían como a un niño.
Todo era factible, para el líder benigno, de una banda de chicos que se sentían agradecidos, por los favores recibidos incondicionalmente. El dolor en la garganta latía e hincaba dolorosamente.
Y tragar saliva, equivalía a pasar un gato por el gazñete con las uñas afuera. En la penumbra del cuarto nadaban afilados rayos de luz, que se escapaban de los filos de las persianas.
En eso Tommy recibió la llamada que estaba esperando. Marie se la pasó como la cosa más natural.
De pronto Tommy les ordenó a las chicas que lo ayudaran a vestirse y Marie protestó, que enfermo como estaba, adónde podía ir en ese momento y que...
Tommy la hizo callar con un gesto imperioso y le dijo a Pick Up que se preparara para llevarlo a una cita importante.
Se encontró Robin con José Leone y le explicó el plan. Había algunas cosas que entre los miembros de la familia Leone Miraglia no se mencionaban por teléfono, le explicaba Robin a Pick Up.
Cheché era un tipo, que a primera vista, parecía divertido con sus buenos modales, su sonrisa peremne en el rostro, sus trajes bien cortados y elegantes. Era un chepo de las finanzas y el brazo ejecutor de Esteban Miraglia, el testaferro de la mayoría de sus inversiones totalmente legales.
Ahora, Cheché tenía la misión de hablar, de conversar y persuadir a este gran tonto, a este cabeza cuadrada, a este torpe vagabundo de presidente de la Comisión Anticorrupción, para que saque sus apestosas pezuñas de las operaciones de los Leone Miraglia.
A Pick Up, Cheché le parecía un ser repugnante con sus trajes y sus perfúmenes y sus cadenas.
Para Carlos Emilio Borja, la ética, la frugalidad y la moral era lo que diferenciaba los hombres civilizados y bien pensantes con los animales, que traficaba con drogas, prostitutas, máquinas de juegos, asesinatos políticos, extorsiones, secuestros y quién sabía cuanto más estaba tras de todo eso.
Cheché, con su corbata de colores, lo alaba y le decía que el futuro se presentaba colosal, que había tanta fortuna para los que escuchaban razones, etc.
Después de hablar y hablar, Cheché sólo consiguió que su interlocutor le dijera:
- Si me está tratando de seducir y atraer a su lado, sepa que yo creo únicamente en el castigo ejemplar para los que son como ustedes. No seamos hipócritas, señor, miembros de su banda junto con el criminal Antonio Miraglia a todos los voy a meter en la cárcel. Allá, reunidos todos, se encontraran a gusto entre los demás animales.
Cheché, al darse cuenta de que lo habían mandado a volar, se excusó y salió del restaurant para ser interceptado por un hombre con walkie talkie y le dijo:
- Me mandaron a volar.
El hombre se puso la radio en la boca y le preguntó a Robin, que se encontraba en la acera de enfrente del restaurant:
- ¿Oíste, muchacho?
Robin salió de una Chevrolet robada y todavía convaleciente de la gonorrea en la garganta, caminó con una kalashnikov en la mano, entró al restaurant, se tiró el subfusil a la cara, apuntó al esternón del caballero honesto y paladín de la justicia y jaló el gatillo.
Carlos Emilio Borja abrió los ojos mientras sentía que se le cortaba la respiración y que su garganta y pulmones se inundaban de sangre.
Cuando el presidente de la Comisión Anticorrupción estaba tirado en el piso, aún, se acercó Robin, le apuntó a la frente, y volvió a jalar el gatillo, en medio del griterío de los comensales, que no sabían si correr o quedarse ajenos ante lo que estaban viendo.
Luego salió, con el mismo paso de enfermo convaleciente, con que había entrado.
El sol despuntó con inusitada energía y los huesos de Tommy dejaron de estremecerlo por el efecto de los antibióticos, que Alejandra le administraba, bajo prescripción médica.
Afuera, se escuchaba los gritos de los chiquillos, que jugaban a pelear con patadas sobre el DOJO de Robin.
Un par de ellos se habían calzado unos guantines y se habían quedado sólo con los shorts y las tobilleras y estaban luchando mientras se apretaban en un candado al nivel del cuello.
Los ayudantes de la mecánica, entraban y salían, para recoger una firma, para hacer una consulta y todo ese ajetreo la sacaba de quicio a Marie.
El gato de la casa se acostaba sobre el respaldar de un mueble y bostezaba.
Tommy le pidió a Alejandra, que le pusiera su programa preferido: Starsky y Hutch.
El sol se volvía a ocultar sobre unas espesas y etéreas nubes de color gris.
En el hotel, bar de streap tease y restaurant EL MONO JADEANTE, Renzo Leone estaba festejando y miraba el show de Amanda que bailaba desnuda bajo los acordes de la canción Undercover Angel de Alan O’ Day. Ella se movía con exquisito ritmo de caderas y sus piernas las abría y las cerraba mientras se deslizaba por el tubo de manera pedagógica para enseñarle todos sus trucos a Terina, que la miraba a la maestra boquiabierta.
EL KUMITE PENITENCIARIO
Finalmente llegó el gran día del Kumite penitenciario.
Tommy, ya restablecido, recogió a Pick Up, junto con José Leone que iba a su izquierda.
Mary Jo decidió quedarse en casa.
Cada vez que masajeaba a Pick Up, era testigo de los efectos de los golpes y tenía que trabajar duro para disolver una hinchazón, un moretón, una cortadura o un coágulo.
En la penitenciaría, Johnnie fue presentado, como invitado de honor al líder, Antonio Miraglia un pez gordo calibre 38, hermano mayor y brazo armado de su hermano Esteban.
Johnnie había leído, algún que otro libro, de Mario Puzo y quiso darle una buena impresión a don Miraglia, así que cuando estuvo frente al duro de la península, hincó una rodilla, tomó la mano del viejo y mientras se la besaba le dijo:
- Bacia tu maní. Y depositó un beso respetuoso en la mano de Miraglia.
Antonio se mostró impasible y le pareció algo cómico ver a este irlandés tratando de comportarse como un siciliano, pero por dentro estaba conmovido, en estos tiempos nadie mostraba respeto a menos que se le pateara el trasero o que se lo apuntara en la cabeza con una pistola.
José Leone se le acercó al joven Pick Up y le dijo al oído:
- Me aseguré que las apuestas estén en tu contra, así que no puedes perder. No lo termines tan rápido, para que el jefe disfrute la pelea, pero no te confíes, que este tipo pelea por su honor y seguirá luchando hasta ver sangre, ok.
- De acuerdo, dijo Pick Up.
Cuando estuvieron, frente a frente, el convicto se le acercó y le dijo:
- Cuídate, aniñado, que hoy te meto el guante por el culo.
El árbitro los separó y dio la orden de empezar.
Durante el primer round, ambos contrincantes hicieron fintas de estudio.
Pick Up se percató de tener al frente a una clase rara de peleador callejero y él había visto a muchos de su clase en los cuadriláteros de box del Camal.
Cobarde, astuto y criminalmente despiadado. Cuando el convicto se le fue encima, con una andanada de cruzados, Pick Up se hizo a un lado y mientras el convicto estaba de espaldas, Johnnie le propinó un guantazo en la columna. El golpe era ilegal y el árbitro lo amonestó. Pero Miraglia le dio la orden al árbitro de no volver a entrometerse en la pelea hasta que alguien quede soñado.
Los siguientes rounds, se caracterizaban por una actitud agresiva de parte del convicto, que mostraba tener un físico impresionante y Pick Up que, giraba y giraba, alrededor del cuadrilátero al estilo de Hector MACHO Camacho.
En un momento dado, en que el convicto empezaba una nueva tanda de golpes cruzados, Pick Up lo detuvo en seco con un upper con la izquierda y un cruzado con la derecha.
Los rounds se seguían, unos a otros, y el convicto perseguía a Pick Up, que retrocedía alrededor del cuadrilátero, para responder con dureza de vez en cuando. Cada vez que el convicto creía que lo tenía acorralado, Pick Up le propinaba una golpiza de bajo hacia arriba y de lado a lado y lo dejaba tan desconcertado, que no atinaba a comprender este estilo de pelea.
En el último round todo el panorama cambió completamente.
Desde el inicio, la pelea se caracterizó por el choque espectacular entre los dos púgiles. El convicto tiraba golpes y Pick Up devolvía sumergiendo a los convictos y a su rey, Antonio Miraglia, en una orgía de sudor y sangre.
Cuando el convicto ya no podía más empezó a darle codazos en el rostro de Pick Up y cuando el árbitro quiso parar la pelea se detuvo ante una orden del pez gordo calibre 38, Antonio.
Pick Up empezó a devolver los codazos y los dos se partieron el rostro. El convicto en la ceja y Pick Up en el pómulo. Cada golpe del convicto, era devuelto por Pick Up, con la misma fiereza, pero más fría, más calculadora.
Cuando el convicto daba muestras de cansancio se abrazaba de Pick Up y éste, para sacudírselo, lo agarraba de la cintura y lo proyectaba contra el piso.
A estas alturas, el árbitro ya había salido del ring, la pelea había finalizado en el cronómetro, pero por orden de Miraglia no acabaría, hasta que uno de los dos, quede fuera de combate.
Esto ocurrió en un momento en que nadie lo esperaba. Todos estaban pendientes de la pelea sin reglas y, tal vez, hasta el mismo Antonio Miraglia, habría apostado en contra de Johnnie.
En un momento de descuido, Pick Up, se le acercó como un tigre al convicto, que mostraba signos de fatiga y le metió un tremendo guantazo de cruzado en el corazón.
Todo había acabado.
El pez gordo calibre 38, José Leone, estaba como loco y se abrazaba, saltaba y gritaba, junto a Paul Ditto y Robin. Todos reían y hasta las lágrimas se les escurrían por los ojos.
Los chicos se fueron a celebrar el triunfo de Pick Up a Montañita.
...- 0 -...
Johnnie Pick Up murió a los veintitrés años. Rodaba por las calles a toda velocidad sobre una moto. Salía de la boda entre Tommy Robin y Marie. Se pasó varia señales de rojo y a la tercera fue embestido, y el cerebro se le salió de la cápsula óstea. Las memorias fueron encontradas por Mary Jo y entregadas a mí, para que las termine.
fugaz, confuso, incógnito, terriblemente temporal como la vida y la felicidad.
ROMINA
Linda mujercita/a pesar de todo siempre me dices que sí/y aunque eres un completo desastre/no sé porqué te adoro tanto/contigo soy libre/para pensar/para sentir/para amar/por eso siempre vuelvo a ti/a besarte las manos/a saborear tus labios/a entregarme en cuerpo y alma/a todos tus encantos/dulce, dulce anarquista del pensamiento/que, misteriosa e inexplicablemente asistes/ a un templo evangélico/no comprendes/que por tu intelecto/se te está vedado contemplar el rostro de Dios/Romina por las noches/sufro mucho tu ausencia/me estremezco cuando de pronto/tu imagen y el recuerdo de tu voz/invaden mi pensamiento/cuando no despierto a tu lado/cuando estoy lejos caminando en el desierto/Romina, es tu recuerdo/mi cordura y mi salvamento
Danni logra decirle adiós a su padre
ALUCINACIONES
Bueno es mentir si merece la pena, pues a mi parecer el que miente y el que dice la verdad van entrambos al mismo fin de atender a su provecho. Miente el uno porque con el engaño espera adelantar sus negocios; dice la verdad el otro para conseguir algo, cebando con ello a los demás para que le fíen mejor sus intereses. En suma, con la verdad y la mentira procuran todos su utilidad; de suerte que creo que si nada se interesara en ella la gente, todo este aparato de palabras se lo llevaría el aire, y tan falso fuera el hombre más veraz, como veraz el más falso del universo.
HERODOTO
Una de las cosas que se aprende en el desierto es que el tiempo es un reloj sin manecillas, es como leerse una novela de Carson McCullers o un libro del profesor Kenneth Galbraith, el tiempo transcurre imperceptiblemente. Las mañanas son frescas, casi frías, pronto los muchachos se metían en el agua y calentaban sus cuerpos, las tardes pasaban rápidamente entre las gigantescas olas y el frenesí deportivo y pronto llegaban las horas mágicas y surrealistas del crepúsculo. Aquellas maravillosas caídas de sol convertían a los muchachos en vibrantes testigos del mejor espectáculo de la Tierra. Todo el desierto parecía recibir el impacto de un sol que al tiempo que lo calcinaba lo sumía en las más tétrica oscuridad.
El aguaje de San Mateo llevaba ya tres semanas de continuo oleaje. Danni y Pava Loca habían experimentado un cambio: sus cuerpos habían eliminado las grasas innecesarias y ahora eran pura fibra. Hasta Claudia había perdido peso, pero aquella grasa pequeño burguesa se había convertido en formidables curvas, llenas de erotismo. Claudia se había convertido en la mujer de los dos. Satisfacía tanto a Pava Loca como a Danni, y a veces a los dos al mismo tiempo. Era como la Marylou de Jack Kerouac en su novela EN EL CAMINO, pero era una Marylou más atrevida, más sincera, más amorosa, ¿tal vez estaba enamorada de los dos al mismo tiempo?, nadie lo sabía.
Aquella noche de Enero del 72, los tres chicos saboreaban su última lata de chancho con menestra. Pava Loca le preguntó a Danni:
¡Bueno!, ¿y ahora qué diablos hacemos?, ¿nos regresamos?
Bueno, todavía hay olas, ¿no?, si estamos desesperados, sólo nos queda un último recurso…
¿Y cuál es ese recurso?-preguntó Claudia-.
Bajemos del cerro del cementerio y visitemos a mi tía Rina…
¿Vive aquí?
Al final de la playa, por estas épocas sabe venir a pasar sus días.
¿Y por qué no fuimos desde el principio?, ¡oye hace rato que estoy hostigada de comer comida enlatada…
No esperaba que las olas duraran tanto…
Entonces Danni citó mentalmente un pensamiento del profesor John Updike: el sufrimiento, la abstinencia, la esterilidad, las dificultades y carencias forman parte indispensable de la educación, de la iniciación podría decirse, de todos los que quieren seguir a Jesucristo. Pero pronto apartó aquellos tristes y falsos pensamientos, productos de la insolación y del desierto; producto de una filosofía de esclavos, resignados a su tragedia histórica como los primeros cristianos sacrificados cruelmente por Nerón. Él no era Jesucristo y no creía en nada de esas cosas. No estaba en aquel inhóspito lugar para probar que era el hijo de Dios ni para resistir ninguna tentación diabólica, sino que había venido a correr olas y a pasarlo estupendamente junto a sus amigos. ¡Qué manera de pensar en cosas absurdas!, pero no lo podía evitar. Desde la muerte de su padre se tomó en serio el asunto de tratar de leer todo lo que estaba en aquella Biblioteca, en ser un excelente alumno y en terminar aquel bachillerato de manera segura y brillante. Pero nunca se imaginó que tendría que pagar un precio, que todo aquel conocimiento se le enredaría en el cerebro, que los autores de aquellos libros dirigirían su vida mental, que de un momento a otro ellos saldrían a la luz y le demostrarían el camino de un mundo ideal, donde las ideas luminosas tendrían siempre el control. Danni vivía en el mundo de las ideas de la misma manera que su padre muerto.
Entonces ocurrió algo tremendo. Los chicos escucharon un ruido tremendo, algo apocalíptico y al asomarse a ver qué pasaba vieron una gigantesca muchedumbre, que subía la loma con antorchas y completamente loca y enfurecida.
-¡Chispas!, ¿qué rayos pasa allá?
Y al mismo tiempo se producía una estampida y un alboroto en el bar de streap tease, que estaba colocado más allá del cementerio. Los hombres gritaban, las bailarinas abrían la boca, toda desencajada e insultaban, luego pedían ayuda…
Cuando los chicos volvieron a ver, tenían toda la muchedumbre encima de ellos, pero pasaron por entre ellos, que se quedaron congelados de terror, e iban presididos por unos policías, completamente asustados, pálidos y traumatizados, que no podían parar la multitud. Lo que ocurría era que las mujeres de los pescadores, hartas de que sus maridos se gastaran toda la plata en el bar nudista, se rebelaron, se han envalentonado, se han organizado y ahora le van a tumbar el quiosco a las putas y luego les van a prender fuego.
Pava Loca en medio de aquella multitud, lo primero que pensó, al ver que se acercaban, fue en salir corriendo y salvar la vida internándose en el desierto, pero cuando vio que la cosa no era con él, EN MEDIO DE TODA AQUELLA MULTITUD CON POLICIAS Y TODO, se prendió un grifo y se lo empezó a fumar delante de todo el mundo, como si el honorable Congreso Nacional hubiera legalizado la yerba de un día para otro.
Claudia, toda temblorosa le decía.
Oye, Xavier, qué te pasa, ¿acaso estás loco?
Danni se cagaba de la risa de manera demencial, simplemente no podía creer lo que estaba viendo con sus propios ojos.
PAVA LOCA FUMANDO YERBA DELANTE DE TODO EL MUNDO Y DELANTE DE LA POLICIA.
Pero la cosa iba en serio.
La masa de gente enardecida, le cayó encima al Chongo, rompieron las ventanas, tumbaron las puertas, y finalmente, le prendieron fuego a todo el local. Se armó un verdadero bate royal.
Era el caos, el fin del mundo. Las bailarinas y las putas salían despavoridas, medio desnudas y medio locas de terror e impotencia por la puerta de atrás y se iban corriendo, internándose en el desierto, gritando como locas.
Las mujeres de los pescadores, como locas histéricas, gritaban y aullaban, dando grandes alaridos de victoria, blandían con sus brazos fuertes las antorchas purificadoras. Todas estaban vestidas de negro. Era una conspiración y una conjura demencial.
Los policías pedían la calma y la vuelta a la cordura, y a duras penas ayudaban a las bailarinas y a los borrachines rezagados a salir del chongo, que se quemaba íntegramente, arrojando llamaradas de varios metros de altura.
Pava Loca, Danni y Claudia se quedaron alucinados al presenciar aquel fuego, aquella combustión purificadora.
Al fondo del desierto una treintena de mujeres semi desnudas y con el cuerpo muy tatuado, dejaban de correr y se sentaban en la arena, nerviosas, agitadas, confusas, dementes. Todo parecía la reunión de unos buitres en espera de alguna carroña para saciar su hambre.
Cuando todo acabó, los chicos decidieron ir a darle una vuelta de visita a la tía Rina de Danni.
Caminaron hasta el final de la playa y al fondo divisaron la gran mansión de madera. La preciosa señora se encontraba de vacaciones en su residencia. Ella había hecho mucho dinero durante la presidencia de Eisenhower, hasta que una deficiencia cardíaca le impidió al gran General seguir en la Casa Blanca. Incluso la tía Rina de Danni se hizo fiel compañera de golf de Ike. Y siempre se jactaba de quedar admirada de la gran resistencia de aquel viejo. Caminaba y caminaba, incansablemente, por aquellos campos, empujando incansablemente, la pelotita hasta terminar todos los hoyos. Tal parecía que Ike se pasaba todo el tiempo jugando golf en vez de gobernar a la nación más poderosa de la Tierra.
Les salió a recibir su fiel mayordomo, y les hizo pasar a los chicos a la recepción. Después de un rato bajó la noble señora y saludó con un beso en la mejilla a Danni.
Ella le reclamó su alejamiento de la familia. Y luego le dijo:
Ojalá no hayas salido como tu padre que era un ermitaño, un ser bastante antisocial. Ven, te voy a enseñar algo. Aquí tengo unas fotos de tu padre cuando era niño y fue portador de aros en mi matrimonio. Acá está sentado en las rodillas del rey de California: John Milano. Recuerdo muy bien lo que él le dijo:
¡Pero qué niño tan bonito!, ¿cuándo vienes a visitarme a mi rancho, pequeño señorito?, te tengo una linda chica rubia para ti… Esas fueron sus palabras. ¡Tu pobre padre!, nunca supo adaptarse a este mundo, su reino era el de las ideas. Tal vez si hubiera nacido allá, habría podido ser feliz y próspero, un escritor respetado y reconocido como un pilar de información para la sociedad. Tu padre siempre fue norteamericano y corrupto.
¿Y corrupto?
Sí, ¿apuesto cien dólares a que nunca te contó cuando, junto con sus amigos: Toro Loco, Pelele, Pollo Roto, Miko Loco y Eddie Sugar, estafaron a unos importantes intermediarios de arroz, diciéndoles que eran dueños de una piladora, les enseñaron una muestra de excelente arroz flor y luego les vendieron, carísimo, ochocientos sacos de arroz del Estado, de pésima calidad, que estaba destinado para ser repartido entre los pobres?, ¿verdad?, tuviste que haberlo visto, sacándose la madre en la bodega clandestina del vendedor de huevos de Eddie Sugar, cambiando los sacos del arroz del Estado por los sacos nuevos con que iban a estafar a esos pobres diablos.
¿Usted leyó su libro, DEMOCRACIA Y LIBERTAD?
No, pero sí escuché toda clase de comentarios, y los que más me impresionaron fueron los que calificaban a aquel libro de irreverente, obsceno, en lo que respecta a la mezcolanza que hizo con aquellos poemas, seguramente, para imprimir cierto atractivo juvenil a su dislocada ideología neoliberal. ¿quieren nadar en la piscina?
Todos dijeron que sí.
Aquella piscina le trajo un borroso recuerdo a Danni. Su padre le había comentado que en aquella casa, cuando él era pequeño y estaba de visita, había saltado el muro que los separaba de los vecinos, y que se había internado en aquel cesped hasta que unos perros salchicha lo sacaron corriendo despavorido, por el nerviosismo perdió pie y se cayó y se sintió desmayar cuando lo alcanzaron los diminutos canes.
La señora en traje de baño negro, se recostó en una silla plegable, de color blanco y se quedó ahí, tranquila, tomando el sol.
Claudia no paraba de mirar la piel delicada y bella de aquella dama. Parecía la piel de Cleopatra, que nunca envejecía por sus baños diarios con leche de burra o algo así. El rostro mismo de aquella señora le parecía egipcio, enigmático, de una belleza insondable, era casi como el de una diosa egipcia. La Nefertiti retratada magistralmente por Norman Mailer.
Danni y Pava Loca al fin lograron refrescar su piel torturada por el sol, la arena y el sudor en aquella agua dulce y fresca. Al fondo del salón, el mayordomo había puesto la radio, y de aquel instrumento, salían las notas de una canción de Barry Manylow, la estrella rutilante de LAS VEGAS. La señora ordenó que le trajeran el televisor y al encender la pantalla, sintonizaron canal dos, donde pasaban el show cómico de Carol Burnett. En aquel episodio, aparecía toda guafachoza, con un cubo de agua y un palo para trapear pisos, y se dedicaba a mantener un monólogo muy gracioso sobre las ridículas paradojas de la vida laboral de una mujer proletaria de New York.
Danni le preguntó a la tía Rina:
Disculpe la molestia, tía, ¿pero tiene algo de comer?
La comida en esta casa hay de sobra y hasta para regalar, pero hijo, está completamente congelada, tendrán que esperar a que se prepare todo.
Y con un tono imperioso de emperatriz rusa, le gritó al mayordomo, que preparara un buen guiso para Danni y sus amigos, y que haga suficiente por si querían repetir.
Cuando Danni se encontró frente al jugoso y humeante guiso de chuletas y huevos revueltos, su mente proyectó un pensamiento de DH Lawrence: obedecer al instinto más profundo es nuestro destino.
Danni, Claudia y Pava Loca devoraron con hambre atrasada aquellas chuletas de cerdo ahumadas con huevos.
Ella les preguntó:
¿Qué hacen por acá?
Estamos corriendo olas, las olas no paran de llegar a la orilla, pero ya se nos ha acabado la comida y el dinero.
No se preocupen más por eso. Sólo tienen que venir y pedir. Yo me siento terriblemente sola y aburrida, aquí. La compañía de gente joven me hará bien- afirmó esto último con el gesto majestuoso de una reina austro-húngara-.
Con todos los problemas logísticos solucionados, los chicos volvieron al cerro del cementerio a sentarse frente a sus carpas y extasiarse frente al maravilloso espectáculo que ofrecía el mar rayado por las ondas que terminaban agónicamente en la orilla de San Mateo.
Claudia dijo:
Se nos acaba la yerba.
Eso no es problema-dijo Pava Loca-, yo tengo un par de mugas por ahí en mi mochila, sólo tendremos que ajustarnos y fumar agujitas.
Esas agujitas para lo único que sirven es para surfear más cool y acostarse a dormir.
De pronto los chicos vieron en la playa, la figura solitaria de Iván, que caminaba con la majestuosa solemnidad de un monje Krsna.
Claudia lo llamó y el chico hizo visera con la mano, los divisó y empezó el ascenso de la montaña.
Iván era un dato fuera de serie. Su vibra era muy dulce, una persona noble, estaba hambriento, pero prefería someter su cuerpo a la tortura y la renuncia antes que dejar su playa preferida. Después de que se había instalado les dijo a los chicos:
¿Quién quiere acompañarme a bucear?, me muero de hambre y estoy dispuesto a cazar una tortuga, apuñalearla, descuartizarla, beberme su sangre y sobrevivir…
A Claudia, aquella idea le pareció repugnante y primitiva, de alguien que estaba fuera del mundo civilizado, pero no dijo nada y se recostó entre sus dos hombres.
Pava Loca y Danni se miraron el uno al otro y la idea les pareció interesante y nueva. El mundo no sería más que un asilo para ancianos sin las experiencias nuevas y el conocimiento añadido que proporcionaba el ímpetu, la ambición y el hambre de poder de la juventud. La juventud siempre lo revolucionaba todo, desde los catorce años hasta los veinte el joven poseía una fuerza física arrolladora, casi divina, por su mente no pasaba la idea de la muerte, el dolor o el sufrimiento. Pero el destino juega con los hombres como conejillos de indias, unos vienen al mundo en la más extrema pobreza y otros con una cuenta de crédito multimillonaria en el banco, unos nacen con estrella y otros estrellados; todos luchan contra el destino sin darse cuenta: contra una enfermedad terminal, un hijo amado y perdido en la droga, la vejez o la pobreza. Ni Zeus podía detener el destino de los hombres, Casandra de Troya podía ver el futuro, pero no podía cambiarlo. Muy pocos tenían la suerte de vivir una niñez feliz y despreocupada porque pronto el destino los enfrentaba contra el horror y la brutalidad de la lucha por la supervivencia del más apto.
Se incorporaron y acompañaron, barranco abajo, a su loco amigo y cuando éste se terminó de colocar el equipo de buceo, se metieron al agua.
Aquellas profundidades, de color jade, eran casi transparentes. Las rocas parecían mecerse de un lado para otro, pero todo aquello se trataba del efecto que producían las algas adheridas a las rocas. Aquellos abismos azules, intimidaban, peces raros y con rostros monstruosos asomaban sus caras, apareciendo de pronto de entre las brumas azules y gélidas de las profundidades. La naturaleza en Manta es grande, todo grande. De pronto Iván se lanzó en picada, profundidad abajo para arrancar del fondo arenoso y rocoso una gigantesca langosta. Regresó con aquel animal, cogido de las antenas y se lo puso en las manos de Pava Loca. Luego salió a la superficie, respiró con el snorkeer y volvió a sumergirse y esta vez fue a por una tortuga de buen tamaño. Se le acercó al confiado y dócil animal, y le asestó una puñalada mortal en el cuello con su cuchillo de buceo. Entonces salieron jadeantes a la playa. Pero Danni retenía en la mente la muerte y el sacrificio de aquel animal: estaba manchado de sangre.
Cuando volvieron a subir la loma, encontraron a Claudia, recorriendo las tumbas del cementerio, recogiendo palos y basura para quemar y hacer una fogata. Pava Loca, mucho más diestro en aquel asunto, se metió en el desierto bíblico y empezó a recolectar buena leña.
Cuando finalmente consiguieron encender un buen fuego, Iván tenía envueltos en pequeñas ramas puntiagudas, pedazos crudos y sanguinolentos de tortuga y langosta, que de inmediato los puso a asar. Aquella escena se asemejaba a un sacrificio de los antiguos para sus dioses del Olimpo. También tenía un gran vaso repleto de sangre de tortuga. Después de ofrecérselo a todos y de ser rechazado por todos, se lo bebió él de un solo trago y sin respirar.
Claudia sentía que se le revolvía el estómago. A Danni se le vino a la mente una cita de Jack Kerouac: que claramente nos damos cuenta de cuándo nos estamos volviendo locos; la mente se sume en el silencio, físicamente no ocurre nada, la orina se acumula en la vejiga, las costillas se contraen.
Los tres fueron testigos de un asesinato y de un acto salvaje contra la naturaleza. Su amigo Iván se había comportado como un Caín contra la naturaleza. Grifotes como estaban, después de pasarse uno de los últimos porros de yerba que le quedaban, alucinaban a Iván como si fuera un primitivo homínido, devorando aquellas piezas de carne humeante, medio asadas y medio crudas, un poco sanguinolentas. Todo aquel asunto era absolutamente demencial. El método primitivo de comer con las manos era un ritual antropológico, Iván era para los ojos alucinados de aquellos chicos un subhumano, un sobreviviente, sus dientes y muelas trituraban aquella carne que iba a parar a sus intestinos para darles calor, fe, ¿valor?
Claudia sentía que se estaba volviendo loca y no paraba de mirar a sus compañeros de manera interrogativa, movía la cabeza en busca de auxilio para su cordura, tratando de arrancarles con la mirada alguna palabra que aclarara todo aquel asunto.
Cuando finalmente Iván se hartó, se arrellanó sobre la arena y se apoyó contra una mochila y les dijo a los chicos:
¿Alguna vez han probado PEDRO?
No.
Yo tampoco.
Le tengo miedo a esos experimentos-dijo Pava Loca-.
Sólo basta unas gotitas y todo reventará en sus cerebros, ¿quieren probar?
Déjame verlo-dijo Claudia-.
Iván rebuscó en su mochila y sacó un pequeño frasquito, color púrpura, el color de la locura. Parecía aquellos frascos donde se guardan caros perfúmenes de la aristocracia guayaquileña. Y luego dijo:
¡Aquí está!, y abrió la tapita.
Pava Loca dejó caer en su lengua un par de gotas de PEDRO de aquella mágica pócima y luego se levantó y se fue caminando en dirección del desierto. Él dijo que si algo le iba a pasar, que sea en el desierto porque temía morir ahogado en el mar.
Danni y Claudia hicieron lo mismo y se quedaron sentados junto a la fogata, pero después Danni se encontró-sin saber cómo ni como había llegado allí-, dentro de la carpa junto a Claudia.
Mientras tanto Pava Loca se encontraba corriendo, desnudo, con los ojos desorbitados, errante por el desierto de San Mateo, escurriéndosele espuma por la boca. Iba y venía de un lado para otro, corriendo desnudo y a veces gritaba y soltaba unos alaridos demenciales, como si fuera un soldado de infantería embistiendo al enemigo, en plena batalla.
Danni no supo cómo ni en qué momento había dado a parar, con todos sus huesos, en la carpa de una bruja, que se hallaba en pleno desierto.
La bruja Alcira, le sostenía la mano, leía las líneas y le hablaba sobre su futuro. Palabras ininteligibles, que el efecto alucinante del PEDRO las hacían incomprensibles. De pronto la maga le metió la mano en el bolsillo del pantalón de baño de Danni y se metió en su cartera unos cuantos sucres. Después la mujer madura se empezó a desnudar, poco a poco, y se acostó en una hamaca confeccionada con redes de pesca y su rostro se relajaba entre una multitud de colores y entre una humareda que salía de un habano que se estaba fumando despacio.
Los ojos de Daniel –por el efecto de la droga-, podían apreciar cada detalle erótico de aquella mujer chola de piel color aceituna y ojos almendrados. Sintió entre las piernas una poderosa erección, que casi le hizo gritar de dolor y la vieja bruja también se dio cuenta de aquello. En la cabeza afiebrada por las alucinaciones se le vino un pensamiento que fue citado por Jack Kerouac: Dios tiene por norma hacer que nuestras vidas sean menos crueles que nuestros sueños. Entonces Alcira lo comenzó a llamar para que se acerque, en un lenguaje típico de los huancavilcas y ya perdido: el TALLAN, lenguaje extraviado en la memoria de los comuneros de la playa. Como Danni estaba paralizado por el efecto idiotizante del PEDRO, la bruja, que sentía las entrepiernas empapadas de deseo, se le acercó lentamente al joven surfista. Luego le metió la madura y hermosa mano entre los broches del pantalón y se lo sacó. El falo del muchacho estaba a punto de estallar. La bruja se quedó extasiada al ver el duro falo del muchacho, que goteaba por el éxtasis y de inmediato se lo chupó. Cuando la maga hubo saboreado, por un buen rato, la carne del muchacho, se le montó encima. Aquella jodienda con una mujer madura y excitada, todo sazonado con la droga, era algo inimaginable, de una dulzura exquisita. Aquella mujer chola gemía, se retorcía, casi lloraba y su sapote era una caverna, que chorreaba su esencia como una catarata que bañaba las carnes sudadas del muchacho. Luego la chola se puso en cuatro y le indicaba por señas a Danni, que la montara por atrás, que se le trepara entre las nalgas, la penetrara por aquel lugar estrecho, hediondo y prohibido, y la jodiera. Danni obedeció y la penetró con facilidad porque aquel templo también estaba empapado por el deseo, hacía una espuma fragante a olor de tripas con el sutil frotar de las carnes completamente irrigadas de sangre. Cuando ambos acabaron, la bruja se desentendió fríamente del muchacho y salió al patio para ducharse al aire libre con su maduro y grueso cuerpo desnudo.
Mientras tanto, Claudia estaba caminando como loca perdida por la playa, recogiendo caracoles, que en su mente afiebrada por el PEDRO, al tocarlos se convertían en mariposas multicolores, que volaban y volaban hacia más allá de las nubes, y luego, con todos ellos, logró llenar una gran funda y se los llevó a la carpa; llenó un perol con agua, recogió leña, encendió fuego, un fuego chisporroteante, casi divino, antiguo y sagrado como las ruinas de la vieja ATENAS, luego cocinó un poco de arroz y lo mezcló todo. Junto a ella se sentaron Sócrates, Heráclito, Anaximandro, Pitágoras, Diógenes, Epicuro y otros sabios y le hablaban el incomprensible lenguaje de los muertos. Toda aquella noble, original y primitiva sabiduría pasó por sus oídos, por su piel irritada por las quemaduras del sol; instruyéndola, asesorándola, abriendo su mente en diferentes direcciones. En su loca cabeza estaba preparando un plato de alto nivel gastronómico: arroz con caracoles, pero en realidad aquella bazofia estaba cocinándose de la manera más rudimentaria, sin aliños, ni sal y todo realizado a la maldita sea. De pronto, Claudia se ha cansado de tanto trajín, se ha hostigado y se ha metido dentro de la carpa. Allí se encontraba cuando de repente Pava Loca entró de un salto, desnudo, con todo el cuerpo repleto de arena y le ha caído encima, el impacto ha sido tan fuerte que a la pobre Claudia se le ha partido la boca por el bestial cabezaso del muchacho.
El golpe la dejó turulata y sin ganas de decir palabra alguna y a duras penas emitió un débil quejido. Mientras Pava Loca se le quitó, pesadamente, de encima y se ha acostado a un lado a dormir. Llevaba por lo menos cuatro horas ininterrumpidas de vuelo y de correr como caballo loco por en medio del desierto.
Casi al anochecer llegó Danni. Cuando arribó al campamento fue testigo de una procesión fúnebre en la que iban a depositar un cadáver en una fosa previamente excavada en el cementerio cerca de donde se encontraban acampando.
Sin decir nada, Danni se les unió a la procesión y recordó cuando tuvo que vivir la muerte de su padre, y hasta en ese momento, tuvo la loca idea, muy clara y precisa, de que el muerto que iban a enterrar en aquel cementerio de San Mateo era, precisamente, su padre. Danni caminaba detrás del féretro y escuchaba los lamentos de la familia, el llanto de los niños y de la esposa de aquel pescador.
Finalmente la procesión se detuvo junto al hueco excavado en la tierra y el sacerdote dijo unas cuantas palabras:
Hermanos nos hemos reunido aquí para darle el último adiós a este pobre pescador: polvo eres y en polvo te convertirás. Fuiste un hombre íntegro y viviste una vida larga, ahora ha llegado el momento de descansar. Adiós Sebastián, paz en tu tumba.
Y luego empezaron a bajar con resignación el sarcófago al hueco, su morada final. Los sollozos, los quejidos y los lamentos de la viuda, sus familiares y sus hijos menores, se hicieron más agudos, más prolongados, casi quebraban el ambiente caluroso con aquel dolor, pero de pronto una gran brisa marina refrescó aquel lúgubre ambiente de dolor, quejidos lastimeros y lágrimas.
Danni quería gritar…, decir algo…, todo pasaba demasiado rápido para que él lo comprendiera, para que él lo pudiera controlar y asimilar. Se estaba quedando sin padre, no lo volvería a ver nunca más, aquel ser que amó se convertiría en materia en descomposición, líquidos apestosos, una cosa innombrable.
De pronto, despertó, se dio cuenta, había despertado, se percató que aquel muerto no era su padre, que su padre ya había muerto hace años y se alejó del grupo de gente y se fue para el borde del precipicio donde estaba la carpa. Cuando llegó, encontró entre las cenizas de un fuego casi apagado, una olla de arroz con caracoles y le pareció un plato exquisito, un manjar de dioses. Empezó a coger con la mano pequeñas pociones de arroz con pedacitos de caracol y empezó a comer y le pareció que aquello estaba salado y sin sabor, pero no pudo detenerse, no podía detenerse, comía y comía de aquel menjurje, como si tuviera un hambre atrasada de varios días. Cuando hacía pausa, era para poder masticar y buscar con los ojos, un poco de agua para pasar el bulto de comida que tenía entre los dientes y las muelas. La noche se les venía encima a los chicos y el crepúsculo, rosado y púrpura, los sorprendió a los tres metidos en la calurosa carpa. Nadie había sabido nada de la vida de Iván, que era el hombre que había empezado toda aquella jornada de alucinaciones.
SAN MATEO EN MAREA BAJA
Si llega un momento en que uno no puede decir lo que piensa, entonces debe perderse en lo más profundo del bosque y dejarse morir en una choza.
Jack Kerouac
Cuando los chicos se despertaron, cada uno tenía su propia experiencia, archivada en los más profundos anales de sus cerebros, y sus propias conclusiones, de aquel viaje en PEDRO. Claudia estaba con el labio hinchado y partido, su estómago le ardía por el hambre, había salido de la carpa y sus pupilas se resentían por el efecto de los incipientes rayos de sol, le ardía tremendamente la piel por haberse expuesto excesivamente al sol y quería ver el mar, su rugido intermitente era un llamado salvaje para ella y no lo podía resistir; Pava Loca estaba con todo el cuerpo lleno de arena, quemado por el sol y adolorido, sus músculos triturados por el esfuerzo demencial de correr por todo el desierto, y Danni había soñado toda la noche con el entierro de su padre, el dolor de su madre y la sorpresa e interrogante perenne en el rostro de su pequeño hermano. Recordaba:
¿Dónde está papá?
Afuera el mar bramaba por sus respetos.
Pava Loca buscó en su mochila un traje de baño de repuesto, se lo puso, enceró su tabla y se metió al agua. Remó y remó hasta llegar a la punta. Las olas continuaban llegando, pero más finas, más peligrosas, más hueco era el descenso en marea baja. Estaba solo. Al rato se le unió Danni y juntos esperaban en silencio la llegada de las olas. Era todo lo que había que hacer…esperar el verano, bello, interminable, imposible de olvidar y de vivir sin él. El verano se había convertido para ellos en una puerta para entrar y conocer todo tipo de libertades, todo tipo de gente y culturas, unas más raras y peculiares que las otras. Su mundo se iba expandiendo, las fronteras se derribaban e iban más allá de la ciudadela Urdesa o del barrio del Miramar.
Al fondo, cubierto por una densa neblina, se empezaron a divisar las líneas que surcaban el mar. Al fin venían las olas. Pava Loca se dirigió a su encuentro y empezó a meter los brazos en la fría agua. Danni lo siguió, de mala gana y juntos se volvieron a posicionar en la punta de quiebre.
Cuando llegó la primera tanda, Pava Loca se fue en aquella ola, trepándose en aquella gigantesca masa de agua con la destreza de un gato callejero. La bajó, pegándose, muy elegantemente a la pared, y tubeándose de inmediato. Fue un tubo largo, el tubo de una ola de cuatro metros en marea baja.
En la playa, Claudia era un mudo testigo de aquella proeza, de aquella exhibición de extraordinario equilibrio.
Más atrás venía Danni, cortando la ola radicalmente como Cheyenne Horan, al tiempo que le daba la espalda a aquella pared de agua.
Claudia no había desayunado aquella mañana, y se le antojaban unas chuletas ahumadas con unos huevos revueltos y un buen vaso de jugo de naranja. Pero todo lo que la rodeaba en aquel momento era el desierto infinito, seco, caliente, aquel pobre y anónimo cementerio, la playa con aquella arena amarilla, y las olas donde se recreaban sus amigos. Claudia sentía que había vivido tanto, tanto, que era como si todos los siglos del mundo le hubieran caído encima, su pelo se había vuelto blanco, sus dientes se habían podrido y caído, su rostro bello se había quedado lleno de surcos que la hacían una mujer diferente e irreconocible, el peso atómico de las estrellas la sofocaba, la belleza de las constelaciones la mareaba, todo parecía una exposición fílmica de un documental astrofísico de Carl Sagan. Todo un sistema solar habitaba en su cuerpo, hecho de polvo estelar, y todo aquel milagro se acabaría con su muerte, su desintegración final. Todo se desintegraría de manera inmediata, con el fin de su existencia material. Nada quedaría para el recuerdo, sólo este pobre testamento. Su vida sería rescatada, como un fragmento enterrado en la arena del desierto, como un tesoro arqueológico, a donde se llega después de descifrar un complicado pergamino lleno de jeroglíficos ininteligibles, salvo para los expertos.
Cuando Pava Loca llegó a la orilla, volvió a remar en dirección a la punta y lo mismo hizo Danni. El mar helado, el esfuerzo físico y la concentración necesaria para bajar aquellas olas gigantes de cuatro metros, les había hecho olvidar que tenían hambre. Nada existía en sus mentes, salvo la necesidad de volver una y otra vez a desafiar a la muerte, montando aquellas colosales masas de agua fría, salada y verde. Su pasado no importaba, no existía filosofía alguna que lo justificase, su presente estaba absorbido por las circunstancias peligrosas, y en aquel momento, estaba prohibido pensar. Para Danni los libros contenían todo el conocimiento del mundo y en aquel desierto de San Mateo, había tenido una revelación que lo conectaría con su padre de una manera mucho más íntima, pero nunca podría volver a hablar con él, a escuchar su voz, a sentir sus caricias. Esto era lo que le proporcionaba mayor dolor. Aquella ausencia, aquel vacío infinito lo volvía loco de rabia. Era la misma sensación de frustración que sintió cuando su padre lo abandonó temporalmente para irse a vivir en una casa de reposo en Cuenca. Danni se trastornó y sufrió mucho porque pensaba que su padre lo había abandonado porque ya no lo quería. su carácter se volvió violento, ingobernable y terco. Su salud se resintió mucho con aquella fiebre reumática y a duras penas su organismo logró soportar las dolorosas inyecciones de aquel polvo blanco que le suministraban. Cuando Danni regresó al hogar de los Pulido, sufrió un desvanecimiento que asustó de muerte a todo el mundo y los doctores dijeron que ya no le inyecten más aquel polvo blanco porque el niño estaba casi sin glóbulos rojos. Su padre estaba loco de furia contra Penélope, pero cerró la boca, comió mierda y no dijo nada, porque él estaba de regreso en un hogar casi destruido.
Sólo cuando Danni surfeaba podía dejar de pensar en el pasado y de citar frases de los muchos libros que había leído. Este deporte era lo único que le proporcionaba el olvido indispensable para seguir viviendo con cordura, sin dolor reprimido en silencio. Gigantescas gotas de agua salada le salpicaban la cara cada vez que pasaba por encima de una pared de agua, tras otra, remando para llegar al punto de quiebre. De pronto, Danni sintió algo extraño que lo rodeaba, como si de su tierno cuerpo se desprendiera un aura. Era como una presencia, un espíritu, ¡era el alma de su padre!, que vivía en él se separaba de él…¿se liberaba?, se elevaba por el aire hasta el infinito, y recorría toda aquella punta de quiebre, volviendo a mirar todo desde un punto de vista celestial. Entonces, en aquella inmensidad, entre aquel infinito mar, en medio de aquel mar turbulento, adentro, hundido de agua hasta los hombros, rodeado de gigantescas y peligrosas olas, Danni le dijo adiós a su padre.
ARENA AMARILLA
FUEGO Y HIELO
Unos dicen que el mundo terminará presa del fuego,/
otros dicen que del hielo./
Por lo que pude aprender del deseo/
me adhiero a los que hablan a favor del fuego./
Pero si tuviera que perecer dos veces,/
creo conocer lo suficiente de la ira/
para decir que la destrucción por hielo/
también es estupenda/
y bastaría
Robert Frost
GRADUACION Y EL VIAJE A SAN MATEO
Y ha habido también otros a quienes el Señor ha mostrado todas las cosas, y las han escrito; y han sido “selladas”, según la verdad que está en el cordero, para aparecer en su pureza a la casa de Israel en el propio y debido tiempo del Señor.
Libro de Mormón
Tal vez, si Dios existe, sea tan amplio que pueda parecerle distinto a cada uno.
Graham Greene
Sí, usted sufre, pero usted debería amar su dolor, porque es el dolor de Cristo.
John Updike
Finalmente Danni Pulido, obtuvo el título de bachiller en Ciencias Filosóficas en el LICEO NAVAL, con una brillante tesis, más cercana a la literatura que a la filosofía, titulada: FRAGMENTOS ENTRE SALINAS Y ALMENDROS L 14: UN ENCUENTRO CON SAUL BELLOW Y JOHN UPDIKE. Mientras se acercaba a su madre y a su hermano para posar para la foto, se le vino a la mente un pensamiento de PASCAL:
El proceder de Dios que dispone todas las cosas con dulzura es comunicar la religión al espíritu por las razones y al corazón por la gracia. Pero quererla imponer en el espíritu y en el corazón por la fuerza y por las amenazas, no es llevar allí la religión, sino el terror, terrores potius quam religiones…
Ya habían pasado tres años desde el asesinato de su padre Joey, y su ausencia era un dolor, una herida, que todavía no había cicatrizado completamente. Danni se sentía robado, le habían quitado el placer de ver envejecer a su padre amado. Extrañaba a su dulce padre y siempre recordaba aquellas palabras tan suyas, que le decían:
Danni, nosotros somos pobres, no tenemos nada. No puedes ir al colegio a perder el tiempo en clase. Al menos pon atención en las clases y no pases todo el tiempo distraído y conversando. Como hombre pobre mi consejo es lo único que puedo dejarte como herencia, además de la biblioteca de tu abuelo, ¿sí sabes que te amo?, ¿sí sabes que yo sólo vivo por ti y tu hermano?
Así que pasó el tiempo y Danni seguía sin darle importancia y seriedad a la vida. Pasaba los años y terminaba los cursos por inercia, pero lo que en verdad lo distraía era el surf, el karate y el fútbol. En una ocasión tuvo un accidente en el colegio y se le dobló el tobillo de manera dramática hasta provocarle un trauma con hemorragia interna y provocarle una dolorosa hinchazón. Danni no podía creer lo que le había pasado y mientras se bañaba se preguntaba con risa histérica: ¿por qué me tuvo que pasar esto a mi?, ¿por qué me tuvo que pasar esto a mi? Desde entonces su padre le obligó a usar apretadas tobilleras para jugar fútbol o para practicar boxeo tai.
Al igual que su padre, eran los deportes lo que en realidad lo apasionaba.
Entonces ocurrió el asesinato de Joey, padre y todo cambió para el joven Pulido, que tuvo que madurar de golpe.
Ahora tenía dieciocho años y posaba junto a su madre y su hermano para la foto, en la que aparecía con el diploma en las manos.
Había quedado de acuerdo con su madre, que después del colegio tomaría unas cortas vacaciones en la playa. Viajaría, mientras que su madre Penélope y su hermano Joey, jr, se quedarían en casa.
Cuando llegaron a su hogar, su abuelo lo recibió muy contento, y hasta con lágrimas en los ojos. Él había prometido no hablar de su hijo para que el joven Pulido pueda recordar a su padre en silencio, en las fotos de la casa, pero no quería que aquel recuerdo se convirtiese en una herida profunda y purulenta. Y sin embargo recordó cuando junto con su esposa celebraron la graduación de Joey, señor en IDEPRO como asistente de contabilidad.
Su anciana abuela, ahora completamente ciega, estaba feliz de aquel logro. Con el carácter de Danni, siempre tan distraído, nunca tuvo muchas esperanzas de que terminara el bachillerato. Pero pronto se desanimaba y a duras penas lograba sofocar un sollozo causado por la ausencia de su hijo. Danni era tan parecido a Joey, mientras que Joey, jr era la fiel copia de Penélope, aunque en ocasiones sorprendía a todos con su vena de inteligente locura, particularmente similar a la de su padre. Tenía el mismo tipo de sangre de la madre de Pulido, y los huesos de la cabeza tenían la misma forma que los huesos del cráneo de la madre de Pulido. El niño tenía tendencia a tener un carácter áspero como el de la madre, pero la ternura de la abuela y el amor como la miel siciliana de Pulido lo fueron educando en el mundo de los buenos sentimientos, de las ideas nobles y altruistas, de la misma forma que Danni. La familia Pulido se caracterizaba por ser la típica clase media de gente extremadamente buena y noble. En el mundo de los Pulido valía más ser buena persona que una persona muy inteligente porque una persona cruel e inteligente consigue mucho éxito en la vida pero siempre termina sacrificando las cosas más bellas y nobles de su humanidad. Era lo que se llamaba vender el alma al diablo.
Pronto toda la familia estaba reunida en torno a la mesa y todos estaban hambrientos, pero también tenían miedo de pronunciar el nombre del difunto. Penélope entraba y salía de la cocina con la comida, la torta de chocolate y las cervezas heladas.
Celebraron aquella feliz ocasión con mucha conversación sobre el futuro, que también significaba el final de una etapa de la vida del joven Pulido y el comienzo de otra. Una etapa llena de desafíos intelectuales, su memoria se pondría a prueba una y mil veces, sus conocimientos serían revisados por sesudos profesores universitarios, su conducta sería analizada, toda su vida privada sería inspeccionada, cualquiera no podía pasar el filtro académico para ingresar al selecto círculo de la educación superior.
Penélope había renunciado a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, tras el asesinato de su esposo, y ahora se dedicaba a trabajar de secretaria de una importadora de vehículos. Siempre analizaba a los clientes mucho más allá de simples seres humanos, era como si indagara en sus almas, en sus secretas vidas privadas y cuando notaba alguna actitud negativa se lo adjudicaba al demonio y se le venía a la mente una cita del libro de Mormón:
Ni tampoco observaban las prácticas de la Iglesia, de perseverar en la oración y suplicas a Dios diariamente, para no entrar en tentación. O si no recordaba esta otra, cuando el individuo o la mujer en cuestión, mostraban cierto defecto de carácter:
Y así vemos el fin de aquel que pervierte las vías del Señor; y así vemos que el Diablo no amparará a sus hijos en el postrer día, sino que los arrastrará aceleradamente al infierno.
Llevaba los asuntos administrativos, y de vez en cuando, lograba vender un carrito. Con aquella comisión que le pagaban, más el millón de dólares por el premio de la sociedad POSSI, que recibió su difunto esposo por su libro DEMOCRACIA Y LIBERTAD, y más la ayuda de los padres de Pulido, lograba sacar la familia adelante. Pero de todas formas el dinero se iba volando. Había que pagar las cuentas de agua, teléfono, luz, el gas, los malditos impuestos prediales, la empleada que hacía las cosas que la anciana y ciega madre de Pulido ya no podía realizar, la lavada de la ropa, la comida semanal, los gastos de la educación de los chicos y finalmente los gastos para la salud cuando se enfermaban de la garganta o contraían fiebre. A Danni durante un corto tiempo le diagnosticaron barro en la vesícula y arenilla en los riñones por no tomar suficiente agua y comer mucha comida chatarra.
El padre de Pulido mantenía su rutina de siempre, y trataba de olvidar toda aquella desgracia familiar saliendo por las noches y encerrándose en diferentes Casinos, para jugar, ganar dinero, sentir la adrenalina de la victoria o el estrés y la pesadumbre de la derrota. Pero lo importante era mantener la cabeza alejada del recuerdo del hijo amado, prematuramente desaparecido, desgraciadamente e impunemente asesinado. Durante el día pasaba acostado viendo la televisión, esperando alguna noticia, que lo sacara del constante aburrimiento o escuchaba música mientras se ponía a revisar sus códigos y leyes. Si tan solo su hijo se hubiera dedicado a la práctica del DERECHO, en vez de la filosofía política, ahora estaría aquí vivo y disfrutando de su familia, pero tenía que haber salido a su madre, loca e idealista, aferrado a esa maldita ideología neoliberal, ¿para qué le había servido todo aquello?, ¿para qué le había servido leer tantos libros y pasarse todas las noches escribiendo si ya no podía disfrutar de su familia, muerto y enterrado como estaba?, todo era una desgracia, su tonto hijo nunca logró comprender que en este pequeño y miserable país, para los costeños pensar y escribir es algo, que sólo se le es permitido para los que le lamen en culo a los serranos y a su detestable orden centralista. Irse contra todo eso era algo suicida, era como colocarse frente al paredón de fusilamiento; pobre Joey, tanto tiempo desperdiciado, tanta inteligencia derrochada inútilmente, tanto fracaso y sufrimiento económico. Debió emigrar a Estados Unidos y no emprender una lucha en solitario, en completa desventaja, contra un sistema que en una ocasión él mismo la calificó de DERECHA GUAYAQUILEÑA ROJA y LA MALDITA DEMOCRACIA SANGUINEA. ¡Pobre!, ¡qué triste era todo!, tenía que dejar de pensar en todo aquello y resignarse, sí, tenía que resignarse, tenía que asimilar la derrota y la insufrible pérdida.
Sus hijos crecían sin que les falte ropa, medicina o un plato de comida, pero él se daba cuenta que resentían la ausencia de su padre, sus sabias, pero también confusas palabras, sus caricias que siempre les hacía cosquillas.
Joey, jr nunca supo lo que en realidad había pasado. Sólo sabía que su padre ya no estaba. Aquel vacío lo expresaba con un comportamiento verdaderamente rebelde e ingobernable, que sacaba de quicio a Penélope y a Danni. A veces le pegaban hasta tres veces al día. A veces Danni perdía la paciencia con su hermano cuando éste le borraba alguna información importante de la computadora. Todo parecía indicar que el pequeño Joey, jr sólo se sentía bien cuando estaba junto a sus abuelitos, pero a veces, hasta a ellos los sacaba de quicio y tenía que irse a su cuarto. Joey, jr sabía muy adentro de sí, que nadie sino su padre lo comprendería, que él lo único que quería era jugar y jugar hasta el cansancio para olvidarse de que su padre ya no estaba. De que ahora su padre sólo era el recuerdo expresado en una fotografía pegada en la refrigeradora, junto con las fotos de otros miembros muertos de la familia: la tía Mayiya, la tía Elbita, la tía Gladys, la abuelita Rosita, el abuelo Edison.
Penélope hacía todo mecánicamente, trataba de olvidar y llevar una vida normal, y a veces se interrumpía para atender el teléfono, hablaba con sus viejas amigas de la Iglesia, daba consejos, nunca se dejaba entrampar en discusiones teológicas ni quería saber nada de regresar al templo, luego volvía a sentarse en la mesa, a pasar las viandas de comida, beber un trago de cerveza y conversar con la madre de Pulido. Toda aquella celebración gastronómica se realizaba bajo los balsámicos acordes de la canción Heartlight de Neil Diamond, el cantante preferido del abuelo de Danni.
Danni miraba el reloj. Estaba impaciente por que termine todo aquel asunto. Tenía que ir en bicicleta a la casa de Pava Loca, para luego ir en la camioneta de éste a recoger a Claudia y de ahí a la libertad…San Mateo.
Penélope se daba cuenta de la impaciencia de su hijo mayor, se alegraba por dentro, en realidad le daba las gracias a todo el mundo por que no mencionaran el nombre de su esposo. Ella pasó por un momento de gran desasosiego y depresión con todo aquel asunto. Por las noches se veía arrodillada en el aeropuerto, con los brazos llenos de sangre, sosteniendo la cabeza reventada de Joey. Otras veces se veía caminando por las calles de Urdesa, desnuda, mugrosa, envuelta tan solo por una sábana, llena de vergüenza y desesperación, y sin saber adónde ir o a quién pedir ayuda. Entonces se despertaba llena de espanto y recordaba una cita del libro de Mormón que decía: Sí, ¿por qué no dejó caer la espada de su justicia sobre nosotros y nos condenó a la desesperación eterna?, luego, lloraba y lloraba muy bajito para que sus hijos no se despierten. Pero Danni se enteraba de lo que le pasaba a su madre y entonces él también dejaba escapar una lágrima porque al final de cuentas su madre sí amó a su padre. Porque el odio y la guerra, comenzó, cuando su padre le levantó la mano a su madre, de eso estaba seguro. Y también estaba seguro que su padre siempre se había arrepentido de aquel fallo en su juicio.
Cuando Danni estuvo listo, se despidió de todos con un beso en la frente y lo abrazó con mucha ternura-igual que su padre-, a su joven hermano. Él también quería ir, pero, imposible, era muy pequeño todavía. Siete años menor, Joey, jr, siempre sería muy pequeño para poder salir con él.
Danni recordaba cuando su padre le enseñaba karate y boxeo tai y Joey,jr siempre miraba desde lejos, sentado en una esquina del DOJO. Danni tenía que golpear a su padre y perseguirlo, hasta que el peso de los guantes de box lo dejaban sin oxígeno en los pulmones, y luego cuando ya no podía más, tenía que retroceder, tratando de defenderse de la andanada de golpes que su padre le propinaba al cuerpo con patadas de media vuelta y frenéticos golpes de puño. Lo peor eran las patadas de su padre, que pateaba como mula. Su padre siempre le decía: que no se ahuevara ante la dureza del combate, y que mostrara más fiereza frente al contrincante, que correspondiera a la fuerza con mayor fuerza, que confiara en él, ya que su padre no era un improvisado sino un maestro.
Pronto Danni se metió en la ducha, se cambió de ropa y se fue en su bicicleta por el camino polvoriento a la casa de Pava Loca, que quedaba en los arrabales tras el centro mismo del malecón de Salinas. Mientras se alejaba del hogar de su amada familia, se le vino a la mente una cita de Jack Kerouac:
¿Qué se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano hasta que se convierte en motitas que se desvanecen? Es que el mundo que nos rodea es demasiado grande, y es el adiós.
Mientras iba por el camino veía toda clase de surfistas, que deambulaban por el malecón, o por los restaurantes para tratar de comer algo antes de regresar a la playa. Las chicas andaban patinando en trajes de baño, con gafas verdes y cintillos para el sudor en la cabeza.
El viento helado de la brisa marina, refrescaba el rostro de Danni, que era atacado por el impacto del sol desértico de la playa. Un sol que moría lentamente mientras se acercaba a la tierra, bañándola toda de color rojo. Las caídas de sol le recordaban a Danni la muerte de su amado y dulce padre. Cuando moría el sol, el recuerdo de su padre moría poco a poco con él. Y de pronto se le vino a la mente un pensamiento de Jack Kerouac:
Lo que anhelamos durante nuestra vida, lo que nos hace suspirar y gemir y sufrir todo tipo de dulces náuseas, es el recuerdo de una santidad perdida que probablemente disfrutamos en el seno materno y sólo puede reproducirse (aunque nos moleste admitirlo) al morir.
Cuando llegó al restaurant MAR & TIERRA, dobló a la izquierda y se metió por los polvorientos arrabales rumbo a la casa de Pava Loca. En su camino veía pasar las pizzerías, los pequeños antros de máquinas de ping ball, los puestos de alquiler de libros y revistas, las casas de los millonarios, que celebraban el fin de año con música de Frank Sinatra, Johnnie Matis, Carpenters, mientras se bebían sendos vasos de whisky con hielo y se asaba la barbacoa en la parrilla. Todos esperaban la hora de la comida para servirse una parrillada de mariscos a la sevillana.
Danni también pasó por diferentes surf shops, donde, a precio módico, alquilaban tablas de surf de balsa, foam u otros materiales sintéticos, para los novatos, niños de ocho y nueve años que querían aprender a montar olas en Paco Illescas, Chuyuipe, EL MIRAMAR o Shit Bay.
Cuando llegó a la casa de Pava Loca, Danni parqueó su bicicleta en las vallas de madera blanca y entró por el estrecho y desgastado caminito de conchas, para luego bordear por la derecha, la vieja y olímpica casa de madera hasta llegar al cuarto del servicio doméstico. Ahí estaba Pava Loca, acostado en la cama, recién bañado con jabón de Rosas, mirando en canal dos, una película de John Wayne sobre los boinas verdes en Viet Nam. Pava Loca se reía a carcajadas, completamente grifote, de algo que para Danni era una devastadora acción de guerra nocturna, en medio de la selva, con un pocotón de chinos comunistas que se les venían encima para aniquilarlos. ¿Por qué se reía Pava Loca?
Cuando Danni llegó, se sentó en el suelo del estrecho cuarto, junto a la cama y cogió el porro de yerba, que estaba a medio quemar en el cenicero color jade, lo encendió con un fósforo gallito y le dio tres pitadas, nada más. Entonces se le vino a la mente un pensamiento de PASCAL:
No es bueno estar demasiado libre. No es bueno estar lleno de necesidades.
Pava Loca le dijo:
- ¡Al fin llegaste!, ¿ya estás listo?, me parece que tu tabla tiene un pequeño hueco debajo de la punta. Le estuve chupando y creo que salió algo de agua salada.
- ¿Por qué estás viendo es mierda de película de guerra?, ¿acaso te gustan esas pendejadas militares?
- En otra vida yo fui raya-le contestó Pava loca-.
- ¿Oye?, ¿eso que suena no es el teléfono de tu casa?
- Sí, seguramente es Claudia, que está loca, que jode para saber si ya llegaste y que cuándo la vamos a ir a ver.
- ¿Y cuándo la vamos a ver?
- ¿Ya te fumaste lo que quedaba de esa yerba?
- Más o menos.
- Entonces ya vámonos.
Pava Loca se levantó de la cama, se desperezó, se puso las sandalias, apagó la televisión, apagó la luz y salió del estrecho cuarto junto a Danni. Acomodaron las tablas, envueltas en sus forros, en la parrilla del techo del auto y se treparon en la camioneta para ir a ver a Claudia.
Mientras lo hacían, conversaban sobre San Mateo y la cara que puso Perico, cuando se quedó pasmado en la corona de una ola salinera de cuatro metros. Luego conversaban sobre la cantidad de faranduleros y hippies, cuyo número iba cada vez más en aumento y que llenaban cada rincón del malecón de Salinas y de sus arrabales.
Por las noches, Salinas se transforma en una ciudad luz, llena de bullicio, gente que se desplaza entre las sombras, mochileros, niñas lindas de familias bien, que salían a vacilar el richie patín en el Roller Vito. Toda clase de locura se podía ver por ahí.
Cuando habían recorrido dos cuadras, salieron a la esquina de Pingüino’s y ahí estaba parada con una pequeña minifalda y un straplle, Claudia, furiosa.
¡Al fin!, ¡yo pensé que se había ido a San Mateo y me habían dejado tirada!
No me hagas tanto drama, y venga, meta su precioso culo junto a mí-dijo Pava Loca-.
¡Estás chiflada!, es de pura suerte que pasamos por aquí, ¿por qué no nos estás esperando en tu casa?-dijo Danni-.
¡Les juro que yo pensé que ya se habían ido y que me habían dejado tirada!, ¡qué bacán, nos vamos a San Mateo!, ¡pero no e felicitado a mi brigadier, recién graduado!, ¡a ver un beso!, mua, mua, mua…
Bueno, bueno, todo eso está bien, pero ¿conseguiste la yerba para el viaje?
No, eso tenemos que irlo a ver a la vuelta de la casa de Estefanía.
Entonces vamos para allá-dijo Pava Loca-.
Danni Pulido miraba, a través de la ventanilla de la camioneta de Pava Loca, todo el paisaje nocturno de la loca Salinas. Y nuevamente, se le venía a la mente una cita de PASCAL, que decía: la sensibilidad del hombre para las cosas pequeñas y la insensibilidad para las grandes denota un trastorno extraño.
Los mochileros, los vendedores de boyas, los vendedores de canelazo empujando sus carretillas, los vendedores de algodón de azúcar, los que alquilaban pequeñas escopetas, para que los clientes les disparen a unas cajitas de chicles y diferentes recuerdos, todo, todo, su pasado, su presente y su futuro se encontraba en Salinas; aquella pequeña ciudad se había convertido en una especie de ciudad de LAS VEGAS-latinoamericana, en chiquito como alguna vez lo fue Cuba bajo la dominación de Batista.
Cuando llegaron a la casa de Estefanía, Claudia se bajó y subió las escaleras de madera, y toda agitada, tocó dos veces el timbre. Adentro se escuchaba la música de la banda de los Comodores, que tenía de vocalista a Lionel Richie. No había luces adentro sino que todo estaba iluminado por románticas velas.
Al final abrió la puerta Lucho, un surfista pesado de Chuyuipe en marea alta, que era el enamorado de Estefanía.
¿Está Estefanía?-dijo Claudia-.
Ya viene se está vistiendo.
¿Tú eres la amiga que se va a Manta?
Sí. ¿Tú sabes si se demora mucho?
No, ya sale.
Ola, pelada, ¿ya estás lista para el trip?
Necesitamos ese asunto del condimento para el viaje, tú sabes.
Ah, ya, espérate que ya vengo.
Y bajó las escaleras, pasó junto a la camioneta de Danni y Pava Loca, y se metió por entre unas vallas desvencijadas de madera y desapareció de la vista de todos, en medio de la oscuridad de la noche.
El viento arreciaba, a lo lejos se escuchaba el sordo retumbar de las olas sobre la orilla, la noche era negra como la tinta.
Mientras tanto, Pava Loca y Danni esperaban en la camioneta y en la radio se escuchaba una canción de Leo Sawyer:
You make me feel like dancing…
You make me feel like dancing…
You make me feel like dancing…
De pronto apareció Estefanía con varios rollos de yerba y se los pasó a Claudia. Y ésta, feliz de la vida, regresó a la camioneta de Pava Loca. Las chicas se despidieron con un beso.
Pava Loca encendió la camioneta y se largaron de ahí.
El camino de regreso de LA LIBERTAD a Salinas era una carretera llena de luces de vehículos, que venían en sentido contrario. Pava Loca, antes de viajar, tenía que resolver el problema de recoger en LA PEÑA DE ROY, las carpas donde iban a dormir y algunos bidones de agua y ciertas latas de comida. Cuando llegaron a la puerta de proveedores, Pava Loca parqueó la camioneta y entró solo al local.
Cuando salió traía todo el equipo y una nueva idea: ya no quería ir a San Mateo sino que quería avanzar hasta Montañita, nada más. En la radio de la camioneta se escuchaba la canción LOTTA LOVE de Nicolette Larson. Claudia meneaba la cabeza y tarareaba la letra de la balada.
De pronto dijo:
¿Qué es lo que te pasa Pava Loca?, siempre eres así, primero dijiste que de regalo de graduación le ibas a dar a Danni un viaje a San Mateo para correr olas salineras de cuatro metros, y ahora te pasmas y quieres llegar hasta Montaña, más luego te fumas un grifo y no querrás saber nada del asunto y te contentarás con correr olas en la aburrida FAE.
La FAE no es un lugar aburrido para correr olas-le dijo Danni-, es un lugar peligroso…
¡Da igual!, lo que me cabrea es que este tipo nunca mantiene su palabra-dijo Claudia, señalando con el dedo a Pava Loca-.
Sí, cachorra, pero el asunto es que soy YO el que tiene que manejar de noche por todo la carretera desértica. ¿Comprendes?, yo solito, toda la noche.
Entonces, ¿por qué no nos quedamos a dormir en tu casa y salimos mañana temprano en la madrugada?-dijo Danni-.
Sí, hagamos eso-dijo Claudia-.
No, porque mis padres llegan mañana, y si me pescan en la casa, se me van a pegar como chicles-dijo Pava Loca-.
Entonces hagamos una fogata en Paco Illescas.
¿Por qué no vemos si podemos ir a dormir a la casa de Jaime?
Pero si eso no funciona, siempre podemos ir a tirar carpa a Paco Illescas, ¿no?
Entonces se pusieron en marcha y se fueron directo a la casa de Jaime. Pero cuando llegaron a la casa de Jaime se dieron cuenta que todo estaba cerrado y que no estaba su amigo. Aquella vieja y grande casa de madera donde se reunían después de surfear en EL MIRAMAR, para escuchar la música de Super Tramp o de Jackson Brown, estaba oscura y vacía, ¿llena de polvo?
Cuando iban de regreso se encontraron con Clavo, Chicle y Gino. Y ellos los invitaron a una fiesta RAVE.
Los nuevos protagonistas se treparon en la camioneta y les iban indicando a gritos el camino a Pava Loca por la ventana.
Pasaron por los arrabales de Salinas de un extremo a otro en medio de la más densa oscuridad. Un verdadero ejército de la noche, con rostros rojos por las quemaduras del sol, pasaban desfilando por la ventanilla de la camioneta.
Cuando llegaron, se encontraron con una casa de madera de tres pisos, que había sido decorada para la fiesta con globitos, serpentinas, harta cerveza, música electrónica como la Anything goes de DRIFTWOOD, pero también baladas románticas y rock and roll.
Aquella casa de madera de tres pisos parecía más bien el compartimiento de un gigantesco galeón de la marina colonial francesa. Después de subir los tres peldaños de la entrada, uno se encontraba con un amplio recibidor que desembocaba en una gigantesca escalera de caracol, que llevaba a los pisos de arriba, un descanso y otra pequeña escalera que conducía al tercer piso. Aquellos corredores estaban atestados de muchachos que deambulaban con cerveza en mano y chicas bonitas, tostadas por el sol y en zapatillas que parloteaban, se reían y deslumbraban a cualquiera con sus largas y rubias melenas. Muchas de ellas eran de la secundaria del Liceo Panamericano, las Mercedarias, el Alemán Humboltd, la Asunción, el Americano. Otras, ya graduadas, trabajaban en el banco del Pacífico, Sociedad General de Crédito, Holandés Unido, Filanbanco, de Guayaquil, Continental, de Préstamos, Territorial, o financieras como Factor del Pacífico, Finansur, y también habían universitarias de la Católica, de la Laica y de la Estatal. En aquella fiesta estaba reunido medio Guayas. La entrada era gratis y nadie controlaba nada ni nadie sabía quién la había organizado ni porqué. Aquí estaba reunida la crema y nata del surf guayasense: en una esquina estaba el enano Molina con Botero y Canessa, en otro lado estaba Pepón, Pera, Fosil y Carlos Xavier, más allá estaba el Che, los hermanos Piedra y los hermanos Velasco, por otro lado estaba Jeffrey con una botella de vino, Manuel Fernando y sus hermanos, más allá se encontraba el Camello, el TURCO y Damerval, la gente de Playas también estaba presente: Maleño, De Janon, Lenin, el GATO, Ormeño, Concalves, los hermanos Crow, Chispa, los hermanos Ordoñez y el cachetón Carreño. También se encontraban el grupo de los surfistas pesados del USO NAPOLI y de MAR BRAVO: Perico, Rosendo, Gustavo, Galleta, Jaime, el Mono, Iván, Chechi, Isósceles, la masa Valverde y Robert. Además estaban los super novatos de Chuyuipe: Manolo, Lucho y papaya Rodríguez y Grunauer. Además estaban los duros del Miramar Pablito y el FOX. Y no podían faltar los viejos Hernán, Insua, Galito y los hermanos Blue, Dapelo, Leonardo, Loco Huerta, Pinina, Ricky Plaza y Majo, que eran los habituales de LA FAE y Montaña. Danni Pulido al ver a toda esta gente recordó una cita de Saul Bellow: las playas sientan bien a los locos con tal de que no estén demasiado locos.
Pava Loca estaba hambriento, no había comido nada desde el desayuno. Cuando él y Claudia divisaron una bandeja con ensalada, se lanzaron encima y empezaron a devorar las hojas de lechuga, los rábanos con los pepinos y los pequeños cuadraditos de queso. Danni observaba asombrado como se metían en la boca grandes porciones de ensalada y se la pasaban con abundante cerveza Pilsener.
Danni sintió en el hombro el toque de una mano femenina y cuando se volteó se dio cuenta que era Andrea, la chica más sexi de Salinas y junto a ella estaba su hermana Elizabeth.
¿Quieres bailar, dulce chico?, ya me enteré que hoy pasaste al mundo de los hombres universitarios…eso es sexi…
¡Gracias!, no hay problema-respondió Danni, mientras se fijaba en los dulces ojos de Elizabeth y en las tetas de Andrea-.
Luego se puso a bailar con las dos y finalmente se fue a la cama con las dos. Aquellas nenas estaban bien cachondas y llevaban vario rato esperando por alguien de su gusto. Cuando llegó Danni, se consultaron entre sí, se pusieron de acuerdo y luego lo abordaron…
Cuando Danni se las llevaba al cuarto Clavo, Chicle y Gino se rieron de él y le dijeron:
- Allá va un hombre con suerte…
A Danni le temblaban las piernas, pero ellas se desnudaron pronto frente a un cuadro al óleo, antiguo, que era el retrato de una monja con hábito negro y que miraba fijamente todo lo que estaba pasando, sus cuerpos desnudos dejaban ver sus vellos púbicos, sus nalgas al aire, sus tetas con pezones color carne, sus melenas largas y quemadas por el sol, como la pelambre de unas brujas, a lo lejos se escuchaba la canción Just Once de James Ingram. Sus cuerpos robustos eran la expresión de la salud y de la fuerza de la juventud. No se parecían en nada al cuerpo sufrido y sacrificado de su madre o al cuerpo decrépito de su abuela. Elizabeth se sentó en la cama y le ayudó al pobre chico a terminar de bajarse los pantalones. Luego le agarró la picha, sin circuncidar, y se la metió en la boca. El resto fue un loco frenesí de besos, caricias impúdicas, voluptuosidad demencial y un desenfreno total hasta llegar al clímax del sudor, la felicidad, el semen y luego la duda sobre la cordura de todo aquel asunto, la preocupación y el arrepentimiento. Pero no había tiempo para pensar, no había tiempo para analizar todo detenidamente, los demás pensarían que a uno le da vueltas el cerebro, que está irremediablemente chalado, completamente fuera de juego. El sexo no era en aquel momento una demostración de amor conyugal, amor noble, todo estaba rodeado de arena amarilla.
Cuando todo terminó, a Danni se le vino una cita de John Updike: No hay mejor compañero de cama que la mujer con que acabas de joder.
La fiesta duró hasta las tres de la mañana y Danni recorrió aquellos pasillos llenos de arena, que reflejaban toda la opulencia y el boato de una familia en vías de extinción, una familia económicamente venida a menos, era una mansión que había conocido otros días de esplendor y gloria. Mientras lo hacía citó en su mente a Saul Bellow: Pues, ¿cuándo vamos a ser verdaderamente serios los seres civilizados?, preguntaba Kierkegard. Sólo cuando hayamos conocido a fondo el infierno.
En sus paredes colgaban viejos retratos al óleo de grandes matriarcas, de grandes patriarcas, todos aquellos perdidos en la memoria del tiempo, que, ahora, eran mudos testigos de una fiesta rechiflada de adolescentes que gritaban, adornaban las paredes con barritas de incienso, para alejar los malos espíritus, bailaban tumultuosamente, chifleaban y brindaban con alegría africana el milagro de la vida. Aquel ambiente para una persona prudente y sensata le daría la impresión de poseer la atmósfera de un manicomio donde los enfermos tienen el control donde se escuchaba la mósica de Michael Jackson con su Don’t stop, la MAGIC de los CARS, Jack and Hill cantada por Raydio y la música de THE POLICE.
Cuando todo había terminado, Pava Loca estaba un poco borracho y pasado de tila, y Claudia estaba cansada y empapada de sudor por bailar con Gino, Clavo y Chicle. Pronto se pusieron de acuerdo en ir a tirar carpa a Paco Illescas. Finalmente se despidieron de Chicle, Clavo y Gino. Mañana temprano correrían olas tubulares en EL MIRAMAR junto con Isósceles, el nuevo novato estrella de la temporada.
Así que de inmediato se fueron a Paco Illescas y armaron las carpas, y encendieron una fogata mínima con los desperdicios combustibles, y basura inflamable de la playa. Luego sacaron sus sacos de dormir y se metieron dentro, pero Claudia estaba maravillada con el brillo fosforescente de la espuma marina, que se estrellaba en la orilla del mar.
¿Qué es lo que le pasa?, ¿no tiene sueño la bebe?-dijo Danni-.
No pasa nada es que estoy grifota, nada más y estoy alucinando la playa negra como el vello púbico de mi sapo.
¡Estás rematadamente loca!-dijo Pava Loca-.
¡Por eso me traen y me llevan con ustedes todo el tiempo de arriba a abajo, ¿no es así?
A lo lejos se escuchaba la canción EVERYBODY de los Backstreet boys.
- ¿ Parece que está llegando la hora de yajajá-dijo Pava Loca-.
- Olvídense de ese asunto, que tenemos que conservar el físico para las olas, después los hombros y las piernas se nos ponen como mantequilla-dijo Danni-.
- Sí, fumémonos otro bate y tratemos de dormir en esta noche fría y arenosa.
De pronto todos se callaron porque fueron testigos de una tremenda alucinación. Un poco más allá, en toda la punta llegaban en un LAND ROVER, dos surfistas mucho más pesados que ellos, se trataba de Rickie Plaza, Miliki, Pinina, el TURCO, Jeffrey y su mascota: Galleta. Bajaron sus tablas y se metieron a correr olas en medio de la noche, pero con las olas gigantescas de dos metros iluminadas por los faros del LAND ROVER.
INEPTITUD
Nadie os pide que améis al mundo entero, sino sólo que seáis honestos. No os jactéis de nada. Cuanto más queráis a la gente, tanto más os confundirán. Un niño ama; el adulto respeta. El respeto vale más que el amor.
Saul Bellow
Si en un sentido todos los hombres de cualquier parte habitan el mismo mundo, en otro importante sentido habitan mundos muy diferentes.
John Beattie
Pero las personas ignorantes e infieles que dudan de las escrituras reveladas, no adquieren conciencia de Dios sino que caen. Para el alma que duda no hay felicidad ni en este mundo ni en el otro.
Bhagavad-gita
EL REGRESO DE PULIDO
PROLOGO
Los primitivos creen que todo lo que les sucede es producido por causas divinas; para ellos el mundo místico y el mundo real están profundamente unidos.
Jean Marie Auzias
Querida Madison:
No sabes cuánta falta me has hecho, cuántas noches te he extrañado, sin tener con quien conversar. No sabes cuántas noches he llorado la pérdida de tu foto. Pero ahora que te tengo no te volveré a perder.
Es una cosa increíble cómo las prostitutas se niegan el derecho a experimentar cualquier tipo de placer u orgasmo en su trabajo. En su primitiva mente trastornada el coito laboral no debe tener un final feliz, es como si tuvieran mutilados los sentimientos.
Pulido besaba con inaudita intensidad la frente empapada de sudor de la bella y joven prostituta. Parecía ser el único lugar donde ella permitía colocar las caricias de Pulido. Joey se esforzaba inútilmente en despertar una pequeña flama de pasión en aquella mujer, obsesionada por poner duro y tieso el miembro viril de Pulido.
Desde el principio hubo problemas técnicos. El pipi de Pulido se resistía a ponerse firme. Para rematar la zorrita interrumpía continuamente la succión, para escupir a un lado de la cama. Esto cortaba el proceso de estímulo sexual de aquella fría y muerta pieza de carne de Joey. Lo más enojoso era la impaciencia silenciosa pero tangible como un bloque de hielo con que aquella mujer masturbaba inútilmente la importante pieza de carne. A veces dirigía sus ojos al techo del estrecho y caluroso cuartito donde yacía la pareja empapada de sudor y llena de miedo a ser sorprendidos.
Cuando ella vio que Pulido se resignó a su impotencia y se empezaba a levantar quedó atontada, desnuda y frágil con las piernas abiertas sobre la cama. Pulido quiso consolarla llenando su rostro de besos tan tiernos como apasionados que patinaban en aquel rostro corrupto y bello, pero traspirado. Ella se resistía a que su cliente se marchara insatisfecho y se debatía, contorsionando el cuerpo, con el ceño fruncido, tratando de agarrar con sus frágiles dedos el húmedo y escurridizo pedazo de carne que colgaba inerte entre las piernas de Pulido para ¡por fin! introducírsela en su calurosa y apretado vientre. A lo lejos se escuchaba la balada You makin lovin fun de los Fletwood Mac.
Todo era inútil y de manera desconsolada repetía con la frente llena de gotas de sudor:
Es que no se puede, es que no se puede...
Mi relación laboral está al límite.
Pensé en adquirir un cuchillo y matar a este cabrón. Pensé en renunciar y largarme a Salinas. La situación laboral es insoportable...es verdad que necesito el trabajo, pero ¿puedo seguir trabajando bajo estas circunstancias?, la amenaza de muerte es una cosa seria. Este tipo no está bromeando, tiene libre derecho a hablar de mi lo que le da la gana. Me serrucha el piso de frente y me humilla y cuando accidentalmente prueba el chocolate de su propia cuchara me amenaza de muerte.
Hablé con el hombre, lo tranquilicé, le pedí disculpas y le dije que lo respetaba y parece que el hombre comprendió todo y está tranquilo. Ojalá todo se quede frío. Tal vez haya sido necesario este terremoto para que se restablezca el equilibrio. Como dice William Faulkner:
Fijar un límite de tiempo a todo lo que uno hace, determina que un hombre ponga más energía en las cosas; le da fuerzas para subir a la montaña, como quien dice.
Todas las influencias que han gravitado sobre mí, me esperaban al nacer yo, por lo cual os cuento más de ellas que de mí.
Saul Bellow
Por mucho que hagas, la realidad se impone al fin.
John Updike
Escribe, pues, lo que has visto, tanto lo presente como lo que ha de suceder después.
Apocalípsis
Mientras Joey Pulido se encontraba acostado en la hamaca de su patio, escuchaba el sordo, pero también melódico retumbar de las olas sobre la negra orilla de arena. Pensaba, que las madrugadas en Salinas son silenciosas, preñadas de estrellas, como una gran poesía de Robert Frost:
ARROBAMIENTO
La lluvia le dijo al viento:
Empuja tú que yo azoto-y tanto hirieron el soto Que de las flores altivas, Doblegadas pero vivas, yo sentía el sufrimiento
Noches profundas e inauditas, incomparables como la belleza de sus mujeres cholas. El silencio de la calina del desierto se mezclaba todo con los pensamientos de Joey Pulido y aquello era magnífico, indescriptible como una melodía de Kenny G.
Pulido, con una linterna en la mano, leyó una poesía que acababa de tipear en su máquina de escribir:
TERE & JAN
Me gustan las noches cálidas
de Saigón
Recuerdas el primer beso que te di
en la terraza del Continental
Veníamos del fumadero de opio de la rue d’Ormay
Y te juré amor eterno
Me gusta masturbarte
hasta verte eyacular
Me gusta chuparte apasionadamente
tus pequeños y delicados pezones
¿Te gustaría más con un penecito entre las piernas?
Te recuerdo cuando escucho
a Laura Pausini
¿Era esto lo que querías escribir allá en el 89?
Sí
Y yo me reflejo en los celos
y la actitud de mujer ultrajada
de Laurina, la pequeña
Amante de Bel Ami
Todo me recuerda nuestro amor
tus gritos, tu pasión
El río pestilente de Saigón
El tiempo había pasado, pero las cosas no habían cambiado mucho para Pulido y su familia. Su anciana madre sufría de una leve diabetes acompañada de hipertensión que poco a poco iban deteriorando sus vísceras, y todos los días tenía que medicarse con pastillas. Cada vez que veía el rostro de su madre veía la calavera de la muerte. En aquel rostro antes tan bello como amado, ahora, completamente consumido, ya no reconocía el rostro de su madre.
Estas enfermedades las cogió, cuando Pulido sufría de aquellos ataques de locura paranoica, producidos por el bombardeo radial de la música de Oscar de León y toda esa porquería de salsa, que sus enemigos le hacían escuchar. ¿Quienes eran esos enemigos que lo veían a Pulido como un enemigo?, ¿quiénes eran esos tipos que se concentraban en reuniones para acabar por destruir la vida de un hombre de letras?, ¿por qué lo consideraban como una peste y algo de lo peor?, ¿también lo creían un peligro para Latinoamérica?, ¿por qué?, ¿se trataba acaso de una conspiración para matar a Joey Pulido?
Los errores cuestan dinero, se roban el futuro de las personas inspiradas, y a veces hasta cuestan la vida.
El paso del tiempo la había demacrado mucho a la madre de Pulido, convirtiendo su rostro, en el reflejo cruel de una fruta seca, atravesada de mil arrugas. La resignada anciana, pasaba la mayor parte del tiempo acostada frente a la televisión o dormida. Cuando se levantaba de la cama, era para ir a la cocina para tratar de preparar algo de comer, pero siempre terminaba rompiendo vasos transparentes que no veía. Incluso el médico le prohibió salir de la casa sola, porque se caía y se hacía sangrantes heridas en las rodillas. Su única distracción consistía en hablar por teléfono, acostada en su cama, y desde ahí, despotricaba amargamente contra su inútil hijo, su fanática nuera, su mezquino esposo y contra todo el cruel e injusto mundo, el mismo que, poco a poco, se preparaba a abandonar. De vez en cuando escribía poemas tristes, pero hasta esto se acabó, cuando se empezó a quedar ciega. A veces su indómito espíritu le hacía olvidar su situación y se ponía a barrer y terminaba tragando el suficiente polvo como para caer mortalmente enferma de tos, enfermedad que siempre demoraba mucho de curar.
Su esposa, Penélope, había terminado por adaptarse a la vida de miseria que llevaba junto a su marido, por las noches escuchaba las tristes, castradoras y depresivas canciones de Ana Gabriel, Lupita Dalessio, Rocío Jurado, Rocío Durcal, Gloria Estefan, pero no dejaba pasar un día sin recriminarle a su inútil esposo por la falta de dinero para sus hijos y esto ya no enloquecía con depresión a Pulido, sino que lo llenaba de una silenciosa vejez y desesperación. Cuando Pulido no podía soportar más, salía a su pequeño portal a fumar y fumar. Luego miraba hacia las estrellas y le preguntaba a ese Dios en que no creía:
¿Por qué permitiste que naciera?, ¿cuál es el sentido de tanto sufrimiento?
Penélope pasaba más tiempo en su iglesia que en la casa y esto volvía loca a la madre y al padre de Pulido, que tenían que lidiar a los dos chicos todo el tiempo. Penélope estaba harta, harta de vivir con un bueno para nada y cada día se sentía más asfixiada.
El padre de Pulido había terminado por aceptar y comprender, la idea de mantener a su hijo Joey y su familia, tal vez, aceptando sin remedio, la idea, de que había engendrado un hijo bobo, que no sabía valerse por sus propios medios.
Pero, en definitiva, nadie de la casa había terminado por aceptar la idea de que Pulido era escritor. Simplemente, su familia no tenía inteligencia ni ojos para ver y comprender la actividad, todo el tiempo y esfuerzo que Joey pasaba sentado frente a la máquina de escribir. Por lo tanto, para poder seguir su vocación literaria, Pulido tenía que usar la máquina en las noches y madrugadas, cuando todos dormían. Después de regresar de Cuenca, Pulido había comenzado y terminado de escribir un manuscrito político titulado: DEMOCRACIA Y LIBERTAD, donde expresaba la necesidad latinoamericana de desbloquear a Cuba, para que el poder democratizador del dólar washingtoniano, penetre en esta civilización dirigida con mano de hierro desde LA HABANA, así como, poco a poco, también la libertad, el turismo y la democracia, para que ablanden el régimen totalitario, que restringía las más mínimas libertades, tanto formales como reales de los cubanos. En definitiva, lo que Pulido quería decir en aquel manuscrito político, el mensaje de auxilio que le mandaba a Washington, era que los cubanos de la isla estaban ansiosos de comprar en los supermercados de Miami, y que lo que querían era la libertad, la cultura, la música, la literatura y toda la filosofía política de los anglosajones y no los soldados, las armas, las directrices explotadoras de Washington. Estados Unidos debía sembrar amor en el corazón de los latinoamericanos para cosecharlo plenamente, pero en vez de eso, hacía todo lo contrario. Latinoamérica no quería de Washington bases militares ni guerras ni armas, lo que quería era que los gringos invirtieran en educación, en salud, en comida gratis para los menesterosos y desamparados, en agricultura y en una cultura de paz.
Más adelante, su escrito señalaba la penosa y desastrosa influencia política de Cuba en el resto de América Latina y el Mundo, al ser el mayor exportador de su nefasta cultura de la pobreza y del odio inexplicable e injusto hacia la cultura y el pueblo estadinense. El pueblo y la cultura anglosajona no podían pagar con odio y terrorismo, todos los platos rotos que provocaban los ignorantes gobernantes de Washington.
En otros capítulos, hablaba sobre la legalización de la marihuana, para disminuir los efectos, que la guerra contra las drogas esparcía por toda la zona andina: migración, fumigaciones nocivas para el pueblo y sus cultivos legales, fuga de cerebros, desplazados, huérfanos, violencia, refugiados, tráfico internacional de armas, secuestros, mutilados por las minas antipersonales, narcoeconomía que no pagaba impuestos al SRI...
Todo su trabajo comenzaba con una cita del profesor John Beattie, que decía así:
Una ley científica no es simplemente la afirmación de una regularidad; es una síntesis teórica que explica una regularidad. No es ni una deducción a partir de principios ya establecidos, ni una inducción a partir de la observación empírica, sino esencialmente, como dice el filósofo Stephen Toulmin, “la adopción de un nuevo enfoque”. Aun cuando tal síntesis puede expresarse en forma de proposición general, lo que tiene de explicativo no es su generalidad, ni tampoco cualquier especie de regularidad de los datos a que se refiere, sino esencialmente la nueva síntesis teórica que propone.
Mientras tanto, en el día, Pulido acudía a su nuevo trabajo como jefe de personal de la constructora de su primo, Juan Carlos. Pulido tenía la responsabilidad de vigilar el suministro del aceite hidráulico a los compresores, que su primo utilizaba, para sus trabajos de demolición y demás actividades de su profesión, como ingeniero civil.
Pulido se divertía con el chofer del pequeño camión de la constructora, llamado Bigotín, intercambiando chistes sexuales, anécdotas púrpuras, historias familiares... Una de aquellas historias, se refería a cierta vez, en que el chofer –después de una sesión de sexo con dos chicas-, se había dedicado a tomarles fotos, mientras estaban desnudas, para después, mandarlas a revelar al quiosco de un chino; cuando las fue a retirar, el dependiente asiático lo llamó a parte y lo repeló, diciéndole: que no vuelva nunca más a su negocio a traerle la foto colupta, porque él tenía un dispositivo de revelado público, que aparecía, foto por foto, en el escaparate, y esto había traído la aglomeración de un pocotón de gente, y hasta de la policía, y casi le cierran el negocio de revelado fotográfico al chino. Todos se mataban de la risa con aquella anécdota.
A aquel chofer le gustaba fumar base en las noches, acompañado de su chatita de puro. Pulido lo miraba con comprensión, porque el lugar donde él vivía, era un cuartito por demás encerrado, sin ventilación, sucio, húmedo y miserable. Pulido pensó que había que fumar droga para poder aceptar la idea de tener que vivir en aquel reducido espacio, siempre húmedo, triste, monótono y rodeado de toda clase de atrocidades y de mal vivientes.
Luego estaba el jefe de mecánicos y de bodega, Pellejo de bolsa, que parecía sólo tener mente para la mariconada y afirmaba, muy suelto de huesos, “que un hombre no estaba completo si en su vida nunca se había tirado un culo macho”.
Pulido se reía a carcajadas junto con el chofer basuquero, Bigotín, de los horrores que decía el bodeguero, y a veces creía, que había entrado a trabajar en una especie de circo de monstruos, uno más raro y esquizoide que el otro. Pero él no era un angelito tampoco, aunque no sabía por qué tenía que ver, con dolorosa resignación, cómo permitía que el jefe de bodega-cuando ya entró en confianza con él- le llamara de manera dulce y posesiva,“mi maricón”, mientras le agarraba la rodilla. La mayor responsabilidad del bodeguero consistía en guardar las uñas de acero que usaban los taladros para demoler.
Una vez le dieron la responsabilidad de manejar el pequeño camión de la compañía para ir a arreglar un asunto a ECUAIRE, y pronto Pulido se arrepintió de aquello, porque a aquel vehículo le fallaban los frenos, y el pedal se iba hasta el fondo, sin que Joey lograra disminuir la velocidad del artefacto. Esto le ocurrió mientras bajaba una loma, y la desesperación en el rostro de Pulido finalmente se reflejó en el grito que dio su tío Walter, que iba sentado junto a él:
¡Mejor oríllate que nos vamos a matar!
Luego, pasado el susto, ambos se mataron de risa y siempre recordarían aquel desenfrenado episodio. Pulido no dejaba de recordar lo peligroso que era estar al volante de un vehículo. Siempre recordaba la anécdota de su amigo Flychi. En una ocasión Flychi, que era un diestro piloto de avionetas, mientras manejaba su camioneta sin balde, trató de rebasar en curva un camión, y se percató de que iba a ser irremediablemente embestido por un gigantesco transporte interprovincial, por lo que, con los reflejos de un gato, se lanzó al pequeño hueco de los pies del pasajero de al lado, y aunque todo el vehículo quedó hecho chicle y fierros retorcidos, él se salvó, quedando completamente ileso. Aunque le dijo a Pulido:
¡Pucha, brother, sentí que todo el cerebro se me revolvía como gelatina del impacto!
Su tío Walter siempre estaba alerta, vigilando los menores movimientos de su sobrino. En una ocasión, tuvieron un benévolo cruce de palabras, cuando Pulido insistía en aumentar la cantidad de dinamita que había que colocar en los agujeros de la pared de una cantera, para volar despacio y sistemáticamente el pedazo de roca que necesitaban. Pulido decía:
¡Pero tío!, ¿por qué no quieres acelerar las detonaciones con más dinamita?
¡No!, porque después vas a volar por los cielos con dinamita y todo...
Y luego, venía impostergablemente, el ataque de risa, aunque Pulido, más que resentir, no entendía la falta de confianza de su equipo de trabajo en cada una de las cosas que él hacía. Con el tiempo, Pulido había perdido la fuerza de luchar por sus convicciones hasta lograr convencer o imponer sus puntos de vista. Ahora, simplemente, había decidido dejar de interpretar el papel de guía o autoridad y se sometía sin chistar a las decisiones de los demás. Siempre se quedaba callado cuando lo repelaban, simplemente no respondía ni pretendía que entendieran sus puntos de vista. La verdad es que Pulido estaba cansado de tanta imperfección en la naturaleza humana de los demás: la injusticia, la mezquindad, la ignorancia, el orgullo, el cinismo, el complejo de inferioridad o el orgullo sobredimensionado...
Todos los días, Pulido tenía que madrugar, coger la radio colocada dentro del cargador, y trasladarse en bus para llegar a tiempo al campamento, que quedaba atrás de un colegio militar. Pulido siempre llegaba, cuando los chicos estaban marchando y escuchaba el invariable y aburrido: quier, dos, tres, cuatro de los sargentos.
En una ocasión su primo llegó primero al campamento y desde ahí lo llamó por la radio a Pulido, preguntándole su ubicación y Pulido –que ya venía en camino, pronto a llegar-, le mintió para sacárselo de encima y le dijo que ya estaba ahí y cuando realmente llegó su primo lo sorprendió in fraganti y lo puteó largo y tendido por mentirle.
Cuando llegaba por la mañana, lo primero que Pulido hacía era caminar hasta el hueco de un muro, que limitaba una invasión, caminar por un sendero de tierra, con ríos de aguas negras y nauseabundas, y desayunarse, a base de pan y cola, en una pequeña despensa, que regularmente era atendida por una joven pareja de pobres esposos. Ella lucía una barriga de preñez de seis meses y él era delgado, con aspecto de campesino emigrado a la ciudad. Tenían un hijo pequeño, que todavía no pronunciaba bien las palabras, y Pulido lo llamaba, exagerando el tono de voz:
¡Hola CRIATUUUURAAA!
Y el pequeño que se endiablaba rápidamente le contestaba:
AAAATTTTUUUURRRA...
Todas las mañanas era la misma rutina, y tanto la madre como el padre, se divertían a mandíbula batiente, de la forma en que reaccionaba su pequeño hijo ante las provocaciones infantiles de Pulido.
Luego, asistía a la pequeña comedia, que el chofer ejecutaba al tratar de limpiar aquel grasoso y desastrado camioncito con unas gotas de agua y un trapo sucio. Aquel chofer siempre manejaba el camioncito con la misma prisa paranoica con que maneja el chofer de un blindado repleto de billetes.
De esa manera emprendían la larga jornada de trabajo. Había que pasar por una gasolinera, donde la compañía tenía crédito y comprar el diesel para el día. Aquí, regularmente se facturaba un poco más de lo que se entregaba y el despachador de combustible entregaba un suelto, en efectivo, que se utilizaba para invitar a todos los operadores de rompedoras a desayunar un rico encebollado. En el mundo de la construcción todos robaban con la facturación del combustible. Y lo mismo ocurría con el combustible de las obras públicas.
A veces, la compañía era contratada para demoler algún pedazo de obra, que había sido mal realizada, y los muchachos provistos de guantes y de tapones para los oídos, empezaban a ejecutar la tarea con el subsiguiente estruendo. Pulido aunque supervisaba de lejos y no usaba tapones, pronto se dio cuenta de la necesidad de usarlos porque se estaba quedando sordo.
En aquel trabajo, Pulido aprendió a manejar a grandes velocidades, porque su primo le dio la consigna de manejar una gran camioneta para transportar personal o hacer diferentes diligencias, y Joey manejaba aquella camioneta por las autopistas a unas velocidades inauditas. Pero la mala suerte lo tenía agarrado a Pulido de las pelotas, y como los tubos de las llantas, de aquella camioneta, eran viejos, constantemente se reventaban por el efecto de las armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval, y Pulido tenía que informar por radio a su primo, que se había quedado botado, tubo abajo, en tal o cual lugar, y su primo furioso le decía:
Tienes mucha mala suerte...deberías hacerte una limpia, hacerte pasar un huevo o bañarte con azúcar.
En una ocasión, tuvieron que ir a romper el piso de un congelador en STARKIST, y Pulido no resistía el nocivo polvillo que se desprendía del suelo completamente helado. Los trabajadores se quejaban de que no pasaba mucho tiempo sin que le dolieran los huesos por el frío y que a pesar de las mascarillas que usaban el polvillo los asfixiaba.
A Pulido le tocaba vigilar la operación, hasta la hora del almuerzo, entonces los obreros se tomaban la pausa para comer.
Entonces, escuchaba los comentarios sexuales y machistas de estos tipos, en los que, por lo general, hablaban de encuentros peligrosos en bares de streap tease, con pico de botella en mano y de grandes proezas sexuales.
Estos operadores de las máquinas siempre andaban escasos de dinero y aprovechaban cada ocasión para pedirle dinero adelantado al ingeniero Juan Carlos y él, cabreado, e impaciente, les respondía con sarcasmo:
¡Ya les voy a poner en el campamento una máquina para que ustedes introduzcan una corcholata y a cambio la máquina les escupa un billete de dólar!
En una ocasión, Pulido y sus chicos tuvieron que ir a trabajar a ANDEC y mientras Joey supervisaba las tareas, un oficial de la marina, seguramente algún funcionario de P2 Inteligencia Naval, estaba allí, parado, mirando a Pulido fijamente, como queriendo llamar su atención o como si no se decidiera a dirigirle la palabra.
En una ocasión, les tocó ir a trabajar a la Molinera, para demoler un viejo muelle, pero había la consigna de conservar las estructuras de hierro que servían de esqueleto a las losas. Era todo un lío tratar de entrar los compresores con las mangueras hidráulicas, hasta el muelle en cuestión y supervisar su demolición. Pulido veía con admiración con qué equilibrio los obreros se paraban en las resbalosas y desnudas vigas de cemento, mientras demolían las losas, y todo esto sin perder el equilibrio y caer al agua. Pulido no se atrevía a meterse a caminar entre esas vigas. Simplemente no tenía el equilibrio para eso.
Pulido estaba entonces obligado a utilizar un casco de obrero, y en las horas de la comida se llenaba las tripas con el encebollado callejero, que vendían los puestos informales de los alrededores.
Aquella fue la operación mejor remunerada que tuvieron todos los chicos y Pulido, en eterna gratitud para con su primo Juan Carlos, le regaló un libro de John Le Carré, titulado: EL INFILTRADO.
Era un libro que trataba sobre un agente de la inteligencia británica, que se infiltra en el mundo de un traficante de armas internacional, que vive en un yate, errante por el mundo, siempre en aguas internacionales. Pronto el agente británico, descubre que es absolutamente imposible atraparlo y ponerlo tras las rejas, aunque sí logra, no sólo rescatar al hijo del magnate de las armas de un secuestro, sino que también logra desbaratar una de sus operaciones ilegales de contrabando internacional de armas.
En una ocasión, Pulido tuvo que ir a una oficina, a recoger un cargamento de cientos de dólares, como pago por el alquiler de unos compresores, que se iban a trabajar a una obra en Galápagos. Pulido se acordó de sus antiguos trabajos de mensajero, donde tenía que cobrar facturas y transportar dólares por toda la ciudad.
En una ocasión fue a cobrar una factura fuerte, de muchos dólares y su jefe sólo le había dado un papelito y el jefe de la compañía que tenía que pagar, le recriminaba de manera humillante a Pulido delante de las secretarias:
¡Papelitos, papelitos...tráeme una factura, por favor!
Pero siempre terminaba pagando cuando Pulido lo comunicaba por teléfono con su jefe. Al final, Pulido regresaba a la oficina con los bolsillos repletos de dólares.
Muchas veces, a la hora de la salida, y en especial en los fines de semana, los trabajadores se quedaban en el campamento y se disponían a chuparse una o más botellitas de puro, y siempre lo invitaban a Pulido, pero éste los rechazaba suavemente, porque a Pulido no le pasaba el puro ni de broma. Su vicio era el cigarrillo, que no podía dejar, vicio que cada mañana lo obligaba a encender un último cigarrillo, antes de salir a trabajar. Se había convertido en una rutina el hecho de que Pulido jurara y rejurara a sí mismo que dejaría de fumar, pero ante cualquier crisis de ansiedad volvía a encender uno. En una ocasión fue al santuario del hermano Gregorio y le pidió con fervor inaudito que lo librara, que lo curara del vicio. Pero aquella pausa que consiguió en su adicción sólo duró seis meses. Luego, Pulido, con sumo placer, volvió a encender un último cigarrillo.
En una ocasión, mientras estaban trabajando, picando una calle céntrica de la ciudad, la policía se los llevó a todos los obreros detenidos, por un malentendido, y a Pulido le tocaba ir a la cárcel a traerles comida y frazadas para que los muchachos pasaran abrigados toda la noche. Pero tanto su primo como su tío lo hicieron a un lado y ellos se encargaron de resolver el problema, haciéndolo quedar mal delante de los trabajadores. Pero pronto todo aquel ajetreo laboral acabaría, porque Pulido no era un buen controlador del aceite hidráulico de los compresores. Éstos no tenían en perfecto estado los manómetros, y todo había que hacerlo al cálculo o –como hacía el bodeguero-, sacando una muestra de aceite, para ver su estado y así, al ojo, calcular el próximo cambio. Su primo le dio una fuerte repelada en la oficina y lo terminó botando del trabajo, previa una pequeña indemnización. Desde el principio le había dicho que aquel trabajo no lo debía tomar como un favor familiar sino como una responsabilidad seria y que a la menor falla quedaría despedido.
Una vez más la esperanza quedaba destruida para la esposa de Pulido. Volvía a ganar la decepción, el desprecio, el cansancio, que esperaba la tan ansiada como inalcanzable estabilidad laboral, y otra vez Joey se veía rodeado por la desesperanza y la angustia que provoca el desempleo, y por la cada vez más creciente certeza de que era un bueno para nada. Penélope estaba harta, harta de la inestabilidad laboral de Pulido y siempre le decía:
Estando bien te encanta buscar el mal. Eres demasiado bueno con todo el mundo. No siempre tienes que decir sí a todo. ¿Qué vamos a hacer?, ¿siempre viviremos así, dependiendo de tus padres para todo?, ¿cuándo vas a cambiar de actitud?, por qué no lees la Biblia o el libro de Mormon?
Y Pulido le respondía desesperado:
¡Ya los he leído!, ya los he leído y no encuentro nada ahí, que me ayude. Simplemente no puedo creer en algo que choca tan de frente con mi lógica.
Y Penélope le insistía:
¡Tu lógica!, ¡tu lógica!, ¿y si eres tan lógico, porqué tu lógica no funciona para conseguir un trabajo y mantenerte tranquilamente en el?, ¡por favor dime el porqué, ¡de veras quiero entenderte!
Y Pulido no sabía qué responderle a su esposa. ¿Tendría que hablarle de la persecución de P2 Inteligencia Naval?, ¿le creería su esposa o volvería a tener miedo de estar casada con un esposo chiflado?
Después de discutir, Pulido se quedó en el patio, fumando un último cigarrillo, mientras escuchaba en la radio la canción de Cliff Richard: We don’t talk anymore.
Nuevamente, en el hogar de los Pulido, se dieron las conocidas escenas de enfrentamientos y amargos reproches por la falta de dinero y futuro.
Para rematar, en el nuevo trabajo de Penélope, el Gerente de crédito la había colocado bajo el mando de un serrano, que odiaba a las mujeres. Este serrano de mierda, hijo de la gran zorra, llamado Valencia, odiaba a las mujeres y ni siquiera respetaba a las embarazadas. Disfrutaba entorpeciendo el trabajo de Penélope y haciendo todo lo posible por sacarla de sus casillas. Todas las mujeres de la oficina lo odiaban por sus abusos, torpezas y encima le tenían más colerín por ser serrano y por su vergonzosa manera de hablar. Ya llevaba viviendo años en Salinas y a propósito conservaba ese ridículo acento de gente primitiva del altiplano. Pero nadie podía sacarlo a patadas de la oficina porque –de manera inexplicable-, contaba con el apoyo del Gerente y dueño de la compañía. A veces, Penélope se encerraba en el baño a llorar y desde ahí lo llamaba a Pulido a quejarse amargamente de las estupideces que cometía este primitivo ser del altiplano.
Toda la familia de Pulido, de una o de otra manera había sido siempre perjudicada por algún serrano de mierda.
Su padre tenía un enemigo jurado en la Junta de Beneficencia, que, por supuesto era serrano, la madre de Pulido, que había trabajado de secretaria en un colegio, tenía como enemiga mortal a una serrana que la hostigaba y le hacía la vida imposible. Era una costumbre bien marcada de esta raza de mierda, el venir acá al Guayas a joder la vida a los locales, pero otra cosa era cuando los costeños iban a tratar de vivir en la sierra, ahí, sí, se complotaban y les hacían la vida imposible para que se vayan. Lo mismo ocurría en las Fuerzas Armadas, donde los altos mandos militares sólo eran ocupados por serranos.
Pulido escuchaba los sollozos de su esposa y comía mierda, se mordía la mano y rabiaba de impotencia. Un día ya harto, pidió permiso en el trabajo y fue a hablar con el Gerente lameculos de serranos que protegía a ese inútil bastardo y le contó todas las quejas que su esposa y las compañeras de trabajo le habían comunicado.
Y de manera inexplicable el Gerente se ponía a defender y a neutralizar los ataques de Pulido. Y en un momento le dijo que si Penélope tenía tanto problema en trabajar con Valencia, que él podía darle un tiempo de vacación sin sueldo para que ella ponga en orden sus pensamientos ¡y decida!, si quería seguir en la oficina.
Esto fue el colmo, Pulido, no pudo contenerse más y estalló:
¡Pero es que acaso usted no ha escuchado o no entiende todo lo que le acabo de decir!, el problema en esta oficina es ese energúmeno que usted apadrina, no mi esposa. Fíjese lo que pasa, en este preciso momento tengo información de que el otro día ha pasado en la cárcel por manejar borracho, qué clase de Gerente es usted que tiene en su organización un elemento que perturba tan gravemente y descompone el ambiente de trabajo. Ni siquiera a las mujeres embarazadas las respeta. El otro día la trató tan mal a una compañera de Penélope, que estaba embarazada, que hasta le provocó leves contracciones...
Y el Gerente, todo aturdido por el escándalo que Pulido le estaba empezando a formar le dijo:
¡Mejor no hablemos de eso!
¡Pero entonces haga algo con ese individuo!, o lo hace usted o créame que cojo un bate de béisbol y le muelo los huesos de la cabeza a ese mal nacido hijo de la gran zorra.
En ese punto el Gerente se puso de pié y lo invitó a Pulido a salir de la oficina.
Mientras tanto los niños estaban creciendo y el resto de la familia se preocupaba por la clase de ejemplo que iban a tener, con un padre siempre desempleado. Muchas veces Joey tenía que ir a la casa de la tía Hilda a pedir dinero prestado para comprar las medicinas que necesitaban sus hijos enfermos con fuertes gripes o fiebres inexplicables, que seguramente eran provocadas por las armas secretas e indetectables de P2 Inteligencia Naval. En una ocasión que Pulido estaba leyendo un libro que describía las perspectivas futuras de la diplomacia estadinense, sintió que le burbujeaban los riñones, otras veces sentía que le latía y le dolía la cabeza de tal manera como si estuviera a punto de estallar.
Pulido subía y bajaba la loma de su casa, como tantas otras veces, fumando rabiosamente mil cigarrillos, y por las noches, seguía tecleando sus poemas en su máquina de escribir, hasta que llegaba la aurora del nuevo día. Durante este tiempo –entre poema y poema erótico-, escribió un manuscrito titulado: LA FILOSOFIA CAPUCCINO, que trataba sobre la política internacional de los Estados Unidos en Latinoamérica, señalando sus graves falencias para lograr hacer de América Latina su mejor aliado. Pulido se preguntaba cuánto ganaban los agentes de la CIA, porque parecía que trabajaban para los enemigos de los Estados Unidos, en vez de conseguir su objetivo de una América Latina unida compactamente al gran imperio del Norte.
Una mañana, mientras bajaba la loma de su barrio, se topó con un viejo amigo llamado Lucho Lacho, que le preguntó si tenía trabajo y si no, que si le gustaría trabajar de guardia de seguridad. Pulido no se lo pensó dos veces, y de inmediato empezó la gestión de reunir todos los papeles, garantías y recomendaciones necesarias para ocupar una plaza como guardia de seguridad en el Puerto.
Pronto le dieron el uniforme más grande que tenían y un par de botas, porque ya Pulido contaba con cuarenta años, y la hinchazón hacía presa de su cuerpo. Al principio, el uso de las botas torturaba los talones de Pulido, tanto, tanto, que en un momento de la guardia, durante la noche, Joey tuvo que sacárselas para que sus pies descansaran un poco. Tuvo mucha suerte de que nadie se percatara de aquel acto. Aunque todo el perímetro estaba rodeado de cámaras que vigilaban el menor movimiento en el Puerto.
Pulido tenía que laborar en turnos rotativos, tres días, de siete a tres de la tarde, tres días, de tres de la tarde a once de la noche, y tres días de once de la noche hasta las siete de la mañana. Este último turno era el más pesado, que casi lo tumbaba a Pulido. A veces Joey se quedaba dormido, de pie, con la escopeta del calibre doce en el hombro, y se despertaba, sólo cuando ya estaba a pocos metros del suelo, pronto a estamparse de cara contra el piso.
En aquel trabajo duró casi todo un año y fue el primer contacto que tuvo Pulido con la verdadera corrupción. Pronto, Joey se dio cuenta de que todos los “bodicitos”, querían hacer guardia en las puertas de ingreso al puerto, y cuando, casualmente le tocó hacer guardia en una de aquellas puertas, se dio cuenta de que la causa de tanta fiebre por aquellos puestos, era que todo el mundo quería ingresar al puerto de manera ilegal, ya sea para vender mercaderías, para entrar polizontes, las prostitutas para tirar con los tripulantes, los choferes de camiones sin permiso, todo el mundo quería entrar al puerto de manera ilegal. Esto hacía que cada tipo le pusiera en la mano, al guardia, unas cuantas monedas o hasta un buen billete, y Pulido se dio cuenta, que al final de la jornada de trabajo, tenía los sucres necesarios para irlos a cambiar en la agencia de banco más cercana por seis billetes de dólar. Ese era el motivo por el que todos los guardias luchaban con la secretaria, para que los deje trabajar una puerta. También ese era el motivo por el que la vida laboral de los guardias era de un máximo de tres meses. Pulido se percató, de que la mejor manera de permanecer en aquel suculento trabajo, era tratar de pasar desapercibido, sin joder a nadie, ni pelearse con nadie por trabajar una puerta. Eso sí, cuando le tocaba, le tocaba, y Pulido se iba a su casa con seis o diez dólares en su bolsillo.
De esta manera, pronto Pulido estaba al día en las pensiones del colegio de Danni y del jardín del pequeño Joey, jr y su esposa estaba la mar de contenta con el dinero que a manos llenas le daba su esposo.
Incluso, Pulido le puso un profesor de matemáticas al pequeño Danni, para que éste no tuviera el mismo problema de su padre, que siempre había sido una nulidad en las matemáticas, desde la preparatoria. Joey recordaba, que a finales de curso, la monjita les tomaba a todos los niños, delante de los padres de familia, pruebas de lógica matemática como: ¿cuánto es dos más siete, menos ocho, más trece, dividido por tres, más cuatro, más ocho, menos seis?
Y en una ocasión que le preguntó la respuesta a Pulido, éste de pura coincidencia dijo:
Cinco...
Y esa había resultado ser la respuesta correcta, pero Pulido la había adivinado de puro chiripazo. Al principio la monjita no se dio cuenta, pero cuando volvió a realizar otra prueba de lógica matemática y le pidió a Joey la respuesta, que nuevamente le dijo que era cinco, ella se percató con una mezcla de resignación y decepción, que la respuesta anterior había sido producto de la casualidad.
Joey se sentía orgulloso de la capacidad intelectual de su primogénito. El chico estudiaba en el colegio hasta las tres y media de la tarde, y de ahí, recibía al profesor de matemáticas, que le ayudaba a realizar las tareas y le explicaba el misterio esotérico de los números, hasta que se desocupaban a las seis de la tarde. Definitivamente las generaciones futuras siempre son más inteligentes, ¿pero en realidad lo son?
Pulido recordó un pensamiento de William Faulkner sobre los niños que decía:
LOS NIÑOS SON MUCHO MAS PSÍQUICOS QUE LOS ADULTOS. UNA PARTE MUCHO MAYOR DE LA VIDA DE UN NIÑO QUE LO QUE CREE LA GENTE TRANSCURRE EN SU MENTE.
Joey siempre le decía al niño:
¡Mira que somos pobres!, ¡no tenemos nada más que una pequeña villa dónde vivir!, las acciones de banco que te iba a heredar, ya no sirven porque el banco quebró, ¡no puedes darte el lujo de ir a la escuela a jugar y perder el tiempo!, ¡estudia matemáticas y ortografía para que algún día, cuando ya no estemos tu madre y yo, puedas mantenerte, mantener la casa y ayudes a tu hermano!, ¡a tu hermano lo tienes que querer y cuidar como si fuera tu hijo!, ¡por favor, escúchame!
Una mañana de un lunes, en un arranque de loca religiosidad, Pulido llevó a los dos niños a una ceremonia religiosa, previamente acordada con el sacerdote y consagró sus hijos a la protección de San Vicente Ferrer. Ahí se estuvo parado, durante toda la ceremonia, viendo cómo el sacerdote le echaba agua bendita a los niños y pronunciaba toda la liturgia de rigor.
No sabía qué hacer para asegurar el futuro de sus hijos. El futuro de sus hijos estaría en peligro cuando sus padres murieran y Pulido no tuviera más ayuda. ¿Cómo les pagaría los estudios?, ¿cómo los enviaría a la universidad?
Cada noche antes de dormir se acostaba con ellos y les leía la historia de Sansón en la Biblia, en el libro de los jueces. Otras veces les leía los poemas de Piedad Romo-Leroux G., en especial uno que decía:
ERES SOLO UN CAPULLO
Dedo por dedo, con calor humano,
Tanteando en el temblor de blanda arcilla
He agarrado tu mano con mi mano.
Y es que en este contacto solo quiero,
A través de manera tan sencilla
Transmitirte vigor cual firme acerol.
Tu equilibrio en vaivén se torna grave,
Vértigo, indecisión, torpe maroma
Y la hierba te acoge verde y suave.
Tu cuerpo en crecimiento de capullo,
Lleno de timidez pálido asoma
Meciéndose en el aire con mi arrullo
Mientras tanto, Pulido tenía que madrugar todos los días para ir al Puerto, y dejarse pasar lista, para luego conocer el punto que le tocaba vigilar. A veces lo mandaban a la oficina para permanecer sentado con aire acondicionado, registrando en una bitácora a todos los que ingresaban al edificio principal, y contestar el teléfono, y otras veces, lo mandaban a los quintos infiernos, lugares lejanos de toda la civilización, repletos de mosquitos. Sentado ahí en el despacho de entrada, a veces sintonizaba la radio católica y se ponía a escuchar el programa de oraciones y letanías que repetían una y otra vez las amadas oraciones de Pulido desde su niñez. Pulido era ateo, pero tenía profundas raíces católicas. Su madre, todas las noches, antes de acostarlo, se arrodillaba junto a él y oraban el Padre nuestro frente a una imagen del corazón de Jesús. Todas aquellas melancólicas reminiscencias se interrumpían cuando sonaba el teléfono y al otro lado de la línea se escuchaba la voz de un transexual que le buscaba la conversación a Pulido para hablar de sexo y de futuros encuentros homosexuales. Pulido se divertía con el gay, hablándole toda clase de suciedades que exaltaban la pasión de su interlocutor. Cuando Pulido se aburría se despedía de la loca y colgaba el teléfono.
A veces, cuando estaba libre, se dirigía al templo dedicado a San Vicente Ferrer y luego de encenderle una vela por cada miembro de su familia, echaba una moneda en el oratorio de metal, se arrodillaba dolorosamente y se ponía a pedirle, fervientemente a la imagen del Santo, la necesaria protección para un tipo como él, sin futuro y totalmente desamparado. Y la protección funcionaba. Muchas veces Pulido se salvó de ser pillado dormido en la guardia y en otra ocasión se salvó de que unos pandilleros le quitaran y le robaran el arma, una escopeta calibre doce.
En una ocasión, estuvo a punto de perder la vida, cuando a su compañero Palo Loco, en pleno cambio de guardia, se le escapó un tiro y la bala quedó incrustada en el escritorio, cuando en realidad iba dirigida a la ingle de Pulido.
Una noche, mientras Joey se encontraba de guardia en una torre en los quintos infiernos, pudo observar el vuelo silencioso y hermoso de una gigantesca lechuza blanca, que se encontraba en plena cacería de una enorme rata. Al final, el ave se lanzó en picada, para con sus poderosas garras ensartar al roedor, y luego, llevárselo bien lejos y compartir su carroña con sus crías. Otras veces, le tocaba a Pulido hacer guardia en un lejano y abandonado comisariato, donde por las noches, se trataba de librar de las picaduras de los mosquitos, encendiendo una fogata con la madera de los viejos y abandonados pallets.
La operación siempre era inútil, y Pulido recibía en el cuerpo el impacto de miles de picaduras de mosquitos, que incluso, eran resistentes al Detán con que se bañaba Joey en aquellas noches. Esto fue tan seguido, que una mañana, cuando Pulido regresó a su villa romana, y mientras subía los peldaños de su casa, sintió unos escalofríos y un desvanecimiento, que lo obligaron a tirarse en el piso. Penélope lo cubrió con una colcha, asustada, pensando que tal vez su esposo era víctima de un ataque de malaria o de paludismo. Otras veces, le tocaba hacer guardia en el muelle, y Pulido conoció el verdadero frío, que provenía de la brisa del mar. Pronto tuvo que comprarse unos guantes de lana y un pasamontaña, para protegerse de algún resfriado maligno porque el frío del muelle en las madrugadas lo penetraban a uno hasta la médula de los huesos.
En una ocasión, lo colocaron a Pulido de digitador en la terminal B53 del Puerto, y Joey dejó pasar sin los papeles reglamentarios a 35 camiones con contenedores refrigerados, que transportaban fruta perecible. Después de eso, no le dijeron nada, pero nunca más lo pusieron a digitar nada.
Una noche que estaba de guardia, su amigo Lucho Lacho lo contactó y le dijo que iba a recibir quinientos dólares por quedarse callado, ya que iban a dejar salir ilegalmente tres contenedores repletos de marihuana, proveniente de Hawai. Cuando la operación se dio, Pulido recibió sus quinientos dólares y se fue a beber a un bar de streap tease y a disfrutar del show de las chicas desnudas en el bar EL MEDITERRÁNEO, y todo borracho y loco, se quedaba maravillado cómo la bailarina se desnudaba completamente y hasta parecía que le dedicaba tan solo a él su baile de erotismo desenfrenado. Pulido era completamente feliz, pero, ¡ay!, le faltaba la presencia de su amante Doris. ¡Dios, cómo la extrañaba! Así se quedaba Pulido triste cuando se acercaba la hora de cerrar el bar mientras en los parlantes se escuchaba la canción de los EAGLES: She is the only one.
En aquellos muelles, Pulido conoció la verdadera miseria de la vida de los estibadores. Los hombres que estaban en el fondo del barril de la sociedad, como afirmaba Oliver Stone. Algunos de ellos eran epilépticos, rechazados en todos los trabajos, y les daban los ataques mientras estaban en los baños, entonces, Pulido tenía que llamar por radio a la central de guardia, para que viniera la patrulla y los sacaran todos retorcidos, presas de múltiples convulsiones.
Todo era especial y diferente en el puerto, hasta la comida. El plato principal era la guatita con arroz-bandera, con tallarín y camarón, los corviches de pescado y los vasos de quaker. Pulido, como todos los demás guardias, recibía las tarrinas de comida, que le pasaban dejando los dueños de comedores, que había dentro del puerto. Había ocasiones en que comía seis veces al día durante una jornada de guardia. Pronto Pulido se dio cuenta que comer en el Puerto le daba un olor especial a su mierda. Cuando cagaba Joey, su mierda olía a la misma mierda que cagaban los mendigos de las calles.
Las prostitutas se les iban de bola a los guardias, para que las dejen entrar a trabajar al puerto, les rogaban, se levantaban las faldas y les enseñaban los apretados calzones, les llamaban seductoramente COMANDOS. En otras ocasiones, para que no las saquen de los barcos, fácilmente ofrecían sus servicios de sexo oral, para que las dejen trabajar tranquilamente. Incluso las menores de edad, que cobraban trescientos dólares a los tripulantes por sus servicios, se les precipitaban a los guardias, para rogarles que las dejaran entrar o que no las sacaran del puerto, porque de esa labor, dependían todos sus familiares y su provisión alimenticia de la semana. Algunas estudiaban idiomas como el inglés, para poder entenderse con los tripulantes filipinos, rusos, croatas, norteamericanos, europeos y de todo el mundo.
Todos los guardias duraban en ese trabajo un máximo de tres meses y Pulido se mantenía siempre en silencio hasta que el comandante del grupo lo mandó a llamar y le ofreció el puesto de chofer-protector. Pulido aceptó de inmediato y le enseñó el permiso de conducir que estaba en regla.
Todas las mañanas, Pulido tomaba el bus de la catorce, que lo dejaba frente a la casa del comandante, y esperaba a que lo recibieran para empezar su jornada de labores.
Pulido llevaba al comandante al Puerto y de ahí regresaba al hogar a recoger a la esposa para llevarla a realizar diferentes diligencias. Como Pulido era ahora no sólo chofer sino que además era guardaespaldas, el comandante le había dado un revolver Smith & Wesson, que Pulido se lo colocaba en la espalda. Joey manejaba por todos lados, llevando a la esposa del comandante y a la hora del almuerzo siempre comía exquisitas sopas serranas de verdura para luego quedarse afuera de la casa haciendo guardia.
Una noche llegó al Puerto un barco de la marina de guerra italiana. Esa noche a Pulido le tocó realizar la guardia junto a la escalerilla de ascenso a la nave. Cuando la fiesta de bienvenida terminó a altas horas de la madrugada una mujer italiana, elegantemente vestida, que se parecía a Rafaela Carra, completamente borracha, bajó hasta el muelle donde se encontraba Pulido de guardia y le ofreció una copa de champaña, mientras le hablaba en un italiano ininteligible a Joey. Luego lo cogió de la mano y se lo llevó a su camarote. A Pulido le latía con fuerza el corazón y casi le da la blanca cuando la italiana se empezó a desnudar. Pulido permanecía mudo, temblando, con el penecito completamente recogido, estático frente a esta hermosa mujer extranjera desnuda, que se le acercó con aliento a licor y que empezó a besarlo en los labios y en el cuello, calentando poco a poco a Joey. Pulido comprendió que si bebía más champaña, se libraría de las ataduras de la razón, el miedo al despido, el miedo al escándalo o a un posible incidente diplomático de alcance internacional y a la prudencia. Ya se imaginaba los titulares de los periódicos:
SORPRENDEN EN LA CAMA A GUARDIA DE SEGURIDAD CON ESPOSA DE CAPITAN DE FRAGATA DE GUERRA ITALIANA
Cuando ya estuvo bien caliente, se desnudó y se metió en la cama de la loca italiana y los dos se pusieron a joder de manera interminable, porque el alcohol le mantenía la picha bien tiesa y Joey no podía acabar. Cuando finalmente introdujo su semilla en la italiana, ella tenía la piel oxidada y roja por el esfuerzo. Sin decirle nada se viró, le dio la espalda a Pulido y se echó a roncar la borrachera. Pulido, agotado y todavía borracho, se vistió torpemente y regresó a su puesto de guardia sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia.
Una mañana, que Pulido estaba libre, llevó a su hijo Danni a jugar pelota a una cancha cercana a su hogar y cuando ya regresaba a su villa, fue invitado por unos vecinos, viejos y cansados padres de familia como él y, entonces, en medio del partido de fútbol sufrió un terrible accidente que le ocasionó la rotura de un menisco. El dolor fue tan intenso que Pulido sentía que le daba la blanca y que el corazón se le paralizaba. Los vecinos tuvieron que llevarlo cargado hasta su casa. Ese mismo día tenía que entrar a trabajar al Puerto y mientras Pulido trataba de bañarse, casi se le dobla en cuatro la rodilla, pero logró mantener el equilibrio, y así, cojo y adolorido, fue a trabajar.
La mala suerte volvía a agarrar a Pulido del cuello. Ahora, su estabilidad laboral volvía a peligrar. Un guardia de seguridad cojo, simplemente está fuera. Aún así, Pulido iba adolorido al trabajo, y todos los guardias murmuraban entre sí, y empezaban a mirar con pena a su viejo y chistoso compañero, cuyo futuro desempleo empezaban a vislumbrar.
Sus compañeros lo apodaban rucurraca, porque todos tenían a Pulido como un guardia dormilón. En el bus que lo transportaba de regreso del Puerto, Pulido era el tonto del barrio, y todos se burlaban de él. A veces Pulido se reía con ganas con ellos de las burlas de que era objeto y otras veces observaba con admiración, pero con pena, la ingenuidad de uno de los comandos, que como evangelista practicante, se paraba en medio del bus, con Biblia en mano, y se ponía a vociferar la necesidad del arrepentimiento de todos los pecadores, y la pronta venida de Jesucristo.
Todos los guardias se burlaban del “hermanito” y lo rayaban de chiflado. El hermanito siempre le decía a Pulido:
¡Hermano, deje de fumar!, ¡qué barbaridad que manera de fumar, usted ya es un saco de cáncer!
En una ocasión, mientras Pulido estaba haciendo guardia de madrugada en el muelle y en plena lluvia, soportando el peso de una manta de plástico que lo protegía del aguacero, pero que apestaba a semen, vio salir de las aguas del mar una gigantesca bola blanca, rodeada de múltiples colores fosforescentes, que se alejaba bailando en el cielo mientras desafiaba la fuerza de la gravedad como si tuviera un motor antigravitacional. Pulido estuvo a punto de reportar por la radio a la central aquel fenómeno, pero decidió sacar un último cigarrillo y fumárselo nerviosamente y quedarse callado. Cuando pasó por el muelle la patrulla, Pulido insinuó al chofer algo de lo que había visto y eso bastó para que lo jodieran toda la noche por la radio, pidiéndole continuamente que reportara algún objeto volador no identificado. De todas formas Pulido no quería que ninguna nave extraterrestre lo abduciera y lo llevara a otro sistema solar, para que fenómenos raros, cabezones, de ojos grandes y negros, superinteligentes, telepáticos, realizaran con él experimentos genéticos y luego le borraran de la memoria todo lo que había sucedido.
Lo que Pulido conseguía con su sinceridad era que todos y todo el tiempo lo tomaran como un extravagante, un chiflado de conversación ocurrente, divertida, y en general, como una persona poco seria y en la que no se podía confiar.
Un día, Pulido y un grupo de guardias, se fueron a beber a un bar de streap tease y una linda chica se le pegó a Pulido. Viendo a la bailarina mover las caderas mientras se quitaba, poco a poco la ropa, recordaba a Doris y se sentía melancólico.
La chica extraña se le tomaba la cerveza, lo sacaba a bailar apretadito, mientras en la rocola se escuchaba la canción: American Woman, del grupo THE GUESS WHO y luego, cuando Pulido ya estaba bien borracho, la chica se lo llevó a un hotel y le practicó el sexo oral hasta que la picha de Pulido estuvo bien dura, le colocó el preservativo y se dejó montar a pesar de estar enferma de la regla. Cuando Pulido terminó, y se lavaba en el baño, miró el reflejo de su rostro en aquel espejo, y su rostro se parecía mucho al vocalista R. Bachman que cantaba American Woman. Su rostro entrado en carnes, su bigote austríaco y su melena peinada con raya a un lado.
Pronto hubo un cambio en la cúpula de la administración, y el nuevo comandante escuchó de inmediato el rumor de que había un guardia cojo.
Este nuevo jefe llevaba a los guardias al muelle a realizar ejercicios de tiro, les prohibía usar guantes y pasamontañas a los guardias, que por la noche y madrugadas, hacían guardia en el muelle.
Pronto, el nuevo jefe lo llamó a su oficina, a Pulido y se inteligenció de toda la situación, confirmando su cojera. Desde entonces lo colocaban a Pulido en los puestos donde debía permanecer parado, y Joey sufría de intensos dolores, hasta el punto de que le dolía la cadera, por estar apoyado en un solo pie. A pesar de no faltar ni un solo día de guardia y de soportar en silencio todo el sufrimiento, una noche lo despidieron.
Nuevamente la desesperación lo envolvía asfixiante y silenciosamente a Pulido. Joey fumaba y pensaba con desesperación y amargura. No sabía qué hacer, a quién acudir. Pulido no tenía Dios ni a nadie a quién implorar. ¿Tal vez San Vicente Ferrer se apiadaría de él? ¿Tal vez aquel Santo abogaría por su alma cuando ésta se consumiera en el fuego eterno del infierno? ¿Tal vez el alma perdida de Doris se le uniría en su sufrimiento? ¿Tal vez Dios lo perdonaría y aceptaría tal como era él y viviría en el Paraíso junto a Doris? En verdad os digo, que el desempleo lo hacía pensar en cosas estúpidas y sin importancia.
Una tarde, que bajaba la loma de su barrio, se encontró con una amiga suya, que era enfermera, y que se parecía a la actriz Natalie Portman, y le dijo que sufría intensos ardores al orinar y como ella trabajaba en un hospital, le dijo que vaya a hacerse un eco en la próstata.
Ella lo llevó al baño, le desabrochó la bragueta, le cogió su penecito y le ayudó a orinar dentro de la botellita esterilizada.
Al final le dijeron que su glándula tenía el porte normal de una nuez y que no pasaba nada. Después, su amiga le dijo que le tenía una linda sorpresa, y Pulido estaba impaciente por saber de qué se trataba, pero ella le dijo que sólo se lo diría si la invitaba a cenar, después del turno. Después de la cena, Pulido la emborrachó a su amiga enfermera y se acostaron.
De entrada, Pulido le dijo que la iba a penetrar por el ano y ella se reía, nerviosa, y cuando Joey la empezó a penetrar ella le decía, despacito al oído:
- ¡Ay, Joey!, ¡ay, Joey!, ¡ay, Joey!, así no, mijo, ¡ay, Joey!…
Cuando ella experimentó el tercer y descomunal orgasmo, sacó de su carterita un cigarrillo de marihuana, se lo fumó, se tomó medio vaso de whisky y le dijo que le tenía un trabajo como guardia de seguridad, pero que ahí los turnos eran de doce horas. Pulido aceptó de inmediato, ya que su cojera había disminuido, se podía disimular y ya no lo molestaba demasiado.
De inmediato llenó todos los papeles y acudió a las charlas de inducción, que incluían una sesión de judo, con un viejo serrano que se cansó de revolcar en el tatame a Pulido, una y otra vez, y siempre se quedaba admirado de que pese al dolor, Pulido no se rendía, hasta que finalmente fue aceptado y le dieron el trabajo. Luego se probó el uniforme y pronto estaba haciendo guardia en la recepción de un hospital. Ahí se encontró con Bolaños, un viejo amigo de la preparatoria del colegio, que ahora trabajaba de visitador a médicos. Las noches eran de una tranquilidad infinita ya que Pulido no tenía nada que ver con emergencias y podía quedarse ahí tranquilo, pensando en su siguiente poema erótico o en retocar su nuevo manuscrito político: LA FILOSOFIA CAPUCCINO. Luego la compañía lo cambió a la guardia de una empacadora de camarón y aquí la novedad era que todas las mañanas Pulido recibía una tarrina de camarones hervidos, que salían del laboratorio de la planta. Su padre era el más contento con aquel trabajo de su hijo porque a él le gustaban mucho desayunar camarones. Un lujo que la familia de Pulido ya no se podía costear.
Por las noches, Pulido era testigo de la presencia de un gigantesco zorro que se introducía en la planta y de inmediato reportó aquel suceso.
En una ocasión, una obrera guapísima, que se parecía a la actriz Olivia Newton John, se hirió en un dedo de donde salía abundante sangre. Como no había en aquella planta un botiquín, Pulido se le acercó a la chica y le dijo que el mejor coagulante que existía sobre la tierra era la saliva humana, luego le cogió el dedo y se lo llevó a la boca y ahí se lo chupó con fuerza como si le estuviera chupando los pezones a la chica, y ella, asombrada sentía como una especie de excitación y anodadamiento. Un caracoleo en su vientre que cada vez aumentaba de intensidad, la obligó a decirle al guardia que pare. ¡Qué ya estaba bien!, que la herida ya no sangraba.
Después de aquel incidente, lo cambiaron a una planta de químicos que tenía unos siete borregos y, encerrada en una empalizada de madera, una venadita preñada. Todas las mañanas Pulido tenía que coger una manguera y limpiar las bolitas de mierda, que los borregos dejaban esparcidas en la entrada de la oficina. Sus compañeros de trabajo siempre lo veían sentado en medio de la madrugada leyendo una novela de Francis Scott Fiztgerald, titulada: EL PRECIO ERA MUY ALTO, y se preguntaban qué clase de guardia era este Pulido, que se pasaba casi todo el tiempo leyendo y leyendo.
A Pulido siempre le tocaba hacer guardia por las noches y en una ocasión escuchó que la venadita daba quejidos y reportó por teléfono que el animalito estaba teniendo contracciones.
De inmediato lo trasladaron a Pulido a hacer guardia a un gimnasio que estaba siendo remodelado. Sus turnos eran nocturnos, por lo que nunca veía a una linda chica, en traje de gimnasia haciendo aeróbicos o practicando TAE BOX. Una noche fue visitado por una chica que decía llamarse Gigi, que venía vestida con un traje de mariposa muy llamativo, y que quería ver el gimnasio, luego se fue de conversadera con Pulido y al final le suplicó que se dejara practicar el sexo oral. Después quería que Joey se lo metiera por la nalga, y cuando Pulido terminó, Gigi se volteó y Pulido pudo ver un flaco y disminuido penecito y se dio cuenta que Gigi había resultado ser un bello, casi una mujer y afeminado transexual.
El tiempo transcurría despacio, las horas eran eternas y Pulido reflexionaba sobre su futuro. Tenía que hacer algo con este don de la literatura que ¿Dios? le había dado, ¿qué iba a hacer de su vida?
Pulido recordó aquella vez en que caminando en el desierto de Engabao, con dos días sin comer, tuvo una gigantesca visión en la que el cielo se abría de par en par para luego dejar salir, de entre las nubes celestes, una gigantesca mano derecha-la mano de Dios-, que con poderosas y estentóreas palabras le decía:
Tú tienes que escribir todo esto que has vivido...tú tienes la misión de escribir todo esto que has visto...
Luego vio en el celeste cielo, lleno de nubes, aparecer las palabras de la Biblia que decían:
Y TODO EL QUE NO SE HALLO INSCRITO EN EL LIBRO DE LA VIDA FUE ARROJADO AL LAGO DE FUEGO
Entonces, decidió que iba a volver a reescribir su tesis de bachiller titulada: LA REBELIÓN CONTRA OCCIDENTE, -que trataba sobre las terribles consecuencias que sufriría Latinoamérica por apartarse de la amistad y protección de Estados Unidos-, y sus otros manuscritos como: DEMOCRACIA Y LIBERTAD y LA FILOSOFIA CAPUCCINO y lo publicaría todo en un solo tomo. ¿Pero de dónde sacaría los fondos para pagar la imprenta? Todas estas angustias le daban vueltas y más vueltas en la cabeza a Pulido y no sabía qué hacer. Se desesperaba y llenaba de confusión. En las noches que tenía libre, volvía una y otra vez a revisar sus escritos, los encontraba llenos de imperfecciones, errores ideológicos, le faltaban muchas dosis de lógica y no se decidía a dar por concluida la tarea.
Un día lo despidieron de su trabajo de guardia por dormilón y era la verdad. A Pulido lo habían colocado para hacer guardia en la esquina del edificio COSTA BELLA, en todo el centro de Salinas, y por las noches era testigo del montón de ratas que salían de las alcantarillas para corretear por todas partes, incluso debajo de sus pies, también fue testigo de la gigantesca procesión de fe católica de miles de feligreses por un miércoles de ceniza. Pero el turno de noche, de doce horas, fue demasiado para él y un día dejó botado el puesto y se fue a dormir a su casa. Cuando llegó, se bañó, pero de todas maneras no pudo dormir, pensando en las consecuencias de su deserción.
Ahora que estaba sin trabajo, se dedicaba por entero a terminar de escribir su manuscrito político que se titularía: DEMOCRACIA & LIBERTAD.
Cuando terminó de escribir a máquina, el documento parecía y tenía el grosor de una guía telefónica, y de inmediato empezó a buscar una imprenta que le apoyara. Al final del largo camino, encontró una que le cobraría 600 dólares por imprimir trescientos ejemplares. Ahora Pulido tenía que buscar la forma de financiar la publicación de su libro, su gran testamento político.
Entonces, una noche salinera, mientras escuchaba la canción TAKE IT EASY de los EAGLES, recordó sus primeros días como vendedor y se volvió al ropero de su padre, y de ahí sacó un terno gris, con el que lo habían elegido vicepresidente de la facultad de filosofía de la universidad, pero aquel traje ya no le quedaba. Entonces fue a la casa de su primo Eddie, y le pidió un terno viejo, que ya no usara y al ponérselo, se dio cuenta de que le quedó bien aquel terno café.
Con aquel traje, empezó a visitar los locales comerciales de Salinas y pronto se dio cuenta, que aún quedaba algo de la magia del viejo Pulido y pronto comenzó a conseguir auspicios de 50 y 100 dólares a cambio de logotipos en la contraportada de sus trescientos libros.
Pulido visitaba restaurants de comida cruda japonesa, patios de venta de vehículos, academias de modelos, salas de masaje, bares de streap tease, almacenes de muebles, peluquerías, pistas de patinaje, supermercados, cafés, pizzerías, discotecas y hasta talleres automotrices.
En una ocasión, una chica guapísima, llamada Gabriela, hija del dueño de un almacén de venta de muebles, quiso leer el tremendo manuscrito, titulado: DEMOCRACIA & LIBERTAD, antes de decidirse por apoyarlo con un auspicio, y Joey se quedó halagado e impresionado. Pulido la invitó a tomar un café y ahí le entregó el gigantesco manuscrito. Después de dos semanas, Gabriela lo llamó a la casa y se volvieron a citar en aquel café Sweet & Coffee y ni bien ella lo vio acercarse, se le abalanzó a los brazos y le preguntó si quería hacer el amor con ella...
De inmediato Pulido se la llevó a un hotel del centro de la ciudad y ahí, entre sábanas sudadas por el calor, se amaron tierna y apasionadamente hasta las ocho de la noche. Gabriela le susurraba a Pulido en el oído:
Amorcito, culéame, amorcito, sí, sí, así, que soy toda tuya, desde hoy y para siempre.
Pero después de eso nunca más la volvió a ver. El almacén de muebles cerró y Pulido nunca más supo dónde volver a encontrar a aquella deliciosa chica.
Cada vez que Pulido conseguía un auspicio, corría a la imprenta y lo entregaba al dueño que lo depositaba en una cajita metálica, y luego, pedía un recibo, para entregarlo al cliente, cuyo logotipo iría en la contraportada de los libros.
Un día, que había conseguido un auspicio de 100 dólares, comprendió que había financiado sus trescientos ejemplares de DEMOCRACIA & LIBERTAD y se sintió completamente saturado de felicidad. DEMOCRACIA & LIBERTAD estaría dedicada a la memoria de su amante Doris, una de las primeras víctimas del SIDA a inicios de los 80’s.
La portada de su libro sería una foto antigua del malecón de una Salinas que ya no existía, con casas de madera e iluminada románticamente con velas.
En la imprenta, todo el ambiente estaba saturado de una loca excitación, que le daba a la oficina la atmósfera de un manicomio. La guapa secretaria hablaba y hablaba por teléfono mientras tipeaba y tipeaba en la computadora realizando sin ganas el levantamiento del texto.
Cuando el trabajo estuvo impreso, el dueño de la imprenta colocó a un entenado de nacionalidad venezolana a intercalar las hojas para darle forma al libro. Este muchacho se pasaba las horas intercalando las hojas con la velocidad del rayo, pero también no desaprovechaba ni un segundo para burlarse del contenido del libro de Pulido. A veces se detenía y leía un párrafo en particular y todos los miembros de la imprenta se reían a mandíbula batiente de los textos jocosos que había escrito Pulido. Luego llegaba el hermano del dueño de la imprenta, justo a la hora del almuerzo y siempre traía un paquete de mortadela con limón y una cola familiar. Invariablemente, todos le caían encima y devoraban hasta el último pedazo de mortadela.
En aquella temporada, una de las hijas del dueño de la imprenta, se había metido de bailarina en un grupo de chicas que cantaban, y se discutía con bastante acaloramiento sobre las dimensiones del escote del traje de las chicas para que no revelasen demasiado las tetas de las bailarinas, y Pulido ya harto de escuchar tanto moralismo, le dijo al padre de la chica:
¿Por qué no, mejor, las visten con trajes de monjas?
Y el dueño de la imprenta le respondió:
Tú no te metas, que son las tetas de mi hija, no las de tu hija.
Y luego, se partieron de la risa.
Pulido trabajaba en la imprenta, ayudando en el levantamiento de texto, en la intercalación de las páginas, en la corrección final de las pruebas y lo supervisaba todo con un entusiasmo incansable. El tiempo se hacia interminable, y Joey no sabía cuándo estarían listos sus libros para empezar a venderlos. En cambio en casa era otra historia. Su familia ahora sí creía que Pulido se había vuelto loco. ¿Un libro sobre política que contenía poemas eróticos? Seguramente se trataba de una chifladura. Su padre aprovechaba la oportunidad para hablarle, cuando encontraba a su hijo solo con sus pensamientos y preocupaciones, y le preguntaba lleno de ansiedad:
¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
Y Pulido invariablemente le contestaba lleno de impaciencia:
Sí, papá, déjame en paz, ¿quieres? Pronto tendremos algo de dinero con la venta de los libros, ¿sí?
Finalmente llegó el día en que los trescientos ejemplares estaban listos para ser cortados. Pero pronto Joey se dio cuenta que sus libros, colocados en las vitrinas de las librerías, no se venderían, así que salió en las noches a las calles de Salinas –como cuando salió a pedir caridad por la anemia perniciosa de Penélope-, a vender sus libros y pronto ocurrió ¿el milagro?, DEMOCRACIA & LIBERTAD se vendía como pan caliente. Era un libro del tamaño de un cuarto y gordito, porque tenía trescientas doce páginas.
La gente y los turistas lo compraban como un recuerdo turístico y como una novedad, pero no sabían que estaban comprando el trabajo de un hombre desesperado que había sufrido más de treinta años para poder escribirlo. A algunas personas les llamaba la atención el análisis político de grandes vuelos intelectuales, al estilo de Octavio Paz, Mariano Grondona y Henry Kissinger. Otros, en especial las mujeres adolescentes, sentían cierta predilección por los poemas eróticos, y los comunistas no terminaban de entender, cómo un autor de extrema derecha, pedía a gritos y con tanta vehemencia, el desbloqueo de Cuba, hasta afirmar:
que la decisión de Robert MacNamara de bloquear Cuba, durante la presidencia de John Fitzgerald Kenndy, era como haber arrojado una bomba nuclear sobre LA HABANA.
Nadie en Latinoamérica comprende el porqué se la bloquea a Cuba, mientras que a Vietnam se le permite el libre flujo del comercio. Al final de cuentas Fidel Castro es un líder de la talla de un Ho Chi Min o de un autoritario Charles De Gaulle.
La venta de DEMOCRACIA & LIBERTAD fue un éxito nocturno, y cada noche, Pulido regresaba a casa con veinte dólares en el bolsillo, que invariablemente se los entregaba, lleno de felicidad a Penélope. Hubo, incluso, un amigo de Pulido, que le giró un cheque de cincuenta dólares por un ejemplar. Penélope y sus dos hijos, bailaban de felicidad, y los tres saltaban sobre la cama. Su padre estaba confundido, enredado su pensamiento, en una mezcla de felicidad y orgullo. Su madre, pequeño burguesa y más práctica, era completamente indiferente a todo aquel barullo de alegría por la literatura de su hijo, porque sólo eran trescientos libros, y cuándo los ejemplares se acabaren, ¿qué haría su pobre hijo?, ¿encontraría otro trabajo?
Incluso un amigo de Pulido le organizó el lanzamiento de DEMOCRACIA & LIBERTAD, en un bar bohemio para intelectuales y todo fue de maravilla. Pulido logró sacar sesenta dólares aquella noche.
A la mañana siguiente Joey se levantó con una seria molestia en el pecho. No podía respirar con tranquilidad, sudaba frío, era como si tuviera una obstrucción en los pulmones, le dolía el corazón y el brazo izquierdo. Penélope se lo llevó a una fundación médica de los mormones, para que le sacaran una radiografía de los pulmones y del corazón, y ahí, en aquella fundación, le dijeron, casi como una severa advertencia, que tenía que dejar de fumar tabaco no sólo porque era un pecado contra Dios, sino porque Joey se estaba matando.
DESESPERADOS
THE IRISH PEOPLE o DESESPERADOS
No duermas demasiado.
Tu palo de cavar cayó al agua y tu cesta también.
¡Despierta!
Es casi la bajamar.
Llegarás tarde a la playa.
Poema Kwakiutl, de Columbia Británica
CUANDO REGRESO A CASA
Cuando regreso a mi hogar:
Veo casas destartaladas
Gatos en las esquinas
Basura en las calles
Hombres ahorcados en sus propias corbatas
Perros volando como pájaros
Árboles filosofando con fantasmas
Muertos creyéndose arcángeles
Moscas engendrando cucarachas
Hombres sobreviviendo.
Cuando regreso a mi hogar:
La nostalgia se desvela
Los recuerdos fluyen
Y el abrazo de mi difunto padre
Que animoso me pregunta:
¿Cómo estás hijo de mi esperanza?
Augusto Rodríguez
Vamos,
Voy a irme
Te ruego
Déjame ir
volveré
No llores por mí
Mira,
Estaremos muy contentos
Al encontrarnos
Cuando yo vuelva
No llores por mí
Poema de la tribu Ojibwa
El viaje a Cuenca fue hermoso. Antes el tío tuvo que ir al sur a recoger unos colchones y unos muebles. Y pronto enrumbaron a la Atenas del Ecuador.
Los sentidos de Pulido no habían experimentado un gozo semejante desde hacía mucho tiempo. El paisaje se parecía al del camino hacia Ambato, pero el de Cuenca era más selvático, más misterioso. El tío Ray se detuvo un instante en el camino para comprar fritada. Un gigantesco chancho lucía colgado de un gancho y el nativo, con un cuchillo en la mano, lo iba cortando para servir los humeantes trozos de fritada en un plato rodeado de mote, papa cocida y salsa de cebolla. Pulido comió chancho, luego repitió, hasta hartarse y chuparse los dedos. Cuando llegaron era de noche y Pulido pudo ver de manera velada la fachada de este edificio de tres pisos, donde iba a vivir por espacio de tres meses que se convirtieron en un año.
Llegaron justo para asistir a la sesión de terapia nocturna y cuando Pulido tuvo la oportunidad de tomar la palabra se expresó de manera orgullosa y tonta, aunque reconoció de inmediato, ante todos, que estaba ahí porque tenía un problema con sus nervios y se quería eliminar y que su cabeza giraba en torno a esta idea de manera obsesiva.
Ni bien llegó lo subieron al segundo piso, le dijeron que se saque la camisa y que pose para retratarlo fotográficamente para capturar la imagen con que llegaba y luego de los tres meses compararla con la imagen de salida. Pulido lucía como un cerdo, todo barrigón, con un blue jean que no se ajustaba bien a su cuerpo, parecía un payaso, unos zapatos de caucho usados sin medias y que cuando Pulido se los sacaba apestaban a pezuña podrida.
Cuando Pulido aceptó la oferta de su padre de recluirse en una casa de reposo para personas con problemas de depresión, trastornos de conducta, drogas y alcohol; debió haber comprendido que tenía que volver a comenzar desde cero y olvidarse de todo lo que dejaba atrás: familia, la lucha por la supervivencia, todo. Esto fue difícil, tremendamente difícil para Pulido de aceptar, y él neciamente, seguía llamando por teléfono a un ingeniero, para ver si había alguna posibilidad de trabajo. Cuando se rindió, se dio cuenta que su vida jamás volvería a ser de la misma forma como la había estado llevando. Otra cosa que Pulido tuvo que aprender dolorosamente era que, en el clima frío de Cuenca, no podría llevar el mismo ritmo de consumo de cigarrillos y masturbación, porque de inmediato apareció la gripe y la infección en la garganta. Ahora Pulido no sólo tenía que soportar el clima templado de Cuenca sino los escalofríos internos propios de una enfermedad. El tío lo ubicó en la planta baja, en un dormitorio junto al celador de la Clínica. Y éste quería poner a trabajar a Pulido de vigilante, pero el estado mental de Pulido era inútil. El frío, la fiebre, los escalofríos, las orinadas temblorosas en las madrugadas y la cama con aquella curvatura en el centro como ataúd, todo conspiraba para que Pulido sólo quisiera dejarse estar, vivir como un vegetal, sin tener que pensar. Esta inutilidad del sobrino del jefe, le causaba verdadera furia a Iván, el celador de la Clínica, y se quejaba con Ray constantemente, pidiendo que se lo llevasen a Pulido arriba, al segundo piso, con los otros internos.
Pronto Pulido tuvo que renunciar a la televisión, los juegos electrónicos, el contacto con la gente que llegaba del exterior, para vivir una vida llena de restricciones y siempre bajo el ojo vigilante de los compañeros de cuarto.
Por las noches el frío era casi insoportable, a pesar de que la llegada de Pulido a Cuenca, coincidía con el deshielo. Y cuando el celador Iván daba la orden de apagar las luces, guardar silencio y dormir, el fallo era inapelable. Entonces Pulido recordaba un poema de Rodolfo Salazar Ledesma que decía así:
Todos deben dormir.
Yo
Con el sudor en mi frente
En un final de siglo empobrecido
Con seres indiferentes
Y el cuestionamiento de la iglesia
Bajo la sombra del norte
En un mundo de guerras
Siento
Que el sueño se va
En un círculo de miseria en forma de
Planeta dando vueltas,
El amor también y unidos a él,
El odio
Y sus defensores,
Sin embargo, ahora
Y a la falta absoluta de sueño,
Despierto
Todos deben dormir
La vida de interno en la Clínica, dentro del segundo piso, era austera y disciplinada. Todos vivían bajo el lema de que el que se resiente pierde. De vez en cuando sazonada con la escena aberrante de algún interno, que en medio de la noche gritaba y aullaba porque había perdido el control y no soportaba más el encierro.
Todos se levantaban a las siete de la mañana y se duchaban con agua caliente hasta las ocho, desayunaban un vaso de avena o de colada, un pedazo de pan y si tenías suerte o dinero, te podías comprar un huevo para que te lo sirvan frito, revuelto o duro.
El cocinero era un tipo encantador que preparaba unas sopas de verduras deliciosas e incomparables. No era muy alto, pero sí rechoncho, siempre usaba una camiseta que tenía pintado el siguiente mensaje: “DIOS ES CARIDAD”, usaba lentes transparentes, hablaba poco, pero lo que decía era interesante, leía mucho sobre la NASA, y se fijaba en Pulido a cada rato. Siempre había una sonrisa de comprensión, solidaridad, un detalle de gentileza para el pobre mono, maniático y suicida. Después de desayunar, el cocinero le mostró a Pulido un calendario que mostraba una foto con unas huellas en la arena y un pensamiento sobre Dios, cuyo mensaje más o menos decía, que cuando ya tus fuerzas te abandonaban, era Dios quien te cargaba durante el camino. Pulido volvió a rechazar a Dios, y aquellos pensamientos a Pulido se le antojaron sensibleros y que, lo que en realidad ocultaban, era la tiranía, la confusión, una especie de anarquía ignorante y el despotismo de un Dios, que al haber creado al mundo y al hombre se había olvidado del verdadero libre albedrío, había demostrado ser una deidad totalitaria, llena de errores e incompetente. No había espacio para Dios en el corazón de Pulido así como Stephen Hawking afirmaba con sus cálculos astrofísicos, que no había espacio para Dios en el Universo.
Luego vino la terapia junto con los demás internos. Poco a poco Pulido se iba sumergiendo en las diferentes anomalías mentales de sus compañeros de internamiento. Unos habían demostrado durante toda su vida una patología por el alcohol; otros se masturbaban pensando en su madre o en sus hermanas; los había aquellos que verdaderamente eran un caso de inadaptación desequilibrante; otros estaban viejos y consumidos por el aislamiento, el vicio y la incomunicación de sus familiares; y estaban los que consumían todo tipo de drogas y tenían el cerebro completamente tostado.
También estaban las visitas al psicólogo. Éste profesional lo interrogaba a Pulido sobre todos los aspectos previos de su vida antes del internamiento, y Pulido sentía frío, pero se entregaba completamente en las manos del doctor, y hablaba, confesaba haber vivido, haber sido seducido por una anarquía completamente atea, que al igual que a Federico Nietsche, lo había llevado a una casa de recuperación donde se le iba a dar el último chance antes de ingresarlo en el psiquiátrico Lorenzo Ponce. Después de las terapias y de la cita con el psicólogo, Pulido subía al tercer piso para recibir el almuerzo, que invariablemente consistía en una sopa de verduras serranas, exquisita y caliente, un vaso de colada y un pan si es que tenías suerte o el dinero para comprarlo. Aquí conoció a un cuencano que había nacido en Perú, Pulido no sabía explicar este asunto de la doble nacionalidad de su amigo, pero con él tuvo una identificación inmediata porque a ambos les gustaba escuchar la música en inglés y en especial la música vieja de los 70’s y 80’s en inglés, que era la única y verdadera terapia que Pulido necesitaba.
El edificio de la Clínica, estaba ubicado lejos del ruido de la ciudad. Ese aislamiento era un tónico equilibrante para los nervios de Joey, pero el hecho de estar lejos de su familia lo empezaba a preocupar. Constantemente le preguntaba a Ray si estaba seguro de que su padre le iba a pasar el dinero necesario a Penélope para que no pase necesidad con los niños. E invariablemente recibía la respuesta afirmativa, que Joey terminó por aceptar como verdadera, para poder estar en paz.
Por las mañanas heladas, lo último que quería hacer Joey era salir al patio a trotar y a realizar ejercicios. Su tío Ray al principio lo disculpaba, pero pronto llegaría el día en que estaba obligado a sacar su cuerpo corrupto al frío para ponerlo en movimiento y hacer circular la sangre. Toda la terapia física estaba a cargo de un ex sargento que estaba tratando de superar un ligero descontrol de su mente producida por el alcohol. Él mismo contaba en las sesiones de terapia, que como militar en servicio activo, borracho, cometía toda clase de abusos de autoridad contra los conscriptos y los ponía a realizar ejercicios durante las noches heladas y en calzoncillos. Luego de ejecutada su confesión, se le veía con el rostro tembloroso lleno de lágrimas y de sincero arrepentimiento cristiano.
Mientras más pasaba el tiempo, más era el número de internos que iban llegando, ¡y cómo llegaban!; mientras que otros cumplían sus tres meses de internamiento y se preparaban para volver al mundo a enfrentar todos los desastres que habían provocado y dejado atrás. En esas ocasiones en la Clínica se organizaba una gran fiesta de despedida para desearle suerte al chico afortunado, que había cumplido su tiempo y que regresaba a la sociedad con toda una estructura de nuevas ideas para enfrentar su pasado, vivir su presente y transformar su futuro. Cualquiera que sea el resultado de ese accionar siempre podía regresar a la Clínica en busca de terapia, compañía o un ameno diálogo con el psicólogo.
Por las noches a los internos del tercer y segundo piso los encerraban con candado para que no intentaran bajar por las escaleras para escaparse o subir por las escaleras a la cocina. Aunque se había suscitado un caso en que un paciente interno se había lanzado por el balcón desde el tercer piso y se había roto el cuello y matado.
Estaba totalmente prohibido meter platos de comida en los cuartos. Toda falta disciplinaria era castigada, la primera vez, con la ingesta forzosa de una pastilla Sinogán, de efectos somníferos, que iba acompañada de una contra terapia o terapia de shock, que le prohibía al paciente abandonarse tranquilamente al sueño que producía el narcótico. En otras palabras: tortura. Pero lo peor era cuando algún loco se declaraba en estado de rebeldía violenta y había que someterlo por la fuerza, porque entonces el psicólogo daba luz verde a los internos para que desplieguen toda la violencia reprimida y lo molieran a golpes y patadas en la cabeza, hasta que el interno descontrolado se rindiera y suplicara perdón.
Joey se ponía a conversar con los diferentes grupitos o mafias que los internos formaban. Pulido era como una especie de Gulliver que saltaba de una isla a otra de personas, y todos lo recibían con amabilidad y cortesía. Al principio. Después del almuerzo y de la terapia de la tarde, llegaba la noche y la cena, compuesta casi siempre de sopa de pollo, el mismo vaso de colada y la eterna posibilidad de acompañar el rancho con un mendrugo de pan. Terminada la cena los internos podían salir a la terraza, mirar el cielo nocturno tachonado de estrellas, respirar el viento helado de las montañas, todo surcado de vez en cuando por un meteorito, conversar sobre extraterrestres y fumarse un cigarrillo.
Había un interno, hijo de un alto oficial de la Fuerza Aérea, que afirmaba que los viajes a la luna se habían suspendido por las amenazas telepáticas, que los astronautas americanos habían recibido de los alienígenas. Que de manera invisible a nuestros sentidos vivían en aquel satélite. En otras ocasiones nos contaba cómo un ruso de apellido Notovitch había escrito un libro sobre su viaje al monasterio de HIMIS en el Tibet y su descubrimiento de que Jesús había estudiado allí en el período comprendido entre los doce hasta los treinta años.
En cambio el rechoncho, feliz y melenudo cocinero hablaba sobre unos cursos especializados en lenguas extranjeras, que utilizaban los de la NASA como método de aprendizaje, llamado la himnopedia o aprendizaje a través del sueño. Al tipo, estudiante en cuestión, antes de dormir, le colocaban unos audífonos y le hacían escuchar un casete reprogramable, que duraba todas las ocho horas del sueño para que el nuevo conocimiento se le quede grabado en el subconsciente.
Una noche en especial, todos los locos internos se arremolinaron en un cuarto, cuya ventana daba a una colina negra por la noche, y supuestamente, todos fueron testigos del aterrizaje y desembarco de unas luces que provenían de otra galaxia. Aquello fue para Pulido sumergirse en una divertida histeria colectiva y el asunto le hacía una gracia purificadora, aquellas carcajadas lo reconciliaban con él mismo y lo acercaban más a la cordura, Pulido volvía a sentirse vivo después de llorar a lágrima viva de la risa.
Ya para el segundo día de terapia le dijeron a Pulido que se cambiara de pantalón y que si no tenía otro que lo lavara en la terraza porque el que cargaba ya caminaba solo. Pulido comprendió el mensaje. El loco era él y tenía que obedecer en todo el asunto referente a la limpieza. Había que cambiarse de medias, lavarse los dientes, ponerse desodorante, bañarse bien y peinarse bien. En definitiva había que lucir bien y no oler mal. Pero había algunos internos que por su aspecto eran de preocupación y cuidado. Parecían viejos vagabundos recogidos de la calle. Los había los que la ropa ya le salía moho. En una ocasión llegó un interno con una hediondez en la boca que simplemente era inaguantable dormir en el mismo cuarto que ese sujeto, el hedor te ahogaba. Pronto todos dejaban escapar su mente y pensar en cosas como el sexo, la bohemia y la caminata alcohólica o drogada por las calles, con hambre y rebuscando por ahí a ver qué se hace. El daño psicológico era general y todos caminaban de un lado a otro con los ojos desenfocados y tristes, a veces en silencio, otras veces dejándose llevar por tics nerviosos y moviendo locamente la cabeza, otros aullando como perros alunados por las ventanas.
Los internos escuchaban las charlas de motivación de los psicólogos y después era el turno de ellos de ir soltando la lengua para ir desenmarañando el ovillo de trastornos psicológicos que los había llevado al internamiento. El diálogo era pobre, reflejaba toda la mezquindad de un cerebro carcomido ya por el alcohol o por la droga. Muchas veces estos diálogos eran repetitivos, cobardes, llenos de escenas machistas de sexo, y algunas veces poseedores de una lógica inconexa, que pronto daba al traste con cualquier tipo de sentido que uno quisiera encontrarle al asunto. En medio de este panorama Pulido brillaba por la profundidad y la lógica de sus razonamientos que tampoco carecían de una vena de humor, claro, sin llegar a la burla maliciosa. Pulido estaba consciente de que se hallaba en una situación peligrosa. Todo el año que permaneció en aquel asilo tuvo que sacarle el cuerpo a la pastilla Sinogán y eso era un mérito. Su conducta fue tan ejemplar que pronto lo identificaron con el nombre de DISCIPLINA.
Todos los fines de semana la Clínica se convertía en una feria de felicidad. Los parientes que se mostraban interesados por sus familiares los iban a visitar y se producían escenas de lágrimas y esperanza. Los demás se concentraban en sendos partidos de voley y los internos jugaban incansablemente mientras Pulido les sintonizaba en la radio música de los 70’s como la del grupo LED ZEPELIN y todos los locos sentían las energías de aquellas melodías y jugaban con mayor energía bajo los acordes de Robert Plant:
- Shake for me, baby… I wanna be you macho men… Yeah…Ouuu…Yeah…Ouuu…
Cada vez que un adicto se abría en las terapias y confesaba un fondo psicológico dotado de suma gravedad, los demás adictos gritaban en coro:
¡ME IDENTIFICOOOO!
Para Pulido el más cuerdo de todos era el cuencano, peruano que siempre se presentaba a las terapias con un atuendo disparatado, ya se ponía un cintillo en la cabeza, ya una camisa sin mangas. Y las conversaciones que mantenía con él eran de lo más divertidas. El cuencano, peruano le contaba que el había sido vendedor de electrodomésticos y que era bueno en el negocio, pero siempre tenía guardado en un cajón de su escritorio una botella de alcohol. De esa manera, después de atender a un cliente, corría a su oficina, se encerraba con seguro, abría el cajón y se mandaba un pequeño sorbo para de ahí, correr a seguir atendiendo a otro cliente. El resultado de este accionar era que poco a poco se iba emborrachando y los tragos se hacían cada vez más largos y al final terminaba todo ebrio y se iba a su casa arrastrando los pies.
Cuando llegó el fin de semana le tocó a Pulido lavar su ropa. Había que aprovechar el sol fugaz de la bella y deslumbrante Cuenca. Al principio el tío le facilitó una barra de jabón y con eso Pulido aprendió a lavar su ropa de la misma manera que en la parrillada con el argentino había aprendido a cocinar arroz y a asar un pollo al limón o cuando en Casa Maspons, había aprendido de la manera más humillante, a trapear los pisos del almacén. Había que esperar turno con toda la ropa sucia metida en una funda y luego ponerse a remojar cada pieza y luego embadunarla de espuma con el jabón y toda la operación se realizaba bajo los acordes de la música de NIRVANA y Pulido sentía verdadera buena vibra y lavaba y lavaba y restregaba y restregaba hasta botar todo el estrés que producía el encierro y hasta dejar toda la ropa limpia.
Cuando terminaban las faenas de lavandería de la ropa, había que limpiar los servicios higiénicos del cuarto donde uno se hospedaba. Pulido en eso mostraba la higiene de un monje krsna, y usaba una buena cantidad de cloro para dejar bien desinfectado la tasa donde todos los cuatro ocupantes del cuarto colocaban sus nalgas para evacuar. Incluso mientras limpiaba los servicios se ponía a cantar los santos nombres del Señor:
Hare Krsna Hare Krsna
Krsna Krsna Hare Hare
Hare Rama Hare Rama
Rama Rama Hare Hare
Muchas veces la cocina se llenaba de moscas y Pulido, completamente lunático se ponía a matar moscas. Primero se hacía de un matamoscas y luego empezaba a exterminar las moscas pegadas en el vidrio de la ventana. Esa actividad acompañada de buena música del grupo AMERICA de los 70’s era la distracción favorita de Pulido.
¡Qué lejos estaba el mundo de las preocupaciones y los desasosiegos!
Imaginaba que las moscas eran enemigos de otro planeta que había que eliminar para preservar la supervivencia de la raza humana.
Ahora Pulido vivía en un mundo de fantasía donde los límites de su cerebro habían desaparecido. Había llegado a comprender todo y luego se había vuelto loco. Su amigo el cocinero estaba sentado en la mesa de la cocina y mientras se despachaba un arroz con pollo, guardado de la noche anterior, observaba a Pulido en su aerobic asesino de moscas.
Eres una causa perdida Pulido- le decía el cocinero con la boca llena-. Eres una causa perdida como todos nosotros.
Las terapias en la noche, antes de acostarse a dormir, era lo más agotador porque en ella se realizaban ejercicios de destreza física y mental. Unos ya eran de lo más ridículos, que los internos parecían niños de jardín de infante. Como el juego de la sillita y otros así por el estilo.
Pero había que someterse a todo sin chistar porque la sombra de la amenaza de la pastilla sinogán era latente.
En aquella casa de locos nadie controlaba sus emociones sino era a la fuerza. La amenaza de suicidio, violación y muerte estaba en el rostro de cada uno de los internos. Todos los días Pulido amanecía con el temor de abrir una puerta y encontrar a un loco que se había guindado del cuello. Era mejor tratar de pasar desapercibido y silencioso. Había que estar ocupado haciendo algo.
Pronto lo pusieron a Pulido a trapear toda la escalera del edificio de tres pisos. Ese trabajo era un sacadero de chucha tremendo. Peldaño por peldaño había que trapear la escalera de cabo a rabo.
En una ocasión un serrano que le tenía hambre a Pulido y que le quería meter la picha en la nalga, le inspeccionó el trabajo de trapear la escalera y encontró una falla – un poco de tierra escondida detrás de la escalera-, y entró al cuarto de terapia donde estaba Pulido para sacarlo a que repita el trabajo de trapear las escaleras.
En las noches siempre lo rondaba a Pulido y se le acercaba cuando estaba arrecho y con el penezote grandote y le hablaba a Pulido al oído como si fuera su mujer y le decía.
¡Vamos monito, vamos a mi cuarto que te quiero dar un regalito!, ¡vamos no seas malo que yo me porto bien contigo!, ¡vamos monito que quiero que me mames la picha!
Y luego le decía:
Mírame el huevo, que lo tengo grandote, vamos de una, monito, para que me arregles el día. Yo te escupo bien en la nalga para que no te duela cuando te penetre.
Y luego lo abrazaba por el cuello y se lo llevaba a pasear como si fueran enamorados. Luego cuando pasaron por el cuarto el serrano lo empujó adentro a Pulido en la cama, cerró con llave y se bajó los pantalones.
Pulido nunca había visto un falo tan enorme sin circuncidar y goteando semen. Pulido se tapó los ojos mientras el serrano lo desvestía y lo volteaba para que su nalga recibiera el alegre peso de sus cojones. Había pasado mucho tiempo que el serrano no descargaba el peso de su semen en el culo de un hombre.
Pulido sentía un dolor tremendo, tremendo, como si los tejidos de su ano estuvieran a punto de reventar. De pronto sintió ganas de hacer caca. Eran unas ganas intensas de evacuar y hacer caca. Entonces empezó a pujar como mujer pariendo y pujaba y pujaba hasta sentir que la mierda se desprendía de sus intestinos. ¡Y entonces Pulido fue feliz! Sintió un verdadero orgasmo y hasta se deslechó un poco.
Al final el serrano se quedó desmayado sobre el cuerpo cagado de Pulido. Pulido ya muy tarde se lo quitó de encima y se percató que tenía el ano empapado en semen y mierda. De inmediato se fue al baño y vomitó por el culo todo el aborto de semen que tenía en los intestinos. La leche del serrano le había penetrado hasta lo más recóndito de sus entrañas y lo había hecho sentir mujer. Había perdido su dignidad pero de alguna manera la volvería a recuperar. Ahora ningún acto en la vida tenía la fuerza de perturbar más a Pulido. En el tiempo que estuvo en la Clínica, Pulido siguió escribiendo, pero ahora se dedicaba a la poesía. Y mandó por correo certificado dos volúmenes de trescientas cartas de poesía a una revista semi porno de Quito llamada Mango.
Pulido se percató que ese baño no era limpio como el suyo y se limpió con papel higiénico mojado toda la leche que le salía por el culo.
Luego bajó las escaleras y salió al patio donde se celebraba un juego de voley. Los juegos de voley eran entretenidos y hacían que Pulido bajara de peso y sacara físico. Pulido se sentó y se dejó llevar por el partido. Pronto caería la noche. El viento ya traía el frío serrano del páramo. Para pulido Cuenca era como estar en un país satélite tras la cortina de hierro. Su gente pedía ser amada a gritos y había un cuencano que le cogió afecto a Pulido como si de su yerno o sobrino se tratara. Lo llevaba a comer pizza y a conversar. En la Clínica se pusieron de acuerdo en que Pulido podía funcionar como guía y vigilante de este tipo para que lo acompañe a pagar unos impuestos municipales y a la casa para que visite y converse con su mujer. Pulido caminaba sobre las calles de Cuenca y soñaba con quedarse a vivir allí o traerse a su familia a vivir allá. Sí, Pulido pensaba en esas horas en su esposa y sus dos hijos. En el libro de recuperación que utilizaba había colocado una foto en la portada en la que aparecía Pulido, su esposa y sus dos hijos en el patio de la casa, y Pulido sentado en la hamaca. Esos eran aquellos momentos en que Pulido, deprimido, sólo pensaba en el suicidio. En la foto había aparecido con los ojos trastornados. El destino final de esa foto fue quedar guardada en los archivos del colegio de Danni. En el colegio le pedían una foto familiar y esa era la única que tenían. Su esposa Penélope le reprochaba el que haya entregado esa foto donde se los retrataba con ropa de casa y de una manera más bien informal y despreocupada.
Los días pasaban y Pulido conocía a nuevos internos que llegaban. Unos llegaban escoltados por sus familiares y tarde o temprano se resistían al encierro como un niño cuando se lo lleva al médico o a la enfermera para que le pinchen una inyección. Se ponían a hablar por teléfono horas y horas, lo mismo que hizo Pulido, y luego con la cara blanca por el desfallecimiento, se resignaban a dejarse llevar y ser vapuleados por todo el mundo. En aquella casa de locos no había respeto por nadie. Otros llegaban inconscientes y hasta cagados y era un espectáculo tierno ver cómo Geovanny se encargaba de los nuevos y los limpiaba sin dar muestras del menor signo de asco o repugnancia. Este Geovanny era un caso de locura positiva, porque era el más antiguo en la clínica y no quería salir de ahí para nada. Simplemente se había institucionalizado. Cuando se chiflaba se ponía a dar volteretas para atrás en el tercer piso, en el comedor de la cocina y se escuchaba un tremendo escándalo cuando después del salto golpeaba con los pies el suelo de la Clínica.
En una ocasión mientras el famoso Robert Taylor estaba dando terapia, se tuvo que interrumpir con asombro, y mandar a alguien a ver qué diablos estaba pasando arriba porque cada vez que tomaba la palabra se escuchaba un tremendo golpe en el piso de la cocina y de lo que se trataba era de que a Geovanny le había entrado la chifladura y se ponía a saltar para atrás y saltar y saltar hasta quedar completamente agotado.
En una ocasión le dieron permiso a Pulido y a otro chico para salir a divertirse y pronto su compañero cuencano Phillipe lo llevó a conocer unas amigas y se fueron hasta el mirador del Turi, deambularon por aquel mirador que en algunas partes se encontraba repleto de basura y de ahí para abajo, hasta estacionarse en un seno del río y se pusieron a conversar. Pulido estuvo aburridísimo porque todo el tiempo fingía ser un muchacho libre, temporalmente perturbado, que tenía un gran futuro por delante, pero la realidad era otra. En la mente de Joey danzaba la preocupación por su esposa y sus hijos y sobre todo por su futuro, ese no where que siempre lo perdería para cualquier causa que se propusiera conquistar. La juventud de aquellas cuencanas era inocente, invitaba a amar y a olvidar, a buscar un nuevo comienzo con nuevas esperanzas, pero Joey estaba atado con fuertes cadenas de amor filial y aquella tarde se sentía un hombre maduro, incapaz de ilusionar y engañar a nadie más, ni siquiera con un suave y casto beso en los labios.
En las noches siempre se alteraba la paz de la Clínica cuando un interno se sentía mal como si le fuera a dar un ataque epiléptico y se quisiera suicidar. El encierro y el síndrome de abstinencia de la droga eran algo fuerte, como los ataques de delirium tremens, que les daba a los borrachos. Había que agarrar entre tres al loco que se quería lanzar balcón abajo con tal de escapar al encierro. O se trataban de escapar por un tubo que daba a la parte central del edificio y se iban haciendo mierda la ropa y la piel con el alambre de púas, que habían colocado alrededor del tubo y luego eran aparados por los demás internos que ya lo estaban esperando abajo. Luego había que curar las heridas con alcohol, mertiolate y sulfa de los que se abrían la piel con tijeras o guilletes.
Muchas veces Pulido era buscado por los demás internos para auxiliar a algún interno que estaba pasando por un difícil momento de depresión, angustia y que se quería suicidar. Pulido, experto en el tema, se acercaba con cuidado al muchacho y le empezaba a hablar al oído, despacio, sobre todas las cosas que el interno necesitaba saber, todos los trucos necesarios para poder sobrevivir a la angustia y a la depresión que producen el encierro. Pulido no se cansaba de hablar y de razonar sobre esta maldita sensación temporal de depresión que en realidad ocultaba el síndrome de abstinencia a las drogas. Claro que el encierro también era un asunto perturbador, pero la ciencia estaba en pañales en cuestiones de rehabilitación de adictos y de personas que sufrían trastornos de conducta y el encierro era lo único que se recomendaba. Encierro y terapia. La otra alternativa era el hospital psiquiátrico y la medicación que volvía a la persona un verdadero vegetal.
El tiempo transcurría poco a poco y Pulido se acostumbró a vivir de manera automática como un zombie. Por las mañanas se bañaba, asistía a terapia, hacía retrospección de su vida pasada cuando le tocaba hablar, luego subía al tercer piso para el almuerzo que a veces sólo consistía en un arroz con huevo como la comida de las prostitutas, en la tarde volvía a asistir a la terapia, que podía ser dictada por unos evangelistas, el psicólogo u otros terapistas, que venían recorriendo todo el circuito de clínicas de recuperación, luego venía la cena frugal que en una ocasión Pulido tuvo que dejarla porque consistía en una sopa de pollo toda grasosa que era simplemente imposible de tragar, y finalmente la hora de dormir. Poco antes de que apagaran las luces, Pulido escribía en la pared junto a su cama una cita del escritor John Updike que decía así:
LA VIDA ES DEMASIADO CORTA PARA QUE ENCIMA SEAMOS INFELICES
Se levantaba por las mañanas, soportaba mal el frío de la sierra, pero ahora se cuidaba más para no enfermarse de gripe, y cada vez más se iba aclimatando, hasta volverse un cuencano más. Por las mañanas se duchaba con agua caliente y había que tener suficiente dinero para comprar una pastilla de oloroso jabón con qué frotarse por todo el cuerpo. Pronto empezó a perder peso por el esfuerzo que hacía todos los días para mantenerse vivo dentro de ese infierno. Su recurso era el humor, pero a veces, un timbre de alerta le indicaba que no era momento de hacerse el payaso. Había que tener cuidado de no repetir un chiste que había funcionado con una persona porque el mismo chiste podía no funcionar con otra. A veces tenía que abrigarse bien y salir a la calle con un grupo de adictos para pararse en una esquina y empezar a repartir hojas volantes que le hacían publicidad a la Clínica. Entonces Pulido era testigo del show que representaban los cuencanos bien trajeados y perfumados yendo de aquí para allá con sus rostros serios pero también llenos de preocupación y angustia, también ellos en busca del preciado sucre que todo lo facilitaba: comida, salud, educación, sexo y toda clase de pequeños placeres.
Las confesiones dentro de la terapia no eran tomadas con la debida seriedad y cualquier fondo homosexual provocaba secreto revuelo entre los internos. Cualquiera que declaraba una aventura homosexual, en el pasado, era visitado en la noche de inmediato por uno o más internos al cuarto para darle la vuelta para ver si se aflojaba. Esto ocasionaba cierta tensión entre los internos, porque después de pasar en terapia unas dos semanas, todos se daban cuenta de que el sentido de estar ahí, era el de abrir la boca y soltar toda la mierda psicológica que llevaban encima, por lo que al botar sus fondos homosexuales no era nada grato después ser acosados como si fueran maricas en celo.
Un cuencano jovencito se empezó a fijar en la forma como razonaba Pulido y pronto se le despertó una pasión homosexual por él. Cada vez que Pulido estaba acostado o sentado en algún lugar, generalmente leyendo, venía el serranito y le ofrecía un caramelo, un cigarrillo o un chicle. Pulido no sabía cómo tomar estos ofrecimientos de amor. A pesar de haber sido tirado y de haber perdido su dignidad, Pulido, básicamente era un tipo heterosexual. Tal vez en lo más profundo de su ser sea bisexual, pero todas aquellas desviaciones eran la excepción y no la regla. El serranito era lindo y tenía el cuerpo en formación ya no era un niño, pero tampoco se había convertido en un hombre. En una ocasión Pulido no encontraba un cuarto vacío para leer, se acostó en el cuarto del serranito y coincidió que éste justo salía del baño y se mostraba todo seductor como una jovencita desnuda. Se apretaba la toalla justo debajo de las axilas y la toalla apretada y húmeda le daba a su cuerpo una silueta de mujer. Pulido sentía fuertes latidos en el corazón. Lo correcto era haberse levantado y escapar, pero interrumpió su lectura y se quedó ahí extasiado mirando por atrás el cuerpo del jovencito que exploraba algo en el closet del cuarto. Éste dejó caer la toalla y Pulido pudo ver y saborear sus bellos y jóvenes glúteos. Luego entró alguien haciendo bulla y el serranito recogió del suelo la toalla y siguió ensimismado en su rutina por elegir una ropa del closet.
Aquella noche Pulido no pudo dormir bien y empezaba a dudar seriamente de su cordura. Ya ni las revistas del Selecciones del Reader’s Digest le aliviaban la tensión. Cuando leía la Biblia, como un libro cualquiera, de principio a fin, le parecía que aquel libro sólo hablaba de sexo.
A veces Pulido era seleccionado por el tío Ray para acompañar a los chicos que iban al mercado a comprar los víveres. Pulido aprovechaba esas ocasiones para salir y disfrutar de la bella y fría ciudad de Cuenca. El mercado era un gran laberinto de pasajes, llenos de mercadería y toda clase de frutas y vegetales. Algunas de las serranitas, hijas de los tenderos, eran de una belleza casi anglosajona y Pulido aprovechaba el rápido momento en que estaban despachando la mercadería para mirarlas y saborearlas en toda su plenitud. Pulido se imaginaba rápidamente a la serranita en cuestión toda desnuda en la cama, reposando después de hacer el amor y esperando que Pulido le trajera el desayuno o el almuerzo a la cama. En algún momento dado Joey concibió la idea de quedarse a vivir en Cuenca trabajando como taxista y empezó a hablarle por teléfono a Penélope de que estaba yendo al sindicato de choferes del Azuay para tramitar una licencia de manejo profesional y la idea de que Penélope y los niños se fueran a vivir para allá.
En la última conversación telefónica que mantuvo con Penélope, ésta le dijo que Danni había contraído una hepatitis leve. Todo había ocurrido porque el padre de Pulido le daba de comer por las mañanas ostiones crudas al niño y esos moluscos eran demasiado fuertes para su pequeño organismo de ocho años. Pulido consiguió del tío Ray un permiso para viajar y de inmediato se fue a Salinas a resolver aquel asunto. Llegó justo cuando Danni se sentía mal y empezaba a orinar negro. Pronto el análisis de sangre reveló que el niño tenía hepatitis y fue sometido a medicación de inmediato con fuertes tratamientos de vitamina B.
Una vez resuelto ese problema Pulido regresó a Cuenca a proseguir su tratamiento. Pulido sólo visitó a su familia en los cumpleaños, en la navidad del año 1998 y en el fin de año.
El tiempo transcurría fría y lentamente en Cuenca. Ahora Pulido se le había encargado de sacar toda la basura de los cuartos, meterla en fundas y llenar el tanque que se depositaba afuera para su recolección. Esto incluía los tachos de basura de las dos chicas que estaban internadas. En sus tachos Pulido siempre encontraba toallas higiénicas embarradas de sangre de lo que menstruaban las chicas. Cuando ya tuvo el tiempo suficiente de internamiento y la confianza de su tío lo pusieron a dar terapia y en una ocasión que sacó al frente a una de las chicas para que desenrolle sus problemas ante los internos, fue interrumpido por un interno que lo solicitaba de emergencia, porque otro chico estaba siendo víctima de un ataque de depresión y se estaba amarrando un cable en el cuello para guindarse. Cuando resolvió el asunto y regresó a la sala de terapia, se encontró con la sorpresa de que la compañera se estaba quitando la ropa y ya casi desnuda era el deleite de sus compañeros de terapia que la miraban fijamente.
Otra de las chicas lo tenía metido a Pulido entre ceja y ceja, y siempre le separaba un plato de comida cuando las ocupaciones lo demoraban y llegaba tarde al almuerzo. Luego se jactaba de su dedicación, toda coqueta, y en señal de posesión de ser la guardiana del estómago de Pulido y daba a entender que tenía ciertos derechos sobre él. Su cuerpo blanco, grande y apetitoso poseía unos senos inmensos y su piel estaba llena de pecas, su cabellera rubia provocaba en Pulido verdaderas crisis de éxtasis cuando la miraba. Pero siempre sonaba un timbre de alerta en la cabeza de Pulido y su voluble conciencia le aconsejaba evitar enredos sentimentales, que podrían provocar el cierre de la Clínica. Pero el frío, la soledad y la promiscuidad intelectual, el arremolinamiento en el cerebro de Joey de tantas confesiones sexuales a veces lo alteraban, y al final, tuvo que pedirle al tío que lo lleve a LOS TANQUES, que era el sitió donde la gente se contactaba con las trabajadoras sexuales. Tanto jodió Pulido que finalmente le dieron permiso y se fue en compañía de Iván el celador de la Clínica. Cuando llegaron Pulido se encontró con un panorama completamente diferente a todo lo que había imaginado. Las chicas estaban tranquilamente sentadas esperando un cliente que las eligiera. Una de ellas se fijó en Pulido y le guiñaba el ojo a cada rato, en otras ocasiones le lanzaba sendos besos volados hasta que consiguió que Pulido la eligiera como amante. Pero la mala suerte lo tenía cogido de las pelotas a Pulido y los nervios volvieron a jugarle otra mala pasada. La picha de Pulido no se paraba por nada. Joey le rogaba a la serranita que le chupara la picha para que se la estimule y ella le insistía que eso le costaría más. Joey no sabía que Iván tenía más dinero y que tranquilamente le hubiera podido dar para solucionar el problema, pero nada pasó y Pulido dejó su dinero en la bolsa de la serrana por nada. Algunas putas eran expertas en ganarse la plata sin tener sexo y aprovechaban cualquier crisis de impotencia de sus clientes para castrarlo más con alguna burla, ataque de risa o algún acto de impaciencia que mandara al traste todo el deseo de satisfacción sexual.
Pulido comía mierda todas las mañanas porque alguien se tomaba la molestia en la madrugada de ir a tumbar el tanque y dejar regada toda la basura que pronto atraería las ratas.
Las dotes intelectuales de Pulido y el tiempo que llevaba internado pronto lo convirtieron en un serio candidato a terapeuta en la casa de reposo. Ahora tenía una responsabilidad intelectual que cumplir con aquellos internos. Así que los hacía leer despacio el manual de narcóticos anónimos y Pulido descubrió que muchos de ellos habían perdido la facultad de leer y de comprender lo que leían. Si no entendían el manual básico de los doce pasos y de las doce tradiciones, ¿qué esperanzas tenían esos chicos y viejos que se hallaban internados? La respuesta era ninguna. No tendrían ninguna esperanza para sobrevivir por mucho tiempo en el mundo. Pulido, pacientemente, como un profesor de escuela, los hacía leer de uno en uno, aquellas palabras de tranquilidad y resignación, de obediencia a las normas de convivencia, y de invitación a la prudencia. La labor era titánica. Muchos chicos estaban totalmente perdidos para siempre. Ni siquiera la terapia, llevada difícilmente con humor, conseguía sacarlos de su estado vegetal y de negación. En estos casos las excepciones eran un verdadero milagro. La negación de que ellos tenían un serio problema era un sentimiento sumamente fuerte, y la conciencia de que tenían que tomar la difícil decisión de cambiar completamente su modo de pensar, y toda su vida, era una idea tan lejana como el planeta Plutón.
En la hora previa al almuerzo, Pulido se pasaba en el comedor matando moscas a diestra y siniestra, y sentía verdadero alivio imaginando que de esa manera se recuperaba más porque estaba haciendo un servicio devocional a Krsna. Cuando de pronto vio a un compañero correr y saltar como si estuviera haciendo alguna acrobacia en patines. Una y otra vez, el interno corría de un extremo a otro del comedor, y ya en la mitad saltaba, y se daba una vuelta en el aire. Cuando Pulido conversó con él se enteró que en su juventud había sido un campeón de patinaje artístico sobre ruedas, pero que las pastillas lo habían enajenado como a Elvis Presley en su servicio militar en Alemania, y pronto toda su vida se había convertido en un desastre. Cuando estaba loco por las pepas iba hasta el almacén de telas de sus familiares y les arrojaba un puñado de centavos y pronto ellos llamaban a los médicos y a los terapistas para que lo cojan y lo internen de nuevo.
A veces se iba el agua en la ciudad y Pulido tenía que ir al río, coger agua con un balde y subir las escaleras hasta el tercer piso para echarla en los servicios repletos de mierda. Para Pulido el sólo aproximarse al agua helada del río le ocasionaba una interminable crisis de estornudos. Aquella agua era sucia, contaminada por desechos químicos y llena de toda clase de bichos. Otras veces tenía que interrumpir la terapia y salir a la ciudad bien abrigado en busca de un adicto que se estaba declarando loco con la esposa o con la familia. Las capturas siempre eran aparatosas y el futuro interno recibía una buena golpiza hasta lograr someterlo y de ahí se lo llevaban unas veces esposado hasta la Clínica para procesarlo, abrirle un expediente e internarlo por tres meses.
Las sesiones con el psicólogo eran interesantes. Tal vez el trabajo de los psicólogos y de los médicos era dar esperanzas a sus pacientes. El psicólogo le decía a Pulido que se tenía que preparar en el futuro para grandes retos intelectuales y que su inteligencia estaba destinada para el beneficio de la humanidad. En cambio uno de los terapistas le decía que se olvidara de la familia y que se venga a vivir a Cuenca, que acá le esperaba un nuevo comienzo, una nueva familia, y Pulido sufría con resignación el repudio que estos razonamientos le causaban. Él ya tenía una familia y algún día la recuperaría, así tuviera que morir en la lucha.
Pronto la crisis económica ecuatoriana del 98-99 llegó a la Clínica y las personas que alquilaban el edificio al tío de Pulido, querían que se marchara. Entonces Pulido se dio cuenta que nunca lograría trabajar como terapista de drogadictos en Cuenca. Habló con el tío Ray y le dijo que le agradecía el año que lo tuvo refugiado, pero que para él era el momento de regresar al hogar.
Una vez más Pulido se hallaba sin nada que hacer, después de hacer su maleta y de guardar sus pocos libros que había llevado, fue acompañado por su tío a la terminal y pronto se encontraba de regreso en el hogar. El camino de regreso se le hizo a Pulido interminable, la carretera estaba siendo sometida a arreglos interminables y el carro que traía a Pulido de regreso al hogar tuvo que meterse por un camino viejo, en desuso y angosto. Pulido salió de Cuenca justo en el momento en que llegaba la temporada de invierno helado, cuando por las noches llovían pequeñas bolitas de granizo.
Cuando llegó a Salinas volvió a subir por aquella conocida loma de toda la vida, volvió a ver los mismos rostros desesperados de sus vecinos, metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se encontró con la imagen de sus padres, su esposa Penélope y sus dos hijos en trajes de baño, que lo habían estado esperando tanto tiempo. Entonces Pulido les preguntó:
¿Qué hacen?, ¿a dónde van?
Y como respuesta le dijeron:
Cámbiate pronto que llegarás tarde a la playa.
Marea llena o take me to the limit
MAREA LLENA o TAKE ME TO THE LIMIT ONE MORE TIME
Nada es más cobarde que hacerse el valiente con Dios
Pascal
Feliz hogar aquel en que cada uno de los cónyuges concede al otro la posibilidad de que tenga la razón aunque ninguno de los dos lo crea.
D. F.
La prueba decisiva del matrimonio es la hora del desayuno
A. P. H.
La vida, como una marea, fluye veloz y transcurre y todo lo mezcla en un gran torbellino de espuma.
¡Oh, cielo, que duermes ahora!
Levántate y hazte potente; y tú, ¡oh, Tierra! Ejerce tu poder a favor mío,
Abre de par en par las puertas de mi última morada,
Donde, en el cielo, me esperan calma y tranquilo reposo.
Poema Máori, de Nueva Zelanda
Joey Pulido finalmente se había graduado de bachiller en el colegio claretiano Espíritu Santo. El apellido Pulido, venía según una crónica familiar antigua, porque el primero de la estirpe nació ensangrentado y una tía lo lavó bien y cuando lo entregó le dijo a la madre y hermana:
¡Aquí te lo traigo bien pulido!
Desde entonces se formó el clan de los Pulido.
Mientras empezaba la rutina de vestirse, recordaba el bello título de su tesis de filosofía, inspirada en los trabajos de filosofía política de Raymond Aron: “LA REBELION CONTRA OCCIDENTE”.
Se trataba de un ensayo más o menos extenso sobre la pérdida de poder e influencia de las ideas fundamentales de libertad, igualdad y democracia en Sudamérica. ¡Ah, qué noches aquellas!, horas y horas sentado frente a la máquina de escribir, tipeando toda clase de razonamientos, que demostraban la pérdida de poder de la libertad y el poco valor que ahora se le daba a la palabra democracia.
Sesudos análisis que demostraban el proceso suicida en que se hallaba embarcada Latinoamérica para destruir su futuro. Joey analizaba con la sutileza de un cirujano, el proceso de descomposición de las democracias y cómo los militares sucumbían ante las tentaciones totalitarias o a las provocaciones del idealismo anárquico e incurable de los activistas sociales. Al final el ensayo concluía, que las sociedades modernas, al alejarse de la opinión del pueblo; y al suprimir las elecciones, no lograban llevar a la sociedad a una etapa de desarrollo económico pleno y positivo para la democracia con igualdad y libertad.
Realmente fueron horas y horas de pasar sentado tipeando en la máquina de escribir sobre el derecho natural, el romanticismo y las democracias, vistas según el enfoque de los profesores Jean Francois Deniau y Jean Francois Revel.
Joey caminó hasta el closet de su cuarto, empapelado de fotos de surf, pintado y alfombrado de azul, lo abrió y contempló su único terno azul con una mezcla sui géneris de sentimientos: miedo, duda, esperanza, ansiedad. Su madre siempre le recordaba que no se olvidara de sacar la basura, que después se lavara las manos y se cepillarse los dientes.
Pulido había conversado su deseo de hallar un trabajo con el director del colegio y éste le había dado una tarjeta para que llame por teléfono al número de una compañía de seguros y consiguiera una entrevista con el dueño de la empresa.
Joey tenía a su disposición otros ternos para escoger-en el closet del cuarto de su padre-, pero ninguno le ajustaba tan bien como aquel azul que había utilizado para el sexto año de colegio.
Finalmente se bañó y ágilmente se metió en el terno y se fue con valor a la entrevista donde posiblemente le darían una solicitud de empleo para que la llenase.
Cuando salió de la casa, se percató de que no había llamado por teléfono para confirmar la cita por lo que en ese momento-en realidad- no iba a ninguna parte. Pulido pronto descubriría que su destino siempre sería un eterno no where, hacia ningún lado. Por lo tanto caminó en medio de la marea humana de gente que congestionaba las calles de Salinas y buscó una cabina telefónica. Marcó con dedos cadavéricos, angustiosos e impacientes el número de la compañía, y al otro lado de la línea le contestó la voz melódica, tranquilizadora e infantil de la recepcionista de la compañía RESEGPAC. Quedaron en recibirlo a las once de la mañana y cuando Joey miró su reloj, apenas eran las ocho y media. Acalorado por el terno y la corbata decidió caminar por el malecón y fumar un cigarrillo para hacer tiempo hasta las once.
En los 70’s estaba de moda drogarse un poco y a finales de los 80’s ya no era algo bien visto, pero el hábito se quedaba con uno. No pensó para nada en que no había desayunado ni le apetecía nada todavía.
En Salinas era invierno y el clima estaba frío, sin sol, nublado. Las olas del mar azul eran verdes, pero también grises, soñolientas, pero también revueltas, y de manera constante se estrellaban contra la orilla de arena. Las gaviotas caracoleaban en el aire y se apilaban en las esquinas y en los senos, que el ímpetu del mar formaba en la arena. Y se daban gusto hostigando a los millares de cangrejos rojos que iban, enloquecidos, amenazando con sus tenazas, de aquí para allá. Algunas gaviotas se posaban sobre los cadáveres y restos de algún cangrejo y clavaban su pico carroñero para remover la poquita carne de entre los escombros de la coraza, para comer cualquier cosa.
Unos surfistas, a lo lejos, se deslizaban sobre las olas, una y otra vez, de manera incansable, y los ojos de Pulido se quedaron estáticos, observando aquellas maniobras, que en un momento de su vida, habían sido el pan nuestro de todos los días.
Cansado de caminar por el tumultuoso malecón entre apretujones de gente vestida con ropa sport pero abrigada, se metió en la playa y sacó de su billetera un cigarrillo, lo encendió y lo fumó hasta la mitad. No quería apestar a nicotina en la entrevista de trabajo, no sea que vaya a cometer una torpeza y hable demasiado.
¡Bueno!
Para Joey Pulido salirse del congestionado malecón de Salinas, meterse en la playa y fumarse un cigarrillo era un placer culto.
Una vez que se lo fumó, volvió a meterse entre la corriente de personas que caminaban por el malecón, porque sabía que si pasaba mucho tiempo con zapatos en la playa, la arena se le metería en los calcetines.
Al subir los peldaños de madera e introducir su cuerpo trajeado entre la multitud sintió pánico y empezó a vibrar, y a pensar en los motivos de querer trabajar. Necesitaba el dinero como cualquier otra persona, pero también era porque estaba de moda trabajar y ganar dinero después de graduarse.
Entonces, Pulido trabajaría recorriendo los centros comerciales y buscaría citas con gerentes de supermercados y jefes de empresas para asegurarlos. Y usaría además de su terno azul, que le quedaba perfecto, los ternos de su padre, que no le venían mal tampoco, para su nuevo aspecto de ejecutivo de ventas.
Joey entraba a toda clase de negocios: boutiques, peluquerías, empacadoras, restorants de comida cruda japonesa, almacenes de muebles, academias de inglés, salas de masaje, cines, hoteles y su agenda se iba llenando de nombres, teléfonos, direcciones y el porta tarjetas también se iba llenando de tarjetas de presentación de diferentes personalidades del comercio formal e informal de Salinas.
Había una boutique en particular en la que se quedaba siempre un poco de tiempo más de lo programado, porque la atendía una amiga que siempre conversaba con él para que pudiera seguir trabajando con más ánimo.
Su conversación era graciosa porque Verónica era una gordita rubia, bien amistosa, que le ofrecía colita helada y cuando había algún bocadillo también se lo ofrecía para picar un rato. Y hablaban de surf y del tiempo de la playa, con sus noches abismales, frías, sus palmeras oscilantes y sus vientos huracanados. Otro cliente duro de roer, pero al cual terminó persuadiendo de contratar un seguro, era a un dentista judío, que nunca estaba o estaba ocupado y le decía que regresara otro día. También estaba la señora dueña de un restorant mexicano que le dio un cheque por diez mil sucres de entrada; estaba el café-bar de un personaje de la farándula que también de entrada le dio un cheque por cinco mil sucres…
-0-
Cuando finalmente estuvo frente al ingeniero Van Der Voeken, dueño de la compañía de seguros, se quedó pasmado al escuchar con qué íntima familiaridad le hablaba él. Era como si se hubieran conocido de toda la vida. De inmediato le preguntó si ya había almorzado y como Pulido le respondió que ni siquiera había desayunado, el ingeniero Van Der Voeken le invitó a almorzar unos cangrejos con arroz y cerveza. Se prepararon y se fueron en el vehículo del futuro jefe y almorzaron en EL GRILLO, un suculento arroz con cangrejo y abundante cerveza. Al parecer la recomendación que traía Pulido era buena y la cita coincidió con la salida a almorzar del ingeniero.
El ingeniero Van Der Voeken le dijo que quería que él, Pulido, se encargara de cerrar contratos de seguros con todas las compañías que se ubicaban desde Playas hasta Canoa. Y que lo único que tenía que hacer era asegurarse de cuándo la compañía tenía dinero y quién era la persona correcta para firmar el cheque para invertir en un contrato de seguro. No había que hacer perder el tiempo a los clientes, había que detectar cuándo el cliente estaba interesado en suscribir un contrato para prevenirse contra algún desastre y cuándo no. Y lo más importante –dijo Van Der Voeken mientras acercaba su rostro blanco y pecoso a la cara de Joey-:
- Nunca te olvides, Joey, de hacer la pregunta mágica: ¿Si usted se muere o su esposa se muere, sus hijos dispondrían de tres millones de sucres para afrontar cualquier eventualidad?
Joey no podía dar crédito a tanta buena suerte y para rematar el ingeniero Van Der Voeken le dio la dirección de una chica amiga de él, que mediante una pequeña renta, le podía dar alojamiento y sexo en Canoa.
Un día que salía de su casa recordó el momento cumbre cuando conoció a Penélope, su actual esposa. En ese entonces Joey era víctima de sucesivos ataques de depresión y asistía a la consulta de un psiquiatra que le recetaba unas pastillas para la esquizofrenia, que le provocaban soñolencia.
Pulido recordaba perfectamente aquel día lluvioso en que le tocó ir a tocar la puerta de su tío para que le dé un trabajo. Salió de su casa envuelto en una gran funda negra de basura y en medio de una tormenta eléctrica y cogió el bus de la 14 para ir a entrevistarse con el tío William.
El tío William era dueño de un taller electrónico que reparaba microondas, televisores, radios y casi toda clase de equipos eléctricos. Joey era el chico de los mandados y recorría todo el centro de Salinas en busca de pequeñas piezas de repuesto para televisores como Fly Backs y otras cosas así. También trapeaba el piso del taller y se quedaba asombrado de lo negra que salía el agua, abría y cerraba la puerta metálica del negocio. Su tío William lo quería instruir en el mundo de la electrónica, pero Joey en lugar de memorizar el valor de cada cable por su color, se quedaba dormido por los efectos de aquellas pastillas. El tío William le enseñó a Pulido, que todo en la vida consiste en desarrollar una capacidad para algo, hacerse famoso en la vida por alguna destreza que tú tengas, y que te permita hacer dinero con ella. Eso aplicado en su trabajo era lo que él llamaba su cosecha. La mayor parte del tiempo la pasábamos corriendo en su HONDA CIVIC dirigiéndonos a FILANBANCO, para hacer el mantenimiento a las máquinas contadoras de billetes y a las cajas, que empezaban a fallar, por la acumulación del polvo. Otras veces el destino era IETEL, donde el tío William hacía el mantenimiento de las cajas registradoras por el mismo problema. En una ocasión me contó, en el camino, que él había conocido a Nahím Isaías en persona, porque lo había llamado para arreglar un asunto sobre las facturas de su servicio de mantenimiento electrónico, la secretaria lo había hecho pasar a la oficina para esperarlo. Y el tío William se había sentado en el escritorio y cuando llegó el omnipotente Isaías, le dijo de entrada:
¡Buenas tardes caballero, tenga la bondad de sacar su hermoso culo de mi escritorio!
El tío William siempre se reía por esa original llamada de atención, que recordaba con entusiasmo de Nahím Isaías.
El tío se pasaba sus ratos libres dedicándose a reparar los ejes de las llantas de su HONDA CIVIC. Un día harto de que Joey se pasara durmiendo llamó a la casa y habló con su madre y le dijo que estaba despedido.
En esa misma época, Pulido se embarcaba en el colectivo de la 9 para asistir a unas clases de reforzamiento de ortografía para el sexto año de colegio– la profesora le hacía leer a Pulido el libro titulado: “EL NOMBRE DE LA ROSA”, pero Pulido con esas pastillas para la esquizofrenia, que le daban tanto sueño, no tenía cabeza para comprender nada.
La anciana madre de Pulido había sido compañera de trabajo de la profesora y en una conversación telefónica habían tocado el tema de que Pulido tenía problemas con la ortografía y que ese minúsculo detalle era un verdadero obstáculo para que Pulido continuara estudiando.
La profesora le hacía redactar textos que ella le dictaba y él cometía tantos errores ortográficos que terminó dándose por vencida-, y fue entonces en ese colectivo de la 9 cuando Pulido se quedó mirándola a los ojos a Penélope y ésta le giñó el ojito. Cuando ella se bajó del colectivo, él se bajó también porque se quedaba cerca, y la acompañó hasta la casa. Desde entonces iba constantemente a visitarla.
En una tarde lluviosa casi se queda electrocutado porque el timbre hacía contacto con las lluvias y Joey usaba zapatos de cuero que transmitían la electricidad cuando el piso se mojaba. Siempre le llamó la atención que en aquella casa, donde vivía Penélope, las cucarachas salían de adentro para afuera y no al revés. Las cucarachas no buscaban entrar sino salir de aquella casa. Pulido recordó un poema de Augusto Rodríguez que dice así:
EN LA CASA DE LA POBREZA
En la casa de la pobreza
Existen deseos sinceros
Con olor a tierra mojada
Quebrantados por la basura y el olvido.
En la casa de la pobreza
Existen sueños, cucarachas,
Tenedores, platos de cartón,
Sillas, camisas
Y una olla en la mesa.
En la casa de la pobreza
Hay miles de niños
Una madre y un padre
Desde el amanecer hasta el anochecer
Entre sudores
Desde que la conoció, hasta los tres meses después, cuando finalmente se casaron de civil y de eclesiástico en la iglesia católica de su barrio, Pulido no dejaba de llamarla por teléfono a la casa y al trabajo. Cada vez que podía la iba a ver a su trabajo en el Ford Mustang de su padre. Aquel Ford Mustang duró en aquella casa hasta que se quedó indefinidamente parqueado en el garaje porque le faltaba una pieza de repuesto muy difícil de encontrar en el mercado nacional. Los ratones hicieron pedazos el tapizado y por último una asfaltadora del municipio se le vino encima convirtiéndolo en tatuín de lo apachurrado que quedó. De esa manera el Ford al interponerse en el impacto de la asfaltadora y el pilar de la casa salvó de una muerte segura a la anciana madre de Pulido y el recién nacido Danni Pulido.
La ceremonia religiosa de su matrimonio con Penélope fue humilde y como Pulido se la había sacado a la fuerza de la casa de los padres de Penélope, la persona que la entregó fue el tío William. Así había ocurrido todo: Pulido la fue a buscar a Penélope y armó un escándalo en la calle porque le prohibían a Penélope ver a su enamorado y cuando un familiar amenazó a Pulido con una pistola, Penélope salió corriendo y los dos de la mano se fueron huyendo por las calles, perseguidos por los familiares, hasta que la pareja de prófugos escaparon al subirse al vuelo a un colectivo.
Con el tiempo aquel recuerdo provocaría carcajadas nerviosas en Penélope porque cuando llegaron al barrio donde vivía Pulido, entraron por una parte remota y subiéndose por un muro, toda la operación estaba envuelta en un sigilo infantil y cómico.
Penélope vivía con su abuela y ésta no quería que su nieta se casara con un tipo como Pulido, que era un verdadero enigma, un desconocido. Ella necesitaba de Penélope para vivir y cuando vio que todo estaba perdido y que Penélope había decidido que se iría, se desmayó y Pulido podía oír los latidos del corazón que bombeaban como un tambor.
En esa pequeña iglesia católica del barrio, Joey Pulido le prometió a Dios que iba a cuidar para siempre de Penélope.
Allí en el trabajo de Penélope, Pulido conoció y trabó amistad con uno de los choferes de la compañía, que más tarde trabajaría de chofer de la línea 54 en la que siempre se embarcaba Pulido, y el chofer al reconocerlo no le cobraba el pasaje. Penélope trabajaba en el departamento de contabilidad de una distribuidora de embutidos. Tenía poca salud y lo más terrible de su trabajo era meterse en el gigantesco congelador para hacer inventario de los jamones y mortadelas y sufrir, con su precaria salud, el tremendo frío agarrotante del cuerpo y del ánimo.
A la hora del almuerzo, la compañía le brindaba un sánduche de mortadela, por lo que Penélope ya estaba hasta las narices de los embutidos. Ella se había graduado de bachiller contable en el colegio República del Ecuador. Pero Penélope vivía mal. De entrada le advirtió a Pulido de su mal carácter y ¡cosa tan rara!, le dijo que si quedaba embarazada se iría a vivir a Montañita con su hermana. Esa fue una señal que Pulido no supo detectar tal vez por el efecto idiotizante de las malditas pastillas del psiquiátra: Penélope como nunca tuvo una familia siempre quiso ser madre soltera. Esto a la larga sería una falla catastrófica para la salud mental del pobre Pulido.
Así era Penélope, siempre triste y deprimida, siempre pensando en escapar, caminando por la playa durante los hermosos atardeceres rosa, sintiendo en sus tobillos las lenguas del mar helado, para luego encerrarse en su casa y asomarse por la ventana para mirar pasar a los turistas, mientras escuchaba en un casete, una melodía depresiva de Lupita D’Alessio.
Esta advertencia de Penélope de irse a Montañita en cuanto quedase preñada le causó grandes desasosiegos a Pulido, que siempre temía las peleas con su esposa porque ella siempre tenía en la mente irse y llevarse a su Danni, que tanto amaba. Muchas veces Joey vivía mal, con la eterna pesadilla paranoica, agravada por el bombardeo radial de la música salsa y latinoamericana, de regresar a su casa y no encontrar a Penélope porque ésta se había ido a montañita. Este bombardeo radial surgía como consecuencia de la actividad política de Joey. Pulido escribía análisis políticos y los enviaba a EL GLOBO y luego a EL PANFLETO RADICAL y lo más probable es que este bombardeo radial sea la consecuencia de alguna venganza contra la salud mental de Joey. Esta música odiosa, utilizada con fines perversos, inducían a Pulido a pensar que Penélope se había ido del trabajo a Montañita y que lo había abandonado o que lo traicionaba con otro y en otras ocasiones lo inducían a pensar que Penélope era una espía de la Democracia Popular. Este bombardeo radial hizo crisis una noche en que Pulido, completamente loco, subió las escaleras hasta el cuarto donde estaba recostada, descansando Penélope preñada de Danni y le puso un cuchillo en la cara mientras le interrogaba, diciéndole:
¿Dime para quién trabajas?
Después de ese incidente, Penélope abandonó a Pulido y se fue a vivir a Montañita y Pulido no sabía qué hacer. No podía vivir sin su Penélope y sin su Danni que todavía no nacía, así que la fue a ver a donde estaba y le rogó tanto que volviera, que ella lo pensó mejor, no quería dejar a su hijo sin padre, además ya había metido la pata con este maniático, así que regresó al hogar.
Todo esto era muy doloroso de recordar, muy doloroso, pero Pulido lo arrastraba en su conciencia y no podía creer cómo él se había dejado manipular de esa manera por P2 Inteligencia Naval y los servicios de inteligencia de la política ecuatoriana. Por eso Pulido odiaba la cultura latinoamericana, su música y muy en el fondo creía que todo el subdesarrollo mental de Latinoamérica también se reflejaba en aquel arte.
En una ocasión, Penélope- cuando todavía no estaba embarazada de Danni-, le contó a Pulido que habían querido violarla en su camino de regreso a la casa y ella se había defendido como una loca, y después de un tiempo de transcurrido el suceso en una de aquellas noches se había deprimido tanto, que había buscado la pistola de su abuelo y se había apuntado a la cabeza y hasta había halado del gatillo, pero la bala no se detonó y de esa manera se había salvado de milagro. Esto lo confirmaría Joey durante su corto noviazgo de tres meses porque en los hoteles a los que acudían para hacer el amor, ver televisión, leer el periódico, comer hamburguesas y comida china, cuando Penélope se quedaba dormida, sufría de crueles pesadillas y hablaba de violación y gritaba. Joey tenía que dejar de leer el periódico y despertarla para consolarla hasta que le pasara la crisis.
Además estaba infestada de todo un microzoológico de parásitos. Había adquirido la mala costumbre de automedicarse antibióticos, tenía anemia, su conteo de glóbulos rojos era bajísimo, se desmayaba a cada rato y en cada esquina, y hasta hubo un momento en que Joey sospechaba con tristeza y desesperación, que Penélope tenía afectada la médula.
En una ocasión la llevó a SOLCA para que la examinara un ex compañero del colegio. Con la paciencia y la ternura de un santo, Joey sacó dinero de donde no tenía, mendigó por las calles de Salinas en la noche y entre los turistas, y la purgó con tratamientos, tanto vegetarianos como químicos. Y hasta se tomaba la molestia de examinar cuidadosamente en la bacinilla todas las porquerías palpitantes y las lombrices acuosas, que su esposa expulsaba de su organismo como fideo tallarín. También la llevó donde un amigo de su padre, un sabio de la medicina occidental, que decía que curaba el cáncer y el sida. Muchas personas afirmaban que se había curado él mismo un cáncer de piel. Y le pagó para que le pusiera toda clase de sueros a Penélope para restablecerla. En una ocasión una de las compañeras del colegio los había acompañado a esos tratamientos y se había quejado con Joey por llevarla a ese consultorio tan desastrado. Pero lo que no sabía la compañerita de colegio es que los Pulido estaban completamente chiros, y que el médico en cuestión, era un genio medio chiflado.
El mismo Pulido había acudido anteriormente con su padre al notable científico, doctor de una importante aerolínea, para que éste le administrara unos sueros para el crecimiento de los adolescentes sin necesidad de hormonas.
Las hormonas traen efectos secundarios-había dicho el doctor con el ceño fruncido y con tono de gravedad-.
En una ocasión mientras Pulido estaba sentado junto a su esposa a la que se le había inyectado un suero en la vena, escuchó la queja de Penélope por la lentitud del proceso y el dolor que le ocasionaba, y Joey le abrió un poco el conducto de cuentagotas a la manguerilla del suero y el líquido penetró más rápidamente en el organismo de la muchacha. Cuando el doctor – que aparte de ser un científico notable, tenía la manía de arreglar motores de un montón de vehículos que apilaba en el patio delantero de su casa, como si se tratara de una enorme colección de chatarra- se enteró de lo que Pulido había hecho, le reprochó con energía el meterse en esos asuntos, porque el líquido se le pudo haber metido en los pulmones y causarle complicaciones a la chica.
Después del matrimonio decidieron irse de luna de miel a Playas, pero justo ese día, Pulido tenía que rendir el examen de psicología para aprobar el pre de filosofía en la universidad y era tanto el apuro por terminar que hizo mal las pruebas y reprobó el examen. En esa época Pulido trabajaba como digitador de cheques para FILANBANCO.
Para entrar a trabajar a FILANBANCO, Pulido tuvo que aprobar un curso de introducción en que le hablaron de todo, menos de lo que realmente iba a enfrentar: la mecánica necesaria para introducir la clave de acceso a la computadora y alguna técnica comprobable de cómo digitar cheques a toda velocidad.
Todas las tardes Pulido se embarcaba en la 54 y se iba a trabajar. Pulido llegaba bien trajeado con corbata a la cafetería del banco, cenaba delicioso, y de ahí se iba a digitar cheques. Le daban un manojo de cheques, mil en total, en los que tenía que verificar la firma, comprobar electrónicamente si tenían fondos para pagarlos, verificar la fecha, las letras si coincidían con la cantidad. Era lo que se llamaba leer el cheque y al final de toda la operación tenía que cuadrar hasta el último centavo. Duró poco tiempo en la cámara de compensación porque en el banco necesitaban gente que cuadrara una mayor cantidad de cheques y con mayor rapidez y que no sean viciosos del cigarrillo. Pulido a cada rato interrumpía su trabajo para ir a comprar un cigarrillo. Cada vez que pasaba por el corredor donde se exhibían los cuadros de los pobres artistas, se quedaba pasmado ante el realismo plástico de aquellas obras: mujeres corruptas, vestidas con ropa íntima y seductora que invitaba a los hombres a desatar su pasión.
Pulido nunca llegó a comprender bien el asunto de ingresar la clave en la computadora y muchas veces pasó momentos aciagos cuando todo el mundo ya había digitado su montón de cheques y él seguía con su trabajo sin terminar. Un día un supervisor le gritó desde el otro lado de la oficina:
Mueve esa mano, Pulido, que el fantasma de Nahum Isaías se te va a aparecer en pelotas…
En uno de los últimos días de trabajo, Pulido se había metido en un gimnasio del barrio y le habían proporcionado un entrenamiento dirigido, tan bestial, que al día siguiente cuando fue a trabajar al banco, casi no podía mover las piernas y caminar de manera normal. Parecía como si todo un equipo de fútbol lo hubiera violado. También le daba a Pulido por golpear el saco de box, que tenían en el gimnasio, hasta cuando empezó a sentir fuertes dolores de cabeza, como si con cada golpe que le pegara al saco, se le estremeciera en el cerebro alguna placa de metal que un cirujano le hubiera colocado por causa de un accidente. Probablemente se trataba de algún ataque con armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval para disuadirlo de que se entrene.
Cuando los recién casados llegaron a Playas a pasar su luna de miel, Pulido y Penélope se quedaron tristes, al ver que su cuarto de matrimonio no tenía baño propio sino que había que compartirlo con los demás huéspedes, que tenían que salir al corredor del piso para hacer sus más ínfimas necesidades. Pero lo peor fue cuando se acostaron a dormir en la cama después de caminar toda la noche por Playas y de ver una película italiana de vaqueros con Clint Eastwood. El colchón de su cuarto estaba repleto de chinches y no pudieron dormir en toda la noche. Apenas se habían acostado y entrado en calor con los besos y los abrazos apasionados, cuando empezó la microscópica picazón del cuello, que poco a poco se regaba por todo el cuerpo.
¡Menuda luna de miel!
Ahora que Pulido había purgado, y alimentado con amor a Penélope, vivían juntos y pronto serían tres, porque Penélope estaba retrasada de la regla con cuatro semanas. Esto sucedió en una temporada que Penélope se había hartado de la chirés de Pulido y de su mal carácter, así que simplemente lo abandonó, y Pulido destrozado por su ausencia, la buscó en Montañita y en esa reconciliación quedó preñada de Danni.
Pulido había tenido mucho cuidado de no embarazar a Penélope mientras le administraba los purgantes, para que el feto no resultara afectado. La muchacha era más fértil que una gallina.
Todas las noches, Joey llegaba fatigado del trabajo y de las clases de contabilidad en las que se había inscrito con valor, ya que de números, Pulido no entendía nada de nada. Y Penélope siempre lo estaba esperando con una taza de café. Después de atender a su marido, hacía que éste le pusiera la mano llena de esperanza en el vientre donde se estaba formando el pequeño Danni Pulido.
Por aquella época, Joey trabajaba con el ingeniero agrónomo Desbles, y viajaban en un Susuki Forza a Quevedo, recorriendo todas las bananeras en busca de los dueños para persuadirles de que compren un estudio de riego por goteo, con planos arquitectónicos y proyectos hidráulicos para instalar sistemas de riego en las haciendas bananeras. En otras ocasiones salían a las tres de la madrugada para ir a una hacienda que cosechaba espárragos y de ahí los iban a entregar a una bodega de Mi Comisariato para dejarlos y recibir un dinerito. Durante aquellos viajes realizados casi de noche, Pulido iba hablando como loco con el ingeniero Desbles y éste lo escuchaba a Pulido hablar sobre filosofía política, luego acerca de la doctrina de los testigos de Jehová y sobre economía y se quedaba en silencio calibrando lo que escuchaba. Seguramente se daba cuenta que algo andaba mal en el cerebro de Pulido.
Pulido conoció al ingeniero Desbles mientras trabajaba de vendedor de seguros y en una ocasión se le acercó al ingeniero, todo trajeado y dando una excelente impresión, y le habló de las posibles contingencias de la vida y del mecanismo del seguro de vida para amparar a los seres queridos, pero el ingeniero Desbles ya había contratado un seguro en dólares.
Se metían en ese Susuki Forza por los terrenos selváticos de las bananeras de manera increíble, Joey no se explicaba cómo aquel pequeño carrito podía internarse en semejante jungla. La gente que trabajaba excavando la tierra para instalar los tubos de plástico vivían como pordioseros y la comida que ingerían era babosa y mala. Joey comprendió que la vida de los campesinos era muy desesperada, que vivían siempre de fiado en las despensas y trabajaban, sin ninguna otra distracción que el puro y el sexo, para luego, pagar las cuentas atrasadas de las despensas. El problema de trabajar para el ingeniero agrónomo Desbles era que él sólo reconocía la alimentación del trabajador, sólo pagaba la comida y nada de sueldo por lo que todo era una sencilla pérdida de tiempo para Joey.
En una ocasión el ingeniero Desbles le dio el volante a Pulido mientras el carro estaba parqueado a un costado de la carretera, y Pulido se descuidó al arrancar, y si no es por una maniobra urgente del ingeniero Desbles, aferrando el timón y virando para la derecha, los dos hubieran muerto de contado al ser embestidos por un gigantesco transporte interprovincial, que venía a toda velocidad en sentido contrario. A veces Pulido tomaba el volante y manejaba por horas y horas, desde las cinco de la mañana hasta las diez u once de la noche para hacer una única parada a las ocho de la noche, en el centro de Quevedo y comer una crujiente y asada tripa. Cuando Pulido comía mucha tripa asada le entraba el temor de contraer una hepatitis, la boca le quedaba llena de grasa y cuando defecaba sentía el ano grasiento.
Por las noches Pulido y el ingeniero Desbles buscaban chicas y las metían en los hoteles, luego les daban de beber y fumar, se iban a comer arroz con cangrejo criollo y se mezclaban en unas orgías incomparables. Eran cuatro personas metidos desnudos en una cama, cada uno concentrado en su pareja y toqueteando a la pareja del otro. En una ocasión Pulido se metió a un hotel con el ingeniero Desbles con un par de putas y por más que trataba de mantener la calma, la puta le repetía a cada instante mientras subían la escalera del hotel:
¿No tienes preservativo?, ¡no vas a terminar dentro de mí!, ¿ok?
Y Pulido sufrió un ataque de impotencia y la puta tuvo que agacharse en la cama y pararle la picha con sexo oral y cuando Pulido se lo introdujo terminó rapidísimo y la puta le recriminaba que haya terminado tan rápido ¡y adentro!
A pesar de todas estas aventuras Pulido siempre tenía en mente a Penélope embarazada. En una ocasión, mientras inspeccionaba la salinidad de unas tierras donde se había sembrado limones, y donde se pensaba instalar un sistema de riego por goteo, cogió un poco de barro y lo moldeó como una pequeña estatuilla con la forma de Penélope embarazada, y cuando llegó ese día a la casa, se le formó en la mente la idea de hacer una escultura de yeso de una chica flacucha preñada de ocho meses con una barrigota. Joey se reía para sus adentros porque en el barrio las vecinas la molestaban a Penélope cuando llegaba del trabajo a la casa, porque le susurraban “piola con nudo”, y otras majaderías así por el estilo.
-0-
Cuando Joey terminó los cursos de contabilidad en IDEPRO, el profesor le recomendó que se pusiera a practicar y a practicar o de lo contrario todo sería una pérdida de tiempo y por último le dijo que se olvidara de la contabilidad y que se dedicara a las letras o a la filosofía. Toda la idea de meterse en ese curso de contabilidad provino de la esposa de Pulido que era bachiller contable del República del Ecuador.
Los padres de Pulido le ofrecieron una cena de graduación, como si al acabar aquel curso de contabilidad hubiera terminado su carrera de filosofía en la universidad, que había sido abandonada por falta de dinero y problemas políticos.
Pulido hizo vanos intentos de buscar trabajo como asistente contable, pero la gente le preguntaba si tenía conocimientos en contabilidad bancaria e incluso cuando Pulido mentía y decía que sí, de todas maneras le negaban el trabajo porque cuando se graduó no se había especializado en contabilidad sino en filosofía.
Por aquella época Pulido se sintió muy afectado por la situación económica del país y en las noches se ponía a escribir a máquina, sesudos análisis políticos y económicos y en la mañana los enviaba a la dirección del diario EL PANFLETO RADICAL. Ellos, por supuesto, nunca publicaban nada. Esto indignaba a Pulido, porque él se esforzaba por hacerle comprender a los lectores, que la única salvación del país estaba en la agroindustria exportadora, que evitaría el colapso; que el intercambio comercial con los agentes económicos del exterior era una posibilidad riquísima para inundar de divisas al país, bajar las tasas de inflación y de desocupación.
En vista de que le censuraban sus cartas y que nunca se las publicarían, Joey se vengaba de la censura recordando sus dos últimas cartas enviadas que versaban sobre política exterior, pero después de un esfuerzo inútil se dio cuenta que é también se había olvidado de aquellas cartas y de aquellos análisis.
Sí, definitivamente Joey había escrito esos análisis, esas eran sus palabras inmortales que ya habían sido borradas de su memoria. Todo lo demás había quedado perdido en el olvido. ¿Por qué lo había hecho?, ¿por qué se esforzaba en vivir de esa manera, entregando escritos que al parecer a nadie le importaban? Tal vez esa era su forma de contribuir con un granito de arena al orden y la estabilidad mundial, su forma de decir que amaba la libertad y la paz. Era su forma de demostrar el amor y el interés por un país lejano que nunca comprendería su situación y que jamás lo ayudaría en nada. Tal vez esa era su forma de equivocarse radicalmente y de sufrir y entregarse a las lágrimas y pagar por sus errores. El creer en aquellos ideales era su forma de errar y de fallarle a todo el mundo. Era la manera que él había elegido para convertirse en el portaestandarte de la libertad, la democracia y la igualdad. Su forma de decir NO a la injusticia y a los abusos de poder de las clases poderosas y privilegiadas.
La segunda carta decía así, pero cuando trató de recordar su mente quedó en blanco, seguramente, estaba experimentando los síntomas del Alzheimer y no pudo recordar nada.
Aquí había otra muestra de su erudición y de su compromiso ideológico con la libertad. Pero, ¿para qué servían? Nunca le iban a dar una medalla por su valor ni por su honestidad ni por su entrega. Nunca nadie le reconocería que había ayudado a Corea del Sur ni a los Estados Unidos ni a la causa de la democracia, la igualdad, la paz y la libertad. Todo eso lo abrumaba sobremanera a Pulido. Al morir, sería borrado de la faz de la tierra y de la historia. Sus cenizas serían esparcidas en el mar. No quedaría nada qué recordar de él. Nada. Nadie iría a su entierro. Sería una destrucción cósmica que pasaría totalmente desapercibida. Polvo estelar que nunca fue ni nunca sería y que sería devuelto al suelo desértico de Engabao.
Pero Joey sentía que le había devuelto algo a la causa de la libertad. Sentía que todos esos años de felicidad viviendo con libertad y sabiduría habían quedado pagados, había saldado su cuenta con la libertad. De todas formas no podía hacer más. América se había metido en un problema y Joey la había sacudido, alertado, salvado de la muerte y de su desaparición. Pobre de él. Al mundo poco le importaba la causa de la libertad. Al mundo le importaba la política y lucrarse de la manera más tranquila y pacífica mientras tanto el planeta se podía ir al infierno.
Joey era un personaje que amaba la lectura, la poesía y el análisis político-económico, y era contemplativo, lento y dado a trabarse cuando lo sometían a presión. Por eso a veces no le daban trabajos muy bien remunerados, porque cuando le preguntaban si estaba dispuesto a trabajar bajo presión, Joey demostraba cierta indecisión, una especie de tartamudeo, no sabía qué contestar, le faltaba seguridad.
En una ocasión se encontró con una compañera de colegio y ella al verlo pensó que ya Pulido había sacado la licenciatura en la universidad y lo contactó con el ingeniero Leleu para que trabajara por un sueldo de tres millones de sucres mensuales en CEDEGE, pero cuando Pulido estuvo frente al ingeniero, le tuvo que decir que él no era licenciado y así perdió otra oportunidad de salir de la miseria económica. Lo mismo le ocurrió cuando se encontró con un ex compañero de trabajo de su padre y éste le ofreció trabajar tras un escritorio en la Junta de Beneficencia y Pulido, de manera incomprensible, tartamudeo, no podía creer la buena suerte que le abría las puertas y respondió que no porque por aquella época estaba intensamente sometido al bombardeo radial y estaba bastante paranóico y le entendió al amigo de su padre que él iba a trabajar de inspector en el Lorenzo Ponce y la sola idea de estar desequilibrado y trabajando rodeado de locos le pareció insoportable. Cuando se dio cuenta que el trabajo no consistía en eso y de la bestialidad que había cometido al negarse a la increíble oferta, regresó, pero ya era demasiado tarde y la vacante se había llenado o eso fue lo que le dijeron.
En cambio Penélope era una mujer de acción. A ella le quedaba muy bien un puesto de diplomática en el servicio exterior de su país. También tenía muchas inclinaciones espirituales. En una ocasión mientras salía del baño de un hotel -al que habían ido cuando eran enamorados-, ella le dijo mientras se colocaba una toalla en el pelo mojado, que ella de chiquita quería ser monja, una esposa de Dios.
Durante mucho tiempo fue asistente de gerencia y la hubieran ascendido a gerente sino fuera porque no tenía un título universitario.
En esa época a Pulido le salió un trabajo de manager de una parrillada en Salinas y Pulido tuvo que hacer de pintor de brocha gorda para instalar el local, mesero, cajero y de muchacho de limpieza.
Primero entró a trabajar para el TIP como chofer y todo era un relajo con Pulido por su mala memoria. El TIP le decía que deje el vehículo en una lavadora de carro y Pulido la dejaba en otra, que quedaba cuatro cuadras más adelante. Cuando el TIP iba a ver el vehículo los trabajadores de confianza le decían: “que de qué carro les estaba hablando y que ningún tipo llamado Pulido les había dejado ningún carro”. Y luego el mismo Pulido se confundía con las direcciones y luego ya no se acordaba de en qué lavadora había dejado el vehículo.
¡Y cuando manejaban juntos!
Pulido no lograba controlar el acelerador y el freno y a cada rato iban de tumbo en tumbo y pronto a estrellarse contra la parte trasera del otro auto y matarse, y el TIP le gritaba a cada rato como loco:
¡Pero cuidado!, ¡uf, qué inepto!
Y luego se mataban de la risa.
En esa época Pulido estaba con los nervios de punta porque estaba pasando por una temporada de abstinencia de toda clase de drogas, pero no tenía ni vivía bajo un programa de recuperación y todo era una desesperación y una gran desgracia tras otra.
¡Los nervios!
Cada vez que podía, Pulido le rezaba a San Cayetano una oración como ésta:
¡Padre mío san Cayetano! Capellán del Padre Eterno, que con tus manos nos das la victoria para el cielo; dadme pan, San Cayetano, Santo queridísimo de dios, dadme hogar, dadme vestido y pan de aquel que comiste vos, que como el pan es de Dios, por eso lo pide el cristiano. Dadme pan San Cayetano, Santo de la Providencia, míranos con paciencia y danos tu bendición .
San Cayetano: tu divina providencia se extiende sobre nosotros, a fin de que nunca nos falte ni pan, ni casa, ni abrigo, ni alimento, ni vestido. En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Allí conoció a un cocinero argentino que le enseñó a preparar arroz, había que colocar el arroz recién lavado en una olla, agregar agua una pulgada más arriba de la porción de arroz, una vuelta de aceite, una puntita de sal y listo. Y también le enseñó a cocinar un plato exquisito llamado pollo al limón. Se colocaba en la parrilla la pieza de pollo sazonada con chimichurri y se le rociaba néctar de limón por ambos lados.
Aquel cocinero tenía muy mal las piernas ya que sufría de várices. Para Pulido era un espectáculo insufrible ver a este hombre con las piernas ensangrentadas, parado, cocinando los alimentos. También le enseñó los grados de cocción con que se podía cocinar una carne: el de vuelta y vuelta, donde la carne quedaba casi cruda y sanguinolenta, pero bien caliente, el término medio y la carne bien cocida casi asada.
Durante la mañanita surfeaba en Paco Illescas, en el día preparaba el negocio, por las noches atendía al público harto de comer mariscos y que buscaban el sabor de la carne a la parrilla. Muchas veces Pulido se equivocaba con los vueltos causando malestar e indignación entre los clientes, y por las madrugadas, cuando el negocio había cerrado, se ponía a escribir citas y pequeños cuentos anecdóticos e hilarantes para la revista Selecciones del Reader’s Digest, cuya dirección postal estaba en México.
Aquellas noches fueron inolvidables: escribiendo cuentos que imitaban el estilo de Guy de Maupassant, escuchando la música de Kenny G, sintiendo en el cuerpo el frío de la madrugada.
La aventura terminó cuando Pulido tuvo sexo oral con una putilla y ésta le pasó una infección a la garganta que se agravó cuando Pulido comió unas papas podridas que lo obligaron a dejar el trabajo. Aquella putilla se había acostumbrado a recibir dinero de Pulido y se dejaba llevar en el carro de aquí para allá, acompañando a Pulido en sus diligencias de comprar verduras y aceite al mercado en la LIBERTAD. Así que una noche la chica se quedó a dormir en el restaurante y se acostó junto a Pulido que aquella noche se había tomado una botella de vino y Pulido comprobó con qué placer morboso la putilla se dejaba mamar las tetitas, se dejaba besar el cuello, se dejaba mamar el anito y la chepita. Luego cuando se excitó la chuchita se le puso bien salada y Pulido bebió de aquel néctar hasta que a la mañana siguiente amaneció con la garganta infectada. La putilla de catorce años lo miraba mal y como si se sintiera ofendida. En las horas libres, Pulido se le acercaba para darle una caricia, y ella le decía.
- ¡Ya pórtese serio!
De todas formas Pulido tenía que dejar el trabajo porque el dueño no le pagaba puntualmente y el trato al personal era pésimo. Tal vez todo se debía a que el TIP estaba muy presionado por la responsabilidad de convertirse en un empresario con un negocio de carnes argentinas y parrilladas en la playa, un sitio donde todo el mundo iba a comer mariscos. Por otro lado su esposa estaba embarazada ya de más de cuatro meses y lucía una preocupante barrigota. Tal vez este asunto de pronto convertirse en padre le ponía los ánimos hechos un infierno. Siempre llegaba –nadie sabía cómo-, desde Guayaquil tempranísimo por la mañana a eso de las siete y se ponía furioso porque el personal, incluido Pulido, todavía estaban dormidos. Se ponía sarcástico, loco de furia y les decía a todo el mundo: “que no se preocuparan que podían seguir durmiendo”. Pero no se daba cuenta que el cocinero y Pulido se habían quedado trabajando hasta altas horas de la madrugada salinera.
En una ocasión el TIP le dio permiso para ir a una fiesta que se había organizado en una casa casi desocupada y sin puertas. Todo le pareció raro con la gente caminando de un lado para otro, escuchando la música del grupo YES, bebiendo y bailando sin zapatos. En ese lugar Pulido conoció al ingeniero Crevecoeur, que más tarde le daría trabajo como vendedor de vehículos.
Cuando Pulido regresó a su hogar llegó tan delgado y con la figura estilizada como esos gatos alunados que regresan después de estar perdidos durante semanas y semanas.
-0-
El trabajo de vendedor de seguros no le daba mucha renta a Pulido, pero la experiencia estaba hecha y fue buena. Joven e impetuoso, Pulido ambicionaba ganar más y más, y tenía que buscar una pega mejor donde pudiera desenvolver todo su carisma y capacidad para cerrar negocios.
Durante ese tiempo, Joey descubrió lo interesante de trabajar como ejecutivo de ventas, deambulando por toda la costa, recorriéndola de arriba abajo, con el maletín en la mano y pujándolo con el terno.
Entraba a los negocios y lo importante era tener buena memoria para cazar al dueño del hotel o al principal de la compañía, y conseguir ser atendido para exponerle el asunto que tenía que tratar.
Lo único que quedó para siempre de ese trabajo fue la amistad que mantuvo con Doris, la linda chica que vivía en Canoa, y que siempre lo recibía como un rey cada vez que Joey llegaba a su cabaña para hospedarse o cerrar negocios. Doris no era muy alta, más bien era llenita y las proporciones de su cuerpo eran perfectas aunque sensuales. Se pintaba el pelo de rubio y le quedaba bien porque la forma de su rostro, de sus ojos y los labios hacían que pareciera una latina muy anglosajona.
Durante aquellas noches, en medio del silencio de Canoa, Joey le leía unos poemas a Doris y ella escuchaba atenta y se fijaba. Había uno en especial que a ella le encantaba. Se trataba de un escrito encontrado en el Ostrakon en el museo de El Cairo:
Hermano: me gusta acercarme al estanque
Para bañarme en tu presencia;
Así te muestro mi hermosura
Bajo la túnica de finísimo lino,
Cuando está bañada…
Bajo contigo al agua
Y vuelvo a ti con un pez encarnado
Que queda preso y bello entre mis dedos…
¡Ven a mirarme!
En la compañía de seguros Resegpac no querían que Joey se vaya – aunque sus compañeros de trabajo se metían en su vida privada y se reían a sus espaldas porque todos sabían que Joey era un adicto a la nicotina-.
Pulido había comprado un corcho que lo había colgado de la pared para colocar anuncios y había armado con cartón una caja a la que le había pegado con goma un letrero que decía: SUGERENCIAS. Y alguien había desbaratado el buzón de Joey. En realidad no se respiraba un ambiente muy democrático en aquella oficina que olía todo el tiempo a tinta fresca.
Las explosiones de furor del ingeniero Van Der Voeken hacían temblar a todo el equipo de trabajo. Toda la oficina olía perennemente a tinta y en los últimos días de permanencia de Pulido habían contratado como mensajero a un chico que sufría de polio en ambas piernas, y que era un verdadero maestro caricaturista con la plumilla y el rapidógrafo. Este artista, tullido como un genial Tolouse Lautrec, se especializaba en dibujar a plumilla a monumentales mujeres desnudas con un realismo sensacional e impresionista.
El ingeniero Van Der Voeken hasta le decía, que se podía trabajar y estudiar al mismo tiempo sin ningún problema, pensando, que el motivo por el que se iba era por la proximidad de los exámenes en la universidad. Y hasta organizó una fiesta de despedida y le dio una tarjeta para que encontrara trabajo en la consola de seguridad del Banco del Pacífico.
En aquella época Joey leía continuamente una recopilación de los discursos del presidente John Fitzgerald Kennedy, que le atraía mucho. En especial el discurso del 26 de septiembre de 1963, titulado: NUESTRA INVOLUCRACION EN EL MUNDO ES IRREVERSIBLE, dado en Salt Lake Mormon Tabernáculo, y que iba dirigido a los ultraconservadores de la Sociedad John Birch, que deseaban que los Estados Unidos volviesen a la política del año 1880.
…Los norteamericanos han llegado muy lejos en aceptar en corto espacio de tiempo la necesidad de involucrarse en el mundo, pero aún prevalece la tensión de este compromiso, tensión y esfuerzo que podemos hallar en todo el país, y que encuentro yo en las cartas que llegan a mi despacho todos los días. Nos hallamos complicados en problemas al parecer sin solución y en los más extraños lugares del globo. Descubrimos que nuestro enemigo de una década es nuestro aliado en la próxima. Nos comprometemos con gobiernos cuyas acciones a menudo no podemos aprobar, y ayudamos a sociedades cuyos principios son muy diferentes a los nuestros.
Las cargas que supone mantener un inmenso aparato militar con un millón de norteamericanos sirviendo fuera de nuestras fronteras, con el peso de financiar un programa a largo plazo de ayuda para el progreso y con la carga de dirigir una diplomacia compleja y desconcertante, han tenido como resultado que, además de soportar estos grandes pesos, haya muchos que aconsejen una retirada. El mundo está lleno de contradicciones y confusión, y nuestra política parece haber perdido la facultad de distinguir entre lo blanco y lo negro, de tiempos más sencillos. Nada tiene de extraño, pues, que en esta confusión sintamos impulsos de mirar hacia atrás con cierta nostalgia. No tiene nada de extraño que en el país exista el deseo de retroceder a la política de los tiempos en los que nuestra nación vivía sola. No tiene nada de extraño que anhelemos crecientemente poner fin a las alianzas complicadas, a toda ayuda a países o Estados cuyos principios nos disgustan, a que la sede de las Naciones Unidas siga siendo los Estados Unidos, y que los Estados Unidos sigan perteneciendo a las Naciones Unidas, y asimismo que anhelamos retirarnos a nuestro propio hemisferio o incluso al interior de nuestras propias fronteras para refugiarnos tras un muro de fuerza.
Todo ello es un comprensible esfuerzo por recuperar el viejo sentimiento de simplicidad; pero en los asuntos mundiales, al igual que en todos los demás aspectos de nuestras vidas, los días del tranquilo pasado se han ido para siempre. La ciencia y la tecnología son irrevocables. No podemos volver a los días de la navegación a vela o a los viajes en carreta, aunque lo deseáramos con toda el alma. Y si esta nación ha de sobrevivir y tener éxito en el mundo de hoy, debemos someternos y reconocer las realidades de ese mundo en el que vivimos…
Pulido necesitaba el sueldo de un millón de sucres que estaba pagando el banco y finalmente se entrevistó con el ingeniero Robert Hulster y consiguió el trabajo.
Aquella mañana de la entrevista con el ingeniero Hulster, Pulido se bañó, se rasuró, se bañó en perfume y se trajeó para causar una buena impresión.
En este tipo de trabajo de seguridad, era obligación del ingeniero Hulster visitar la casa del futuro vigilante de la consola. ¡Y vaya qué buena impresión se ha de haber dado el ingeniero!, ya que la casa de Pulido era la villa de un hombre de clase media venida a menos, sin servicio doméstico, las escaleras trapeadas una y otra vez por las lluvias del monzón y pobladas con toda clase de hongos, todo estaba descuidado, sucio, el piso lleno de hojas de almendro muertas, y cuando Pulido recibió la noticia de que le daban el trabajo simplemente no lo podía creer.
Ahora Joey trabajaba en la consola de seguridad del Banco del Pacífico y sus turnos estaban compuestos por tres días de guardia, con un horario de siete a tres de la tarde; tres días de tres de la tarde a once de la noche; y tres días de once de la noche a siete de la mañana. Este último era el más pesado y Joey tenía que hacer verdaderos esfuerzos mentales para que el supervisor no lo encontrara borracho de sueño y poco alerta sin poner atención a las cámaras de seguridad. En aquella época Joey se hizo adicto a la cafeína para soportar las noches de eterno insomnio. El cigarrillo y el café dominaban su vida. Fumaba y tomaba café mientras leía, después de comer, y hasta cuando se ejercitaba los jueves por la noche en la sala de squash. Cuando Pulido jugaba squash demostraba toda la fuerza y vitalidad de un joven, corría de aquí para allá golpeando la bolita y respondiendo bien a los ataques de sus contrincantes. Pulido llegaba a jugar hasta tres partidos seguidos sin descanso.
En la consola de seguridad del banco, Joey trabó amistad con un genio de la computación, Hansel. Junto con Pulido compartían el gusto por el café, el cigarrillo, las ideas filosóficas y las mujeres.
Hansel era delgado, con bigotes, peinado con raya a un lado, pelo negro, sumamente serio y detallista en su trabajo, escribía en la bitácora con una letra preciosa y nunca se olvidaba de los detalles, de las fechas y de las horas, tenía aspiraciones de obtener un título universitario en ingeniería industrial, nunca abusaba del teléfono y utilizaba el zoom de las cámaras para enterarse de todos los detalles que sucedían en el banco.
En una ocasión quedaron de acuerdo en meter a la consola a una prostituta que ambos conocían, apodada “La profesora”, y lo hicieron. Mientras Joey la desnudaba en el baño de la consola, el genio de la informática vigilaba. Pero Joey tuvo problemas para que se le pare la picha por lo nervioso que estaba, y la cosa se puso más difícil porque a ‘La profesora’ le dio por reírse a carcajadas de la impotencia de Pulido. Él le decía que se calle que los iban a escuchar. Luego le decía que se dejara de tanta risa y que se llevara la picha a la boca y ella se negaba en redondo, hasta que Pulido se cansó y le cedió el turno a su compañero Hansel.
Durante ese tiempo, Penélope le veía irse todo el tiempo y nunca lo veía llegar porque cuando Pulido regresaba ella ya se había ido a trabajar. Pocas veces sus horarios coincidían como para compartir en familia. Ella trabajaba de secretaria en una compañía de seguros llamada Finvegsia, y había conocido a una esmeraldeña experta en comida vegetariana, por lo que durante el embarazo de Danni, Penélope estuvo bien alimentada con toda clase de exquisitos platos preparados a base de coco rallado y soya. En una ocasión Pulido tuvo la oportunidad de probar la sazón de la negrita y quedó fascinado con el sabor exquisito de la carne de soya. Penélope no comía sino que tragaba durante el embarazo de Danni, y luego de comer hasta hartarse, después de un rato de hacer una rápida digestión ya estaba otra vez con hambre. Aquellas comidas de soya eran tan apetitosas como las comidas que preparaba la negra Hilda Thomas con sus entradas compuestas de ensalada de berenjena y sus platos de mariscos a base de coco rallado.
En una ocasión, una estúpida amiga del trabajo escondió una rata de foam en el archivador donde tenía que laborar Penélope y ésta pegó un grito desgarrador cuando vio aquel monigote, cuyo realismo era sorprendente por la habilidad artesanal con que había sido realizado. Incluso le habían pegado al foam, pintado de gris y con la perfecta forma de una rata, los pelos desechados de una peluquería. A Penélope casi le da un ataque de histeria y esa noche sintió contracciones peligrosas, que eran señales de que se le venía Danni de siete meses. La madre de Pulido la llevó de urgencia donde el ginecólogo que la atendía, el doctor Francisco Mena Vallejo, y éste la internó de urgencia en un hospital donde le suministraron un suero específico para detener el mortal aborto de Danni. Cuando Danni nació en la clínica Maria Auxiliadora, Joey se pasó todo el trance controlando sus nervios mientras leía una novela de Mario Vargas Llosa.
Después del parto, cuando iba a pagarle al doctor Francisco Mena Vallejo, Pulido le dijo al doctor que estaba realmente admirado por la sangre fría que mostraba ante un acontecimiento tan importante para su vida. Y el doctor le respondió que para él se trataba de un parto por cesárea como cualquier otro y que no se podía dar el lujo de dejarse afectar por emociones trascendentales. Pasaría mucho tiempo cuando Joey volvería a ver al doctor Mena Vallejo ya demacrado y con la salud consumida por el cáncer. El doctor asistía a la misma iglesia que su esposa y Pulido no se atrevió a hacerle alguna conversación larga, pero en el fondo de su corazón estaba muy agradecido por haber traído al mundo a su hijo mayor en perfectas condiciones.
Joey y Penélope habían esperado tres años para llenar la solicitud ante Dios para traer a este mundo infernal a Danni, y aquella noche estuvieron a punto de perderlo.
Pulido recordaba con qué esmero le ponía las inyecciones de BECO 5, que había recetado el doctor, en los glúteos de Penélope para que se desarrollara bien el feto.
Joey soportó las malas noches de la consola de seguridad y la presión del supervisor durante un año y ya no pudo más con la rutina de seguridad de la consola. Además el supervisor lo había sorprendido tres veces casi dormido y la tercera fue la definitiva. Joey se resignó porque durante ese tiempo había financiado el nacimiento de Danni, sus vacunas, los remedios, pagado la leche y los pañales. Penélope no tenía mucha leche en sus senos y pronto se le agotó todo. Por lo que Danni tuvo que seguir alimentándose con leche en polvo.
Una vez más, Joey se hallaba desempleado y chiro. Y se paseaba de arriba abajo la loma de su barrio en busca de un cigarrillo para calmar los nervios. Los domingos se acostaba en su cama y leía novelas de William Faulkner, como la que escribió acostado sobre una pila de carbón, ¿cuál era esa?, ¡ah, sí, “MIENTRAS AGONIZO”! Así que volvió a trabajar de vendedor pero de bisutería, y nuevamente se volvió a poner los ternos de ejecutivo para caminar largas distancias.
Para conseguir el trabajo tuvo que entrevistarse con el ingeniero John Rheault y prometerle, poniendo la mano sobre una Biblia de los Testigos de Jehová, que no cogería las muestras de joyas, collares de fantasía y desaparecería para no dejarse ver nunca jamás.
Su target principal eran las boutiques para dejar la mercadería en consigna y pasar a cobrar después de dos semanas. La renta de este tipo de negocio era bajísima e insignificante en comparación con los gastos y con lo que ganaba en la compañía de seguros o en la consola de seguridad del banco. Cada vez las cosas se ponían peor y las discusiones en el matrimonio eran fuertes y siempre por el dinero. La gran prueba de todo matrimonio bisoño es la prueba del amor en el altar del dios dinero. La falta del billete sucre puerco y vil es capaz de destruir el amor de una pareja normal.
Joey siempre andaba temeroso de que un día, al regresar a casa, ya no la encontraría a Penélope ni a Danni. El hijo de Pulido era un rollito de carne con un mechón de pelo en la cabeza, que se despertaba a las cuatro de la madrugada llorando por su teta, y había que conseguir leche en polvo de donde no había o prestando dinero a los vecinos.
Por la necesidad que provocaban los continuos déficits en la economía de la familia Pulido, Joey renunció y empezó a vender lencería erótica o ropa íntima de mujer. O era eso o seguir aguantando los desprecios y las provocaciones de Penélope, que no daba señales de querer dar tregua.
Una vez más tuvo que entrevistarse con un ingeniero de apellido Daram y demostrarle su honestidad y experiencia en ventas para conseguir el trabajo. Pulido recuerda bien aquella mañana en que acudió a la cita. Era una mañana con el cielo nublado y hacía un frío como si la madrugada no se hubiera ido todavía. Las olas del mar se batían insistentes sobre la orilla. Los cangrejos ya no azotaban las playas con su presencia diminuta y roja.
La gente se agolpaba en el malecón caminando, desesperados, en busca del sucre. Todos reflejaban en sus rostros la premura por un asunto pendiente que liquidar y ganarse de esa manera algunos sucres. Tener dinero en el bolsillo era más importante, ¡lo único!, que la posibilidad de sufrir una enfermedad silenciosa que amenazara la vida. El dinero, la comodidad, ganarle al tiempo, pagar las deudas con la esperanza de quedar bien para volver a conseguir crédito.
Nuevamente Pulido salía de su casa lleno de esperanza, con el maletín repleto de muestras, ya no de bisutería, sino de medias de seda sexis, para mujer, sostenes eróticos, mini calzones de colores provocativos, ligas y pijamas que inducían a la pasión. Y se encontró con cierta resistencia y rubor de las dueñas de boutiques para aceptar esta nueva clase de mercadería. Una dama china dueña de un salón de masaje le decía:
- ¡Tu mercadería está muy caliente, muy caliente…!
Otras damas, dueñas de boutiques, estaban fascinadas con las muestras, pero no se atrevían a exponerlas en sus vitrinas y pensándolo mejor compraban las prendas para su uso personal, seguramente para volver a seducir a sus maridos o a sus amantes o para venderlas a una clientela más selecta y privada. De esa forma Pulido se vio en el trance de abandonar este nuevo trabajo, y la decisión la tomó una tarde en Canoa, cuando una señora se sintió ofendida cuando Joey le ofreció colocar su ropa íntima y erótica en las vitrinas de su boutique.
Esa tarde llegó desconsolado a la cabaña de Doris. A duras penas tenía para comprar pan, atún en lata, cola y mayonesa para cenar unos ricos y jugosos sánduches. Pulido y Doris hicieron el amor de manera frenética esa noche. La mala suerte de él y la pobreza de ella se fundieron en un abrazo de amor durante varias sesiones casi ininterrumpidas en la cama.
Se bañaron juntos, desenrollaron unos rollos con poemas escritos por ella, leyeron algunos poemas egipcios como este:
El amor de mi hermana está en la otra orilla;
Nos separa una cinta de agua
Y un cocodrilo vigila en el banco de arena
Pero desciendo al agua,
Camino por el río
Mi corazón es valeroso;
El agua es como tierra para mis pies
El amor de ella me vuelve tan
Fuerte
Y me da un talismán contra los cocodrilos
He aquí que la hermanita viene y mi
Corazón se alegra
Se abren mis brazos para abrazarla;
Se regocija mi corazón apoyado en
Ella
Como…eternamente
Cuando la amada llega
Luego fumaron algunos marlboros, escucharon la música del grupo Rush, y leyeron un pensamiento sobre Herbert Marcuse, publicado en el diccionario filosófico de José Ferrater Mora, que decía así:
Para Marcuse la agresividad humana es fruto de la represión de la energía sexual espontánea. Marcuse aceptaba la tesis de Hegel de que los hechos históricos son restrictivos y negadores pero afirmaba que la negación de esta negatividad también gracias a la historia, abre la posibilidad de una radical y auténtica realización de la libertad y de la felicidad de ellas y del hombre, que han sido excluidas de la sociedad burguesa por su misma estructura clasista.
Después de leer aquel texto de Marcuse, Pulido llegó a la conclusión de que se debería legalizar la prostitución ya que reprimirla engendraba no pocos fenómenos sociológicos como el fomento a la sodomía y las guerras, con el despliegue de su violencia tan exuberante, que nunca discriminaba nada ni a nadie. La guerra era una de esas pestes apocalípticas, que junto con las enfermedades incurables, amenazaban con destruir a la humanidad. Los Testigos de Jehová son expertos analistas del Armagedón porque basan su teosofía en las bienaventuranzas que les llegarán cuando se acabe el actual orden existente y se produzca la segunda venida de Cristo.
Luego leyeron un himno órfico de saludo a la noche que decía así:
Te cantaré, ¡oh, noche!, madre de los dioses
Y de los hombres, orígen de todos los seres
Óyeme, diosa feliz, que azul cabrilleas y de
Estrellas resplandeces, que te complaces en la
Quietud y en la soledad propicia al sueño;
Alegre, golosa, amante de las vigilias, madre de
Los sueños. Olvido de las penas, tregua benéfica
De las fatigas. Tú das el sueño y eres amiga de todos.
Dividiendo con el sol el cielo que
Recorres con tus caballos, perteneces a la tierra,
Y después, de cuando en cuando, vuelves a ser
Divina. Juegas en el aire con vertiginosas
Danzas, mandas la luz al mundo subterráneo y
Luego tú misma huyes al hades, porque una
Dura necesidad gobierna todas las cosas.
Noche beata, feliz, anhelada por todos:
Escucha benévola la voz que te suplica;
Ven clemente y desbarata los temores
Que anidan en la obscuridad.
Finalmente subieron al pequeño dormitorio del segundo piso. Joey estaba acostado desnudo en el segundo piso de la cabaña con su amiga y empezó a besarle los pies, las piernas, poco a poco hasta llegar a su vagina y ahí echó el ancla. Con su lengua exploró todos los intersticios de su amiga y no paró hasta que ella terminó en un orgasmo descomunal.
A la mañana siguiente bajaron a la playa y mientras Doris se quedaba echada en la arena, enterrando los pies y cogiendo sol, Joey, se remontaba sobre las olas en su tabla hawaiana, hasta llegar a la punta de la roca, el límite de la selva que se incrustaba en el mar.
Hacía tiempo, desde que se había graduado, que no corría una ola. Al principio llegaban unas olitas inofensivas, pero Pulido sabía que ese era el preludio de olas de mayor envergadura por lo que remó más al fondo para ir a su encuentro. ¡Y finalmente lo consiguió! Alcanzó a divisar una ola de dos metros que venía directamente hacia él. Pulido se posicionó, la remó y se fue en ella y se asombró de no haber perdido el equilibrio tan necesario para poder disfrutar completamente de este deporte. Bajó la ola hasta el fondo y doblando las rodillas como Cheyenne Horan hizo que la tabla se pegase a la pared, cosa que al resortear, pegó un salto con tabla y todo, hasta la cresta de la ola, sacar una estela de agua y volver a meter la tabla. Doris estaba viendo excitada las maniobras de su amigo. Y Pulido para impresionarla más- un deseo que Penélope ya no despertaba en él-, se tubeó en la orilla muy cerquita de donde estaba Doris. Cuando salió del agua ella lo estaba esperando sentada con unos sánduches de atún que habían sobrado de la noche anterior. Pero Joey se quedó pasmado de placer al ver que mientras Doris le servía el néctar, había dejado resbalar un poco su traje de baño hasta descubrir muy sensualmente un pequeño pezón rosa.
El futuro se mostraba incierto para Pulido, pero la vida en medio de la desolación lo invitaba a disfrutar de la poesía del mar, la belleza de una mujer y el éxtasis del presente. Y sin embargo Pulido no encontraba la paz. No veía cómo trabajando de vendedor podría llegar a tener dinero suficiente para recobrar el estatus de clase media alta que había disfrutado cuando era pequeño.
Cuando llegó a la casa en Salinas y le comunicó a su esposa la decisión de volver a renunciar, ella lo consoló, y finalmente ambos cedieron a las lágrimas de la desesperación. Pulido lloraba desconsolado en el regazo de Penélope. Una de las características de Penélope era su fe en el futuro. Esa misma fe era la que lo había metido a Pulido en esos incomprensibles cursos de contabilidad en IDEPRO.
Con unos ahorros que habían acumulado, la familia Pulido pudo comprar un carrito para vender hamburguesas y hot dogs. Lo estacionaron a una cierta distancia de su casa en el Miramar, y todas las noches esperaban a que llegaran los turistas. Era un trabajo sacrificado el de vender comida. A veces había que quedarse hasta las cuatro de la mañana, iluminados pobremente por el foquito del carrito de hot dogs, oliendo los vapores de las salchichas hervidas, soportar los ventarrones de las madrugadas, para esperar a los clientes medio borrachos que salían de las discotecas, restorants o de la peña de Roy, y que se comían todo lo que no se había podido vender de hot dogs y hamburguesas. La carretilla se llamaba:”HAMBURGUESAS EL MARQUES DE SADE”, y la especialidad de la casa era una enorme doble hamburguesa de doscientos sucres, con doble porción de carne molida del SUPERMAXI, huevo frito, una rodaja de queso, lechuga, tomate, pepinos, y un langostino frito coronando la punta.
De vez en cuando Pulido cocinaba un arroz con foca para venderlo a los turistas. ¡Arroz con foca!, los clientes no siempre le creían a Pulido y tomaban el seco de foca como si de un arroz con chancho se tratara.
Una noche en que Pulido se hallaba cocinando ya lo último de las hamburguesas llegó el ingeniero Desbles y le urgió a que le prepare una hamburguesa. Pulido le dijo que ya no tenía langostinos ni mucha lechuga ni rodajas de tomates, pero el ingeniero le dijo que se la prepare, que se moría de hambre. Así que a Pulido se le ocurrió ponerle todas las sobras a la hamburguesa y al final completarla con unos polvos que toman con leche los levantadores de pesas para desarrollar los músculos. El resultado fue que el ingeniero estaba conversando y comiendo la hamburguesa, así que cuando le tocó la parte con los polvos, el ingeniero Desbles creyó que el pan estaba apolillado y casi se atora mientras hablaba con un amigo. Simplemente la hamburguesa no le resbalaba por el gazñete. El ingeniero hizo una mueca aparatosa y le preguntó a Pulido que qué le pasaba al pan que estaba apolillado, y Pulido le explicó el asunto sobre los polvos y ambos se mataron de la risa junto con el vecino que en la carretilla de a lado vendía arroz con menestra y chancho. Y el hombre entre carcajadas le decía:
- ¡Este Pulido sí que es ocurrido!
El trabajo empezaba a las seis de la tarde. Penélope se encargaba de preparar la fórmula de la carne para las hamburguesas y de sacarle con un cuchillo la piel de plástico a los hot dogs. Mientras Joey preparaba la carretilla para el servicio, era testigo de las magníficas puestas de sol. Un sol colosal, titánico, de color naranja y rosa, que se iba sumergiendo perezosamente en el horizonte hasta hundirse completamente en una nube de color lila, azul y negro. Pero lo más duro era empujar la carretilla, cargada con las cosas para vender, hasta el lugar donde la colocaban. El esfuerzo hizo que a Pulido se le formaran unos hombros descomunales como los del actor James Caan.
Ese trabajo no le dejaba nada de tiempo libre, era absolutamente esclavizante, así que volvió a la oficina del ingeniero Van Der Voeken a pedirle, a rogarle, que le diera otra oportunidad. El ingeniero le dijo que llegaba en un momento preciso porque se había materializado un proyecto de venta de seguros bancarios destinados a su clientela cautiva. Junto con la compañía ECUATORIANA SUIZA se iba a realizar el negocio de colocar vendedores dentro de las instalaciones de los bancos para asegurar a todo cuenta ahorrista y cuenta correntista, que acudiera a las instalaciones para realizar sus operaciones. Antes de salir de la oficina, el ingeniero Van Der Voeken, recordó la última deserción de Pulido y le dijo para que éste oyera mientras se cerraba la puerta:
- ¡No te olvides Pulido: EL QUE SE METE A CRISTO TERMINA CRUCIFICADO!
Pero para concretar bien el asunto, tenían que encontrarse en el aeropuerto y cuando Pulido estaba parado esperando la llegada del ingeniero Van Der Voeken, presenció una ronda musical del mantra de unos devotos de Hare Krsnas. Los devotos estaban vestidos con sus túnicas de color azafrán y naranja, con sus cabezas rapadas a cero, con sus tambores, collares, inciensos, los címbalos, sus libritos de literatura védica y cantando y bailando alegremente los santos nombres de su Señor Krsna:
Hare Krsna, Hare Krsna
Krsna Krsna, Hare Hare
Hare Rama, Hare Rama
Rama Rama, Hare Hare
Hare Krsna Hare Krsna
Krsna Krsna Hare Hare
Hare Rama Hare Rama
Rama Rama Hare Hare
Hare Krsna Hare Krsna
Krsna Krsna Hare Hare
Hare Rama Hare Rama
Rama Rama Hare Hare
Los Krsnas lo invitaron a abandonar las luchas frenéticas en que nos envuelve el mundo material, que es todo ilusión o Maya, y que asistiera a unas charlas con banquete de comida santa, vegetariana, llamada prasada, todos los domingos a partir de las seis de la tarde.
Cuando llegó a la casa cogió un libro de la biblioteca de su padre titulado: LA CIENCIA DE LA AUTOREALIZACION, lo abrió y leyó acerca del karma que era la ley de acción y reacción que pesaban sobre los hombres por sus pecados. Aquello parecía más la venganza del destino y ese peso de los pecados lo condenaban a los hombres a volver a vivir en la Tierra a través de la reencarnación. Lógicamente una persona inteligente y amante del conocimiento espiritual no iba a vivir en la Tierra cometiendo pecados para volver a nacer y volver a sufrir otra vez todo el dolor y la miseria de este mundo material.
Después de hablar con el ingeniero Van Der Voeken, Pulido volvió a colocarse su viejo terno y trabajó incansablemente para superar sus inseguridades y miedos hasta llegar a convertirse en un as de las ventas de seguros para clientela cautiva. A veces ni bien llegaba a una agencia de banco y ya iba asegurando a un cliente. Con esa determinación viajó a Quevedo, Playas, Ambato, y recorrió todas las agencias que estaban repartidas por la península de Santa Elena. En una ocasión se presentó una emergencia en Quito porque los vendedores no cerraban negocios y Pulido se ofreció a ir a entrenar a aquellos vendedores, y lo hizo de una manera soberbia y magistral. Él lideraba la reunión de trabajo y les explicó a los demás ejecutivos, cuál era el secreto para cerrar pólizas de manera segura e impecable.
QUEVEDO IN THE NIGHT
En Quevedo, Pulido conoció a una hermosa mujer embarazada de seis meses y fue tan galante con ella que la acompañó a la casa y la persuadió de tener sexo en ese estado, y la cosa resultó de lo más deliciosa. Primero conversaron en la agencia y quedaron en que ella lo esperaría a la salida. Luego, cuando se encontraron, se fueron caminando juntos hasta la casa de ella, que era la humilde vivienda de una madre soltera, y almorzaron juntos. Después de la comida ella lo llevó a su cuarto y se desnudaron despacito y en silencio. Había que tener mucho cuidado de no aplastarle la panza, así que Pulido tuvo que acostarse junto a ella e introducírselo con mucho cuidado y con la mayor comodidad para ella. Maritza había resultado ser una mujer bien caliente y así, preñada y todo, pudo experimentar dos orgasmos seguidos. Cuando Pulido eyaculó se sintió perdido, vinieron los remordimientos católicos y hasta se sintió un monstruo, pero todo había sido consumado y para sacarse de encima esos remordimientos católicos recordó las palabras de Samuel Pufendorf:
Haber sido educado desde la infancia en una idea determinada constituye un influjo tan poderoso que, aunque la idea sea una falacia, al hombre casi nunca se le ocurre cuestionarla.
Y Maritza pudo adivinar algo del estado de ánimo de su nuevo amigo y amante y le preguntó:
-¿Qué le pasa? Pero si no me lo voy a comer…
Eso tranquilizó un poco la frágil conciencia de Pulido y finalmente pudo vestirse y largarse de ahí, mientras le dejaba trescientos sucres escondidos debajo del mantel de la mesa del comedor.
Joey le había mamado las tetas cargadas de leche a Maritza y en la noche, cuando llegó a Salinas, experimentó ciertas náuseas como las que se le antojan a las mujeres encintas. Pulido siempre regresaba a su casa. Siempre regresaba para oír la voz de Penélope.
En aquella época Pulido tenía que viajar de provincia en provincia en los transportes interprovinciales y la música que estaba de moda oír en esos carros eran las canciones de Juan Gabriel y Rocío Durcal. Cuando regresaba a casa era un alivio. Su dulce hogar lo estaba esperando. Acostarse en la cama y dejarse llevar por el sueño. Dormir eso es lo que necesitaba Pulido. Todos deben dormir.
AMBATO FUERA DE SERIE
En Ambato se encontró con un ex compañero del colegio que no veía hace mucho tiempo, su amigo del colegio lo invitó a cenar a su casa y a conocer a su linda familia serrana, y lo más curioso de todo era que cuando lo invitaban a almorzar el padre de la esposa, el suegro, le decía con énfasis mientras sostenía un chocho en la mano sobre el valor nutricional del chocho:
- ¡Un chocho equivale a comer un huevo duro!- decía con el rostro lleno de autoridad-.
Joey no estaba convencido del argumento del ingeniero agrónomo, pero en adelante miró con mayor respeto a las indiecitas que vendían chocho con sal y cebolla encurtida en las esquinas de Ambato.
Por aquella época Pulido visitaba a su tío Víctor Hugo y a su tía Mayiya y su tío le decía que estaba pasando por una etapa de su vida llena de debilidad. Entonces Pulido le recetó que se coma unos ajos picados con Coca cola – que tenía cafeína que era muy buena para disipar la soñoliencia de las mañanas y para activar los centros respiratorios del cuerpo-, o con la taza de leche, después del desayuno. El tío siguió al pie de la letra las indicaciones de su sobrino y después de unas semanas de comer ajos picados, la tía Mayi le dijo que ya no le diera más porque el aliento, el sudor y la orina del tío olían de una manera insoportable. Hasta el propio tío Víctor Hugo se quejaba algunas veces cuando al ver el platillo de ajos picados que tenía que tomar, decía:
-¡Ya me duele la cabeza y la barriga de tantos ajos!
Un viernes en Ambato, Joey y su amigo del colegio, se pegaron una tremenda borrachera a la salida del trabajo, y Pulido se acordaba de que después de la cerveza empezó a hacerle al puro o al canelazo – no se acordaba bien de ese asunto-, y de ahí en adelante se le borró todo de la memoria. Hay fragmentos en que recuerda que lo lanzaban como cadáver en una esquina del centro de Ambato y mientras caía con la mano le golpeó el rostro de su amigo y le tiró al suelo sus lentes que quedaron rajados y con los que se presentó así al día siguiente en la oficina, y lo dejaron ahí sin que él pudiera levantarse. Luego volvieron por él y lo recogieron y lo llevaron arrastrando hasta la casa donde se hospedaba, y la señora dueña de casa se pegó un susto de muerte porque a Pulido los ojos se le ponían en blanco. Y al día siguiente, el sábado, Pulido no pudo levantarse en todo el día de la cama del hotel, temblaba de escalofríos, pasó vomitando y con el aliento oliéndole fétido a licor.
Por la noche Ambato es helado y las sábanas de la cama parecían estar mojadas con agua helada del río. Hubo un tiempo en que Pulido se quedó trabajando en el almacén del tío Víctor Hugo. Tenía que estar temprano por las mañanas en el almacén por lo que se bañaba de noche con agua tibia. La instalación eléctrica de la ducha hacía contacto por lo que algunas veces Pulido recibió un buen cimbrón eléctrico mientras estaba desnudo en el baño. En aquellos momentos se sintió como un judío torturado por la GESTAPO.
Cuando llegaba al almacén llamado “REAL CONFITERIA”, invariablemente tenía que barrer las polvorientas tablas de madera, echándoles unas gotitas de agua porque de lo contrario la labor era inútil.
Dentro de su locura Pulido no se podía resistir a comerse unos ricos chocolatines que el tío vendía y dejaba las envolturas escondidas entre los grandes recipientes de vidrio, pensando en su loca cabeza que el tío no se daría cuenta, cuando una tarde el tío Víctor Hugo lo llamó y le recriminó fuertemente el que se esté comiendo los chocolatines con los que él se ganaba la vida y que lo tomara por tonto al creer que no se iba a dar cuenta de todo el asunto.
Allí en Ambato conoció a un viejo profesor de box, al que le pagó para que lo entrenara por las noches. Pulido tuvo que reconocer que la juventud lo estaba abandonando y en su lugar estaba dejando a un joven pesado que había perdido la habilidad para correr ligero durante largas distancias. Para ayudarse, Pulido compraba sangre de drago, un néctar que era extraído de la corteza de un árbol de la amazonía y que lo ponía a Pulido con las energías de un toro. Todos los días iban con ese frío a trotar a un estadio. El profesor de box lo cogió a Pulido y le dio un masaje fenomenal que le hizo traquetear los huesos de la columna y luego lo metió a correr con otros pupilos. Pulido tenía la costumbre de trotar cargando piedras en las manos. Pero al entrenador local no le gustó la idea y primero le dijo que las soltara y luego le gritó y Pulido las soltó.
En una ocasión vino a Ambato un certamen de box para principiantes y los chicos ambateños del gimnasio participaron contra los de la provincia del Pichincha y fueron eliminados por sus rivales que eran mucho más experimentados. Pulido observaba la competencia desde las gradas y animaba a sus amigos, pero la impresión que se llevó fue que los boxeadores de Quito tenían más peso y pegada. Estaban en una categoría mucho más preparada que los chicos de Ambato.
Una tarde en las que Pulido caminaba con su madre de la mano para ir de la casa de la tía Mayiya a la “Real Confitería”, y disfrutaban del frío y de la vista del parque repleto de pequeños pajaritos, que se alimentaban de insectos y otros delicados picaflores que se alimentaban del néctar de las flores.
En las noches, Pulido trataba de leer “MOSQUITOS” la laureada novela de William Faulkner y no podía, le rebotaban las palabras, porque tenía la cabeza toda loca llena de significados, signos y palabras sin contenido lógico. Pulido era la víctima del famoso “diálogo entre sordos” que se había ejecutado en los diarios como reacción a sus cartas de oposición al abuso del poder y del derecho. Simplemente Pulido tenía la concentración totalmente fragmentada y la lucidez absolutamente dispersa. No podía ver la televisión porque ¿le parecía?, que todo el sistema informativo giraba alrededor de él, pero de una manera en que la inteligencia mostraba un gran desorden. Atropellaban su vida privada y la usaban como punto de referencia para presentar al público noticias similares. Todo era absolutamente demencial y sin sentido. Se trataba de una guerra sicológica que tenía como finalidad perturbar a los que vieran o escucharan las noticias y esta locura estaba provocando una verdadera histeria colectiva que estallaría más adelante. En especial en la vida de Joey Pulido. Entonces Joey se pasaba horas sentado en la salita de la casa del tío Víctor Hugo, escuchando música en la radio, pero pronto llegaba la interferencia de P2 Inteligencia Naval, y la programación normal era desterrada y sustituida por las enfermizas melodías de la guerra sicológica nacional.
Tal parecería que Joey con sus análisis políticos había ocasionado una hecatombe en la Seguridad Nacional tan devastadora como la caída del muro de Berlín. Pobre Joey, nunca sería una autoridad en las letras políticas del Ecuador. Había optado por colocarse a la derecha del espectro político y el mundo nunca le perdonaría semejante decisión. Ahí tenían al escritor peruano Mario Vargas Llosa, un perfecto candidato al premio Nobel, y sin embargo, por estar colocado a la derecha de la política peruana, y ser un convencido de la libertad, de la iniciativa del hombre como algo mucho más efectivo que la del Estado, nunca le iban a obsequiar el tan merecido premio.
Definitivamente los militares eran los enemigos tanto de los extremistas de izquierda como de los derechistas. Inútilmente Joey trataba de buscar una salida literaria a su situación. Si los enemigos de Joey eran los militares, entonces sólo había una sola medida que tomar para combatirlos: la fuerza y la guerra. A los militares sólo se los podía convencer matándolos en gran cantidad hasta que no les quede ganas de seguir peleando. Sumergido en estos deprimentes, desesperados y funestos pensamientos Joey dejó a un lado el libro “MOSQUITOS” y fue a la pequeña biblioteca del tío Víctor Hugo y cogió otro ejemplar de William Faulkner, titulado: “SANTUARIO”, aunque tampoco conseguiría leer este otro libro ya que las palabras le rebotaban en el cerebro por tener la concentración despedazada. Una vez más, terminado este periplo, Pulido regresaba a su hogar. Volvía a subir a pie por la loma que lo conduciría a su hogar compuesto por sus padres su esposa y su hijo. Eso era todo lo que necesitaba Pulido, la paz de su hogar. En el trayecto siempre se toparía con los vecinos de siempre, que deambulaban por ahí por no haber tenido una oportunidad para salir de este miserable país. Eran los mismos rostros de siempre que expresaban preocupación, fracaso, angustia, aquel barrio se había convertido en una casa de locos. Todos sufriendo por alguna necesidad insatisfecha, el dinero, la lavada de la ropa, las obligaciones. Nada cambiaba y todo seguía exactamente y depresivamente igual.
PLAYAS GENERAL VILLAMIL
En la agencia de Playas la cosa era increíble porque el trabajo duraba hasta las cuatro y de ahí Pulido corría a la casa del gringo Andrés, alquilaba una tabla de balsa y se iba a coger olas en el punto de quiebre llamado EL FARO. Correr EL FARO en marea llena mientras se presencia el atardecer es una de las cosas más bellas y espectaculares que un hombre puede vivir. El agua era tibia, transparente y suave con la piel quemada por el sol, incluso en el anochecer. Pulido comenzó a experimentar de manera continua el placer de correr olas de noche junto a otros locales chiflados del surf de Playas. Lo más difícil era volver a recuperar el ritmo perdido. Es decir, bajar la ola desde la concha, sin estrellarse contra las rocas. Había muchos surfistas que por tratar de hacer este tipo de maniobras clavaban la punta de la tabla en el agua y la despedazaban. Entonces salían a la orilla con las tablas rotas por la mitad o con media punta de la tabla afuera. Cuando llegaba Pulido de Playas a su hogar lo salían a recibir los problemas, pero era su hogar. Al menos tenía un techo debajo del cual caerse muerto. Otras personas no tenían hogar ni un lugar al que pudieran ir a refugiarse. Nada de todas estas cosas eran ajenas a Pulido.
¿Entonces por qué lo veía todo como un error?, ¿por qué no hallaba la paz interior? A veces le daban unas crisis de angustia silenciosa y no paraba de moverse de un lado para el otro. Si se acostaba no podía leer, si se paraba no podía estarse quieto, era una desesperación constante que lo tenía agarrado de las válvulas del corazón. Subía y bajaba la loma en busca de un último cigarrillo, aunque sabía que su tráquea se estaba llenando de nicotina y que a veces le fallaba la voz y tenía que carraspear. Todo era un desastre, todo le parecía mal, una equivocación. Algo le faltaba, ¿qué podía ser?
Pasarían muchos años para que Pulido descubriera el increíble efecto de las pastillas Neurobión en su sistema nervioso.
-0-
Mientras tanto, en todo este tiempo, Penélope había conocido en la buseta al élder Godard, un misionero mormón que le llevó el evangelio del libro de mormón a su vida. Los élderes la visitaban en su casa por la tarde, oraban arrodillados en la salita a su Padre Celestial sobre la circular alfombra verde, antes de leer párrafos de la Biblia o del libro de mormón y le hablaban a Penélope de la castidad, la fidelidad y de que el sexo sólo era utilizado para la reproducción, que el café, el té y los cigarrillos eran prohibidos por Dios, porque causaban dependencia y debilidad.
Siempre empezaban sus oraciones dando las gracias a su Padre Celestial por toda la vida y la salud que se tenía, luego le pedían en nombre de Jesucristo, alguna cosa que haya sido considerada de emergencia y entonces pasaban a desarrollar alguna idea que quisieran platicarle a Penélope para luego sustentarla con citas de la Biblia y con citas del libro de mormón, del libro de Doctrinas y Convenios o de La Perla del Gran Precio.
La historia de José Smith está llena de penurias, santidad y mala suerte. Para informarse mejor sobre este nuevo asunto que aparecía en su vida, Joey cogió un libro de la biblioteca de su padre, titulado: NUESTRO LEGADO, una breve historia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, y leyó sobre el acto heroico del profeta cuando permitió que lo operen sin que le administren ninguna anestesia para evitar perder la pierna tras un grave accidente.
Penélope se ponía a pensar en el cigarrillo que Joey se fumaba todas las mañanas antes de salir a trabajar y en las tazas de café que se tomaba por las noches solitarias y llenas de penumbra económica mientras escribía sus análisis políticos. Se quedaba pensando y pensando, confundida, ya que las teorías de los mormones le ponían patas arriba todo su mundo. Para empezar Joey ya le había hablado de una teoría antropológica, que afirmaba –como se afirmaba en el libro de mormón-, que los indios americanos eran descendientes de los judíos que emigraron después de que Dios había confundido las lenguas en el asunto ese de la torre de Babel, que no hay que confundir con las teorías de Piero Martire d’ Anghiero y Bartolomé de las Casas, sobre sus insinuaciones de que los indígenas sudamericanos podían descender de los judíos y las tribus perdidas de Israel. Señalaban que tanto los antiguos hebreos como los indios celebraban ritos de purificación, sacrificaban animales, ayunaban, tenían prohibidos ciertos alimentos, practicaban la endogamia, el matrimonio por servicio y, lo que era aun más sorprendente, la circuncisión. Los lingüistas corroboraban estas convicciones demostrando que determinadas palabras de las lenguas indígenas se asemejaban a vocablos hebreos. Samuel Purchas (1575-1626) clérigo rural de Inglaterra escribió en su peregrinaje de Purchas (1613), que la diversidad de culturas y religiones se explica fácilmente por la división de las naciones luego de producirse la confusión de las lenguas en la TORRE DE BABEL.
También estaba este asunto que a Penélope le llamaba la atención de esta lucha incesante entre los nefitas y los lamanitas, y la amenaza constante que estos últimos representaban para la civilización nefita por mandato de Dios, era un verdadero cóctel en el cerebro de Penélope.
¿Cómo era posible que Dios haya sacado de Jerusalén a unos hijos tan obedientes para llevarlos, primero por el desierto guiados por una brújula de tecnología incomprensible, ¿extraterrestre?, llamada Liahona, completamente divididos a poblar unas tierras al otro lado del mundo, en Norteamérica, para que se conviertan en el tronco de dos ramas históricamente hostiles y antagónicas? Y lo más incomprensible es que los nefitas estaban obligados a creer en Dios y seguir sus mandamientos o de lo contrario serían eliminados salvajemente por los bárbaros lamanitas.
Lo más difícil de entender de esta situación es que después de la caída del imperio romano, el latín –bajo la influencia de los ejércitos bárbaros-, murió y se convirtió en la matriz de una serie de lenguas romances como el francés y el español –entre otros-, y Joey se había referido a aquello como la segunda TORRE DE BABEL DE LA HUMANIDAD.
-0-
Por aquella época Pulido no podía ver a Doris en Canoa, y para mantener viva la llama de la pasión, Joey le escribía cartas de amor de dos páginas donde le narraba las cosas que hacía y lo que le pasaba en la casa con su esposa que venían acompañadas de postales de los hermanos Bolo y César Franco. ¡Y cosa curiosa!, a Doris no le mortificaban los celos por ver que su amante tenía estabilidad conyugal. El problema para Pulido era que Penélope no se diera cuenta de esas cartas. Por lo que Joey aprovechaba las madrugadas para escribirlas a mano y eran de este estilo:
Querida Doris:
En el trabajo todo es una lucha constante.
El ingeniero Van Der Voeken me tiene en línea y me manda a cualquier sitio donde surja una crisis o donde no se venda. La otra vez me mandaron a Quito y a los ejecutivos quiteños no les va bien que un guayaco les venga a dar charlas. Ellos empezaron a vender y en cambio fui yo el que empezó a perder terreno en los ingresos, pero al menos antes de irme dejé todo en marcha.
En Quito se me acercó una linda serranita y mientras me preguntaba sobre el asunto de los seguros me aprisionó una pierna con su sexo y yo sentí que me desvanecía. Me contó-cuando estábamos en la cama del hotel-, que su esposo trabajaba en asuntos petroleros.
Es tierna y dulce, pero no la volví a ver más, te lo juro.
Penélope tiene unos accesos de coraje con Danni y yo trato de tranquilizarla, pero ya te he contado el carácter que tiene. A veces me siento que estoy encerrado en un manicomio con las puertas y ventanas tapiadas. Sobre todo cuando a mí también me manda al carajo. Penélope tiene una habilidad para despertar la violencia en mí, pero el otro día, conversando con un amigo en EL MANANTIAL, que entiende esos asuntos de sicología, me dijo que, posiblemente, la violencia de mi mujer se deba a que quiera, inconscientemente, que yo la golpee, cosa que me parece muy posible. Es difícil encontrar tiempo para escribir mis análisis políticos y a Penélope no le gusta que escriba a máquina en las madrugadas porque no la dejo dormir bien. La otra noche se levantó de la cama furibunda y me mandó al infierno y yo tuve que controlarme para evitar explotar.
En mis ratos libres estoy trabajando para el ingeniero Denard. Él me dio unas herramientas Black & Decker para que las venda en las ferreterías, en los talleres mecánicos y en los departamentos de mantenimiento. La cosa no funcionó muy bien. Fui a los talleres mecánicos del Banco del Pacífico y nada; luego fui a los patios de los talleres de LA JULIA y tampoco concretaron nada. Un día creo que contraje algún tipo de hepatitis porque me dio ganas de orinar y cuando fui al baño mi orina era del color de la Coca cola, completamente negra.
El poco tiempo libre que me queda lo utilizo para leer sobre política, pero siempre soy interrumpido por una u otra cosa, simplemente, no tengo paz para hacer lo que me gusta.
Espero que te encuentres bien, me despido…
Joey
Con el tiempo el negocio de los seguros se fue a pique. Los clientes de los bancos ya no estaban interesados en prevenirse contra accidentes sino más bien en sobrevivir a los continuos movimientos cíclicos de la economía. Cada vez eran más los clientes que rescindían sus contratos y Joey empezó a trabajar a pérdida por lo que optó por salirse de ese negocio. Los clientes se le acercaban y le pedían que él les redacte una carta furibunda donde pormenorizaban todas las quejas que tenían sobre la forma en que el Banco les debitaba de sus cuentas la prima del seguro y cuando Joey llevaba esas cartas la secretaria, ella las censuraba y les cambiaba el tono de las palabras. En varias oportunidades ella le decía:
¿Tú sabes lo que estás diciendo aquí?
Joey volvió a quedarse sin trabajo y sin un duro para la comida de la semana. Nuevamente se paseaba por las calles de su barrio, sube y baja la loma, fumando desesperadamente muchos cigarrillos y encerrado en su cuarto mientras leía novelas de Carson MC Cullers.
Hablaba con los vecinos sobre una posibilidad de trabajo, anotaba números telefónicos y llamaba en vano porque no habían vacantes, caminaba y preguntaba en los negocios del centro comercial cercano por una posibilidad de empleo y nada. Luego regresaba a su hogar desesperado y se encerraba en su cuarto a terminar de leer las novelas de Carson MC Cullers y así seguía su vida de manera interminable, sufriendo de angustias y preocupaciones.
Un día sábado, que Joey se encontraba en la casa recibió una llamada telefónica de Doris, y ella le contó que con unos ahorros que tenía se había comprado un taxi y que quería que Joey lo maneje.
Aquí comienza una etapa de la vida de Pulido que fue verdaderamente demencial. Joey manejaba el taxi sólo por las noches porque no tenía licencia y le servía a Doris de chofer para que ella amarre negocios con sus otros amantes. El punto de encuentro de Doris con los hombres que querían sexo, era en el bar de streap tease de un tipo de Canoa llamado TOCONIÑO. Todo el mundo le decía TOCONIÑO, porque de pequeño era muy engreído y no le gustaba que lo toquen, y cuando alguien osaba ponerle un dedo encima él salía gritando:
-¡Tocó niño!, ¡tocó niño!, ¡tocó niño!
Doris fumaba base para librarse de las inhibiciones y de los temores y poder ejercer su negocio tranquila. Además, cada vez que fumaba base, le entraban unas ganas tremendas de que Joey y nada más que Joey, la penetrara por el ano sin preservativo. Aquellas noches de droga, lujuria y sexo casi se habían borrado de la memoria de Pulido porque todo fue tan sórdido, tan demencial que a Pulido no le gustaba recordar las mujeres bailando desnudas sobre una tarima, dejando ver sus sexos al aire libre y enervando los ánimos de los hombres que estiraban sus brazos para que la dancer se acerque y se deje colocar un billete enredado en el calzón de baño. Aquellas mujeres lucían su desnudez como flores exóticas de otros países, sus cuerpos tatuados ya en los omóplatos ya en los glúteos, eran un desafío a la cordura.
De esta manera, Pulido y Doris, trabajaban yendo y viniendo de aquí para allá, unas veces trayendo clientes que tuvieran sexo con Doris, y otras veces transportando a TOCONIÑO con un maletín repleto de dinero o de droga. TOCONIÑO era una gran fumador de base por lo que su cuerpo era flaquísimo, sin nada de grasa. Hasta las grasas de la nalga se le habían escurrido por tanta fumadera. TOCONIÑO no era muy alto, pero sí un poco más alto que Pulido, su cabeza era calva, pero el poco pelo que le quedaba lo peinaba con gomina y meticulosamente, de piel blanca, usaba unos lentes que se le ajustaban mal al rostro, su nariz era larga como la de un europeo y su carácter era de cuidado. Sus ropas eran viejas, usadas y ajustadas en extremo a su cuerpo como si las hubiera heredado de su padre. Siempre usaba camisas manga corta y de color blanco y unos pantalones ya de color celeste o cafés, pero nunca variaba mucho la ropa. Daba la impresión de que una vez lavada la misma ropa se la ponía una y otra vez. TOCONIÑO no tenía padre ni madre ni familia. Su vicio de la base y su bar de streap tease era lo único que tenía en su vida junto con su conviviente Clara.
La mala suerte se había ensañado con Pulido, y Doris terminó enfermándose de SIDA, y mantuvo en secreto esta enfermedad que la condenaba a muerte. Ya no permitía que Pulido la tirase sin preservativo. Doris era tan exigente en este asunto porque sabía que la vida de Pulido estaba en juego. Incluso, en una ocasión en que se habían ido a Engabao, por el fin de semana, y a Pulido se le olvidó llevar el preservativo, Doris le cerró las piernas y las nalgas y lo mandó desde la punta de la playa de Engabao a la ciudad de Playas para que compre un preservativo o de lo contrario no tendría sexo con ella.
Doris tuvo que romper el secreto de su enfermedad cuando de manera fulminante empezó a bajar de peso, se le veían los huesos debajo de la piel, las costillas dibujaban arcos siniestros en su tórax y cuando su cuerpo empezó a mostrar las manchas y los estigmas propios de esa maldita enfermedad.
Pulido se sentía morir y tenía la cabeza enferma de tanta nicotina. Fue corriendo a un laboratorio de análisis sanguíneo para ver si él también tenía SIDA y las pruebas arrojaron resultados negativos. Tenía tanto miedo de ver los resultados que se demoró mucho en ir a retirarlos, pero cuando se encontró fortuitamente con la enfermera del laboratorio en la calle ella le dijo que los resultados eran negativos y que no tenía el virus del HIV.
Todo empezaba a cuadrar en la mente de Pulido: la insistencia de Doris en tirar con condones, el hecho de que sólo la penetrara por el ano, sus silencios funestos, sus lágrimas o su mal humor durante las noches o después de hacer el amor.
Cuando Doris estaba tan delgada y débil que ya no podía trabajar, le dijo a Pulido que vendiera el taxi para que tuvieran fondos para el entierro. Pulido vendió el taxi a TOCONIÑO y le entregó el dinero a la mamá de Doris y luego, cobardemente, desapareció. Joey Pulido tendría que arrastrar toda su vida en su conciencia con el hecho de que no estuvo en la velación y entierro de su amante preferida para decirle adiós. La mamá de Doris nunca le perdonó por eso.
-0-
Entonces, Pulido, conoció al ingeniero Faulques, que tenía un pequeño negocio de construcción y se entrevistó con él para trabajar de vendedor de cerrajería civil, industrial y portuaria. El encuentro de Pulido con el ingeniero Faulques fue a través de la madre de Pulido ya que ella lo había contratado para que Faulques le construyera un cerramiento a la villa. La pobreza venía de la mano de la delincuencia que estaba obligando a las familias a vivir encerradas como sardinas con las ventanas y puertas llenas de barrotes, las casas dentro de grandes murallas y todo herméticamente cerrado con tranca palancas.
Pulido salió bien temprano de su villa para ir a la casa del ingeniero Faulques. Caminó por todo el malecón, dejándose llevar por el empujón de la fría brisa del mar, la playa lucía sucia, llena de botellas de cerveza, papeles y desperdicios, las olas eran grises y el mar reflejaba, como un espejo, los rayos de un sol macilento que se asomaba tímidamente por en medio de las nubes. A la altura de la iglesia viró a la izquierda para internarse en ese barrio de villas con arquitectura de los 60’s. Frente a la casa del ingeniero Faulques, Pulido se quedó sentado en la vereda en espera de que salga el ingeniero. Joey daba una lastimosa impresión de un vagabundo con unos jeans viejos, zapatos nikes de caucho sin medias, una barba y unos bigotes sin rasurar de varios meses, en lugar de alguna camisa llevaba puesto una chompa de tela blue jean a la que le había cortado las mangas. ¡Qué diferencia de este Pulido de los 90’s con el de finales de los 80’s cuando se fue bien acicalado a su primer trabajo!
El ingeniero Faulques realizaba todo tipo de ampliaciones, cerramientos, puertas metálicas y de acordeón, camas para hospitales, escaleras de incendio, pozos sépticos, estructuras metálicas.
Joey viajaba por toda la península de Santa Elena en busca de construcciones donde poder colocar sus servicios. Lo más duro era cotizar la obra a precios competitivos en un mercado en el que el negocio de la construcción es muy restringido. De todas maneras, Joey consiguió cerrar un negocio de puertas metálicas de acordeón para el parqueo de un banco y unas estructuras metálicas de un condominio. En el taller donde se realizaban las estructuras metálicas lo tenían bien mordido como fumador empedernido y se le reían a sus espaldas. El ingeniero Faulques lo empezó a marginar y ya no le daba importancia a los presupuestos que Pulido traía afanoso. Después empezó a criticarlo porque una buena parte del sueldo y de las comisiones que Pulido ganaba las gastaba en comprar periódicos.
En una ocasión Joey escribió un cuento titulado: DE GRIS A BLANCO, que trataba sobre una familia de hijos adoptivos, que se enfrentan a la dura realidad de la orfandad por parte de la madre adoptiva, y de la cercana muerte del padre adoptivo, el señor Adler que agonizaba.
Artie es el hermano mayor, el importante negociador, el empresario mejor y el más cuerdo de todos; Fabiola es una histérica que vive ahogándose en un vaso de agua, y Nicole una niña. Y en medio de todo este asunto hay un cuarto hermano, Ed, que es un soldado-paracaidista, mercenario, espigado como una caña, y que acude a la diestra de su padre adoptivo, justo en el momento de su agonía y deceso. Joey dejaba entender que entre Ed, el hermano mercenario y Fabiola, había una incestuosa pasión no consumada, lo que explicaba la perenne histeria de Fabiola. Hay escenas de pasión incestuosa y recriminaciones por un simple y casto beso en los labios dado en la cocina, que hace temblar y caracolear el vientre de Fabiola, y una escena de violencia en un bar al sur de la ciudad, donde el mercenario Ed, silencioso y extraño, acude de la mano de Nicole, y donde es casi masacrado por un obeso belicoso, tosco y gigante, hasta que el mercenario reacciona y le devuelve la paliza.
Hay insultos, citas bíblicas de Job y sentimientos de venganza. El cuento fue rechazado violenta y enloquecidamente por la dirección del periódico y el director llamó por teléfono al ingeniero Faulques para decirle que Pulido necesitaba una reprimenda ejemplar, y que en vez de escribir sandeces, se debería dedicar a aprender a soldar y a cumplir bien su trabajo de jornalero y que le iba a devolver todas las cartas que Pulido le había enviado.
Cuando el empleado del periódico le devolvió su cuento, Pulido lo incineró ante sus congestionados ojos llenos de ira. Las demás cartas sobre política nunca fueron devueltas. Al parecer todo lo que Pulido hacía estaba mal hecho y la única consecuencia que traía este obrar errático e incesante era el desempleo crónico.
Luego vino lo peor. A los veinte y tres años Pulido sufre un fuerte remesón en el corazón que casi lo paraliza. Quedó tirado en el suelo de su casa desde las seis de la tarde hasta las nueve en que logra salir por sus propios medios con rumbo a la Clínica Gentile. El doctor de turno le preguntó, al examinar las muestras de orina y el electrocardiograma, si Pulido usaba drogas y al escuchar la respuesta afirmativa, le dijo.
- Si usted sigue fumando tabaco morirá de un derrame cerebral, de un paro respiratorio o de un paro del corazón. La nicotina le produce una interrupción entre la orden que da el cerebro de funcionar y bombear sangre y el corazón. Lo que ha tenido ahora es una fuerte taquicardia, que es un grito de aviso de su organismo para que se detenga.
Como consecuencia de todo esto, Pulido se quedó otra vez sin empleo y se fue a vivir tres meses en Montañita. Los amaneceres violeta y rosa se sucedían días tras días con su bello esplendor, unos días pasaban de manera rápida y otros transcurrían lenta y perezosamente. Algunas veces el día lucía un sol tímido que apenas coloreaba de rosado los pómulos y las partes más sobresalientes de la piel y otros días amanecía lloviendo durante todo el día. El tiempo en Montañita tenía días en que el mar estaba repleto de olas, paisajes folclóricos, burritos de carga caminando por la playa llena de rojos cangrejos y blancas gaviotas, dunas de arena, construcciones de madera, pozos sépticos, atardeceres alucinantes, y noches mágicas, alumbradas por espermas y música de los EAGLES como “Tequila Sunrise” o “The girl of yesterday”, que Pulido escuchaba en la radio de pilas.
Tuvo el placer de asistir a un concierto de rock en la primaria del Espíritu Santo, donde tocaban el grupo EASY y COMPANY, con su famosa balada COCAINE del cantante Erick Clapton. Allí estuvo tomándose una Coca cola en lata, a la que le había echado un poco de ron helado. En una esquina y sentado en el suelo pudo ver a Pancho Jaime, “LA MAMA DEL ROCK”, esa sería la última vez que lo vería vivo antes de que le metieran tres balas repartidas entre la cabeza, el cuello y el tórax.
En las noches Pulido –completamente tabaqueado-, ¿pensaba?, en su destino, en su mala suerte. En realidad para lo único que él era bueno era para escribir análisis políticos, pero no tenía educación universitaria y la literatura no se le daba muy bien porque en sus temas lo sórdido se mezclaba con el insulto, la comedia, el escándalo y la vergüenza. De convertirse en un escritor, Pulido sería una especie de intelectual separado de la sociedad como John Dos Passos, el autor de USA. Ante una situación así, ¿qué se podía hacer?
Nada. No se podía hacer nada. No había más que seguir viviendo e ir tirando con todos los problemas que la vida le traía.
A su regreso de Montañita, Joey se entrevistó con el ingeniero Van Der Steen y comenzó a trabajar en Casa Maspons, un local que vendía mercadería deportiva, de caza y aventura en un centro comercial de Salinas. Fue en ese lugar donde por primera vez Pulido aprendió a trapear pisos. Todo su orgullo, toda su vanidad de intelectual, se vio reflejada en las humillantes aguas negras y en la mugre fría y húmeda de ese trapo sucio con que lavaba el piso.
Para Pulido un centro comercial era un lugar donde se iba a pasear, a comer y a disfrutar con la familia. Ir a un centro comercial a trabajar, meterse en la vitrina para arreglarla y trapear pisos era un asunto impensable y un cruel castigo vergonzoso del destino. Allí se la pasaba Pulido, atendiendo además a los clientes, soportando a una vieja de mierda que le hacía la vida imposible al darle órdenes en las que se le recalcaba, que las cosas se hicieran bien y no a medias. Como por ejemplo la limpieza, la armada de unas cabinas asiáticas de plástico que Pulido nunca lograba armar. Pulido odiaba profundamente a esa vieja y de la manera más vil trataba de ganarse su corazón y buena voluntad, pero todo esfuerzo era inútil, la vieja se parecía a una tormenta eléctrica que nunca amainaba. Tanta fue la presión que la vieja aplicó contra Pulido que a éste se le empezó a formar una gastritis y tuvo que renunciar.
Para rematar el asunto de la gastritis, por esa época Pulido sufría de un congestionamiento en los pulmones, porque quemaban la basura de la ciudad cerca de donde él vivía, así que, simplemente, le fue imposible seguir trabajando ahí. Cuando el ingeniero Van Der Steen leyó la carta de renuncia de Pulido llamó enloquecido a su casa y le dijo a la mamá de Pulido que no aceptaba cartas de amor(!)
Pulido se sintió despedazado y otra vez, sin empleo y chiro, tenía que hacer frente a la decepción de Penélope que veía en Pulido no al padre de familia hermoso y ejemplar sino a un esposo drogadicto, cobarde, mediocre y fracasado, con el que jamás llegaría a ninguna parte. Las continuas crisis y estallidos de mal carácter de Penélope obligaron a Joey a buscar una salida en la religión.
Pulido se acordó de los devotos Krsnas, que lo habían abordado en el aeropuerto y fue al templo que quedaba en Santa Elena. Fue un domingo a las seis y media de la tarde cuando los devotos se reunían para cantar el GAURA-ARATI. A Pulido se le explicó que para entrar al salón para adorar a la deidad tenía que sacarse los zapatos, las medias y dejarlos en un closet especial. Luego, al ingresar a la zona específica del templo donde se adora a la deidad encarnada de Krsna, tenía que hacer una reverencia al estilo de los musulmanes de tocar el suelo con la frente. Y Pulido, entonces, por un momento, se trasladó con todos sus problemas a la India y escuchaba las melodías que producían los tambores y cártalos y era testigo de los cantos y danzas hindús…
Jaya jaya gora cander aratiko sobha
Jahnavi-tata-vane jaga-mana-lobha
Dakehine nitalcand-bame gadadhara
Nikate adwaita, srinivasa chatra- dhara
Bosi yache gora lana ratna-simhasane
Arati koren brama-adideva-gane
Nara hari-adikori-camara
Dhulaya-mukunda-basu-ghos-sañsaya adi gaya
Zanca baje ghanta baje baje karatala
Madura mrdanga baje parama rasala
Bahu-koti candra jini vadana ujjvala
Gala-dese bana-mala kore jhalarala
Siva –suka-narada preme gada-gada
Bhakativinoda dekhe gorara sampada
Luego de manera simultánea venía esta otra:
Namo namah tulasi maharani
Vrnde maharani namo namah
Namo re namo re mella namo narayani
Yanko darase, parase agha nasa i
Yanko
Sri pati carana kamdle lapatani
Dhanya tulasi mella, purana tapa kiye
Sri salagrama maha patarani
Drupa, dipa, naivedya, arati
Fulana kiye barraca varakhani
Vina tulasi prabhu eka nahi mani
Siva suka narada, aur brahmadhiko
Dhurata firara maha muni jñani
Candra sekhara mella tera yaso gaoye
Bhakati dana dijiye maharani
Y sin hacer pausa continuaron con ésta:
Namas te narasinhaya parla ahlada dayine
Hiranyakasipor vaksan sila tanka nakhalaye
Ito nrsimhah parato nrsimhah
Bahir nrsimho hrdaye nrsimho
Nrsimham adim saranam prapadye
Tava kara kamala vare nakham adbhuta srngam
Dalita hiranyakasipu tanu bhrngam
Kesava dhrta narahari rupa jaya jagadisa hare
Luego de la danza y de los cánticos se sucedían una serie de veneraciones hacia la deidad en la que Joey tenía que pegar la frente al suelo y sentarse a escuchar la conferencia del gurú mayor del templo. La conferencia que daba el gurú también la daba sentado en el piso, como los demás, y siempre versaba sobre un párrafo del Bhagavad Gita el libro santo de los Krsnas.
El punto medular de la teosofía Krsna es la renuncia del devoto a todo placer apartado de Dios, Krsna. El propósito de la vida del hombre sobre la Tierra era la de adorar y servir a Dios, Krsna y pensar en él constantemente y vivir para realizar servicio devocional y apartarse de la complacencia material que era MAYA o pura ilusión.
Incluso la comida prasada, vegetariana y santa, era ofrecida primero a Krsna con la finalidad de que el devoto y los asistentes a las conferencias se alimentaran de los remanentes de Krsna y no se alimentaran de pecados. Y era santa porque era la misericordia de Dios y evitaba el sacrificio inútil y el dolor de los animales. Y de esa manera los devotos y el ser humano se cuidaban también de las malas reacciones del karma. El karma era una ley de acciones y reacciones debido a los malos hábitos del género humano. Si una persona comía carne, se daba a la lujuria, pecaba constantemente con la lengua, su karma sería nefasto y pródigo de malas reacciones, que se traducirían en infelicidad en la vida sobre la tierra y el individuo en cuestión volvería a nacer en este mundo carnal en otra especie como perro o asno.
Los Krsnas creían en la reencarnación. Pulido había consultado en la biblioteca un libro titulado: “LA CIENCIA DE LA AUTOREALIZACION”, y en él había encontrado un tema titulado:”LA REENCARNACION Y MAS ALLA DE ELLA”, se trataba de una entrevista que Mike Robinson de la London Broadcasting Company le había realizado en agosto de 1976 a Srila Prabhupada en el Bhaktivedanta Manor a veinticuatro kilómetros al norte de Londres.
El ser humano había sido creado por Krsna exclusivamente para su adoración completa. Esa fue la conclusión que Joey sacó después de leer este texto.
Después de un rato de escuchar la conferencia, Joey fue alimentado con una porción de prasada o alimento vegetariano y santo, que consistía en una porción de arroz amarillo con brócoli, una masa o puré dulce –que Joey no sabía cómo definirla por su nombre-, y un vaso de gluten, que consistía en una mezcla de avena, miel y otra cosa. La comida era simplemente deliciosa al igual que la filosofía Krsna. Ese desprendimiento y renuncia al mundo material, dominado por la partida doble de la contabilidad, -donde el debe siempre tiene que ser menor que el haber o de lo contrario todo está perdido-, era una poderosa tentación para Joey, pero no podía irse a encerrar en un templo, vivir de la misericordia de Dios y dejar a Penélope, que estaba nuevamente embarazada de Joey, jr, para buscar la iluminación de la verdad y el conocimiento puro. Simplemente no podía. También tenía que hacerse vegetariano y el plato predilecto en la casa de los padres de Pulido era la carne de res, de gallina o en ocasiones el pescado, los camarones y la concha. Y para rematar las cosas ahora Penélope se estaba distanciando cada vez más de él al abrazar la religión de los mormones con su santo profeta José Smith.
Si no fuera tan doloroso y personal todo este embrollo, Joey se moriría de la risa; sí, si escuchara que todo esto le pasaba a otra persona, le daría un ataque de risa. Cuánto daría Joey por pasarle sus problemas a otro tipo. Pero eso era un imposible. Este enredo espiritual era SU problema y él tenía que ver cómo diablos lo resolvía.
Joey trataba de razonar con Penélope, pero no le asistían las palabras. Trataba de hacerle entender a Penélope que este asunto de las religiones no era tan serio ni se lo debía tomar tan apegado a la letra, pero era inútil. Penélope creía firmemente en la autenticidad de la Biblia, el libro de mormón y que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, era la iglesia verdadera. Y así lo testificaba fervientemente y con lágrimas en los ojos todos los domingos por la mañana, después de la santa cena, que consistía en la bendición de unos trocitos de pan y unos vasitos pequeñitos de plástico que contenían agua y que los iban pasando a todos de uno en uno.
En las noches frías y huracanadas de Salinas, Joey tenía que salir de su casa al patio a fumarse un cigarrillo porque la cabeza le daba vueltas y amenazaba con saltársele los sesos. Después de un par de cigarrillos, Joey se tranquilizaba y lo veía todo con mayor tolerancia y hasta le cabía en su corazón un poco de esperanza de que toda esta loca situación se arreglara algún día.
Luego venían las preguntas sobre la Biblia. Leer la Biblia sin fe era como tratar de comprender una pintura abstracta de un artista contemporáneo y loco. Era tratar de comprender el porqué Dios era tan despiadado con los no creyentes. Estaba, por ejemplo, el caso del asesinato de los primogénitos de Egipto. Prácticamente lo que nos decía la Biblia era que habíamos sido creados por Dios con la única y exclusiva finalidad de adorarle. No podíamos llevar una existencia separada o independiente de Dios. Había muchas inconsistencias, muchas contradicciones. Para empezar: ¿qué hacía la serpiente y el árbol del conocimiento con su fruto prohibido en un lugar tan santo y perfecto como El Paraíso? Es que acaso Dios era una deidad de dos caras que representaba al mismo tiempo el bien y el mal, la vida y la muerte. La salvación y la condenación.
Unas veces inunda la Tierra y en otras hace que llueva fuego y azufre. Aterroriza a su pueblo con diez mandamientos que son imposibles de cumplir ni física ni mentalmente. Por ejemplo tenemos el caso del mandamiento de NO MATARAS: ¿qué significa esto cuando los judíos nunca han tenido vocación de vegetarianos?, ¿significa que los animales y las plantas son entidades vivientes que no tienen alma?
Aquí Pulido hizo un alto a sus reflexiones y entró rápidamente a la casa, tomó un libro de la biblioteca de su padre y leyó una conversación que Srila Prabhupada mantuvo con el cardenal Jean Daniélou en julio de 1973 en un retiro monástico.
Pulido se quedó reflexionando todo este asunto del NO MATARAS. La idea le daba vueltas y más vueltas en la cabeza. Lo calibró mil veces y lo vio desde diferentes puntos de vista. Llegó a la conclusión de que Dios –ya sea en la versión judeocristiana o en la del Bhagavad-gita de los krsnas, es un Dios absoluto y unilateral, que no admite discusión, polémica ni libertad alguna en el hombre. Eso del LIBRE ALBEDRIO de Dios era puro cuento y nada más que cuento. Luego continuó con las reflexiones sobre la Biblia y Dios…
Por ejemplo, está el asunto cruel e inhumano de ordenar al anciano Abraham que suba a la montaña a degollar a su único hijo Isaac. Y la apuesta que Dios concierta con Satanás para probar la resistencia de Job en la fe, mientras permite que maten a gente inocente que trabajaba para él y a su familia. Esto quiere decir que si tenemos que elegir entre Dios y nuestra familia, tenemos que elegir a Dios porque Él es tan maravilloso que nos puede matar a nuestra familia y darnos otra como recompensa a nuestra fe. ¿No es un asunto demencial e inhumano el poder omnímodo de Dios? Y luego envía a su único hijo Jesucristo a nacer en un pesebre para fortalecer la incredulidad de tantas personas ignorantes. Y la figura arrogante y anárquica de este Jesús que más parece un hippie que resucita a los muertos, que anda con pescadores, prostitutas y cobradores de impuestos, que camina sobre las olas, que nos viene a hablar de amor y por eso fue crucificado por los judíos porque ellos esperaban un líder guerrero, que venga a expulsar al enemigo invasor y les trajera el cielo a la Tierra. Luego está el misterio de su formación intelectual, ¿por qué no dejó nada escrito?, ¿era un analfabeto?, luego los evangelios hablan de Jesús en el templo a la edad de doce años y luego hay un tremendo salto sin explicación alguna de aproximadamente unos diecisiete años cuando aparece en el río Jordán. Y San Lucas lo único que nos dice es que “creció en estatura y sabiduría”.
Luego está el asunto de dudosa moralidad de afirmar “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, que no va para nada con el espíritu del Antiguo Testamento. Luego está el asunto de la resurrección. ¿Qué clase de resurrección es ésta que después de efectuada la victoria sobre el aguijón de la muerte, lo obliga a Jesús a levitar y elevarse al cielo, a la derecha de Dios padre, en lugar de quedarse viviendo como Adán, indefinidamente sobre la tierra? Luego está el asunto sicodélico del Apocalipsis del evangelio de Juan, que parece que el apóstol lo haya escrito bajo los efectos de alguna droga. Lo cierto es que la tiranía de Dios es tan implacable que una persona atea, sensible, correcta y santa, está irremediablemente perdida y condenada al infierno por no creer en Dios.
Después de toda esta reflexión, ¿qué sentido le podemos encontrar a la vida? Ninguno. La vida para los intelectuales puros que no están contaminados con odios ni fanatismos no tiene sentido, es una broma cruel. El hombre nace solo, desnudo y el doctor nos recibe con una nalgada para recordarnos que venimos a este valle de lágrimas a sufrir. Crecemos arrastrando todo tipo de problemas y si tenemos suerte amamos un poco y si somos correspondidos nos reproducimos con felicidad. Nuestros hijos crecen y luego se olvidan de nosotros, no quieren tener nada que ver con un viejo. Vivimos alimentando a este cuerpo que algún día nos va a devorar. Nuestra vida continúa hasta que llegamos a un límite y luego vienen las enfermedades crónicas como la diabetes, el Alzheimer, el Parkinson, el SIDA o el cáncer y todo lo demás es declinación y agonía. Nos volvemos viejos, torpes y lentos. La vida nos gana a cada rato. Y finalmente nos enfrentamos cara a cara con la agonía, la miseria doméstica, la muerte y el olvido de los que alguna vez nos amaron y lloraron. La naturaleza misma nos obliga a olvidar a los muertos para preservar la salud mental. Un notable ejemplo de esto era la actitud que tomó Lincoln cuando tuvo que enfrentar el dolor desmesurado que su esposa expresaba con la muerte de uno de sus hijos.
Después del trabajo de los seguros, Pulido recibió con mala cara, la idea de Penélope de volver a sacar la carretilla de los hot dogs y en vez de eso fue a hablar con el ingeniero Crevecoeur para empezar a vender vehículos. Además ya estaba harto del mal carácter de esta mujer fanática, que todo el tiempo le pedía que vaya a la estaca y que se convierta en un buen cristiano, santo varón de la Iglesia de los Santos de los Ultimos Días.
Aquella mañana que Pulido fue a la entrevista el clima de Salinas estaba loco: el cielo estaba coronado por un sol radiante sin nubes, pero corría un viento helado y garuaba de manera cada vez más intensa. El mar estaba picado y revuelto, y las olas de color verde, se estrellaban furiosas contra la orilla como si ejecutaran una marcha triunfal sobre la Tierra. Como si cantaran una canción de guerra contra la vida y proclamaran su victoria contra el destino.
El ingeniero Crevecoeur tenía un patio repleto de vehículos usados, que alguna gente se los dejaba en consignación para deshacerse de ellos. Joey le puso el ojo a un BMW y a un Mercedes Benz y le tomó todos los datos, apuntándolos en una pequeña libretita que siempre llevaba para sus análisis políticos. Los autos estaban equipados con aire acondicionado, llantas radiales, sistemas de full inyección, máquinas revisadas en la BOSCH, equipos de sonido y parlantes, sistemas de vidrio electrónico, aros de magnesio, el interior con tapizado nuevecito…
Apuntó los precios y escuchó atentamente cuando el ingeniero Crevecoeur le dijo:
Joey, escucha, el máximo margen de ganancia al que un ejecutivo de ventas de vehículos puede aspirar es de quinientos mil sucres por vehículo.
Así que Pulido empezó a visitar negocios, amigos, gente desconocida y les hablaba como quien no quiere la cosa de los vehículos y ponía mucha atención en los bares de streap tease que visitaba, por si encontraba algún adicto al mundo de las tuercas y las ruedas. Y finalmente vendió los dos vehículos, el primer contacto lo hizo en el Terminal Terrestre y el segundo se trataba del padre de una amiga de Pulido, pero a duras penas se ganó los quinientos mil sucres por los dos, y en un tiempo de tres meses, lo que lo desanimó completamente para seguir en esa carrera de vendedor de vehículos.
Una noche en que Pulido se hallaba en su salita leyendo el libro de William Faulkner titulado: “EL SONIDO Y LA FURIA”, recibió la llamada telefónica de la esposa de TOCONIÑO. Pulido no entendía bien lo que ella le sollozaba por teléfono, pero logró comprender que TOCONIÑO se había encerrado en el baño desde la mañana a fumar base y ella creía que estaba muerto y no podía entrar al baño a ayudarlo porque la puerta estaba atorada.
No sabía el porqué Clara lo llamaba a esas horas de la noche y precisamente a él para que la asistiera en este apuro ni sabía de dónde había sacado su número telefónico, pero se embarcó en un colectivo y de inmediato se dirigió a Canoa.
Cuando llegué, Clara estaba sentada en la puerta de su departamento con el rostro manchado del rimel, que se le había corrido por las lágrimas. Entré, y efectivamente, la puerta del baño estaba atascada, así que me trepé con una silla por la ventana del baño, saqué los vidrios y metí la cabeza y pude ver el cuerpo de TOCONIÑO que estaba tirado en el piso, obstruyendo la puerta del baño. Cuando entré, me di cuenta que el cuerpo de TOCONIÑO estaba helado, así que lo cargué torpemente y lo saqué con mucha dificultad del departamento, bajé las escaleras repitiéndome.
¡Muévete maricón que se nos muere TOCONIÑO!
Lo embarqué en el balde de una camioneta de alquiler y finalmente lo llevé al hospital. Los médicos hicieron todo lo que pudieron, pero todo fue inútil. Lo entubaron a TOCONIÑO, le inyectaron un líquido para normalizar los latidos del corazón, pero yo ya había llegado tarde. A TOCONIÑO se le habían muerto varias válvulas del corazón y ya estaba más del otro lado del más allá que de esta vida.
Regresé al departamento de Clara y le dije que TOCONIÑO estaba muerto y que su cuerpo estaba en la morgue. Pronto unos amigos, los únicos que tenía – que eran los pushers que le vendían la base-, lo fueron a sacar de la morgue, lo llevaron a la casa y lo lavaron y vistieron con mucho esfuerzo para ser velado y enterrado rápidamente. Durante la velación se sirvió comida china del chifa ESPERANZA, porque era lo más barato que había y lo que Pulido pudo comprar. Ningún familiar asistió a la velación ni al entierro. TOCONIÑO había roto todos los lazos con la sociedad y se había fumado en paquetes de base todo el dinero del bar de streap tease. Fueron tres días de locura en los que Pulido acompañó a Clara en todos los momentos que pudo. Cuando finalmente le dije que tenía que regresar a Salinas, me dijo que me quedara un día más y le dije que bueno.
Durante tres noches me quedé sentado junto a la cama de su departamento mientras ella dormía. Vigilaba sus sueños y pesadillas, compraba la comida, cocinaba y era testigo de sus llamados de pasión, sus provocaciones, sus crisis de angustia, su neurosis, sus contradicciones y de su desnudez cuando salía del baño olorosa y fragante.
Después de su fracasada incursión en el mundo de las ventas de vehículos, Joey se daba cuenta que no le quedaban muchas más opciones en el mundo empresarial, y lo meditó mucho antes de tomar la decisión de ir a una entrevista de trabajo con el ingeniero Trinquier para que lo pongan a vender bienes raíces. En esta nueva empresa ya Pulido estaba casi quemado mental y emocionalmente por la persecución de P2 Inteligencia Militar.
La entrevista fue positiva y Joey cogió una guía de la Cámara de Comercio y empezó a llamar por teléfono a todas las empresas para ver si lograba colocar un terreno o una villa pagada al contado o a crédito. Lo que no sabía Pulido era que muchas de esas empresas eran de papel y que no iba a conseguir nada por ese camino.
Pronto Pulido empezó a entrevistarse con grandes comerciantes japoneses, chinos, coreanos, taiwaneses, vietnamitas, en busca de un cliente interesado en comprar villas o terrenos cercanos a la playa. La oficina del ingeniero Trinquier empezó a llenarse de asiáticos cuyo dialecto se parecía al canto desordenado de las aves.
Pero primero lo cogieron a cargo dos economistas y le enseñaron en cuatro horas todo lo referente a la venta y financiación de bienes raíces, y Pulido sentía que se le fundía el coco con tantos números, tasas de interés y ecuaciones, que tenía que aprender. Cuando terminó aquella sesión de números, Pulido se sentía como si él solo hubiera refinanciado toda la deuda externa del país. Por último lo enviaron a vender terrenos a Punta Barandúa, que era una urbanización costera que estaba en pleno apogeo y se la llevó a Penélope para distraerse un poco.
Cuando llegaron al hotel que el ingeniero Trinquier les había recomendado, se dieron cuenta que en la parte superior de la pared había unas grandes perforaciones donde se podía colar un delincuente por la noche y asaltarlos o un temible murciélago. Por lo que decidieron irse a otro hotel y durmieron allí. Por las noches paseaban por las calles principales y el malecón de la LIBERTAD, comprando y comiendo palomitas de maiz, colas, chuzos de carne asada con achiote…
Pero debido a las actividades periodísticas de Pulido y su continuo envío de análisis políticos a los periódicos, las llamadas no entraban a la compañía, y era difícil para Pulido tratar de comunicarse con los clientes. En otras palabras, Joey Pulido se había convertido en un verdadero perseguido político por los organismos de inteligencia militar y de la policía- en especial por la P2 de la inteligencia naval-, que trabajaban para las mafias de los partidos políticos. En vez de una comunicación clara y nítida con clientes, interesados en villas y terrenos, lo que más le llegaba a las manos de Pulido eran villas y terrenos por vender. La gente no quería comprar bienes, lo que quería la gente era vender todo y huir del país. De manera que Pulido tercamente pensó: “si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada” y empezaba a escribir memorandums para el departamento de ventas y les enviaba los datos y las medidas de los terrenos y las villas, que los agentes foráneos querían que les venda, pero el ingeniero Trinquier le dijo que: si no lograba vender un terreno tendría que irse y así sucedió por lo que Joey le dijo adiós definitivamente al mundo de las ventas.
Betty Lou
Norteamérica no adoptará nunca una actitud abierta sobre el nivel de sufrimiento, porque es una sociedad placentera, que gusta de considerarse a sí misma una sociedad de ternura. Y una sociedad tierna y liberal tiene que buscar maneras suaves de institucionalizar la dureza, y hacerla suavemente compatible con el progreso, con la pujanza, de manera que cuando la gente es implacable, cuando matan, explicamos que es porque se sienten desprivilegiados, o que están envenenados por el plomo, o que proceden de alguna parte atrasada del país, o que necesitan tratamiento psicológico.
Saul Bellow
Al día siguiente me dolía la cabeza, había terminado otra agotadora jornada de trabajo como ejecutivo de cuentas financieras de una importante trasnacional Canadiense.
Así que me disponía a tomarme un trago de cerveza helada en el Continental y a experimentar el lento proceso de relajación.
El alcohol de la cerveza invadía poco a poco mi organismo y como ante una poderosa ola el estrés sucumbía y daba paso a la tan ansiada tranquilidad.
En la radio se escuchaba una balada de Air Suplly y todo empezaba a cuadrar. Podría vivir sin tu amor y continuar adelante.
Después de un par de tragos me detuve a leer un poema titulado: ‘City Girl’.
Recuerdo cuando te conocí
De todas las bailarinas
eras la mejor
Y yo fui el que te encendió
tu primera pistola
Pero tú nunca conociste la
palabra control
Y te fuiste de largo
Te traté con amistad y amor
y cuando estabas triquiadota
te fascinaba que te penetrara
por el ano
Mas yo emprendí otra ruta
Y te dejé sola en el camino
Ese fue mi error y el nuestro
Te perdiste irremediablemente
El químico de la base te roía
los huesos, tu mente y tu sexualidad
Ya no danzabas porque
Ese trabajo era mucho esfuerzo
Ahora caminabas por las calles
vendiendo tu cuerpo
Para poder triquiarte
Y a los tiempos te vuelvo a ver
Toda seca, sin grasas, chupada,
Enferma de SIDA y desamparada
Y te recojo, te atiendo, te limpio,
Te alimento con ternura, te cubro con
Unas mantas cuando sientes frío
Y quemo esas ropas inmundas
y te vuelvo a alimentar con ternura
Sabes que no te puedo dar más
Y comprendes y duermes, descansas
Y yo me pregunto:
¿Qué voy a hacer contigo?
Al día siguiente, temprano en la mañana, el jefe nos llamó a una reunión para tratar un asunto importante.
Mientras esperábamos en la sala del Consejo Directivo donde se celebraban las reuniones de trabajo, unos ejecutivos consumían el tiempo leyendo el periódico, otros revisando sus papeles de trabajo, otros charlando con la secretaria.
Yo me encontraba junto al ventanal gigantesco y había abierto las persianas: la vista era impresionante, el horizonte de bello color argentino se componía de un mar azul, infinito, profundo, insondable, terriblemente cósmico y una hermosa playa de arenas blancas.
Cuando apareció el jefe nos dijo que la reunión iba a girar en torno a la presentación de los nuevos miembros del staff de ejecutivos y que aquí se discutiría cómo iban a ser entrenados.
Escuché la charla al tiempo que conocía a la guapísima chica que me habían asignado para que la ponga a punto de producir suficientes contratos para que gane los 70.000 sucres mensuales, que ganábamos todos en un tiempo en que el sueldo mínimo de un trabajador normal era de 20.000 sucres al mes.
El trabajo era duro, al menos, lo había sido así para mí. Recuerdo que el primer día hice mucho esfuerzo para reprimir mis lágrimas ya que no conseguí ningún contrato.
En ese momento estaba decidido a que eso no le pase a la muñequita que me habían asignado.
Era el momento de describir a mi nueva compañera de trabajo: Era preciosa, de mi estatura, y estaba vestida con un traje serio, de color gris, su pelo negro estaba peinado como el de Kiki Di, la cantante que hacía dúo con Elton John.
Según las instrucciones del jefe, tenía que empezar el entrenamiento sobre el terreno y sacarla a la calle, pero yo tenía un corazón grande y noble, y no me podía permitir sacar a la calle a esta futura reina de belleza y meterla en el ajo de una manera brutal, sometiéndola a todo el estrés que eso significa.
Lo que hice – para el desconcierto de ella-, fue llevarla a desayunar a la cafetería del DORAL. Allí sentados cómodamente, con aire acondicionado a toda potencia y mientras esperábamos un desayuno USA, número 3, empecé mi tarea de entrenamiento, presentándome y rompiendo el hielo con toda la fuerza de un rompehielos soviético.
Le hablé de mi trayectoria como vendedor de publicidad de un importante matutino y toda esta descarga la mezclaba con situaciones absurdas y cargadas de humor, que en ella tenían el efecto de relajarla y distenderla.
Me porté muy atento y despejé de la manera más natural cada una de sus inquietudes y hasta me esforcé por tratar de leer en sus gestos y posiciones de su cuerpo, cualquier interrogante o duda que tuviera y que no se atrevía a preguntarme directamente.
Incluso en un momento en que a ella le falló la coordinación en la serie de preguntas que me hacía respecto a cómo abordar un cliente y al manejo de la calculadora financiera mientras utilizaba los cubiertos, enseguida, después de detectar el problema me encargué de cortarle rápidamente su bistec en pequeños pedazos de carne, cosa que primero le causó sorpresa y luego verdadera delicia, de que un depredador de los negocios y futuro competidor dentro de la compañía, se comporte con tal esmero y delicadeza en ayudarle a resolver todas sus inquietudes.
Gradualmente me fui comportando con seriedad, determinación y energía para darle a entender que allá afuera la cosa era bien peliaguda y que si uno no ponía toda la carne en el asador terminaría despellejado.
Y esta mezcla de fuerza y delicadeza producía en ella una vulnerabilidad tan notoria que casi podía oír las palpitaciones de su corazón y oler los dulces y perfumados efluvios de su dilatada vagina.
Después de todo había una parte en mí que no se le había revelado: yo era un guepardo profesional, un consumidor de sexo, un cazador de mujeres profesional.
Todo este delicado asunto del desayuno de trabajo era la forma como le introduciría la parte teórica del trabajo.
Cuando terminamos de desayunar ya le había informado por completo de todo el ABC de la venta de dinero. Ahora vendría la práctica y entonces ella me dijo de manera deliberada y provocativa:
¿Siempre mezclas el negocio con el placer?
Y le respondí:
- Es la filosofía de los 70’s, ¿no?
Pregunta en la que no ahondé más y que junto con otras más del mismo estilo haría que yo adoptara la actitud de un sordo.
Como primer paso en el mundo de los negocios la llevé al campo de acción y fuimos al restorant de un chino rico, multimillonario con el que yo ya había programado una cita y que esperaba que no se fuera a pasmar ni a descomponer por la presencia no esperada de mi compañera, como elemento nuevo de la negociación.
De todas formas tenía que arriesgarme y gracias a la divina misericordia y sabiduría de Buda, el chino se quedó impresionadísimo con la bella y seductora presencia de mi compañera y toda la conversación sobre la negociación del Como introducción a la charla de negocios nos obsequió una abundante comida china y en un momento en que estuvimos solos le recordé que a pesar de la ceremonia de la comida y las amabilidades ella debía mantenerse alerta. El informe sobre el valor del crédito que le ofrecíamos al chino marchó sobre ruedas.
El hombre no dejó ningún cabo suelto y nos sometió a un detallado escrutinio que puso a prueba nuestras matemáticas financieras, pero con el otro ojo no se perdía ni un detalle de cada sonrisa y gesto que la chica realizaba.
No es fácil venderle un crédito a un chino tacaño incluso cuando lo necesita y se requiere mucha habilidad y tacto vendérselo cuando no lo necesita. Se requiere imaginación y hay que esforzarse por ser claro. El negociante y empresario del sur de la china es sumamente desconfiado, tacaño y nunca mira más allá de su confucista necesidad cotidiana. En cambio los taiwaneses son más abiertos a la presentación de proyectos y tienen una mentalidad más abierta a la influencia y a las proposiciones de los empresarios fuera de su círculo de conocidos.
Con mucho esfuerzo logré que el chino aceptara ver las conveniencias de endeudarse con nosotros, había que responder todas sus preguntas con absoluta tranquilidad y seguridad y si era posible despertar su imaginación y esto redobló la buena impresión que mi pupila ya tenía de mí.
Al final logré cerrar un buen contrato con un firme y amistoso apretón de manos y el chino obtuvo una importante cantidad de dinero barato para empezar un negocio de comidas dulces y bocaditos asiáticos en una importante calle de Urdesa.
Los días continuaron de manera rutinaria como si yo fuera un sacerdote, un contador, un gimnasta o un actor. Y no me reservaba nada para mi mismo. Todo secreto psicológico, toda técnica oculta de las matemáticas financieras se las enseñaba a Wendy.
Ella tenía que aprender a caminar, a hablar, a manejar la calculadora, a retirarse oportunamente, a contener el ímpetu y a no presionar, a utilizar los razonamientos, tenía que convertirse en una experta en las demostraciones, poses y actitudes necesarias para cerrar un buen trato.
¡Hasta le enseñé a manejar los cubiertos y los modales básicos en la mesa!, tenía la mala costumbre de comer colocando los codos sobre la mesa o a veces comía con una sola mano mientras escondía en el regazo la otra mano.
Pronto en una semana a más tardar ella estaba cerrando tratos de manera exitosa, los mismos que analizábamos en la barra del Continental con unas cervezas heladitas mientras éramos oscuros testigos de la caída del sol.
Claudia & Rod
Una luna gigantesca colgaba en medio de una noche negra como la podría imaginar un ciego de nacimiento. Era una bola brillante, gigantesca, lejana. Poseía unas manchas de un gris azulado. Aquel color me recordaba los labios azules de un surfista, traumado de miedo por el tamaño de las olas y por el agua helada.
Aquellas manchas lunares parecían continentes, separaciones, una invitación a la imaginación, un desafío a la ciencia, una provocación para los amantes, una oportunidad para sembrar.
El mar del Miramar, negro como la tinta, a esas horas, adquiría un rarísimo color plata brillante, por el efecto del satélite.
Las olas de un negro abismal sólo se podían oír. Sus impulsos naturales adquirían fuerza y al final e invariablemente se estrellaban sobre las rocas.
Las palmeras altas como todo lo que es digno, hermoso y noble, se mecían suavemente sobre la atmósfera.
Aquella mujer caminaba dominando a duras penas su prisa. Sus labios gruesos poseían una belleza africana, indómita, que hería la mente y la vista. Provocaba pasar horas y horas contemplándola, imaginándola.
Sus senos pequeños, pero bien formados parecían colgar frágilmente como a punto de caer. Reflejaban el paso de los años, pero eran abundantes, poblados de pecas y ricos en carnes blancas.
Y eso era lo que ella quería… una ninfómana sólo piensa en caer, perderse en el loco frenesí del sexo. Tener a todos los hombres humillados bajo sus pies, conocer todos los suspiros y formas de amar y ser parte de ellos, de su tiempo, de sus vidas y darles placer.
Para ella dar placer a veces era más importante que sentirlo.
Cuando hacía explotar a un hombre, ella llegaba a sentir que lo dominaba. Y aunque iba con la mente en otro asunto, ansiaba que alguien, un hombre apasionado, le hinchara los pezones con la succión de sus labios de su ávida boca.
Su cuerpo estaba diseñado para el placer que proporciona el sexo. Su vientre era una pequeña y exquisita burbuja de carne, una pequeña pipa voluptuosa, que expresaba abundancia, un refugio y una promesa de placer gigantesco e infinito.
Su boca. Hasta su boca estaba diseñada para amar, para succionar, para seducir, para asar a fuego lento y después fundir la virilidad de cualquier hombre que la penetrase.
Movía los pies con astucia y premeditación.
Sus pies poseían la delicadeza y la elegancia de una mujer, un cuerpo, un alma acostumbrada a la elegancia, la abundancia y las comodidades. Aquellos pies elegantes estaban calzados por unas zapatillas romanas, exponiéndose valerosamente al polvo, el lodo o a la arena. Sus dedos, gorditos como pequeñas salchichas, poseían una exuberancia afrodisíaca tan perfecta, que era capaz de provocar en los hombres las reacciones más disparatadas y estaban envueltos, como todo su ser, en una fragancia que causaba profundos estragos en la mente de los hombres, un efecto disociador mayor, casi lujurioso.
Sus caderas anchas, apenas eran sujetadas, como un embutido alemán, dentro de un pantalón negro, que desdibujaba con una sensualidad casi agresiva, todas sus partes, mostrándolas impúdicamente, con atrevimiento.
Caminaba con una sensualidad felina casi insolente, y su rostro poseía una belleza fina, de buena raza, algo que no era de este mundo.
Me miraba a través del lente de la cámara de circuito cerrado del tanque de seguridad con su ojo izquierdo, como sólo ella sabía hacerlo. Una mirada que reprimía un doloroso deseo. Como si le hubiera fallado en la cama por mi impotencia después de una frustrante sesión de sexo oral. Un deseo largo tiempo reprimido.
Pasó por en medio de las chicas que bailaban desnudas de una en una sobre la pista o en parejas. Totalmente desnudas al compás de la música electrónica de la playa.
Las luces de colores daban la atmósfera precisa que los clientes buscaban. Aquellos ejecutivos cansados del sol y de las presiones buscaban fundirse en la tranquilidad y el anonimato que brindaba la oscuridad y la música electrónica.
Todos querían gastar su dinero tranquilamente, sentados, escuchando música de los HALL & OATES como RICH GIRL, oliendo el perfume de aquellas figuras danzarinas, completamente desnudas, tomándose un whisky o un complicado e imaginativo cocktail.
También se podía ver en la TV por cable un partido de jockey, fútbol, el carnaval de Rio de Janeiro, una competencia de surf en Australia o un combate de boxeo tailandés.
Todos querían olvidarse de sus problemas y cualquiera que hablase de negocios en aquel sitio le sacaban la tarjeta de off side y lo tomaban como un deschavetado que estaba fuera de juego.
Las olas del mar eran un murmullo lejano, una música de fondo, que aunque imperceptible, se lo intuía y algunos surfistas hasta lo podían oler y ver.
Una gigantesca onda de agua tomó forma en el aire con ayuda del viento, osciló unos instantes, dubitativa, y luego se precipitó sobre las rocas.
En la barra se encontraba el viejo surfista Red Hughes, bebiendo, sorbo a sorbo, una cerveza helada mientras leía un reporte de la GDA sobre huesos humanos de 3.6 millones de años, hallados en Sudáfrica.
Se trataba del descubrimiento paleoantropológico de una osamenta casi completa de un homínido de unos 3.6 millones de años.
La nota iba así:
El fósil de 1.22 metros de altura, daría más pistas sobre la evolución humana, y fue hallado en Sterkfontein, en las afueras de Johannesburgo.
En ese mismo lugar se descubrió el primer cráneo de un homínido en 1924.
Un solo hueso sería emocionante, pero al parecer se trata de la osamenta completa, el secreto para saber cómo funcionaba la criatura. Eso eliminaría cualquier conjetura dijo Phillipe Tobías, jefe del equipo de investigadores de la Universidad de Witwatersrand de Sudáfrica.
Algunos hallazgos anteriores de fósiles de homínidos, entre ellos los más antiguos hallados en el este de Africa, son apenas fragmentos de cráneos o de esqueleto. El antropólogo dijo que el hallazgo del denominado Australopithecus podría ayudar a encontrar el eslabón perdido de la evolución del hombre de simio a ser humano. Este es el descubrimiento más importante en Sudáfrica desde el hallazgo del cráneo Taung en 1924. El cráneo de Taung, completo y perteneciente a un niño, mostró por primera vez la semblanza de los seres humanos más primitivos. No fue posible determinar el sexo del individuo porque los huesos de la pelvis, las vértebras y otras extremidades no pudieron ser hallados. El director de excavaciones en Sterkfontein, Ron Clarke, dijo que los restos del homínido serán desenterrados de una mina de piedra caliza a 15 metros de profundidad. El científico señaló que las pruebas preliminares demostraban que el homínido no solo caminaba erguido, sino que también trepaba a los árboles…
Red Hughes bebió otro trago, reflexionó en silencio sobre los oscuros enigmas que encerraban el origen del hombre y siguió disfrutando del show.
En la TV por cable pasaban una escena curiosa:
Un hombre y una mujer se enfrentaban en el cuadrilátero solitario de un coliseo estudiantil. Un gimnasio en semipenumbra. Ella usaba una camiseta negra, sin sostén y unos shorts, también negros. Ambos estaban descalzos y usaban tobilleras.
Aquella mujer poseía una belleza fascinante, muy romana.
Red bebía otro poco de cerveza y contemplaba su rostro, sus hombros… le gustaba esa mujer. Poseía una belleza íntima, única. Tan delicada como una romana de Pompeya y tan recia como una diosa espartana de la guerra.
De pronto una bailarina se plantó delante de sus ojos. Sus piernas fuertes, ejecutaban un paso de baile tan oscuro como seductor. Una gota de sudor de la bailarina cayó en el vaso con cerveza.
Red pensó que era cerveza croata con el sudor de una show girl y se bebió el contenido asqueado pero sin respirar.
Rod, después de trabajar muchos años en la agroindustria exportadora de corazones de palmito, se había especializado en reunir contactos por todo el mundo. Ahora su bar de streap tease poseía una oferta mundial de cervezas. El ecuatoriano medio ya no tenía que viajar por todo el mundo para tomarse una cerveza de Filipinas, Japón o de Rumania.
Red frente a la bailarina desnuda que danzaba y que no paraba de moverse, le ofreció un billete y la chica lo cogió inmediatamente como si tuviera miedo de que él después se arrepintiera y se lo fuera a quitar.
En la TV por cable seguía la escena de ¿acción?
Aquella irresistible mujer bombardeaba a golpes a su contrincante. Lo atacaba como si fuera el peor enemigo de su vida. Él bloqueaba todos los golpes, retrocedía y se movía alrededor del ring. Pero, permanecía cerca de ella, ni muy lejos ni muy cerca. Se veían a los ojos. Aquel gladiador estudiaba a su contrincante, como un animal que huele la furia de su adversario, el empeño en destruirlo, la amarga frustración, su deseo por castigarlo.
Después se cambiaron los papeles.
El luchador empezó a buscarla, a devolver los golpes, dolor con dolor. Con una seriedad mortal, bloqueaba sus golpes. Quería hacerle sentir miedo, mostrarle los destellos asfixiantes de la muerte. Los huesos chocaban sordamente contra los huesos. Eran verdaderas implosiones de calor y dolor. Gritos de dolor se ahogaban en aquel gimnasio. El hombre le bloqueaba los golpes de ella y el color rosado de la piel traumatizada e irritada, pronto daba paso al lila y a la hinchazón.
Red Hughes podía escuchar su pensamiento:
Querías conocer…beber de la fuente de la fuerza, querías ver el fuego fascinante, bello y mortal de la agonía. Asomarte al abismo de la muerte, el vértigo estremecedor y extremo del horror…yo te daré lo que quieras…
La mujer sobre el ring estaba siendo presa del agotamiento, se la veía confundida, llena de dudas sobre su capacidad y sobre la victoria, agotada, con la moral eliminada.
En un momento de vacilación el hombre la apresó con sus brazos y la proyectó violentamente y sus huesos fueron a dar a la lona para no volver a moverse.
El contrincante se sacó los guantes- la cámara se iba acercando hasta posicionarse encima de los dos-y puso su mano en el cuello de la mujer. Empezó a apretar…apretó y apretó hasta ver cómo quebraba toda su reserva de energía combativa. La decisión de ella se tornaba en llanto y pavor, sus ojos empezaban a brotárseles, su rostro se congestionaba, se asfixiaba. De pronto el victimario soltó la presión y con su boca le inyectó el oxígeno vital a la mujer de rostro desfalleciente. El oxígeno de su amor y de su pasión invadía sus pulmones, devolviéndole el impulso vital, la vida.
Red estaba con la boca abierta. ¡Qué tremendo resultaba todo aquello!
Delante de él, unas piernas le obstruyeron el show y una pequeña sombra de vello púbico se colocó muy cerca de su nariz por unos breves segundos.
Esas eran las únicas muestras de afecto que recibía en su mundo. Un mundo diseñado para no recibir dolor ni fatigarse con enredos y apasionamientos conyugales inútiles.
El luchador empezó a recorrer con su lengua todo su cuerpo amoratado. Y ella, medio desvanecida, parecía una pista de carne sudorosa. Él con su ¿amor?, sí, con su amor lamía los golpes, con el dolor de un amante arrepentido. Aquella piel sudorosa era un néctar, ambrosía de pasión y fuego. El luchador le había quitado la camiseta y le succionaba los pezones y le dijo mil veces:
- Lo siento.
Rod se encontraba cocinando y por el circuito cerrado vio el rostro de Claudia Stein. Seguramente venía a pedir un favor. Rod apretó el botón para permitir el ingreso. Estaba preparando un arroz con camarones y tiburón en salsa.
Se necesitaba freir bien en aceite los camarones, la cebolla, el ajo la pimienta, la sal, el pimiento y el tomate, luego se agregaba leche de coco y el coco rallado. Se añadía agua al arroz y se ponía a hervir. Para la cocción del tiburón era otro procedimiento:
Se sazonaba el pescado con sal, pimiento y ajo, se prepara, aparte crema de leche con cebolla, una copa de vino y una pizca de sal y pimienta.
En un molde engrasado puso los filetes de tiburón y lo cubres todo con la crema de leche para luego, hornear a temperatura media, hasta que esté listo.
Claudia Stein atravesó aquella pista de danzantes eróticas. Mujeres de una belleza singular y exótica se paseaban suavemente. Iban desnudas, algunas calzadas sólo con lujuriosos zapatos de tacos y envueltas en toda clase de esencias extranjeras, la mayoría.
Claudia llegó a la puerta de la oficina de Rod y un profesional de SAVATE le dejó pasar.
Cuando la chica llegó a la cocina del gabinete privado de Rod, olió los camarones y el tiburón con los vapores del condimento asiático.
Claudia era una vieja amiga, un recuerdo grato y parte de la existencia de Rod. Siempre estaba quebrada, a pesar de la importante pensión que le pasaban los padres con tal de mantenerla alejada del Guayas.
Entonces conversaron.
El problema de Claudia eran las deudas.
Acordaron un préstamo incobrable para que ella pueda salir de sus aprietos económicos. Y Rod le dijo:
- Hoy ví los pies más sexis de toda mi vida.
Habían terminado de comer y ahora ambos estaban desnudos sobre un taburete con cojines de cuero y diseño ergonométrico, para ajustarse al cuerpo. Una alemana, también desnuda, le pisaba a Rod los músculos de la espalda.
Claudia respondió:
- ¡Ah!, sí, ¿y qué tal?
Rod continuó:
Aquella chica metió el pie, muy suavemente en el zapato de taco alto…
- ¡Qué más, qué más!
- Fue un espectáculo solar, un portento, un acto divino. Algo así como cuando el agricultor ve descender del firmamento la lluvia prometida por Dios. Me transporté a la imagen hasta tenerla frente a frente, casi pude ver que mi cuerpo penetraba en su ano, al mismo tiempo que ella metía, suavemente, su precioso pie blanco en el zapato puntiagudo de color rosa.
La masajista alemana se bajó del camastro de masajes y se subió al otro…y empezó a pisar la espalda de Claudia, liberando los nervios oprimidos por las vértebras, el peso de la cabeza sobre la columna y la mala posición del cuerpo.
Red Hughes seguía disfrutando de las sensaciones que su cerveza croata le inyectaba en el cerebro y que lo hacía hablar y hablar.
Mary Jo, medio borracha, se sentó a su lado. Estaba contenta o fingía estarlo, o quería estarlo daba igual. Esta bella asiática tenía una historia. Red había conocido a Johnnie Pick Up. Eran sus amigos, pero en las únicas ocasiones en que los veía era en una barra. De niños y jóvenes pasaban juntos en la playa, pero ahora cada cual había elegido su camino y como alguna vez dijo Enrique Insua:
Dios nos junta y por un tiempo vamos por el mismo camino hasta que tarde o temprano cada cual sigue su propio destino.
La cerveza croata corría velozmente por el sistema cardiovascular de Red.
En medio de los chillidos de las chicas y de la música electrónica, Red se abrió paso entre las palomitas de maíz y la espuma de cerveza. Luego leyó otra noticia internacional, era un artículo de Gary S. Becker de la agencia AIPE, y se titulaba: ‘EL APORTE ECONOMICO DE LA AMA DE CASA’.
El trabajo del ama de casa es parte importante de la producción total de todas las naciones, aunque no sea reconocido en las estadísticas que componen el producto interno bruto (PIB).
Tal costumbre desestima la contribución de las mujeres, ya que ellas son responsables de la mayor parte del trabajo en el hogar, a la vez que distorsiona las estadísticas de crecimiento económico y afecta negativamente la autoestima de muchas mujeres que trabajan en su hogar.
Las familias son en realidad pequeñas factorías que aún en los países más avanzados aportan muchos bienes y servicios valiosos: crían a los niños, preparan alimentos, cuidan a los enfermos y a los ancianos, etc.
Las mujeres contribuyen con alrededor del 70% del tiempo total dedicado a este tipo de actividad, aun en naciones igualitarias como Suecia. En los países pobres, las mujeres hacen virtualmente todo el trabajo doméstico. Algunas feministas argumentan, de manera persuasiva, que incluir este tipo de trabajo en el PIB obtendría mayor respeto para las mujeres en aquellas naciones subdesarrolladas donde se las trata mal. Fijar un valor monetario al aporte de la mujer en el hogar frecuentemente significaría que ella ‘gana’ más que el hombre, pero otras feministas se oponen a este cálculo porque dificultaría alcanzar su meta de sacar a las mujeres del hogar para que trabajen fuera.
Es hora de reconocer al trabajo en el hogar entre los bienes y servicios que forman parte del PIB. Las largas jornadas de trabajo hogareño indican que la producción casera es un porcentaje importante del total. Después de todo, cuando se contrata a alguien para que cocine, cuide a los niños y limpie la casa, ese trabajo se incluye en el PIB, pero no se hace cuando es aportado por las madres…
Y la cosa iba por ahí…
Red interrumpió la lectura. Mary Jo se le había apoyado en el brazo y chachareaba con su voz aflautada, asiática, femenina como un pájaro. Otra vez estaba borracha.
Red la llevó a su departamento y el viaje se hizo lentamente, bajo la lluvia. Ella estaba casi inconsciente. Sólo se escuchaba el sordo ruido del limpiaparabrisas. Red la tuvo que entrar cargada, incluso se la echó al hombro, en su cartera encontró la llave.
Se acercaba una tempestad. Había llovido tanto y tan fuerte que el nivel del mar era alto y sus embestidas se habían llevado la arena casi hasta la calle principal del malecón.
Entrar al departamento de Mary Jo, era entrar a un sarcófago egipcio, había centenares de fotos de mediano tamaño, que recordaban los momentos más significativos de su vida junto a Johnnie Pick Up.
Fotos de cuando entrenaba boxeo patada con Tommy, fotos de Johnnie con su moto llevando de paseo a Marie la amante negra de Tommy, fotos de Mary Jo con su uniforme de peluquera, fotos de Johnnie ensangrentado y victorioso como Dominique Valera en el ring de boxeo de la penitenciaría, fotos de Johnnie cocinando hamburguesas en la madrugada.
Red la desnudó a Mary Jo y la dejó ahí, tendida, desnuda, invitadora…
Hughes con su traje, saco y corbata, arrugados, los ojos enrojecidos, observaba ese cuerpo sin ropas, perdido en el dolor y la inconsciencia, el cuarto presentaba señales de suciedad y desorden.
Observaba sentado las contorsiones inconscientes de Mary Jo. Hablaba dormida con alguien, ¿con quién?
La atmósfera de penumbra era sepulcral, Red se sentía sentado en el interior de una tumba egipcia o en algún círculo del infierno narrado por Dante y recordó un pequeño poema de aquella pieza:
¡Hijos de Eva a quién es
Soberbia cara,
La frente alzad, que si
Bajáosla al suelo,
Leeréis en él vuestra flaqueza
Rara!
¿Qué podía hacer él?
Ya hacía cuatro años que Pick Up se había estrellado y descerebrado en su moto. Dos años después Tommy Robin, también había muerto, asesinado, ametrallado, mientras dormía con la negra Marie.
Red sentía que estaba en la edad en que empezaría a ver los nombres de sus amigos en la página de defunciones. Y a rezar por ellos.
Ellos habían decidido, pero también él les había fallado.
Él se dedicó a la contabilidad y en sus ratos libres se había hecho adicto a las noticias internacionales, un día se decidió por formar una empresa de auditoría contable y con el tiempo consiguió auditar una compañía de cables noticiosos mundiales, que estaba mal administrada y se metió en el mundillo de la bolsa de noticias internacionales, primero compraba noticias y luego se hizo accionista, para, finalmente, convertirse en presidente de GLOBAL RED ENTERPRICES, una compañía que vendía despachos internacionales.
Todo era una dicha hasta el día en que fue visitado por agentes de inteligencia militar del gobierno y empezó a trabajar vendiéndoles información satelital clasificada.
Cuando las cosas empezaron a introducirse en política internacional, diplomacia y espionaje, Red sufrió un colapso nervioso, completamente paranoico y se quiso apartar de inmediato de todo aquello.
A Red le parecía que el espionaje económico y el asesinato político era un cockteil que producía náuseas y vómito de borracho y eso a él no le gustaba nadita, tampoco le gustaba que los homosexuales le besen en la boca.
De inmediato se dio cuenta de que no podría salir fácilmente, era muy inteligente, muy indispensable y sabía mucho, además estaba en la nómina de pagos de seguridad nacional. Y Red llegó a comprender que esas nóminas se daban de baja sólo con la muerte.
Red había oído rumores de cómo se manejaba la política y empezó a moverse, subió los peldaños de todas las agencias del gobierno que fueren necesarias para conseguir su retiro, se entrevistó con las personas adecuadas de la DIRECCION DE PERSONAL DE LA ARMADA y de las distintas ramas de las fuerzas armadas. Red quería salir.
Finalmente lo consiguió al lograr vender sus acciones a la esposa de un general del ejército y por intermedio de las influencias de ésta, pudo solicitar la jubilación y el retiro.
En aquel instante de alucinada borrachera había visto pasar su vida como la agonía expiatoria de un desahuciado, mientras miraba el cuerpo desnudo de la novia de su amigo difunto.
Todos iban muriendo: Christie Mac Dougal, Johnnie Pick Up, Tommy Robin.
El mar rugía violentamente y Red escuchó los rotores de un helicóptero que tronaron por espacio de unos segundos encima de aquel departamento en viaje hacia un destino clasificado.
Claudia Stein escuchaba las descargas de Rod.
Sus cuerpos estaban cubiertos por una toalla en la sala de masaje que Rod tenía atrás de su bar.
Rod le dijo efusivo a Claudia:
- Eres terriblemente mujer, para mí. Si yo pudiera sorprenderte en un momento de tristeza, de melancolía, de vulnerabilidad, un momento de hambre, flemático, de refinada tristeza y toda mujer lo tiene en algún momento.
- ¿Qué harías?- contestó Claudia, divertida-.
Descendería del cielo y suavemente, muy despacio, te ayudaría a ser feliz. Como una transfusión de sangre, te amaría.
- ¡LOCO!
- Te mordería, te dominaría. No me sentirías, pero estaría ahí, como esos viejos impotentes, encerrados en la cárcel de la disfunción fálica, en la resignación. Al socorrer con dinero a sus veleidosas y temporales amantes. Sería tu confidente, tu paño de lágrimas, tu aliado incondicional, tu chofer, tu guardaespaldas, tan dentro de ti y de tu ser como las pecas de tu espalda o de tu pecho o como tu sandalia romana favorita.
- Tienes que estar enfermo de deseo y borracho para que me hables así, ¿qué me quieres decir?
- Te conocería a fondo como un botánico que examina mil veces una planta rara y exótica, que analiza con un microscopio todos sus órganos y exploraría tus entrañas como un laboratorista, bucearía en tu mente, conocería tu psique, tu forma de discurrir, las complejidades de tu cerebro, la forma como abordas los asuntos, cuando mientes, cuando dices la verdad, me bebería cada gesto de tu cuerpo, bebería de la fuente de tus reflexiones.
- A ver, déjame ver si entiendo bien toda esta locura…
- Te llevaría a conocer otras constelaciones, divagaríamos juntos por los arcanos ocultos y censurados del conocimiento. Conocimiento profano, prohibido, nos perderíamos hasta llegar a tocar las nociones más altas e inverosímiles del absurdo, el dadaísmo, la patafísica y la locura. Y luego…
- Oye espérate un rato, dime, ¿qué clase de yerba estás fumando ahora?
- Y luego regresaríamos al contacto áspero de la realidad, un poco agotados, sedientos, pero felices, extenuados, pero más unidos, más seguros de nosotros, con ganas de volverlo hacer…
Mientras se acostaba la noche sobre el horizonte, el calor de la radiación solar daba paso al frío y al viento nocturno. Pequeñas y débiles luces se encendían en los hogares a lo largo del malecón.
El principio esencial de una mujer es su necesidad vital y primaria de amor y ternura.